paco juarez

Cielo de Ciudad

“Espero que no tenga que pasar otro año entero para volver a encontrarte” con esas palabras me despedí de ti aquella segunda vez. Si. Había pasado un año desde que te conocí y me dejaste con un cuba libre en la mano derecha, un cigarro a punto de terminarse en la izquierda, mal sentado en la silla de aquella cantina, el plato con rancheritos casi completo, con la cuenta, aquella borrachera, una erección padre entre las piernas y un charco de orina en el piso.

Yo no quería beber ese día, lo juro. No podía beber, mi turno comenzaba a las once de la noche, te encontré a las ocho, solo entré a buscar mi mochila que había dejado la noche anterior en esa cantina, pero ahí estabas, sentada en la barra, aburrida, absorta haciendo figuras en el agua que tu cerveza sudaba sobre la vieja y sucia madera de la barra. El mundo giraba, nosotros con él y tu lo ignorabas, no te importaba. El mundo era tuyo y giraba a tu ritmo, o no giraba, o si lo hacía no lo sentías o peor aún, no le prestabas atención.

Mi mochila apareció en cuanto llegué, Braulio, el mesero, me reconoció en el acto, como no, ese lugar era mi segundo hogar. Pero estabas ahí, sola en la barra, sin esperar a nadie, sin importarte nadie. Me senté junto a ti, te saludé, me miraste y regresaste a las jirafas acuosas que dibujabas, pedí el primer ron.

A la mitad del segundo ron, yo seguía hablándole a tu mano, o tal vez a tu arete, a cualquier cosa menos a ti, no me escuchabas o eso creía, ni siquiera agradecías las cervezas que te invitaba. “¿Qué tomas?” preguntaste al final del vaso. “Ron” dije escupiendo un hielo que jugaba en mi boca.

“Todas estas historias de cantina son iguales” decías ¿Qué quiere saber? Me preguntaste harta de mi.

Y es que yo lo quería saber todo.

Recuerdo que al tercer cuba libre me dijiste que me dejara de hacer pendejo, que eso ya era una borrachera en forma, que pidiera la botella y te emborrachara, que te hiciera el amor después, que las historias de cantina así terminaban.

“¿Tienes novio?” pregunté y quise parecer casual.

“Y a ti que te importa” y bebiste de mi vaso, me miraste con ojos duros “No me quieras hacer pendeja, si voy a coger contigo borracha tu también tienes que estarlo.”

Me llevé todas las sillas que encontré en mi camino al baño ejecutando el difícil acto de caminar disimulando la erección y controlar la borrachera. El camino al mingitorio nunca fue tan largo, tan penoso.

Salí del baño y todo daba vueltas, el piso era de hule, se movía, las mesas se me atravesaban, tropecé con todos, con todo, regresé a “nuestra” mesa, ahí estabas, ahora dibujabas en una servilleta. “Soy diseñadora ¿sabes? Si, ya sé, eso te importa un pito.” Pero me importaba.

No recuerdo mucho más, de repente me vi solo, a lo lejos salías de la cantina, quise levantarme y seguirte pero no pude, estaba borracho.

***********************

-Hace un año te conocí. ¿Recuerdas?

-¿Ya hace un año?

-Si

-¿Y porqué te acuerdas?

-¿Cómo olvidarlo? Ha sido la peor borrachera de mi vida, recuerdo que te vi salir de la cantina y no me pude levantar, cuando me di cuenta, me había orinado en los pantalones ¿por qué me dejaste?

-Pues por eso, ya estábamos muy borrachos. Casi no me acuerdo. -Hiciste una pausa y encendiste un cigarro. –Ya no me acordaba de ti.

-Yo nunca dejé de pensarte- Un silencio incómodo se hizo entre nosotros- Es neta. –Remarqué.

-¿Te vas a poner pesado?

-¿Te parezco pesado?-me hice para atrás en la silla.-Recuerdo que me dijiste que te emborrachara y te hiciera el amor.

Te sonrojaste o eso me pareció, desviaste tu mirada como buscando algo entre la gente que pasaba por la atiborrada cafetería.

