olor de pelo

Extraño el olor de su pelo, y la forma
en la que me hacía sentir una noche de sábado, o cualquier día y a cualquier hora, a decir verdad.
Extraño sus besos tan fríos, y a la vez tan cálidos.
Extraño su locura, y a la vez, extraño lo apacible que era.
Extraño esa sonrisa tan preciosa, como su cuerpo, aunque recuerdo que ella lo odiaba.
¿Porqué alguien podría odiar algo tan hermoso de si mismo?
Ella era cálida, preciosa. Al igual que su cuerpo y sus abrazos, aunque no lo podía ver.
Siempre la llamé “mariposa”, por el hecho de que todos veíamos lo bella que era, cada vez más.
Excepto ella misma.
Cuanto la extraño, mi intención siempre fue quererla para toda la vida, pero aquí estoy, escribiendo en su ausencia, sobre ella.
La defino como la mujer más correcta del mundo.
Siempre fue un poco peligrosa, y a veces tan delicada.
Ella era la flor más preciosa del jardín, mi jardín.
Como quisiera tenerla de nuevo, mujer perfecta, llena de luz.
Se me hace imposible no extrañarla, uno suele extrañar a las cosas más maravillosas que le han ocurrido, y exactamente eso era ella, eso es ella.

Lo acepto, extraño todo de ti, extraño esas conversaciones que duraban horas, extraño esos besos de esos labios tan lindos, extraño esa sonrisa hermosa, extraño tus mensajes de buenos días, tus gestos tan graciosos y tan lindos que hacías ya sea al enojarte, estar triste o hacer alguna de tus bromas, extraño la manera en que me mirabas hasta llegar al punto de ponerme roja o incluso de tapar mi cara por lo nerviosa que me ponías, extraño esos abrazos que me dabas, extraño el olor de tu pelo, acariciarlo y jugar con el, extraño hacer bromas contigo, extraño hacerte cosquillas, extraño tu risa, extraño todo de ti, pero ya todo acabó y no puedo hacer más que eso, extrañarte…

Cuando coincidimos, cuando nos vimos, cuando sonreímos, cuando nos conocimos, cuando nos tomamos, cuando nos saludamos, cuando hablamos, cuando quedamos, cuando salimos, cuando compartimos, cuando lo sentimos, cuando nos unimos, ¿cuándo fué? Cuando te besé, cuando me besaste, cuando te amé, cuando me dejaste. Recuerdo cada detalle tal cual y hubiesen sido ayer desde el olor de tu pelo hasta el color de tu piel, le soy fiel a tu recuerdo, pero no resuelve, si cada tic tac del reloj te grita vuelve, 365 días perdidos en la nada, pero porqué debo de estar aquí si sin tí no estoy contento.
Te quería porque me elevabas a dos metros sobre el infierno y reducías a cenizas la rutina con tus tacones de punta y el fuego en la mirada. Te quería porque a tu lado yo era inmortal, o al menos así me sentía. Si me abrazabas en mi interior la soledad dejaba de enfriarme los ánimos. Y si me besabas era como encerrar a la tristeza en un sótano bajo llaves.
Hoy por hoy, si te digo que te necesito, aunque no me creas, es porque quiero que tu boca me cure las heridas que me salen en los lugares en los que no me besas. No te he contado que hace tiempo vengo buscando el ángulo perfecto para mirar a la vida a los ojos y que no me dé miedo. Aunque en el fondo, sé que terminaré extrañando el olor de tu pelo, los relojes a los que ignorábamos porque sabíamos que nadie nos estaba esperando en ningún sitio, y las horas robadas a la muerte cuando platicábamos hasta suspender el tiempo en los insomnios que nos vieron abrazados mientras yo me daba cuenta de que las ganas de huir se terminaban en tus brazos. Recuerdo que ya no había razones que me empujaran a bajar al sótano de mi vida para comprobar cuánto mide el fondo de una soledad que no le mostré a nadie hasta que llegaste.
Pero me he puesto el mismo traje de la última cita, sólo que más limpio. Y me he dejado caer en el restaurante de siempre, donde la cuenta la pagaba siempre el adelanto de mi salario y en donde el maitre parecía mantener una relación a escondidas con la incontrolable necesidad de mirarte las caderas. Las cosas ahora lucen diferentes. Como una cena para dos con velas en la mesa junto a la ventana y música instrumental de fondo. Sólo que sin música, ni velas, ni paisajes tras los cristales, ni ningún maitre con la vista torcida. Sólo yo y la comida recalentada del último recuerdo que terminó por emborracharme a medianoche en la misma habitación donde te amé con las luces apagadas.
No quiero aceptar todavía que todo el pasado que cargo encima era hace poco todo el futuro que tenía por delante. Me jode. Porque cuando me preguntaban por la perfección nos imaginaba subiendo a un mismo tren con el destino entrelazado en nuestras manos. Te juro que no quería. Que ya estaba harto. Pero no es mi culpa. Si todavía te importa salvar a este idiota, te espero en la vida de siempre, pero no tardes, porque —no sé cómo— la tristeza ha conseguido escapar del sótano. Y esta vez no sé si pueda encerrarla de nuevo.
—  Dashten Geriott
Hasta siempre corazón

