Te estoy exhalando, te estoy dispersando, te estoy vomitando. Me estoy resignando, me estoy durmiendo, me estoy apagando, me estoy aliviando. Pero para serte franco me cuesta renunciar
al aroma a hierba de tu piel, a los pájaros de tus manos, a la utopía de corresponderte, a esta sensación en mis huevos de verte en vestido y ponerme caliente. No quiero que te vayas ni que te detengas, no quiero que me extrañes o te inventes un cuento de febril consuelo que nos conduzca a una amistad con sabor a infierno. Te estoy exhalando, te estoy dispersando, te estoy vomitando. Contigo la debilidad y la fortaleza no comparten patrones de diferencia. Te estoy soltando aunque nunca te hice amarres, te estoy soltando. Pero para serte franco me cuesta renunciar a las enloquecidas caravanas de asombrarte, de comerte, de verte diosa en sobre mares, de verte grandiosa en cada encuentro, de cautivarte con el néctar de la palabra que te ponga deseosa. ¿Quién florecerá ahora durante mi invierno? ¿Quién me dará noches heladas durante el verano? Descansarán de tantas explosiones mis costillas, dormiré con las fantasías de que la circunstancia más absurda nos encuentre un día a la vuelta de la esquina, ya no llenarás de romance mi poesía. Te estoy exhalando, te estoy dispersando, te estoy vomitando y no quiero.
—  Las viejas cartas para Ana, Quetzal Noah