-Si, lo sé, de eso si me acuerdo, es largo, no quiero hablar de eso ahora, fueron días extraños.- Miraste tu reloj-Oye, me tengo que ir, gracias por el café y gracias por acordarte de mi… -Una pausa mientras te mordías el labio y te quitabas el cabello sobre los ojos- En serio, me tengo que ir, llámame otro día ¿si?- Me diste tu tarjeta.

-Espero que no tenga que pasar otro año entero para volver a encontrarte.

No respondiste, tamborileaste tu dedo sobre tu tarjeta, en un ademán que decía, “ahí tienes mi número, pendejo” tomaste tus cosas y saliste entre la gente.

*******************

Tu tarjeta adornó mi buró por mucho tiempo, todos los días la veía y me decía, que debía llamarte, ese día nunca llegó. Cuando pensaba en ti me sentía un “pesado”.

 

Tal vez no fue un año más lo que pasó, perdí la cuenta, la primera vez me comí la vergüenza de la orinada y regresé a la cantina una y otra vez. Como siempre, llegaba con mis amigos o solo, pero invariablemente lo primero que hacía era buscarte. Poco a poco comencé a preguntar por ti, nadie te conocía o recordaba. Perdí la fe de volverte a ver pues ese día, el día que te conocí, ni tu nombre supe.

Después te encontré por la calle, justo afuera de esa cafetería, te abordé, me regresó la vida cuando te vi, tu no te acordabas de mi, tuve que darte muchos datos para que supieras quien era yo, me aceptaste un café diciendo, como para ti “Al fin de cuentas iba a comprar uno para comenzar el día”.

No se si fue un año lo que estuvo tu tarjeta adornando mi buró, dejé de llevar la cuenta, se convirtió en una costumbre despertar y sentarme en la cama, encender el radio y leer tu tarjeta, la memoricé, no solo tus datos, no, todo, cada línea, cada curva de la tipografía, cada fibra del papel, si supiera dibujar la habría reproducido a la perfección de memoria, pero nunca te llamé.

******************* 

-Al final de cuenta iba a comprar una para terminar el día- Dije viéndote de reojo, como para mi. Te llevaste las manos a la cara, en señal de desesperación, pero solo jugabas, tu sonrisa no se borraba de la cara.

Estaba sentado en las escalinatas de la librería, no se porqué lo hice, salí y me apeteció sentarme justo ahí a abrir el libro que acaba de comprar, Tríptico de Mar y Tierra de Álvaro Mutis. Era una tarde tranquila, no tenía nada que hacer. Me senté ahí a hojear el libro. Sentí que alguien se me aproximaba pero no levanté la vista, ni siquiera cuando te sentaste junto a mi.

-¿Qué no era que no dejarías pasar otro año?

-¿Ya un año?-Pregunté sin despegar la vista, que ya no leía, del libro.

-Maso, no lo sé, tu eres el que lleva las cuentas.

Cerré el libro, con calma, abrí la mochila y lo metí en ella, cerré la mochila, suspiré y vi el cielo, un cielo de ciudad, ni oscuro ni claro, ni nubes ni estrellas, aspiré hondo y cerré los ojos por unos segundos, te sentía a mi lado, me quemaba tu mirada en mi mejilla, con los ojos cerrados aún volteé mi cara hacía ti, abrí mis ojos y elevé mis manos, tomé tu cara, me acerqué a ti y te di un beso.

-Vamos, te invito una cerveza.- Dijiste con los ojos cerrados aún.

Francisco Juarez

Bitácora de viaje – Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

Don Samuel Ruiz ¿que haremos sin ti?

El 24 de enero de 2011, hace apenas unas horas, éste mundo dejó de ser un poco menos bueno y justo, se nos fue uno de esos seres, enviados por la vida, el destino, Dios, los Devas, la Fuerza Cósmica o quien sea para restregarnos en la cara lo miserables que somos y lo poco que damos, cuanto de nuestra espiritualidad y nuestro compromiso queda en el discurso. A eso vino, entre otras grandes cosas.

Quien me conoce un poco sabe que me declaro liberal mata curas, que soy lo menos aproximado a un hombre de iglesia, que si existe una alergia que me puede mandar al hospital, ésta es mi alergia a los curas… a casi todos.

Pero Don Samuel, ese no era un cura, Don Samuel bien pudo ser una cura; hay hombres verticales, que nacen, viven y mueren predicando con su ejemplo, que nos enseñan que la coherencia es un ejercicio casi imposible pero factible, doloroso, si, pero necesario.

