quintanaroo

Trichechus Manatus meets Rhincodon Typus

Primero que nada déjenme decirles que escribo esto desde el mismo paraíso: la isla de Holbox en Quintana Roo, México. Una fucking maravilla. Un lugar poco conocido -que así debería quedarse- y quizás una de las playas más lindas que yo conozca. Una isla de pescadores situada al borde de la reserva de la biósfera Yum Balam. Con un clima espectacular, muy poca gente (cuando vine por primera vez hace 7 años había menos) y con la particularidad de que puedes caminar adentro del mar cerca de 200 metros y el agua fresca y cristalina del Caribe apenas te llega a las rodillas. Caminando, al menos 3 especies diferentes de peces huyen de tus piernas y si tienes suerte, puede ser que veas a una o dos pequeñas mantarrayas alimentándose del sedimento. Los atardeceres son, por decir lo menos, una obra de arte que arranca suspiros del más cabrón y en la noche lo único que se escucha es la nada porque en toda la isla (de 1,200 habitantes) debe haber máximo 40 minúsculos hoteles, que no se llenan ni de springbreakers, ni de mirreyes, ni de mamadores. Lo dicho: el paraíso en la tierra*.

Pues resulta que yo no soy el único que piensa lo mismo, pues una vez al año, el Tiburón Ballena a.k.a Rhincodon Typus, el pez más grande del planeta (llega a medir hasta 12 metros) pasa cerca de las costas de la isla básicamente para turistear. Así que yourstrully en un ataque épico de audacia, decidió que podría ir a nadar con tremendas bestias y tener una experiencia única e irrepetible. Sí, yo, que lo más extremo que he hecho es refinarme 5 donas de Krispy Kreme al hilo y que el animal más grande que he tenido cerca es la ocasional rata de alcantarilla, sin contar claro, las veces que fui al zoológico de Chapultepec a ver a los “liones" o las jirafas o alguna visita esporádica a un acuario.

Se trataba de ir al mar abierto. Es decir, estar en su habitat natural nadando al lado de este pez de 12 metros. La noche anterior me desperté alrededor de 3 ó 4 veces. Como me pasa cuando tengo una junta muy importante al otro día a la que no puedo llegar tarde o como cuando tengo un vuelo tempranero. Me desperté a las 6:30 porque pasaban por mí a las 7 y quería al menos poder comer una rebanada de fruta para no irme con el estómago vacío. Lo logré. Macario, el mesero del hotel, me sirvió rápido -lo que nunca- mi juguito y mi plato de frutas justo a tiempo para que el taxista llegara a la recepción a preguntar por mí. Me subí al carrito de Golf (así son los taxis en Holbox) y el chofer comenzó a hablarme. Hablaba tan rápido con un acento yucateco tan marcado y abría tan poco la boca que del hotel al muelle no le entendí nada. Cero. Ni una palabra. Yo sólo le decía sí a todo. O terminaba sus frases con una pregunta ¿Ahh sí? De lo que me percaté apenas me subí al taxi fue de sus pies. Como Holbox es una isla de pescadores - como ya lo había anotado antes - la etiqueta no es algo que sea muy común. Es decir, los habitantes de Holbox no tienen que ir a una junta a Procter ni nada por el estilo, entonces casi nadie usa zapatos. Mi chofer tenía lo que yo denomino “pies de plasta". Un pie que parecen 2 y que también parece que tienen más de 5 dedos y aunque los cuentes y confirmes que en efecto tiene 5, sigues pensando que al menos son 12.

Bueno, llegamos al muelle y ya estaba “Magdalena" esperándome. (Así se llamaba la lancha, no se me desvíen). Me subí para completar la tripulación a 10 pasajeros. 3 de ellos Alemanes. Un señor que era la copia fiel de Hitler (claro sin el bigotillo de mosca, porque ya hubiera sido una mamada de su parte) su esposa, una señora fea con pelos abundantes en la axila y que, como cereza del pastel, cada vez que se movía el chaleco salvavidas, se descubría parcialmente un seno raquítico y mal logrado que no había necesidad de ver y su hijo, un chavo como de 23 años sin espacio en la espalda para un barro más. Los otros 7 pasajeros eramos Nacionales, sin muchas señas particulares que valgan la pena resaltar.

