saldado

Hubo un piloto australiano que no se conformó con personalizar solo su atrezzo a finales de los 70, donde los patrocinadores eran pocos y con un par de pegatinas en el depósito se daban por saldados los favores recibidos, había mucho espacio libre por rellenar. Y donde todos solían finiquitar el asunto con su número rotulado en el carenado Vaughan Coburn fue un paso más allá y acudió al artista australiano Alan Puckett para que le pintara chicas molonas en poses sugerentes en el carenado de su Yamaha TZ. Todo cobra sentido si nos atenemos a que Coburn era considerado el piloto play-boy de las antípodas, la versión australiana de Barry Sheene. Fueron varias las modelos que acompañaron al piloto a lo largo de varias temporadas en su carenado y hasta volaron en pelotas por el Tourist Trophy de 1979.

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Manuel.

Son las nueve de la mañana cerca de Calatayud. Me he citado con un tío para hablar de mierdas del curro y obras y demás. Mientras nos hacemos la pelota mutuamente veo por el rabillo del ojo como una figura encogida y apretada pasa por un camino cercano arrastrando un carro que parece de otro siglo. A partir de ahí mi única obsesión es finalizar mi conversación vacía con Don nadie y ponerme a husmear. “Adiós, adiós”.

Monto en el coche y a lo lejos veo que este personaje está realizando algún tipo de trabajo entre dos campos. A partir de ahí empieza mi debate interno que hoy, por primera vez, se ha saldado con una derrota aplastante de mi vergüenza. Me acerco con el coche y paro a unos cien metros, cojo la cámara y la cuelgo en mi espada. Me acerco pensando en que le voy a decir, ¿cómo le entro?, ¿llevara escopeta? Soy gilipollas.

“Buenos días”, y a partir de ahí se desata la tormenta: Me dice que se llama Manuel y que esta jodido. Tiene una enfermedad “que se llama artrosis”, 80 años cuatro dientes y dos rodillas que dejaron de funcionar hace mucho tiempo. Su mujer no puede trabajar porque está casi ciega y gracias a dios, una de sus hijas cuida de ella porque no tiene trabajo. Me fijo en sus manos en su cara y en sus ojos y se me borra la sonrisa de amabilidad fingida con la que me había acercado. Me dice que lleva trabajando desde los 6 años y que en casa tienen una pensión de 800 euros, que por eso tiene que trabajar buscando leña aunque “esto ya no lo compran ni los gitanos”. Pero claro, “hay tanto político robando que algo habrá que hacer”.

Imbécil de mí le pregunto si quiere que le eche una mano, pero no le ha ayudado nadie en la vida y le parece que no es momento para empezar. Le ofrezco mis guantes y cuando intenta ponérselos no lo consigue porque la artrosis le ha dejado los dedos tan descolocados que apenas logra introducir la primera falange. Me tengo que marchar pero no me quiero ir. Me cuenta que ha salido de casa a eso de las 8 de la mañana y que no cree que pueda salir más después de este viaje, “la espalda necesita descansar, sabes? Me dice que el médico le dice que no haga esfuerzos pero que "ese con la bata puesta me puede decir misa”. Coge aire, aprieta la madera y le da tres serradas. Suspiro “¿Sabes que pasa maño? Que los pobres no deberíamos nacer”