No tengo el nivel de hablar de éste hombre, no puedo emitir un juicio histórico, lo único que pretendo es dejar patente mi admiración, mi respeto y mi agradecimiento a un hombre como pocos, Don Samuel Ruiz, si por lo menos la iglesia católica romana tuviera en sus filas un 20% de Don Samueles seguramente yo sería cofrade, monje o sacerdote y entonces no sería un liberal mata curas si no, un cura liberal. Sirvan pues, ésta palabras para decir, a quien me escuche, que si los santos se hicieran por votación democrática, esté, Don Samuel, hombre con letras mayúsculas, sería mi gallo y no obispos polacos protectores de pederastas.

Descansa en Paz Don Samuel, que nosotros, sin ti, no creo que podamos dormir tan bien.

Francisco Juarez

- Bitácora de viaje - Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

La Ausencia

 


Dos treinta de la tarde: no pasa nada, va una vez más: salir de casa, ver lo cotidiano, el vecino que llega con su auto y su mal humor, la muchacha que vive calle arriba, apresurada regresa a casa para salir de nuevo unos minutos más tarde con el estómago lleno y el pesado ánimo del medio día, todo en orden, en resumen.

Piensa que algo no encaja en ese día común pero todo está en su sitio, al principio fue la sensación de haber sufrido un allanamiento, pero no, en casa todo en su lugar, en la calle también.

Desde la mañana se sintió así, falto de algo, será por eso que fue a casa al medio día soportando el horrible trafico, el calor. Pero todo está en su sitio.

Cinco treinta: abre el cajón del escritorio, todo sigue ahí, el reloj para mandar a reparar, los lentes de sol. Se levanta a servir un café, todo en orden, le pregunta a su secretaria si alguien faltó a trabajar, “nadie Señor” lo mira extrañada por la pregunta.

Nueve quince: todo en orden nada falta pero él sigue sintiendo la ausencia de algo, baja de su oficina, revisa por décima vez el carro, no falta ni sobra nada, lo arranca, se oye igual que ayer, el auto-estéreo en su sitio, los discos todos, la tarjeta de circulación… nada falta

Diez veinte: el bar como siempre, lleno, si supiera los nombres de todos se daría cuenta de que ese día ningún parroquiano falta, todos completos, el viejo Eraclio, desde la barra, parece tener la misma mirada complacida de siempre, le pregunta si no falta nada, Eraclio lo mira por unos instantes sorprendido, por la pregunta, para responderle con una burlona confusión que no, no falta nada.

Once en punto: sale del bar, bajar por Insurgentes todo esta ahí, el mismo paisaje la misma calle, las mismas personas, llega a casa de ella, solo comprueba que esté, una luz anuncia que abrirán las puertas, ahí está como siempre, sola, silente, absorta en lo suyo. Una sonrisa, la de siempre, y un beso que sabe a otras doscientas noches iguales, todo en orden.

Una cuarenta: salir de ahí con el ánimo igual pero con cuerpo está satisfecho ya, subir al carro, remontar Insurgentes el mismo camino, la misma ciudad, el mismo auto pero algo falta.

Cinco en punto: dos horas más y el despertador sonará, ¡que noche! Algo falta, todas estas horas dando vueltas en una ausencia que no puede explicar.

Siete en punto: suena el despertador, se levanta sin pereza, sin prisa, toma la toalla va a la cocina, prepara café, un ruido en la puerta lo sorprende, la chapa gira, de repente se da cuenta, es eso lo que faltaba, hacia dos noches que su mujer no dormía en casa.

Francisco Juarez 

Sol

… Y, de vez en cuando el sol se enoja y no sale

se oculta con las nubes

y cuando eso pasa yo también me oculto de mis temores

y me refugio en la tristeza

me abrigo en el mundo que habita tu cabeza

y me cobijo a la sombra de tus ojos

desnudo el alma y la pongo a secar

anudo esperanzas, corro hacia ti.

Sol ¿por qué no me esperas?

basta un segundo,  solo uno y llego

a ninguna parte, contigo, eso si.

