puntilla

No soy una chica droga capaz de hacerte adicto a cada uno de mis gestos, movimientos y manías.
No soy una chica medicina que pueda curarte las heridas, sólo puedo ofrecerte mi saliva.
No soy.
No.
Soy una niña bailarina, de las que siempre van de puntillas y sin hacer ruido; incapaz de entrar en tu caja torácica y alterar tus latidos.
Sístole y diástole siguen su ritmo cuando estes conmigo, pero si me voy…

Si me voy notarás eso que late, completamente partido

—  Loreto Sesma
Casi dos años desde que hablamos
Y aún espero encontrarte y perderme en tus ojos,
Aún espero sentir nuestras manos entrelezadas,
Aún espero ponerme de puntillas para juntar nuestros labios,
Aún espero dormir contigo y hacer constelaciones en tu espalda,
Aún espero llevar tu perfume y hacer tu comida favorita por la mañana.
Casi dos años desde que me hablaste aquella noche,
Pero más de medio año sin tu voz, sin tus ojos, sin tu sonrisa, sin tu mirada, sin tus palabras, sin tus tonterías, sin tus regaños, sin tu risa, sin tus «te quiero» sin ti.
Y joder como duele saber que te llevaste lo mejor de mí.
Pero duele aún más saber que no vas a regresar,
Ni yo voy a volver.
—  –
Vuelta de Dubai: Bienvenido a casa.

ONE-SHOT: Otra versión del reencuentro.

Destacaba por su altura entre todo el tumulto de gente que se agolpaba en la zona de llegadas internacionales del aeropuerto. Vegetta estaba inquieto y caminaba de un lado al otro mirando continuamente el panel que indicaba que el vuelo estaba en “Llegada” mientras chequeaba su teléfono móvil. Una sonrisa se le dibujó en el rostro justo cuando le entró un mensaje de que ya estaba recogiendo la maleta.

El castaño alargaba el cuello de puntillas intentando encontrarlo entre las personas que salían. Se planchó con las manos su camisa blanca y se arregló el cuello de la americana negra a juego con sus vaqueros. Otro vistazo entre la gente y allí estaba. Esa sonrisa podría diferenciarla hasta en la más completa oscuridad. Caminaron ambos hacia la izquierda tras indicárselo con un movimiento de cabeza y no pudieron evitar aligerar el paso hasta el encuentro.

— ¡Llegué!

Declaró Willy con una sonrisa todavía más enorme y abriendo los brazos tras frenar en seco cuando estuvieron frente a frente. Se le veía cansado al igual que despeinado. En su antebrazo descansaba una chaqueta y con esa misma mano agarraba una bolsa mientras que con la otra había venido empujando la pesada maleta.

— ¡Hola, compañero!

Se abrazaron casi chocando. Willy dejó caer sus brazos apretando la espalda del castaño mientras el otro sobaba la de él. Que reconfortarte era estar en casa… En mitad del abrazo Vegetta depositó un beso en la mejilla del otro, justo antes de separarse. Sonrieron y las preguntas del que se había quedado en tierra no tardaron en formularse por lo que Willy se apresuró a explicar que el viaje había sido largo pero tranquilo.

— Bonito polo. Y que moreno vienes, macho…

Comentó luego Vegetta intentando peinar un poco al chico tras haberlo mirado de arriba a abajo. Estaba aún así guapísimo y aquella prenda no se la conocía.

— Es que estuve en el desierto, chaval, ¿qué esperas? — Contestó Willy sonriente mientras el otro reía — Y tú que elegante, ¿no?

Vegetta levantó una ceja todavía sonriendo y se le escapó un ligero aire de cómica arrogancia.

— Yo siempre, Willy, por favor…

Volvieron a reír dándose cuenta de que el tumulto de gente de hace unos instantes ya casi había desaparecido.

— ¿Me llevas la maleta?

Soltó Willy después de una risilla poniendo las manos en gesto de súplica.

— Ya lo has tomado por costumbre, ¿eh? Anda… Trae.

Volvieron a reír. Cualquiera que los viera los tomaría por majaretas pero así eran ellos, siempre reían. Caminaron en dirección al parking del aeropuerto mientras Willy no podía parar de contar pequeñas experiencias de su viaje. Cuando por fin llegaron a escasos metros del aparcamiento este mismo paró en seco.

— Ay, mi coche… ¿Seguirá entero? Lleva muchos días solito contigo.

Miró a Vegetta, el cual ya estaba poniendo los ojos en blanco al oírlo.

— Buah, no empieces… El coche está agradeciendo que lo conduzca un profesional como yo y no tú.

Volvieron a caminar mientras Willy hacía graciosos gestos con las manos.

— Claro, claro… Oye, ¿me compraste cereales?

Vegetta ahora bufó a la par que desactivaba la alarma del coche y veía como Willy se abrazaba al capó de este con un fingido afecto de más.

— Tres cajas, macho, pa’ ver si te callas ya…

Entraron al interior tras guardar todo en el portabultos y a Willy le embriagó el característico olor del vehículo.

— Ey, tranquilo, tranquilo…

El pelinegro levantó las manos en señal de paz y el otro rió negando con la cabeza. Arrancó y tomaron rumbo hacia su casita de las montañas.

Tiempo más tarde Vegetta volvía a arrastrar la pesada maleta de su compañero mientras cargaba con la chaqueta que también había conseguido encasquetarle. Willy se adentró en el hogar y resopló con tranquilidad.

— Bienvenido a casa.

Habló Vegetta tras entrar también y cerrar la puerta tras de si. Willy comenzó a dejar algunas cosas en su lugar y a caminar por la, para su gusto, aún vacía estancia estirando sus brazos con pesadez. Se adentró en la cocina a por agua mientras Vegetta lo observaba todavía de pie en mitad del amplio salón. Willy apareció de nuevo y se dejó caer en el sofá junto a la bolsa que traía desde antes en las manos. Miró hacia Vegetta y sonrió.

