politica de hechos consumados

LAS PRIMERAS NOCHES SIN UD.

¿Por qué lo hacía? Honestamente la única respuesta que encuentro es la insatisfacción, pero no me apetece detenerme en esto. Sigo pensando que la heroína es sólo una droga más, pero también sé que puede llegar a ser la droga, hasta el punto de hacerte perder el interés por cualquier otro tipo de sustancia. Nunca fui el más listo de la clase; nunca creí serlo. Todo está en la cabeza, me dicen todos. Pero ahora lo que me parece horrible es ser tan consciente de mi cuerpo, tan dolorosamente consciente. No es la fiebre, la diarrea, o los espasmos en la cama, ni aun la ansiedad –esta está allí siempre, aunque sea agazapada- o la sensación de angustia. Tampoco es, como creí en algún momento, el pánico a enfrentarte a todas estas cosas (cuando ocurren, aunque sea a un mismo tiempo, da la sensación de que cada una ocupa un comportamiento diferente en tu interior. Es como tener a varias mujeres en tu vida; hay una que te ocupa por encima de las demás pero todas están engañadas y es eso lo que lo vuelve todo insoportable). El verdadero problema es también un miedo, sí, pero el miedo a no poder llevar una vida normal sin la heroína, ese no recordar cuándo llevabas una mínima disciplina diaria y hacías cosas normales e ibas tirando aunque fuera a trompicones. Por la calle veo a gente que me dobla la edad haciendo su vida de una forma tan enérgica que casi me parece irreal. La señora paseando a su perro o los hombres riendo a carcajadas en la puerta del bar, a esta hora temprana de la tarde, cuando yo me siento exhausto y llegar a casa me parece una tarea poco menos que inalcanzable, todo eso parece formar parte de una película en la que nadie ha pensado un papel para mí. Si se trata de adolescentes o de niños la sensación es distinta, como de añoranza y pérdida, pero igualmente triste. ¿Tengo mi edad o habré envejecido prematuramente? Esta todo en la mente, me dicen, todo, pero no es sino ella la que constata a cada segundo la insoportable certeza de mi cuerpo. Ahora y para siempre, la felicidad ha dejado de ser una quimera y la infelicidad se erige en única realidad posible para mí. Y son también las ganas de llorar a todas horas, claro. Y a veces lloro. Pero hasta eso me parece que lo hago mal. La heroína había dejado de ser una droga más. O al menos había dejado de ser una droga para estar mejor para convertirse en el remedio para dejar de estar mal. Y resulta que ahora estoy peor. Y yo sólo quiero estar bien. No, ahora sólo pido estar normal. Como esa gente que veo en la calle. Sabía que era un analgésico potente, pero llegué a contemplarla como única fuente de viabilidad posible. Sólo necesito un mínimo de buen humor para enfrentarme al día por las mañanas. Sólo eso. ¿Es mucho pedir? Una farmacéutica joven, insulsa, imbécil, de pelo rubio veteado me informa que sin receta naranjas de la china. Ni contus ni nada con la terminación en –am. Me intenta colar una especie de tranquilizante homeopático. Cuando le pregunto que qué es eso ella pone cara de “a ver cómo te lo explico” y me dice que se trata de una medicina alternativa basada en que sólo nos curará aquello mismo que nos hace daño. Supongo que eso es algo que da para un ensayo filosófico pero en aquel momento se me antoja una estupidez supina, y aunque pongo cara de “tú qué sabrás lo que me hace daño” creo que no lo consigo y me largo y la dejo allí la mar de contenta con sus vetas rubias y su cara de boba y yo considero la disyuntiva de dar un paseo larguísimo hasta Urgencias o arriesgarme a pegar botes en la cama una noche más a ver si de una vez doy con la cabeza en el techo. La cabeza. Todo está ahí dentro, me repiten, todo. Entonces, ¿también lo están las razones? Porque esas no se atreven siquiera a mencionarlas, supongo que por el mismo miedo que me atenaza a mí. Todo esto pasará, es cuestión de días. Con sus noches, eso sí. Pero pasará. Tengo cosas por hacer y cosas a las que enfrentarme, creo. Pero ¿por qué lo hacía? Y es más; ¿por qué lo volveré a hacer?

Para una persona con una esmerada conciencia de sí misma, el insomnio es, oh paradoja, la mayor de las pesadillas. Pero hay algo que hace preferible las pesadillas al insomnio, como hay algo que hace preferible el sueño a la vigilia. De aquellas sólo somos conscientes cuando salimos de ellas, cuando despertamos: la sensación de alivio.
La vida, sin embargo, no admite alivio de sí misma, a no ser que optemos por utilizar drogas bien fuertes. No me digan que su vida es una pesadilla, porque les acusaré de ligereza. La vida es más un vastísimo y doloroso insomnio.
Huida

Esta mañana en la calle alguien parecía sonreirme.

Cuando me acerqué todo lo que vi en su cara fue una mueca.

Me di la vuelta y eché a correr. En el camino

incluso las ratas, chillonas, se reían a mi paso.

Sólo cuando me detuve a encender un fuego supe calmarme

(y aun entonces hubiera jurado que aquella persona sonreía).

 

Me limité a arder hasta apagarme.