Paco Juarez

- Bitácora de viaje - Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

Milonga

Esa noche era como cualquiera. Me invitaste a escuchar a tus amigos tocar en un bar perdido en Palermo, recuerdo que el garito era el típico bar de esquina de barrio, sucio, desvencijado, con esos muebles color café desgastados, acusando los años de recibir parroquianos, denotando su historia. Los vidrios opacos y las cortinillas a medio ventanal, inmundas de grasa, de polvo acumulado, la barra de madera atiborrada de vasos, limpios, sucios, nadie lo sabía. La contrabarra, era una colección de botellas y cosas inútiles. Una luz extraña y mortecina se colaba de la calle por las ventanas sucias, era invierno en Buenos Aires y la neblina, bruma del puerto, enrarecía la luz de las farolas y daba un toque siniestro a la noche. Adentro la iluminación era igual de mala, bombillas amarillentas con cacas de mosca, velas en las mesas, poco antes del recital de tus amigos, como si hiciera falta, apagaron algunas luces para hacer todavía más oscuro el lugar.

Recuerdo esa noche ahora que, sentado en el jardín veo a estos dos niños jugar, llegaron hace poco, unos minutos. Él de doce, hijo de una amiga que se encuentra a mi lado, ella de cinco, hija de un amigo que recorre la exposición de arte. En cuanto llegó ella preguntó por él, no le importaron los otros niños, los adultos que se reunieron para ésta exhibición de arte, ni el agua de frutas y frituras que hay para los invitados, no le interesa nada, sólo pregunta por él.

-Está enamorada de mi hijo- me dice mi amiga. La idea me hace sonreír, lo tomo con gracia y ternura, una niña de 5 años no sabe lo que es el amor, pienso.

Comenzó la función con una voz desgarradora y una guitarra que anunciaba maestría en la ejecución, el sentimiento comenzó a hacer remolinos entre las mesas del bar semivacío. Éramos pocos escuchando al grupo, apenas los amigos y amigos de los amigos, si acaso 30 personas; atrás de mi una serie de mesas con las sillas sobre ellas en la penumbra y ese olor a grasa, a asado, a pan, olor de días, de años, ese olor a bar de barrio. Las frases cortadas, carentes de eses intermedias y con fuerte acento porteño, ricas del sentimiento que sólo un nacido en el barrio puede imprimir al tango comenzaron a inundarme. La particularidad de este grupo era que se componía de tres guitarras y una voz, tango sin bandoneón ni violín, la carga emotiva se depositó en la voz y en la primera guitarra, interesante la propuesta, escéptico me acomodé en mi silla, me preparé para el viaje.

-Hace días ella le escribió una carta de amor a mi hijo- me dice mi amiga ante mi cara de incredulidad.

 -¿Y que decía? ¿Sabes?- pregunto con sorpresa. Mi primera carta de amor la escribí a los catorce y hasta hace muy poco recibí lo que se le puede llamar una carta de amor.

-Que lo ama- me dice y ríe.

Te sentaste frente a mí del otro lado de la pequeña mesa, te veía atrás de la botella de López Selección, los vasos y la vela, la luz de ésta me devolvía una visión extraña de ti, afilaba tus facciones y hacía que tus ojos brillaran aún más. Estabas excitada, te gustaba el tango, te emocionaba, era una parte importante de ti. En ese momento me di cuenta de cuanto te importaba compartir eso conmigo. La guitarra seguía y la voz se metía hondo en mi alma, como tus ojos.

Esa niña es hermosa, será una bellísima mujer, no me queda duda y me resulta curioso ver a un niño de esa edad actuando tan consecuente con una niña pequeña, la cuida, le presta atención, la atiende, le tiene paciencia, la trata con cariño, no veo en él más que eso, caballerosidad a sus cortos años, cariño de hermano mayor. Los hijos de los amigos terminan siendo como hermanos o primos, familia al fin.

En un momento, a mitad del recital, tomaste mi mano, fue un tacto suave, casi como casual, sentirte me sacó del trance en el que estaba, que buscaras mi mano con la tuya fue un acto inconsciente, me percate de eso cuando volví la cara y vi la tuya, estabas en un viaje más profundo que el mío, no te percataste de que te miraba. Supongo que toda la carga de tu infancia y tu vida en el puerto te poseía en ese momento como un espíritu a un médium. Me supe extranjero y ajeno a tu vida, usurpador, turista de tu corazón, fui consiente que no crecí contigo y lo ajeno que era a todo eso, me pregunté por un segundo si sabría apreciar lo que eras y convertirme en parte de ello, las dudas me asaltaron.

