parsimonioso

McHanzo Week 2017 Día 1: Mañana // Noche

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El caza recompensas piensa para sí mismo, en cómo sería capaz de vender su alma por una taza de café.

La mañana es desoladora, Fría y desierta, para una persona que acaba de despertar en el cuarto de un sucio motel en medio de la nada.

Debe de haber sol al otro lado de la fea cortina que tapa el exterior, pero no siente necesidad alguna de comprobarlo.

Siente su brazo derecho dormido a causa de la mala posición en la que se quedó dormido y su brazo izquierdo con un punzante dolor que supone una alerta para remover la prótesis mecánica que lleva más de dos semanas aferrada a su antebrazo.

Bosteza y pestañea a un ritmo parsimonioso que no tiene el lujo de darse con frecuencia.

(Jesse McCree, 36 años.)

Se levanta sin mucho apuro de la cama y llega hacia el nada higiénico baño que alberga la habitación.

Retira la prótesis de su brazo, vieja y algo oxidada, y aun adolorido por los males que está le ha acusado examina su antebrazo sin mucho ánimo. Realmente no puede culpar a aquel pedazo de metal por causar las heridas y quemaduras que adornan el muñón de su antebrazo, la culpa es suya por no anteponer su salud antes que el trabajo.

(Jesse McCree, demasiado ocupado como para cuidar de sí mismo.)

Deja la prótesis sobre el velador al lado de la cama y se da tiempo para tomar una ducha. Oh, agua caliente, cuanto habías hecho falta. Al salir de la ducha y con los pantalones puestos, comienza a curar las heridas de su cuerpo con gasa y desinfectante, que afortunadamente siempre se asegura de llevar con él.

A continuación, y con la misma velocidad, termina de vestirse para iniciar el mismo ritual de casi todos los días.

Acomoda su sombrero e instala la prótesis de vuelta en su lugar.

Clik. Suena el aparato, que obviamente necesita mantención y cada día parece volverse más pesado.

Fue una pieza barata y carente de lujos, no se puede pedir excelencia de algo hecho a la rápida y sin demasiado cuidado. Si hay algo que Jesse McCree debe recordar la próxima vez que reciba su paga, es que debe empezar a ahorrar para comprar otra.

Prioridades, prioridades.

Salé de su poco afable cuarto de Motel y procura desaparecer sin darse demasiadas vueltas. En otras palabras, la idea es irse sin crear demasiado escándalo. Es una costumbre, e incluso sin ser verdaderamente necesario, es algo que siente como parte de su habitualidad.

Toca la funda de su revólver, simplemente para sentir el arma intacta y segura, siempre cerca de su persona y fácil de emplear si la situación lo amerita.  (Y oh, por dios, la situación siempre lo amerita).

La autoprotección es una habilidad importante, la atención un hábito infravalorado y la moral un capricho que pocos pueden poseer. Jesse McCree cree fervientemente que un hombre solo puede depender de uno de ellos, intentar toda su vida dominar el segundo y pseudo prescindir del tercero.

Vuelve a bostezar cuando el sol mañanero toca la piel de su cara.

Hoy será un día tranquilo, piensa, hoy será un día más del resto de tu vida. Un día normal, probablemente algo aburrido y sin mucho movimiento. Es lunes, los lunes son días ordinarios. Las personas vuelven al trabajo, los niños al colegio y el ciclo se repite una vez más.

El caza recompensas escucha sus pasos en la acera, siente la luz del sol en su piel y el dolor de las heridas sin curar en su brazo. Recuerda caras conocidas, voces que le llaman entre pesadillas y olvida conversaciones alcoholizadas a las dos de la mañana en una cantina de mala muerte.

Quizás hoy tenga algo de suerte y sus servicios solo requieran que encuentre algún criminal no muy brillante que piense que puede pasar toda la vida escondido tras un bigote falso y un corte de pelo ridículo.

Si tan solo fuese así de fácil…

De pronto la imagen de su comandante aparece en su mente. Es un flashback difuso que conduce a la confusión pero que siempre quedara tallado en su subconsciente. 

“Tienes que pensar menos rápido y actuar con calma, niño”

Jesse McCree recuerda esas palabras casi todos los días desde los 17 años y tiene total certeza de que jamás las olvidara.

“Las armas no matan. Tú eres el que mata. Asegúrate de solo apretar el gatillo ante alguien que se lo merezca”

Asiente con lentitud, como si hubiese alguien delante de él.

Pero no hay nadie.

Nada más que la carretera y el desierto.

Es entonces cuando comienza a preguntarse cosas ridículas como: ¿Cómoestará Angie?, ¿Qué estará haciendo Genji?, ¿Qué habrá sido del viejo Reinhardt?, ¿Qué tal el gruñón de Torb y su tan extensa familia?, ¿Lena y Winston?… ¿Cómo se verá Fareeha luego de tantos años?

Probablemente idéntica a su madre. Se responde, y de repente siente unas enormes ganas de no haber pensado en nada desde el principio.

No queda más que caminar hacia adelante y comenzar esta tranquila mañana con una taza de café en alguna cafetería barata a mitad de camino.

Igual que todos los días.

Un días más del resto de tu vida.

Prende uno de los dos cigarros que aún le quedad y continua su camino, sabiendo que gastara su próxima paga en cigarros, un poco de wiski y tal vez, algo decente para comer.

