quejarnos

Somos la generación que no quiere relaciones

“Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a “me gusta” y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #parejaperfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones.Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación.Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos la happy hour, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo.Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar.Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten… porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella.No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, “mantita y peli” y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien.Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día…Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo.Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido?Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que nuestra generación no quiera relaciones es que, al final del día, sí que las queremos.”

Los signos como Gifs de Daria:

Aries: “Si alguien está haciendo algo que los irrita, díganselo en detalle” 

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Trauro: “¿Por qué no me habré quedado en casa, donde todo es agradable y tranquilo y nada nunca pasa?”

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Géminis: “Creo que la gente que atropella animales debería ser atropellada para saber lo que se siente”

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Cáncer: “Podríamos juntarnos lo fines de semana para comer pizza y quejarnos”

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Leo: “Vestirse toda de negro es el último grito de la moda. Es profundo, es significativo y es adelgazante.”

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Virgo:

Originally posted by haunting-s0uls

Libra: “Fue más fácil estar despierto toda la noche que levantarse temprano”

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Escorpio: “… se vería realmente atractivo”

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Sagitario: “No hay aspecto, faceta o momento en nuestras vidas que no pueda ser mejorado con pizza. Gracias.”

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Capricornio: “Ánimo, ánimo, ánimo… grito, grito, grito.. A quién le importa quién gana? Nos iremos todos al infierno”

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Acuario: “Soy demasiado inteligente y sensible como pára vivir en un mundo como el nuestro”

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Piscis:

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3 de enero 2017

En una relación siempre hay alguien que quiere más.

Por eso, cuando todo acaba, quien quiere más es quien más sufre.

Querer más no significa querer mejor (o tal vez sí).  No podemos quejarnos si al ser la persona que más ama al final salimos a gatas hechos escombros cubiertos de cenizas y con el humo aun saliendo de las costillas por la catástrofe del final de la relación. Si de algo podemos quejarnos tal vez sea sólo del hecho de que nadie nos advirtió que en una relación el amor debe ser el mismo de ambas partes para que al final ambos salgan a salvo o para que no haya final. Pero aceptémoslo, si nos advirtieran el dolor de amar de más, aun así amaríamos.

Desmesuradamente,
Sin medir consecuencias,
Sin la teoría del juicio final,
Sin un plan b,
A ciegas,
Al borde del vacío sin alas,
Hasta quedar vacíos…

Así amaríamos.

—  Letras Secretas

artist-blog-crepypasta-fnaf  asked:

no les hagas caso a esas personas , todos tenemos derecho a llorar o quejarnos por lo mas minimo que sea, tu solo siente , que ya pasara , como todo lo malo , solo desquitate si quieres ,es peor si te lo guardas , porque al final explotaras

Eso es lo que pasó hace un rato… Jejeje gracias por tu comentario, me has hecho la noche querid@ ^^💜

“Nuestra Generación no Quiere Relaciones”

Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a “me gusta” y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #parejaperfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones.

Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación.

Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos la happy hour, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo.

Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar.

Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten… porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella.

No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, “mantita y peli” y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien.

Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día…

Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo.

Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido?

Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que “Nuestra Generación no Quiere Relaciones” es que, al final del día, sí que las queremos.

Y qué voy a saber yo de la vida,
si cuando era pequeño conocí a una niña que le gustaba pincharse los dedos con las espinas de las rosas. Era pelirroja, y tenía unas pecas preciosas. Y una luna en medio de su constelación de estrellas que formaban sus pestañas. Tuviste que verla y ver cómo le colgaban hasta sus ojos.

Y cuando estaba a punto de cortar una rosa para regalársela, me decía “¿Qué estás haciendo, gilipollas?”

Y comprendí que no puedes llevarle la contraria a quien tiene la razón, a lo que es correcto. A veces se nos olvida que, por muy bonitas que sean las cosas, no debemos hacerles daño. Aunque eso, muchas veces, pasa por alto. Pasamos las vías del tren dispuestos a lo que viene, a soportar el tren sobre nuestras costillas y a no quejarnos después del dolor de nuestras decisiones, aunque por dentro se nos carcoman las esperanzas.

Aunque yo siempre fui de llevarle la contraria en todo porque me gustaba verla enfadada, y me ponía los ojos en blanco para luego echarse a reír.

Y entonces cuando le contaba sobre mis teorías y mis metáforas sobre la vida y el universo, sonreía y se le saltaban unos hoyuelos en los que construir un hogar, con vistas preciosas a un bosque. Porque una vez me contó que quería vivir en un árbol, como un pájaro.