-Siempre que sabe que vendremos con ustedes lo primero que hace es preguntar si estará él, es tan curioso que haga eso.- Apunta la mamá de ella que de pronto se une a nosotros en el jardín.

-Lo único que te puedo garantizar es que mi hijo la tratará bien, yo hablo con él.- Dice mi amiga a manera de broma, todos reímos, la idea es divertida, me siento en la India donde los matrimonios se pactan a esa edad.

-Por lo menos él le lleva menos años de los que me lleva mi esposo.- Dice la mamá de ella para acentuar la broma, reímos más porque es cierto. Ahora parece una diferencia de edad grande entre los dos niños, en unos años esa distancia se irá diluyendo.

Algo pasa en el interior de la galería, todos comienzan a ir hacía allá, mis amigas incluso. Me quedo solo por un momento, los niños juegan frente a mi a unos metros, en una banca del jardín. Pienso que será bueno unirme a todos en el interior y participar de la exhibición. De repente, presto atención a los niños, él, ajeno a todo, está distraído con algo que pasa por la calle, ella, atenta, silente lo mira, un escalofrío me recorre, reconozco esa mirada.

Esa mirada en la niña es la que me ha hecho recordarte y recordar esa noche en un bar perdido en Buenos Aires, la mirada es igual a la que tu me regalaste minutos después de que tu mano me distrajera para después hundirme de nuevo en la música. De pronto, apretaste mi mano, volví mi cara de nuevo hacía ti, pero ésta vez me encontré con tus ojos, directos a mi, llenos de amor, de esperanza, de certeza, sobre todo de certeza, como las que veo en los ojos de ésta niña, por un segundo niña transformada en mujer, tomando una decisión y en su rostro una mirada adulta, como la tuya, la misma que me llenó de miedo, miedo de toparme con el amor de frente, cara a cara, de saber que en ese instante habías tomado la decisión de elegirme, de que fuera tu hombre, y tu mi mujer, no en un sentido de posesión sino de pertenencia, en ese instante comprendí el significado de la expresión “mi mujer” “mi hombre” es como decir, mi patria, mi familia, mi hogar, eso significa. Esa niña, a sus cortos años toma una decisión así, estoy seguro de que no es consiente, el amor es más profundo que la conciencia, habita los huesos y nos habita siempre. Está en ella y estuvo en ti, al igual, supongo, que en todos los seres humanos también, brota de repente sin más, como un hongo que crece en el medio de un prado y nadie lo sabe explicar, se adueña de nosotros.

Recuerdo que cuando te pregunté, muerto de miedo, porqué me veías así, me dijiste contundente, como quien repite de memoria una ley física:

-Porque sí, porque sos vos.

Francisco Juarez

Bitácora de viaje – Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

Solo un segundo de compasión

La compasión es un concepto a veces mal entendido en nuestra sociedad, suele entenderse como la capacidad de sentir lástima por alguien o algo. La compasión es muchisímo más que eso, la lástima es un sentimiento que nadie se merece, sin embargo, la compasión es algo que todos necesitamos, darla y recibirla.

La compasión implica, salirnos de nosotros mismos y sentir por los demás, ser capaces de vivir en carne propia lo que mi prójimo vive, hacerlo mío, ayudarle a sentir, brindarle mi energía, conectarme con sus sentimientos.

Hoy es necesario un pequeño ejercicio de compasión, por unos segundos, cerrar los ojos y dimensionar en carne propia el horror que se vive en Japón, el sentimiento de miedo, terror y pérdida que están experimentando, desearles con todo el corazón que sean capaces de salir adelante, brindarles esperanza, ayudarles a llevar ese dolor. Estoy convencido que al hacer eso, mi energía, por poco que parezca, ayudará a ellos a que el dolor sea menor y a nosotros, a valorar la fortuna que tenemos de hoy, estar sin ese horror.

Paco Juarez

- Bitácora de viaje - Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

Mareas

Si disocio mi alma

agradezco la tristeza

mírame en ti,

te preguntas que soy

quiero responder

gritar la respuesta

desbandar mi miedo

pero,

lo siento

lo intuyo

lo se

¡Esto soy!

