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La izquierda: con las pymes, contra los trabajadores

De todo lo que se habló en España sobre el robo de YPF por parte del Gobierno de Argentina, lo que más llamó mi atención fue el apoyo que una parte de la izquierda nacional, muy activa en Twitter, parecía prestar a la decisión tomada por las autoridades argentinas en detrimento de los intereses de Repsol.

La postura de estas personas se basaba principalmente en considerar que Repsol es una malvada y explotadora multinacional que no tiene derecho a gestionar los recursos argentinos ya que sus directivos han nacido en España, y no en Argentina (y ya se sabe que los derechos se tienen en base a dónde has nacido). Lo llamativo es que esta posición fue defendida oficialmente por Izquierda Unida e incluso se oyeron voces contra Repsol desde el sector más perroflauta del PSOE.

La filosofía de esta gente parece entender que las multinacionales y en general cualquier empresa de grandes dimensiones (nacionales como mínimo) son malas en sí mismas, representan una forma nociva de entender la economía y van contra el interés y bienestar de los “pueblos” (palabro de moda) y los ciudadanos.

Consecuentemente con esto a quien se debe apoyar es a las pequeñas y medianas empresas (pymes) que son más humildes y, por tanto, buenas.

Esto enlaza con lo que parece ser ya un principio basal de la izquierda y es considerar “bueno” o “malo” a un ente jurídico en base a su tamaño. Así, los partidos pequeños parecen ser la solución a todos los problemas y se exige constantemente el cambio en la Ley Electoral para beneficiarlas, sin tener en cuenta que algunos de esos partidos pequeños tan maravillosos son los fascistas y xenófobos Falange Auténtica, Democracia Nacional o Plataforma per Catalunya.

Del mismo modo parece ser que las pymes son buenas, democráticas y casi diríamos que sociales (o de inspiración social) por el mero hecho de ser pequeñas y tener poco capital y pocos trabajadores. La izquierda parece no tener en cuenta que cada uno es de su padre y de su madre y que el dueño de una pyme no tiene por qué ser necesariamente ni simpatizante del 15M, ni miembro de Anonymous, ni votante de IU sino que puede perfectamente ser un falagista o neonazi.

Yo no digo que una persona sea tal o cual cosa por el simple hecho de tener una pyme en propiedad (ya ven, no me gusta prejuzgar, y eso que soy de izquierdas - aunque de otra izquierda -). No obstante sí puedo decir que los derechos de los trabajadores son normalmente violados con más fruición y la explotación es más sangrante y habitual dentro de las pymes que de las grandes multinacionales, y tengo argumentos objetivos para pensar así.

Según la legislación vigente una pyme normalmente no puede tener comité de empresa, ya que para tenerlo es necesario disponer de un número mínimo de trabajadores. Por este motivo en las pymes no hay ni delegados de empresa ni representantes sindicales. Sencillamente el trabajador está desprotegido ante cualquier abuso del empresario. 

En una multinacional, por el contrario, debido a su gran tamaño existen comités de empresa (incluso varios comités: sectoriales, por regiones, nacionales, etc.) donde los trabajadores pueden elegir a sus representantes y que sirven como herramienta de fuerza a la hora de defender derechos básicos o denunciar atropellos del empresario ante las autoridades.

A mí todo esto de Repsol YPF y el arrebato izquierdista contra la multinacional española me viene a demostrar algo que pienso hace tiempo, y es que la mayor parte de la gente que simpatiza con las actuales izquierdas no ha trabajado en una pyme en su puta vida.

Yo trabajé en una pyme del sector metalúrgico que tenía once trabajadores. Allí todo eran negociaciones verbal y “bajo la mesa” con el empresario, a quien había que pedirle por favor que te pagase las vacaciones que no disfrutabas (aunque teníamos un mes de vacaciones sólo disfrutábamos dos semanas, y las otras dos nos las pagaba o no según le saliese de los huevos). Echábamos dos horas extras ilegales (porque superábamos con creces las cincuenta horas semanales) que nos pagaba sin declararlas a la Seguridad Social (con lo cual no cotizabas). Si esto sucede en una gran multinacional tú vas a tu delegado o al enlace sindical correspondiente y te quejas y todo va al comité, pero en una pyme donde sois once más el jefe no hay delegado ni hostias (hablando en plata) así que cualquier queja se traduce en inmediata patada en el culo y a la puta calle (cosa que yo vi en varias ocasiones, aunque a mí me despidieron por la crisis).

Además hay que recordar que las multinacionales están más expuestas al control público dado su tamaño e impacto en la sociedad y a la dimensión mediática que alcanzan sus actividades. Controlar lo que hacen o dejan de hacer las pymes con sus trabajadores o el medio ambiente es más difícil dado lo numerosas que son y también porque su pequeño tamaño les ayuda a pasar desapercibidas y escurrirse por los recovecos legales. Lo que quiero decir es que cazar una jirafa es más fácil que perseguir cinco mil ratones.

Cada vez tengo más claro que la izquierda ha abandonado sus postulados reales y se ha convertido en una postura à la mode que se luce igual que se lucen unos zapatos nuevos, para definir una pose social y trabajar la propia imagen personal más que para defender unos principios fundamentales de defensa de los trabajadores y los derechos civiles y de protección de los débiles.

