oscurecimiento

Díaz Grey

Díaz Grey se levanta de su escritorio viejo y camina con pasos lentos hasta la ventana, siente ansiedad por pararse allí en la esquina con su pipa mordida a mirar la primera nevada en Santa María, tan cambiada desde cuando era un médico joven, recién llegado de Montevideo con su título, su prestigio y su adicción a los analgésicos. Otro invierno en el que Elena no termina de regresar, de aparecer por entre las calles sucias del puerto, evadiendo a los marineros ebrios con su elegancia importada y su discreto amor, escondido en la excusa de las recetas de morfina. La nieve cae sucia por el hollín de los carros, esas nuevas bestias que acaso hacían juego con la ventana sucia y el lento oscurecimiento de este mundo. Brausen vino, hizo su imperio con su nombre, marcó su huella de sangre justo en esa plaza, a la sombra de la estatua de bronze de su caballo, y se marchó en dirección al río, tragado por la selva, condenado por sus delirios de una yerba milagrosa y del resurgimiento del astillero. Cincuenta años fumando y son los otros, como devorados por el impulso del último fracaso, quienes van a morir lejos, deshaciéndose primero de su civilidad y luego de su cuerpo.

Sebastian Abad