paredes de vidrio

50 Sombras de Luque ~ Adaptación

CAPÌTULO 1 (Primera Parte)

Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrado. Qué asco de cabello. No hay manera con él. Y maldito sea Frank Garnes, que se ha puesto enfermo y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy, intentando hacer algo con mi cabello. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces esta misma frase mientras intento una vez más controlarlo con el secador. Me desespero, pongo los ojos en blanco, después observo al chico algo pálido, de pelo oscuro y ojos negros y achinados que me mira, y me rindo.

Frank es mi compañero de piso, y ha tenido que pillar un resfriado precisamente hoy. Por eso no puede ir a la entrevista que había concertado con un megaempresario del que yo nunca había oído hablar para la revista de la facultad. Así que va a tocarme a mí. Tengo que estudiar para los exámenes finales, tengo que terminar un trabajo y se suponía que a eso iba a dedicarme esta tarde, pero no. Lo que voy a hacer hoy es conducir más de doscientos kilómetros hasta el centro de Seattle para reunirme con el enigmático presidente de Luque Enterprises Holdings, Inc. Como empresario excepcional y principal mecenas de nuestra universidad, su tiempo es extraordinariamente valioso —mucho más que el mío—, pero ha concedido una entrevista al pringao’ de Frank. Un bombazo, según él. Maldita sean sus actividades extraacadémicas.

Frank está acurrucado en el sofá del salón.

—Willy, lo siento. Tardé nueve meses en conseguir esta entrevista. Si pido que me cambien el día, tendré que esperar otros seis meses, y para entonces los dos estaremos graduados. Soy la responsable de la revista, así que no puedo echarlo todo a perder. Por favor… —me suplica con voz ronca por el resfriado.

¿Cómo lo hace? Incluso enfermo se ve lindo, es mi amigo, supongo que puedo elogiarlo, al menos mentalmente…, es realmente atractivo, con su pelo negro perfectamente peinado hacia arriba y sus brillantes ojos, aunque ahora los tiene rojos y llorosos. Paso por alto la inoportuna punzada de lástima que me inspira.

—Claro que iré, Frank. Vuelve a la cama. ¿Quieres una aspirina o un paracetamol?

—Un paracetamol, por favor. Aquí tienes las preguntas y la grabadora. Solo tienes que apretar aquí. Y toma notas. Luego ya lo transcribiré todo.

—No sé nada de él… —murmuro intentando en vano reprimir el pánico, que es cada vez mayor.

—Te harás a la idea por las preguntas. Sal ya. El viaje es largo. No quiero que llegues tarde.

—Vale, me voy. Vuelve a la cama. Te he preparado una sopa para que la calientes después.

Lo miro con cariño. Solo haría algo así por ti, Frank.

Cojo el móvil, le lanzo una sonrisa tranquila y me dirijo al coche. No puedo creer que me haya dejado convencer, pero este es capaz de convencer a cualquiera de lo que sea. Será un excelente periodista. Sabe expresarse y discutir, es fuerte, convincente y guapo. Y es mi mejor amigo.

Apenas hay tráfico cuando salgo de Vancouver, Washington, en dirección a la interestatal 5. Es temprano y no tengo que estar en Seattle hasta las dos del mediodía. Por suerte, Frank me ha dejado su Mercedes CLK. No tengo nada claro que con Luzo, mi viejo Volkswagen Escarabajo, pudiera llegar a tiempo. Sí, soy todo un pringao, le pongo nombre a un Escarabajo. Conducir el Mercedes es muy agradable. Piso con fuerza el acelerador, y los kilómetros pasan volando.

Me dirijo a la sede principal de la multinacional del señor De Luque, un enorme edificio de veinte plantas, una fantasía arquitectónica, todo él de vidrio y acero. Son las dos menos cuarto cuando llego. Entro en el inmenso —y francamente intimidante— vestíbulo de vidrio, acero y piedra blanca, muy aliviado por no haber llegado tarde.

Desde el otro lado de un sólido mostrador de piedra me sonríe amablemente una chica pelirroja, atractiva y muy arreglada. Lleva la americana gris oscura y la falda blanca más elegantes que he visto jamás. Está impecable.

—Vengo a ver al señor de Luque. Guillermo Diaz, de parte de Frank Garnes.

—Discúlpeme un momento, señor Diaz —me dice alzando las cejas.

Espero tímidamente frente a ella. Empiezo a pensar que debería haberme puesto una americana de vestir en lugar de mi chaqueta vaquera azul claro. He hecho un esfuerzo y me he puesto una camiseta de Jack & Jones, unos jeans sueltos y unas Vans. Para mí ya es ir elegante. Me peino un poco el pelo fingiendo no sentirme intimidado.

—Sí, tiene cita con el señor Garnes. Firme aquí, por favor, señor Diaz. El último ascensor de la derecha, planta 20.

Me sonríe amablemente, sin duda divertida, mientras firmo.

Me tiende un pase de seguridad que tiene impresa la palabra VISITANTE. No puedo evitar sonreír. Es obvio que solo estoy de visita. Desentono completamente. No pasa nada, suspiro para mis adentros. Le doy las gracias y me dirijo hacia los ascensores, más allá de los dos vigilantes, ambos mucho más elegantes que yo con su traje de corte perfecto.