— Anda, ven.

Lo llamó dando unos golpecitos con su mano en el sofá y el otro caminó hasta sentarse a su lado, justo cuando Willy empezó a buscar algo en la bolsa. Desde que Vegetta estuvo antes observando los movimientos de Willy sentía que algo le faltaba.

— Willy…

Lo llamó en voz baja pero el entusiasmo que tenía el recién llegado hizo que ni se diera cuenta. Willy terminó de rebuscar y sacó un paquete rectangular envuelto en un papel dorado mate.

— Ábrelo, es un regalito que te traje de Dubai. Lo vi y me acordé de ti.

Vegetta sonrió con ternura cuando dejó el paquete sobre sus muslos. Miró su rostro de risueña ilusión y se mordió levemente el labio inferior. Sí, definitivamente le faltaba algo.

— Primero dame otro regalito.

Y antes de que a Willy le diera tiempo a fruncir el ceño o siquiera a preguntar los labios del castaño ya estaban sobre los suyos, empujando con su esbelto cuerpo el de él para que ambos a penas se hundieran en el respaldar del mullido sofá. El pelinegro no tardó en posar sus manos en las mejillas del otro que aprovechaba para acariciarle con delicadeza la cintura. Tras unos intensos segundos se separaron sonriendo y tontamente sonrojados. Willy robó otro rápido beso antes de que se volvieran a sentar erguidos. Vegetta ahora sí centró su atención en el regalo que se había quedado sobre sus piernas. Movió la cabeza de un lado al otro y habló canturreando mientras rasgaba el papel.

— A ver, a ver qué me trajo el niño…

——–

DRABBLE anterior: http://maria-miri.tumblr.com/post/137679787662/vegetta-y-willy-antes-de-que-este-se-tire-en

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Daesh dio la puntilla a Altadis en La Rioja con la prohibición de fumar en Irak y Siria

Daesh dio la puntilla a Altadis en La Rioja con la prohibición de fumar en Irak y Siria

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Cuando José Manuel Soria se reunió el pasado viernes con el presidente de Altadis, Juan Arrizabalaga, en un intento desesperado del Gobierno por evitar el cierre de la fábrica que la tabacalera tiene en La Rioja, el actual ministro en funciones de Industria se encontró con una negativa irreversible y un argumento demoledor. La planta estaba desahuciada desde hace tiempo en la estrategia…

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Revista Digital En Pareja es Mejor #enparejaesmejor

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De las chanclas al tacón puntilla

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De las chanclas al tacón puntilla. Lo cierto es que, madre o amante, la pareja “tira”, digámoslo así

Nadie en su sano juicio niega la grandeza del amor, la fuerza que genera, los heroísmos que incuba, los paraísos de la piel, esas cosquillas en el alma… Hasta un cínico putañero como Cioran, se descubre ante él: «El amor es tan fuerte, que ha sobrevivido al romanticismo y al bidet».

También hay escépticos, claro. Quizá el más notable ha sido Arthur Schopenhauer, que veía en el amor una trampa de la naturaleza, un ardid suyo para procurar la conservación de la especie. Cuando admiramos unos senos firmes, unas caderas generosas –decía el filósofo– creemos ir en pos del objeto del deseo, pero en realidad es la voluntad de la especie la que está eligiendo una hembra con un biotipo adecuado para la reproducción. No elegimos amante, elegimos madre para nuestros hijos. «Por eso el matrimonio está condenado al fracaso. Porque no tiene como fin la generación presente sino la futura».

En suma, el amor sería una especie de software secreto de la evolución, la máscara romántica del gen egoísta. Madre o amante, lo cierto es que el hombre busca una mujer (ellas buscan zapatos, parece). Y cuando la encuentra enloquece. Se vuelve adicto a ese cuerpo. Juntos tocan el cielo. Ahora son dos animales magníficos. Él es el centro del mundo. Ella es la fuente del placer… pero el placer exige repetición… y la repetición mata el placer. Entonces ella le clava la punta de un tacón en la cabeza y él corre, aún sangrante, a buscar otra mujer, perdón, otras mujeres, porque acaba de comprender que el matrimonio no es lo suyo; que «amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por otra mujer». DE LAS CHANCLAS AL TACÓN PUNTILLA.

Pero todo hastía, hasta la felicidad, y entonces nuestro hombre empieza a extrañar el calor del hogar, a sentir que el sexo no es suficiente, y consulta analistas, unos tipos que le dan la razón a medias a sus clientes: «El sexo sin amor es una experiencia vacía… ¡pero como experiencia vacía es del putas!».

De regreso a su casa ve una pareja tomada de la mano y se pone a llorar… y termina casándose nuevamente… solo para confirmar, al poco tiempo, que la vida gira en redondo, que por un estúpido error de diseño social, alguien puso el erotismo en la calle y en la casa apenas el cariño; que es mucho más glamorosa la vecina en chanclas que la esposa en tacones. ¡Joder!

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En Pareja Es Mejor

Ese es el sino del hombre. Oscilar entre el donjuanismo y el romanticismo sin hallar sosiego en ninguno de los dos. El primero es frío, el segundo frígido. ¡Horror! Lo cierto es que, madre o amante, la pareja “tira”, digámoslo así. La necesitamos para conversar, para bailar, para cenar, para brindar, para sentirnos deseados, para experimentar el vértigo de la caída libre en ese “abismo de la razón”, el sexo; para conjurar siquiera parcialmente el fantasma de la soledad y no suicidarnos un domingo por la tarde.