No en una prótesis nueva.

Y la verdad, es que no podría impórtale menos.

 

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El asesino dispara una flecha que atraviesa la mitad de un parque antes de dar con la cabeza de su víctima. El sujeto cae muerto en silencio sin que nadie tenga tiempo suficiente para reaccionar, los gritos no tardan en aparecer, pero lo hecho, hecho está y el trabajo del francotirador ha llegado a su fin.

Desde uno de los pisos más altos del hotel donde se encuentra, se apresura para guardar el arco dentro del único bolso que lleva consigo y se cambia de ropa con una rapidez calculada, procurando ocultar su identidad y mezclarse entre la multitud que pasea por las calles esa particular noche de verano.

Normal, es lunes y la humanidad debe de estar saliendo del trabajo, dirigiéndose a sus hogares o saliendo a divertirse.

¿Salir a divertirse un lunes?

Quién sabe, Todo puede ser posible.

(Hanzo Shimada, 37 años.), No llegaría a comprender el verdadero significado de esas palabras hasta un año más adelante.

Ahora mismo tenía cosas más importantes de que preocuparse.

Baja hasta el lobby, sin hacer uso del ascensor (aunque suene raro, la escalera supone una estancia menos concurrida y si alguien hace presencia en ella, Hanzo sabrá solo por el sonido de sus zapatos si se trata de un policía, otro asesino o de un simple civil).  Las facciones de su rostro están intactas y su respiración completamente calmada. La mayor parte de su existencia se ha basado en cometer crímenes de distinto índole, por lo que, no es la muerte lo que le preocupa. No hay culpa en una muerte limpia, perfecta y extraordinariamente bien ejecutada.

El miedo viene a raíz del peligro.

Hanzo Shimada Solo necesita salir de ese lugar antes de que sea demasiado tarde y tenga que terminar esparciendo más sangre de lo acordado. 

Una muerte siempre trae consigo una persecución, un rumor que crea miedo, miedo que crea desorden y desorden que crea desastres. La repercusión es un intercambio en la balanza, un peso perdido que es velozmente remplazado para volver a crear orden.

No hay acción que no traiga consigo sus debidas consecuencias.

Y de ello, es lo que Hanzo Shimada más conoce.

Recorre las calles con facilidad. Sus años como mercenario le han enseñado varios trucos, y saber ubicarse figura como uno de los más importantes de todos. Conocer a la presa antes de cazarla.

Observa a los civiles desplazarle de un lado al otro por las calles, hablando con sus voces agudas y sus risas chirriantes que corroen el esmalte de sus dientes. (Tal vez esta definición sea un poco exagerada, pero él hombre no siente la necesidad de agradar a nadie con palabras camufladas ni metáforas pretensiosas.) Digamos las cosas como son y ya está.

Las altas luces de los autos opacan su visión y le obligan a estar doblemente alerta. Las grandes urbes siempre han sido escenarios complicados para un asesinato silencioso y mucho más para un escape sin testigos.

Pero no hay tiempo para pensar en pequeñeces ni quejarse de las complicaciones en el antiguo arte de matar.

En un rato más debe estar llegando al aeropuerto. No sin antes encontrarse con un hombre de traje elegante, sosteniendo una copa de champagne dentro de algún auto caro, quien hará entrega de la paga acordada, para finalmente, poder abordar un avión de vuelta a Japón.

Luego de eso viene otra pelea.

Una pelea que se repite todos los años desde hace nueve años.

El asesino toma una respiración profunda y trata de no pensar en eso.

Imposible. Siempre ha sido imposible y siempre lo será.

Intenta poner la razón antes del sentimiento. Es esencial desaparecer de esa ciudad y dejar el resto de lado, sobrevivir es un instinto, no un planteamiento teórico.

Objetivo antes de subjetivo.

Sigue hacia adelante, topándose con uno que otro despistado que no mira hacia adelante, mujeres y hombres hablando por teléfono y niños distraídos con las luces de los carteles que iluminan los bares o los animales callejeros que duermen plácidamente en medio del ruido.

La noche es amigable a la vista de una persona común, peligrosa si se anda sin cuidado, y terrorífica cuando la oscuridad pasa de ser una desventaja a una letal enemiga.

Hanzo Shimada no puede ver las estrellas en aquel lugar rodeado de luces artificiales y calor antinatural.

Aprieta los dientes, cierra los ojos con fuerza y continúa su camino.

Después de todo, aún queda mucho por delante.

E ora, signori, abbiate la compiacenza di confrontare il destino di un saggio, uno qualsiasi, con quello di una di queste folli creature. Immaginate un vero mostro di saggezza, uno di quei sapientoni che ha passato l’adolescenza e la giovinezza con la testa china sui libri e che ha sprecato gli anni più belli della sua vita tra notti insonni, angosce e sudore. E anche più in là non si è mai concesso un pizzico di divertimento: sempre parsimonioso, povero, triste, abbacchiato, duro e ostile nei confronti di se stesso, odioso e antipatico a tutti, pallido, magro, malaticcio, cisposo, emaciato, incanutito anzitempo. Un cadavere ambulante. Ma che cosa importa se muore un uomo così, che non ha mai vissuto?
Vi è piaciuto il mio ritratto del sapiente? Mortale, non vi pare?
—  Erasmo da Rotterdam - Elogio della Follia - Un ritratto… mortale