piezas de museo

Miro tus ojos, la pieza más
bonita de cualquier museo.
Y sigo observándote, lentamente
mis ojos se deslizan por todo
tu cuerpo. Analizo cada pequeño
detalle, ¡que bonitos lunares!
Me encanta detenerme en tus
labios, para soñar que podré
besarlos. Observo con atención
cada una de tus muecas, puedo
notar la timidez que se esconde
tras tu deslumbrante sonrisa.
Me gusta la forma en que tapas
tu boca cuando te ríes muy fuerte,
o la manera en la que reaccionas
a todo, como cuando algo te
sorprende y levantas tus cejas, o
la manera en que tus ojos brillan
cuando escuchas tu canción favorita.
Y sigo mirándote, admirando la
perfección que hay frente a mis ojos;
puedo darme cuenta de lo mucho
que me gustas. Me hace feliz poder
mirarte. Puedo verte y saber que estoy
contemplando a la persona que quiero
tener conmigo para siempre.

“…Cada promesa es una amenaza; cada pérdida, un encuentro….
De los miedos nacen los corajes;
y de las dudas, las certezas.

Los sueños anuncian otra realidad posible
y los delirios, otra razón.

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina,
sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día.

En esa fe, fugitiva, creo.

Me resulta la única fe digna de confianza,
por lo mucho que se parece al bicho humano,
jodido pero sagrado, y a la loca aventura de vivir el mundo.”


Eduardo Galeano

Hoy te vi, te veías tan bien, como siempre. Me quedé a observarte, a contemplarte cual pieza de arte en un museo, protegida por un vidrio. Y ahí estabas, tan radiante como siempre, abajo de un cielo lleno de nubes.
—  De verdad me gusta mucho.
Te estás muriendo para mí.

Hoy te vi, te veías tan bien, como siempre. Me quedé a observarte, a contemplarte cual pieza de arte en un museo, protegida por un vidrio. Y ahí estabas, tan radiante como siempre, abajo de un cielo lleno de nubes. Gotas de lluvia que caían por tu piel y tenía en el privilegio de tocarte. Hermosa…

Pero algo cambio… Mi corazón ya no latió tan rápido como solía hacerlo cuando te veía… Mis ojos ya no danzan al ver tu belleza. Ya no despertaste nada en mí. Te conocí en primavera y creo que mi amor por ti ya entró en otoño; todo se está marchitando, pudriendo y cayendo. Creo que te estás muriendo para mí. 

De los miedos nacen los corajes; y de las dudas las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios otra razón.

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día.                           

El libro de los abrazos, Eduardo Galeano