“Sí, esto es una carta de amor de despedida. No puedo sino escribírtela porque decirte adiós me es imposible. No podría volver a mirarte porque me perdería en el color de tus ojos, no podría volver a hablarte porque me quedaría atrapa entre tus labios, por eso me marcho ahora y te dejo todo mi amor en esta carta.
Sabes bien que esta historia de amor no puede tener un final feliz, sabes bien que ambos vamos a sufrir, y he pensado decirte adiós ahora que aún saboreamos la felicidad de amarnos. También sabes que nunca he querido a nadie como te quiero a ti y que me resulta difícil imaginar que alguna vez vuelva a sentir este amor. Pero igualmente te digo adiós.
No me voy de vacío. Perdona si me llevo tus besos, tus caricias y tus abrazos. Perdona si me llevo las risas y las confidencias. Meto también en la maleta el olor de tu pelo, el sabor de tu piel y el sonido de tu voz. Todo eso me llevo para guardarlo como un tesoro bien dentro de mi corazón.
Tú puedes quedarte con el recuerdo de esta historia de amor que no pudo ser, pero será, en otro tiempo, en otra vida, de eso estoy segura. Y espero que entiendas este adiós precipitado, pero inevitable, porque me gustaría quedarme para siempre en un rincón de tu corazón.
Te recordaré para siempre.”

—¿Eso es lo que querías decirme?
—No. Vine para decirte que sé que te hice daño y que lo siento.
Ella cerró los ojos—. No importa — dijo porque quería que no le importara—. Dije que te amaba, luego llamaste a Gail para que fuera a tu casa para acostarte con ella.
—No la llamé. Sólo apareció, y no tuvimos relaciones sexuales.
—Vi que las ibais a tener.
—No pasó nada. Y no iba a pasar nada. Viste lo que yo quería que vieras, pensaste lo que quise que pensaras.
Ella levantó su mirada a la de él—. ¿Por qué?
Él aspiró profundamente—. Porque te amo.
—No tiene gracia.
—Lo sé. Nunca he amado a ninguna mujer más que a ti.
No lo creyó. No podía creerle y arriesgar su corazón otra vez. Dolía demasiado cuando se lo rompía—. No, te gusta confundirme y volverme loca. En realidad, no me amas. No sabes lo que es el amor.
—Bueno, creo que lo sé—. Bajó las cejas y dio un paso hacia ella—. Te he amado toda mi vida, Delaney. No puedo recordar un día en que no lo hiciera. Te amaba el día que prácticamente te dejé inconsciente con una bola de nieve. Te amaba cuando pinché la rueda de tu bicicleta para poder acompañarte a casa. Te amaba cuando te ví escondida detrás de las gafas de sol en el Value Rite, y te amaba mientras estabas colgada por ese hijo de puta perdedor de Tommy Markham. Nunca olvidé el olor de tu pelo o la textura de tu piel desde la noche que te subí al capó de mi coche en Angel Beach. Así que no me digas que no te amo. No me lo digas — Su voz tembló y la señaló con el dedo—. No me digas nada de eso.
— 

Truly Madly Yours (Truly, Idaho #1) , Rachel Gibson

Y lo único que me queda esta noche.
Es el olor de tu pelo.
El color de tus labios.
El sabor de tu cuello.
Los abrazos infinitos.
Pero sin más ni menos.
Las palabras que decías
Al sonido de una gran mentira.
En la distancia faltan tus besos, el olor de tu pelo, tus manos en mi espalda, tus te amo al oído. Pero aún en la distancia te logro sentir.