La mayor parte de la nueva masa de la izquierda española la forman universitarios que no han trabajado jamás, y aquellos que han trabajado, gracias a un nivel mayor de estudios y a una posición inicial ventajosa, forman parte de la plantilla de alguna de esas grandes empresas a las que tanto critican en Twitter o trabajan para pymes pero ocupando puestos “bonitos” (de los de “ir limpio”) como pueden ser los relativos a la administración, contabilidad, etc. que suelen tener mejores horarios y generar menos conflictos laborales.

Estos nuevos izquierdistas, entre ellos la inmensa mayoría de militantes y votantes de IU, en realidad pertenecen a clases acomodadas y no saben lo que es entrar al taller a las 7:30 de la mañana, trabajar hasta las 20:00 con sólo cuarenta minutos para comer, soportando todo tipo de tóxicos, ruidos y demás, en condiciones de nula seguridad e higiene, soportando trato degradante e inhumano y cobrando un sueldo de mierda (la mitad del mismo en negro) sin tener un mísero delegado de empresa al que poder poner una puñetera queja. 

Por eso apoyan a las pymes, y por eso ponen palos en las ruedas de Repsol YPF lo cual en realidad es ponerlas en los derechos de sus trabajadores, que serán los grandes perjudicados por la política “libertaria” de Cristina. Por eso los trabajadores españoles en general, cuya mayoría sí está en las pymes y sí sabe en qué condiciones se manejan normalmente estas “románticas”, “humildes” y “honestas” empresas de pequeño tamaño se vuelcan al PP, simplemente porque no ven (lógicamente) que la izquierda dé ningún tipo de respuesta a sus problemas.

La izquierda seguirá manteniendo postulados abstractos, basados más en lemas románticos y películas como Braveheart que en los problemas reales de los trabajadores, y esto les llevará a enfrentarse a ellos con el patético añadido de no estar siquiera dándose cuenta. Y dado que la postura de la izquierda, muy popular en la facul y entre los universitarios pero de muy poco interés para los demás ciudadanos, se muestra abiertamente enemiga de los intereses de España y sin excepción se posiciona siempre del lado menos ventajoso para los trabajadores (que después de todo serían sus potenciales votantes) podemos afirmar que estas formaciones políticas acabarán fuera del Parlamento sin poderlo remediar, por mucho que luego vayan a Twitter a lloriquear y decir que todo es culpa de la pérfida legislación electoral que les persigue.

Argentina demuestra que el rey no sirve para nada

El argumento más utilizado para justificar la monarquía en España es el “extraordinario papel de representación” que el rey y sus familiares juegan para el país, mejorando nuestra imagen y sirviendo como mediadores en el escenario internacional.

El motivo por el que esto sucede es porque, al ser la jefatura del Estado propiedad de una familia particular y no sujeta a elecciones democráticas como en las repúblicas, el rey no tiene sólo un par de legislaturas sino toda una vida para labrarse una imagen respetada y apreciada en todo el mundo. Los defensores de la monarquía afirman que el rey es conocido y valorado en todas las naciones después de más de treinta años de viajes oficiales, cumbres y actos diplomáticos y que esto es beneficioso para España.

Suelen señalar, además, a las naciones de América Latina para subrayar esto, suponiéndose que allí el rey es especialmente conocido dados los obvios lazos históricos que nos hermanan con aquellos países. 

Sin embargo ha sido Argentina la que ha venido a demostrar que esta teoría se queda sólo en el papel y que no tiene ninguna aplicación práctica. Es cierto que el rey es allí muy conocido por pura antigüedad y visibilidad mediática o por culturilla general de los latinoamericanos, pero la incidencia de este conocimiento o supuesto “prestigio” en las relaciones internacionales y en los intereses de España es reducida.

Argentina lleva meses practicando una política de acoso y derribo contra la empresa española Repsol YPF que ha terminado con la expropiación de una parte de la misma, lo cual sin duda es desastroso para nuestros intereses económicos, nuestra industria y el futuro de una buena tacada de profesionales.

Mientras todo esto estaba ocurriendo en su fase más crítica el rey estaba matando elefantes en África y posteriormente cayéndose y montando un escándalo que ha dañado aún más nuestra imagen.

Ni el rey ha hecho por mediar en el conflicto ni nadie se ha acordado de él para el mismo, ni en España ni en Argentina. El supuesto prestigio y buena valoración que Juan Carlos pueda tener en la nación de la plata no ha servido de nada para que Cristina decida cometer el descomunal atraco. Es posible que a la presidenta de la República le caiga bien el rey personalmente, eso no lo sabemos, pero que un señor mayor te resulte simpático no va a influir en las decisiones que tú creas que son correctas para el país que diriges.

La buena imagen que el rey ha estado labrándose durante más de treinta años no influye más allá de apretones de manos y visitas más bien folclóricas que pueden, no digo que no, ayudar algo a los intereses de España como nación turística ya que la promocionan en los medios extranjeros, pero sin pasar de ahí.

Una jefatura de Estado de propiedad privada, más bien al contrario, es en realidad problemática porque si tienes la mala suerte de sufrir a un rey irresponsable puedes catarte un disgusto sin comerlo ni beberlo. La caída del rey cazando elefantes en África mientras España se hunde en la ruina y está al borde del colapso nos ha dado una imagen de nación bananera que nos convierte una vez más en el hazmerreír internacional, donde aquello debe haberles parecido más propio de los extravagantes emiratos petroleros que de un Estado avanzado, democrático y desarrollado como pretendemos ser.

Y todo ello rematado por un robo a mano armada perpetrado por el Gobierno argentino sin que el supuesto respeto que el rey Juan Carlos se ha labrado para sí haya movido ni un milímetro del abusivo proyecto que guardaba Cristina para nosotros.