refulgencia

Deberías de estar aquí, hoy es un día cualquiera y parece que te hayas encargado de dejar tus huellas por toda la puta ciudad.

Te he visto escrito en un paso de peatones, en varios semáforos en rojo e incluso detrás de la sonrisa triste de cualquier músico callejero.

Te he leído ya tantas veces que tengo la sensación de conocerte, lo reconozco se me da fatal eso de echarte de menos, podría contarte todo lo que hemos hecho en un solo encuentro, podría pero no quiero que pienses que me dejo la cordura entre tu ropa, mírate como pretendes que no me pierda ahí, dime a caso creías que no iba a pedirte que volvieses, acabas de marcharte y yo no paro de imaginarme en bucle esa forma tuya de decirme que voy a acabar por matarte.

Sé que soy un desastre, pero es que apareciste he hiciste de mi desorden el caos más dulce, más aún que un primer trago de ti, de que me sirve frecuentar bares en los que no estás, si el morbo de encontrarte se diluye en el fondo de cualquier vaso de ron.

Y aprendí a medir distancias en tormentas y estaciones, pero que se joda el otoño que voy a hacer de tus besos un éxtasis perenne inmarcesible bajo la refulgencia de una persiana rota.

Ven y vuelve a bajarme el cielo, hablemos entonces de cosas brutales, hablemos de ganas, de lunares sin órbita y tatuajes en los que quedarme a vivir, déjame decirte que eres capaz de ponerme a salvo a base de embestidas.

Hay tantas cosas que aún no sé de ti, no sé por ejemplo en que punto dejar de ser persona para convertirte en poesía.

Supongo que esta es mi forma mas descarada de lanzar una bengala con tu nombre, tampoco sé si acaso llegas a verla si acudirías para salvarme, no sé dímelo tú.

—  ¿Vendrías a salvarme?