El ascensor me traslada a la planta 20 a una velocidad de vértigo. Las puertas se abren y salgo a otro gran vestíbulo, también de vidrio, acero y piedra blanca. Me acerco a otro mostrador de piedra y me saluda otra chica pelirroja vestida impecablemente de blanco y negro.

—Señor Diaz, ¿puede esperar aquí, por favor? —me pregunta señalando una zona de asientos de color… ¿morado?

Detrás de los asientos hay una gran sala de reuniones con las paredes de vidrio, una mesa de madera oscura, también grande, y al menos veinte sillas a juego. Más allá, un ventanal desde el suelo hasta el techo que ofrece una vista de Seattle hacia el Sound. La vista es tan impactante que me quedo momentáneamente paralizado. Wow.

Me siento, saco las preguntas de la bolsa y les echo un vistazo maldiciendo por dentro a Frank por no haberme pasado una breve biografía. No sé nada del tío al que voy a entrevistar. Tanto podría tener noventa años como treinta. La inseguridad me mortifica y, como estoy nervioso, no paro de moverme. Nunca me he sentido cómodo en las entrevistas cara a cara. Prefiero el anonimato de una charla en grupo, en la que puedo sentarme al fondo de la sala y pasar inadvertido. Para ser sincero, lo que me gusta es estar solo, acurrucado en una silla de la biblioteca del campus universitario leyendo una buena novela inglesa, y no removiéndome nervioso en el sillón de un enorme edificio de vidrio y piedra.

Suspiro. Contrólate, Willy. A juzgar por el edificio, demasiado aséptico y moderno, supongo que el gran hombre al que entrevistaré tendrá unos cuarenta años. Un tipo que se mantiene en forma, bronceado y pelirrojo, tal vez…, a juego con el resto del personal.

De una gran puerta a la derecha sale otra pelirroja elegante, impecablemente vestida. ¿De dónde salen tantas? Parece que las fabriquen en serie. Respiro hondo y me levanto.

—¿Señor Diaz? —me pregunta la última pelirroja.

—Sí —digo con voz ronca; carraspeo—. Sí —repito, esta vez en un tono algo más seguro.

—El señor de Luque le recibirá enseguida. ¿Quiere dejarme la chaqueta?

—Sí, gracias —le contesto al tiempo que me quito con torpeza la chaqueta.

—¿Le han ofrecido algo de beber?

—Pues… no.

Vaya, ¿estaré metiendo en problemas a la pelirroja número uno?

La pelirroja número dos frunce el ceño y lanza una mirada a la chica del mostrador.

—¿Quiere un té, un café, un poco de agua? —me pregunta volviéndose de nuevo hacia mí.

—Un vaso de agua, gracias —le contesto en un murmullo.

—Olivia, tráele al señor un vaso de agua, por favor —dice en tono serio.

Olivia sale corriendo de inmediato y desaparece detrás de una puerta al otro lado del vestíbulo.

—Le ruego que me disculpe, señor Diaz. Olivia es nuestra nueva empleada en prácticas. Por favor, siéntese. El señor de Luque le atenderá en cinco minutos.

Olivia vuelve con un vaso de agua muy fría.

—Aquí tiene, señor Diaz.

—Gracias.

La pelirroja número dos se dirige al enorme mostrador. Sus tacones resuenan en el suelo de piedra. Se sienta y ambas siguen trabajando.

Quizá el señor de Luque insista en que todos sus empleados sean pelirrojos. Estoy distraído, preguntándome si eso es legal, cuando la puerta del despacho se abre y sale un chico alto y atractivo, con el pelo castaño ondulado y vestido con elegancia. Está claro que no podría haber elegido peor mi ropa.

Se vuelve hacia la puerta.

—Hombre, ¿jugamos al golf esta semana?

No oigo la respuesta. El chico me ve y sonríe. Se le arrugan las comisuras de los ojos. Olivia se ha levantado de un salto para ir a llamar al ascensor. Parece que destaca en eso de pegar saltos de la silla. Está más nerviosa que yo.

—Buenas tardes —dice el afroamericano metiéndose en el ascensor.

—El señor De Luque le recibirá ahora, señor Diaz. Puede pasar —me dice la pelirroja número dos.

Me levanto tambaleándome un poco e intentando contener los nervios. Cojo mi bolsa, dejo el vaso de agua y me dirijo a la puerta entornada.

—No es necesario que llame —dice sonriéndome —. Entre directamente.

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Holah! Vengo a alegrarles el lunes (? o al menos lo que queda de él, y… a dejarles el primer capítulo de 50SDL!! Hueh, espero que les guste ^^ algún consejo podéis dejarme un ask aquí –> Dame caloh e.e si les gusto y queréis moar solo debes darle al corazoncito o rebloguearlo, es gratis y ayuda musho :3. Tambieeen.. agradecer a esta muhé: srachutafairi por darme esta gran idea z4 amor pa’ ti :3 y a Kiara 7u7 que me ayudará en las partes “hardcore” por así decirlo xD de esta adaptación ^^, hasta la próxima!