oxanna

Luego de vivir durante ocho semanas en Kenia, volver a casa era como mínimo algo tranquilizador. En definitiva estar alejada por tanto tiempo de mi zona de confort y de las personas que conozco, sin llegar siquiera a hablar de las comodidades básicas de la casa Sarantis, fue todo un desafío para mi, que creo haber afrontado con mucha entereza. Lo bueno es que conocí una cultura completamente diferente a las que ya he visto en otros años, gente muy alegre, aunque su sociedad esté demasiado atrasada en algunos aspectos que se consideran normales en otros lugares del mundo, por ejemplo tuve que ocultar mi viudez por recomendación de mi guía, ya que las mujeres de los poblados me harían preguntas al respecto y de responder mal solo me darían problemas, eso me dijo el señor traductor que me acompañó en toda la aventura. 

Fue emocionante conocer las cosas buenas que el dinero de Amir ayuda a lograr, casas más arregladas y habitables, tanques de agua, semillas, libros y ropa. Muchas personas reciben ayuda a lo largo y ancho del mundo, gracias a la fundación que creó mi difunto esposo y que ahora tengo que dirigir yo, pero nunca había pasado tanto tiempo involucrándome de lleno en eso.

Cuando me bajé por fin del avión, observé el cielo y aunque estaba oscuro pude notar las diferencias. En Kenia las estrellas parece que brillan muchísimo más. Fui llevada en una camioneta discreta hasta la residencia Sarantis y al llegar la bienvenida me la dieron los empleados más cercanos a mi, los saludé con emoción por todo el tiempo que estuve sin verlos y luego subí a mi habitación, la maleta la dejaron en el recibidor a petición mía, pues casi toda la ropa que estaba allí necesitaba ser lavada. Abrir la puerta de mi cuarto fue la primera acción que me resultó realmente familiar en aquella casa, me lancé sobre la cama y al mirar el techo comencé a pensar que tanto pudo cambiar mi estadía en África mi forma de ver la vida, mientras pensaba en ello mis ojos comenzaron a cerrarse hasta que me quedé dormida.