Era una puta barbaridad verla entre todos esos colores rojizos al final de la tarde, mientras el viento le alborotaba el pelo. Y yo no sabía si ella estaba viendo al atardecer o si el atardecer la contemplaba a ella. Desde entonces comencé a creer en la perfección que guardan las pequeñas cosas.

La simetría de su boca era parecida a la de una mariposa. Y volaba, no sé cuántas veces la vi volar por el cielo gris y siempre que me veía me invitaba a jugar con la lluvia, con las nubes que estaban por explotar. Y la vi caer no sé cuántas otras también, y reía cuando se hacía una herida o cuando se raspaba las rodillas.

Ella no soñaba con ser princesa, sino con ser heroína. No quería que la salvaran, quería salvar a cuantos perdidos se encontrara y tratar de encontrarles su lugar en el mundo. Y que no solamente fuesen coordenadas sin sentido.

Quería buscarle razones a la tristeza y quitarle motivos a la felicidad, porque, según ella, la felicidad mientras no tenga un porqué o un por quién, es mucho mejor.

Pero un día, no sé cómo, ya no volví a verla.

La busqué, lo juro que la busqué hasta por debajo de las sombras de los árboles -que era donde más le gustaba estar-. La busqué hasta un punto donde yo me perdí tratando de encontrarla. Todos fueron intentos fallidos.

Sus vecinos me dijeron que sus padres se habían mudado a Inglaterra.

No encontré rastros de su mirada en otros incendios.

Y desde entonces creo encontrar un poquito de ella en otras chicas, pero algo que sé que nunca encontraré será: a ella. Porque dicen que los primeros amores nunca se olvidan, y las chicas que vinieron después pude olvidarlas con dificultad, pero ella aún está presente en mi vida. Aún me ilumina las noches, aún me abraza por las madrugadas.

Lo último que recuerdo fue el brillo de sus dientes a mitad de una sonrisa.

Y si algún día la ves, dile que la mitad de mi vida la he gastado en echarla de menos y que la otra la gastaré en escribir sobre ella.

—  Benjamín Griss

Siempre se dice que a las mujeres nos gustan los chicos malos y por ende no podemos quejarnos si nos hacen mal porque eso “nos gusta”. Sin embargo, me puse a pensar que hace cincuenta años el concepto de chico malo era otro: tipo que andaba en moto, que consumía alcohol y drogas, que se acostaba con muchas mujeres, y ya está. Generalmente tenían un trasfondo deprimente que los hacía ser así de superficiales o algún tema emocional del que querían escapar. Antes, un chico malo no era mucho más que eso. Pero hoy en día se nos sigue diciendo lo mismo, incluso cuando la definición es diferente. Hoy el chico malo tiene celular y redes sociales para ventilar lo que hace (que coge, que las usa, que no las quiere), hoy el chico malo es golpeador y a veces asesino; es soberbio, vanidoso y violento. ¿Van a seguir diciendo que no nos quejemos porque nos gustan?

ASCO

vivo en un pais donde alegamos por todo nos quejamos por todo, maldecimos por todo y a todos lo que estan en el alto mando, pero nisiquiera sabemos que pasa en nuestro al rededor si no es por la redes sociales que coño pasa, mueren niñas por montones y entonces empezamos a protestar dia y noche sin cansancio? de eso no se trata, no se trata de esperar a que algo pase para actuar y pensar: o cielos si que necesitamos hacer algo por el pais pero claro la culpa es tuya presidente , basta de lo mismo siempre. Vivimos en un pais donde siempre buscamos un culpable en vez de culparnos a nosotros mismos. Si obvio es cierto que un presidente, un gobierno o como quieran decirle es quien debe velar por el bienestar de los habitantes pero acaso solo ellos deben hacerlo? creo que no entonces dejemos de quejarnos de hechar culpas a lo pendejo para sacar provecho de ello o de la situacion en general que se esta viviendo. Seamos concientes de que somos parte de una nacion con intereses en comun y sepamos sobrellevar , lograr y actuar sobre esos intereses en comun, no nos quedemos ahi viendo como el gobierno disque intente hacer las cosas y no las hace porque pues no se le da la puta gana, la corrupcion que estamos viviendo se vive desde tiempos inmemorables hay que superarlo pero sin perder la fe que eso acabara algun milagroso dia, despertemos y luchemos por lo que realmente queremos para nuestra nacion no solo juzguemos y critiquemos detras de una pantalla de computadora o celular, ACTUEMOS!

