refulgencia

“Violetas veías alrededor de todos quienes consentían con vos que sí, que de alguna manera uno –cualquiera- podía por entre las personas, decías vos, violetas ver como en refulgencia titilante y constante que, según vos y los tuyos, el ritmo y la variable de luminancia era el vector por el que, estas violetas decías, sin importar el estado del día o la noche, sin enredo en lo oscuro de lo está encerrado en punto aquel al fondo del brillo, decías, las violetas presentían el más difuso pero posible desnivel sensitivo en cuanto a uno y al entorno que a cualquiera lo circunda -o daría si yo por el contrario anterior hubiera decido confiar en eso que decías, y si me hubiese dejado tan sólo de joder un rato con lo otro que nunca supe qué carajo es-. Remiendo es posible escribir. Las violetas se advierten. Se les ve como un cintillo que timonea una forma en rededor, una incurva se ve en las siluetas como iluminadas de un –tenías razón- medio saturado violeta cercano casi al poco considerable buen gusto del fuxia, que es el color de las travestis y a elláceos les queda mejor. Pero ésa no es la cuestión. De haberla te digo yo, ahora, ni a los gritos ni en la castidad del silencio, más bien en la sacudida de la espera, te digo que no a todos frecuentan esta especie de principio de penetración de lo imprescindible. Con el hueco de lo establecido y de lo que está se bastan varios, decías, no hay violetas para todos.”