Se subió el capitán. Para mi sorpresa era el taxista “pies de plasta" que en ese momento había brincado varios puestos en la escala social. Ya no era más un humilde taxista. Era el Capitán “pies de plasta". Y así partimos junto con otras 10 ó 15 lanchas. La verdad mi estado no era de emoción sino más bien de curiosidad.

Pasó una hora de trayecto bordeando la isla, viendo pelícanos, garzas, gaviotas y hermosos flamingos. Todo bien. Pasó otra hora en donde nos alejamos de la costa y el mar se empezó a poner un poco más serio y la lancha se empezó a mover un poco más. Y luego vino la tercera hora (sí 3 horas para llegar) a la que yo llamé “la hora The Life of Pi". Ya en mar abierto había olas de al menos metro y medio que hacían que la lancha se moviera muy, pero muy cabrón. Y no sólo lo sentía yo. Lo sentía mi columna que con cada brinco de la lancha, me recordaba mi sobrepeso y mi fractura, gracias. Y son de esas veces que volteas a ver a los demás y les sientes este tipo de sonrisa nerviosa que seguramente también te ven a ti y que dice “me-lleva-la-chingada-no-sé-en-qué-momento-quise-venir-a-esta-mierda-y-no-sé-cuanto-más-falte-ya-nos-morimos-todos".

La tercera hora terminó. Afortunadamente llegamos. Debo decir que si ésta no hubiera sido mi primera vez, probablemente la reseña sería muy diferente. ¿Por qué? Porque en el lugar donde nos detuvimos a nadar con la ballena había al menos 50 lanchas. ¡50! Ya me imagino a los pobres animales todos sacados de onda porque hay 50 madres que las siguen a diestra y siniestra. Y sí. A la hora de aventarte al mar para nadar, hay mínimo otras 10 personas de otras lanchas tratando de nadar contigo. Osea: un hervidero de gente que quiere tener la experiencia y muy poca si no es que nula regulación. Ojalá no terminen por expulsar a esta maravilla de nuestras aguas porque se harte de tanta chigadera.

En fin, cuando llegamos, pasó lo que en otras lanchas. Alguien vomitó. Nuestro Hitler espurio no aguantó la hora Life of Pi, se puso de un color verde turquesa y sin más, hechó al mar su desayuno. Yo puedo ver vomitar a casi cualquiera sin asquearme, así que presencié la acción con el detalle que merecía, así como también me dí cuenta de que en otras embarcaciones sucedía lo mismo. Pues miren, más comida para las ballenas ¿No?

El Capitán dió la orden. Vamos de 2 en 2 y sin separarse de su instructor que nada junto a ustedes. ¿Quién quiere ir primero? Quizás nadie dijo yo porque nadie le entendió. Esperamos un poco y volvió a preguntar. Entonces la primera pareja de valientes se alistó. Aletas, visor, esnórquel y en cuanto vimos la aleta fuera del agua ¡Pum! al agua y a nadar en chinga. Tiempo total de la experiencia: 11 segundos. La ballena pasa de largo, el barco se acerca a la pareja, se suben a la lancha y se alistan los siguientes. Los próximos duraron un poco más. Yo fui de tercero. Me senté junto al instructor y me dijo en secreto “el chiste es que nademos junto a la ballena para durar más tiempo” y sonaba lógico, los otros 2 intentos se habían pasado más rápido porque la ballena había cambiado de dirección y era imposible alcanzarla.

¿Listo?

¡Listo!

¡Ahí viene! ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! Una, dos, ¡splash!

Caí exactamente arriba de su enorme aleta dorsal. La tenía a 30 centímetros. Entonces empecé a nadar lo más rápido que pude para poder verla más tiempo. No se sentían las intensas olas de metro y medio, no se sentía la gente, no se sentían las 50 lanchas de la superficie. Eramos ese camión gris con motas blancas y yo. Nadando tranquilos (él, yo estaba a full) hacia no sé donde y no importaba. De pronto vi pasar el lóbulo superior de su enorme aleta caudal y lo vi alejarse. Yo sentí que el momento duró al menos 3 minutos. Y por lo que me dijo el instructor, hasta el momento había sido el trayecto más largo de nuestro bote. Me sentí orgulloso. Me subí al bote a esperar mi segundo turno, que llegó más pronto de lo que creía, pero yo estaba listo.

