pere borrel del caso

   He conocido a un chiquillo de diez años, de salud frágil y de imaginación precoz, que le había dedicado un amor puramente cerebral a una niña de más edad que él. Estaba horas en la ventana, para verla pasar, lloraba si no la veía, lloraba más aún si la había visto. Pasaba muy escasos, muy breves instantes junto a ella. Dejó de dormir, de comer. Un día, se arrojó por la ventana. Se creyó primeramente que la desesperación de no acercarse nunca a su amiga lo decidiera a morir. Se supo que al contrario, acababa de conversar muy largamente con ella; había sido infinitamente amable con él. Entonces se supuso que había renunciado a los días insípidos que le quedaban por vivir, después de esa embriaguez que quizás no tuviera ya oportunidad de renovar.
Frecuentes confidencias, hechas antes a uno de sus amigos, hicieron inducir que experimentaba una desilusión cada vez que veía a la soberana de sus sueños; pero en cuanto se había ido, su imaginación fecunda devolvíale todo su poder a la chiquilla ausente y empezaba a desear verla de nuevo. Cada vez trataba de encontrar en la imperfección de las circunstancias el motivo accidental de su desilusión. Después de esa entrevista suprema en la que con su fantasía ya hábil había conducido a su amiga hasta la alta perfección de que era susceptible su naturaleza, comparando con desesperación esa perfección imperfecta con la absoluta perfección de que vivía, de que moría, se arrojó por la ventana.
Después, ya idiota, vivió mucho tiempo, conservando de su caída el olvido de su alma, de su pensamiento, de la palabra de su amiga a la que encontraba sin verla. Ella, a pesar de las súplicas y las amenazas, se casó con él y murió varios años después sin haber logrado ser reconocida.

    La vida es como esa amiguita. La pensamos y la amamos por pensarla. No hay que tratar de vivirla: uno se arroja, como el chicuelo, en la estupidez, no de un golpe, porque todo en la vida se degrada por matices insensibles. Al cabo de diez años, ya no reconoce uno sus sueños, los reniega uno, se vive, como un buey, por la hierba que se ha de pastar en el momento. Y de nuestras nupcias con la muerte ¿quién sabe si podrá pastar nuestra consciente inmortalidad?


Extraído de “Los placeres y los días” (1896) - Marcel Proust