polvo de luz

Estrellas

Y sí, hoy es una de esas noches en las que me pongo a pensar.
Me pienso.
Te pienso.
Nos pienso.
Me pienso en tus brazos; en esos que tanto me gustaría estar en este momento.
Te pienso riendo; achinando esos ojos celestes que parecen el cielo.
Nos pienso mirandonos; envueltos en una infinita tormenta de estrellas.
Vos contandome tus sueños, yo mirandote como si tuviese el sol ante mis manos.
Seguís soñando, te abrazo, pero no me abrazas.
Mirás hacia afuera de nuestra tormenta; yo te miro a los ojos.
Te levantás, yo te sigo.
Me mirás como si tuvieses una tormenta de polvo en frente.
Entrelazo nuestras manos, sentis polvo en los brazos.
Te sacudís, no queres ensuciarte con problemas, querés seguir soñando.
Ves polvo en mí, veo estrellas en vos.
Te ofrezco la oscuridad de la noche y el brillo de la luna.
Querés la claridad del día y la luz del sol.
Capaz por eso mis ojos son negros y los tuyos celestes.
Capaz por eso sos el día y yo la noche.
Capaz por eso perseguís al sol y no a la luna.
Capaz por eso preferís el cielo limpio antes que las tormentas.
Por eso saliste de la mía. De la nuestra.
Pero estabamos hechos de estrellas, no de polvo.
¿Será que te llevaste las estrellas que brillaban y me dejaste las muertas?
¿O será que yo soy el polvo y vos la estrella?
Capaz soy el polvo de tu estrella.
¿O soy el pasado de tu luz?
Capaz soy la luz de tu pasado.

También yo jugué ese último juego antes de las naranjas y el café y el agua fresca, un juego que viene de la infancia y que es taparse con la sábana, desaparecer en esas aguas de aire espeso y entonces de espaldas doblar poco a poco las piernas levantando la sábana con las rodillas para hacer una tienda, y dentro de la tienda establecer el reino y allí jugar pensando que el mundo es solamente eso, que por fuera de la tienda no hay nada, que el reino es solamente el reino y que se está bien en el reino y nada más hace falta. Dormías dándome la espalda, pero cuando digo que me la dabas estoy diciendo mucho más que una mera manera de decir, porque tu espalda se bañaba en el resplandor de acuario que nacía del sol filtrándose por la sábana vuelta cúpula traslúcida, una sábana de finas rayas verdes, amarillas, azules y rojas que se resolvían en un polvo de luz, oro flotante donde tu cuerpo inscribía su oro más sombrío, bronce y mercurio, zonas de sombra azul, pozas y valles.
—  Julio Cortázar
Me gustaría contarte lo que veo, hablarte
de los hoteles abandonados apareciendo de la nada
en el medio de la carretera como castillos solitarios
cuyos puentes levadizos hubieran sido
dinamitados hace tiempo. Me gustaría
contarte lo que veo pero es imposible
hallar un dolor que condescienda
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,
emprender tan largo viaje para ir de un extremo
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de las luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta,
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y ésa -quizás- es su idea
de un encuentro.
—  Claudia Masin