¡Una, dos, pum! Esta vez caí exactamente enfrente de su boca, la traía abierta como en las fotos que había visto en internet y era inmensa. Me moví un poco para que pasara a un lado y comencé a nadar, esta vez como Michael Phelps (un Michael Phelps gordo y sin condición, pero ustedes entienden lo que quiero decir). Le vi sus ojos. Vi - o sentí - que sus ojos me vieron. A medida que lentamente me iba rebasando le vi las branquias. Atestigué como se abrían para dejar salir torrentes de agua salada que sentí en mi cuerpo. Pasó su aleta pectoral, vi a las rémoras que felices nadaban debajo de ella y nuevamente, por más rápido que yo nadaba, ella simplemente se alejó en paz. Dejándome con ganas de más. Con ganas de una hora, de 10. De ver ese pacífico mastodonte marino pasearse majestuosamente por el agua sin temor de nada ni de nadie, a pesar de que habían chingos de gente en su casa a la que ella no había invitado. Asomé la cabeza con una sonrisota. Esta vez sentí que duré como 5 minutos y sí, fueron como 4 según me dijo el instuctor.

No les voy a decir que ha sido la experiencia más impresionante de mi vida, pero fue espectacular. Lo volvería a hacer mil veces más y estoy seguro que de esas mil veces sacaría una experiencia distinta cada vez. Fue impresionante y definitivamente, algo que tienen que hacer alguna vez en su vida.

¿Nos vamos? Preguntó el Capitán, en una de esas preguntas que no son preguntas sino afirmaciones. Y nos fuimos. De regreso, para evitar la hora “the life of Pi" le pedí al Capitán que me dejara ir parado en la popa porque mi espalda no iba a soportar otra hora de brincos y sobresaltos, a lo que él me respondió en su yucateco de ventrílocuo “de regreso no se siente porque ya no vamos en contra de la marejada".

Y en efecto. Al fin comprendí qué significa eso de ir contra las olas. De regreso era como andar en Dolly, smooth as a babys butt. Y como iba de pie junto al Capitán, entonces a mi regreso lo denominé “el regreso Jack Sparrow". A huevo, faltaba más. Dos horas más tarde paramos en un lugar frente a la isla. Ahí la salida ya no fue en parejas porque ya no había olas, tiramos el ancla y snorqueleamos un buen rato. No era profundo, yo diría un lugar de máximo dos metros lleno de coral y sargazo. Nadamos con peces payasos, erizos, bagres, lisas, sé que también vi a Dory - porque la vi - y mentiría si dijera que vi a Nemo. Y claro, me arrepentí de no tener una GoPro porque hubiera tomado unas fotos y unos video que te cagas, pero bueno, ni modo, lo tengo en el disco duro que algún día el Alzheimer borrará.

Cuando subimos de regreso a la lancha, el Taxista-Capitán “pies de plasta" Miguel ya tenía listo un Cebiche que él mismo había preparado junto con Eric, su pinche - instructor de snorquel. Ahora, se le añadía el título de Cheff a su ya vasta currícula. Yo mismo vi el cuchillo y los utensilios que usó para prepararnos el manjar. Claro que también rogué a Cristo Resucitado por la limpieza de los mismos porque no quería tener una diarrea titánica durante los próximos 3 días.

Afortunadamente no. La corvina estaba buenísima. Acabamos de comernos todo en Cabo Catoche, donde el marco era inmejorable: el principio del manglar repleto de pelícanos, flamingos y varios cientos de aves endémicas de la isla. Ahí aprendí también que los flamingos bailan cuando comen, pero bueno, esa es otra historia.

*El único defecto que este maravilloso lugar tiene son los mosquitos. Febrero, Marzo y Abril son meses casi “mosquito free". De no ir en estos meses, recomiendo llevar una armadura para salir después de las 7 o bien comprar 345,754 litros de repelente.