Luz en tu voz

marea embravecida

barca en la espera

pesca abundante.

Imagíname tendido

pasivo

rodeado de cien mil dudas

solitario y manso,

sereno por mi creer

impaciente por mi saber

me estiro

no alcanzo

                       lloro

solo espero

salvar el viento

conservar el rocío

cosechar la marea

apaciguar mi brisa

solo espero

tenerte

aquí.

- Francisco Juarez. 

Devenir

Si la lluvia es fuerte y rotunda

eres tu quien la mira, quien la llama

la llamas por su nombre.

 

Tus ojos, grandes como nubarrones

son el perfecto pretexto

de mi vida aquí volcada en agua.

 

Al fondo, el metal y el viento

insisten en mover telones, en hacer trasfondos,

el callejón solo y la nube

que como tonta deja caer mi vida en pedazos

sobre el suelo, el vil suelo.

 

Soy río, charco, calor y vapor.

Ahora lo sé,

sé como se siente llover en tu alma,

correr en tu sangre,

vivir del cielo y en él

y

de repente…

nada,

solo río,  charco,

                 vapor

y tu sudor será mi razón de existir.

 

Tenerte aquí

ahora

 sería un pacer

¡que placer!

Imaginarte siguiendo las leyes físicas,

la perfecta y única armonía,

todo en orden en mi mente

todo,     todo

y de repente….

caer en río    en charco

en vapor y humo

¡Padre!

¡Me incendio!

La lluvia y la música sin parar

me incendio y que frío siento

caigo gota

a      gota

a gota

                  a gota

y tus ojos

¿donde están?

No lo creo….

me caigo y no estas

te amo por ello

por no verme caer

te amo.

- Francisco Juarez - Del Poemario "Vigilia de Armas"

Japón

Carlos Reigadas había estrenado su película esa primavera, una película que no tenía nada que ver con Japón, su cultura o su gente, todo lo contrario, una película hecha en el México profundo. Cuando le preguntaron por qué se llamaba Japón él, Carlos Reigadas, contestó “¿Por qué no?” era un nombre Random que le dio, Jamás había oído hablar de Carlos Reigadas hasta esa noche, ni de ti.

Fue en abril que te conocí, ese abril en la exposición de Pepe Fors. Nuestra complicidad se sembró ahí, en ese momento, en ése “llámame” tácito que vino con tu tarjeta, y con mi claro, “te buscaré”.

Lo nuestro nació en la sombra, tristemente, no debíamos estar juntos, no podíamos estar juntos.

Nos engañábamos a nosotros mismo disfrazando nuestro interés de amistad y nuestro  deseo y pasión de casual intimidad, ambos sabíamos que lo que crecía era más que todo eso y que tal vez siempre estuvo ahí esperando ese día de abril.

Nos intentamos engañar. “Fuerzas de la naturaleza, eso somos” de esa manera tratabas de justifica eso que ya no podíamos esconder, eso que lo inundaba todo, que nos forzaba a caminar de la mano por la calle cuando ni tu ni yo éramos libres de hacerlo. “Jamás te esconderé, enfrento las consecuencias” recuerdo que te dije una vez cuando caímos a la cuanta que íbamos por la calle de la mano e intentaste zafarte de mi.

No podíamos llamar las cosas por su nombre, nombrarlas era darles personalidad y reconocer que existían, darles poder sobre nosotros, en un esfuerzo inútil y vano tratábamos de contener el corazón no nombrando lo evidente, le dimos otro nombre a la noche y a la lluvia, a la cama y la penumbra, a la pasión.

Inventamos un delirio sintético con fecha de caducidad.

Cercano el día que nos despediríamos, en un arrebato de eso que teníamos entre nosotros me viste a los ojos, profunda y largamente, entreabriste la boca y dijiste “Japón”.

No entendí la palabra, el sentido de pronunciarla entonces, pero sentí el inmenso “te amo” que contenía el vocablo.

Sin entender aún te pregunté “¿Japón?” queriendo escuchar el “te amo” que callabas, me abrazaste y susurraste a mi oído “¡Japón!”

 

Francisco Juarez.

- Bitácora de viaje - Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.