Mojada de lágrimas

Tengo una chica que siempre está triste

me lleva con besos a su cama

para cubrirnos de nuestro pasado tormentoso

para quejarnos de lo que somos

y crear una religión

en donde la creencia sea

que nunca podrás ser otra cosa

además de la tragedia que eres

Tengo una chica que siempre está triste

y me muero un poco

intentando alegrarla

parto mi corazón en cuadritos

como si fuera una pechuga

le robo aceite de entre las piernas

se lo cocino a fuego lento

ella come dos bocados 

deja el plato

porque no quiere engordar

de mi amor

Tengo una chica que siempre está triste

me dice que eso es existir

que me engaño todos los días

al obligarme a sonreír

que ser feliz es un trabajo

con el que ganas 

el derecho de besar con tristeza

a la persona que amas

Tengo una chica que siempre está triste

tengo una catástrofe esperándome 

mojada de lágrimas en la cama

gemirá sus miedos y terminaré

llorando sobre sus senos

abrazando todo lo que me duele

recordando lo que nunca seremos

matando nuestros deseos de ser libres

odiándonos por ser tan sensibles

Tengo una chica que siempre está triste

y no puedo dejarla ir

dice que nunca la querré

como ella me quiere a mí

y que el dolor de saberlo

la hace feliz.

Me pregunto, por qué tendemos a elegir ver “lo que no” en lugar de “lo que si”?
Vemos lo que no tenemos o no podemos tener, pero no le damos valor suficiente a lo que sí tenemos, a lo que ya es nuestro o forma parte de nuestra vida.
Vemos lo que no somos o no podemos ser, pero no apreciamos lo que somos. Nos resulta más fácil ver nuestros defectos y quejarnos por ellos, que identificar nuestras virtudes o talentos y aprovecharlos.
Vemos lo feo y triste del mundo, pero no logramos ver cuanta belleza hay para apreciar en la naturaleza, en una comida, en el arte, en el amor.

Que diferente sería el mundo si todo fuera al revés, si todos pudiéramos ver “que sí”.
Que sí somos capaces de lograr lo que nos proponemos.
Que sí tenemos potencial y voluntad para alcanzar el éxito.
Que sí somos valientes.
Que sí nos aman.
Que sí podemos amarnos y perdonarnos a nosotros mismos.
Que sí nos merecemos lo que deseamos.
Que sí podemos elegir, incluso en las peores situaciones.
Que sí podemos luchar.
Que sí podemos amar.
Que sí podemos ser felices.

Tengo una chica que siempre está triste. Me lleva con besos a su cama. Para cubrirnos de nuestro pasado tormentoso. Para quejarnos de lo que somos. Y crear una religión. En donde la creencia sea. Que nunca podrás ser otra cosa. Además de la tragedia que eres. Tengo una chica que siempre está triste. Y me muero un poco. Intentando alegrarla. Parto mi corazón en cuadritos. Como si fuera una pechuga. Le robo aceite de entre las piernas. Se lo cocino a fuego lento. Ella come dos bocados. Deja el plato. Porque no quiere engordar. De mi amor. Tengo una chica que siempre está triste. Me dice que eso es existir. Que me engaño todos los días. Al obligarme a sonreír. Que ser feliz es un trabajo. Con el que ganas. El derecho de besar con tristeza. A la persona que amas. Tengo una chica que siempre está triste. Tengo una catástrofe esperándome. Mojada de lágrimas en la cama. Gemirá sus miedos y terminaré. Llorando sobre sus senos. Abrazando todo lo que me duele. Recordando lo que nunca seremos. Matando nuestros deseos de ser libres. Odiándonos por ser tan sensibles. Tengo una chica que siempre está triste. Y no puedo dejarla ir. Dice que nunca la querré. Como ella me quiere a mí. Y que el dolor de saberlo. La hace feliz.

Somos la generación que no quiere relaciones.

Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a “me gusta” y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #parejaperfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones.

Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación.

Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos los happy hours, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo.

Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar.

Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten… porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella.

No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, “mantita y peli” y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien.

Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día…

Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo.

Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido?

Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que nuestra generación no quiera relaciones es que, al final del día, sí que las queremos…

—  Páginas Apolilladas.
Aveces pienso que no hay que quejarnos de esos malos amores por que al final nosotros los elegimos, y si queremos algo diferente en nuestras relaciones tenemos que romper con el protocolo que nosotros mismos hacemos.