ojo cafe

Sus ojos están blindados, no puedes ver a través de ellos, toda la pena y la soledad la mantienen oculta detrás de un vidrio fuerte incapaz de romper. Si miras directo hacia ellos, te chocaras con una plena oscuridad que te cegara y no te permitirá ver quien es realmente ella. Y es una lastima, porque solía tener el color marrón cafe más hermoso que había visto.
Entonces te encuentras mirándolo y dándote cuenta pequeños detalles de su rostro. Y no hablo de sus largas pestañas naturalmente arqueadas, que esconden esos ojos cafés que permiten ver dentro de él, dejando al descubierto el enojo, la tristeza, los celos, la gracia, el amor y todo lo que trata inútilmente de ocultar. Ni tampoco hablo de sus labios, esos labios que podrías besar cien no, mil veces y jamás cansarte. Esos labios que dicen las cosas más bonitas y te hacen sonreír e incluso llorar de la felicidad. Hablo, sino, del pequeño detalle de todos sus lunares. Del lindo y tierno hecho de que aunque ninguno de los dos hable, ni haya algún tema de conversación, jamás conseguirías aburrirte. Porque siempre tienes lunares que contar, y que nunca te cansarías de ellos, y que quieres estar junto a él hasta aprender de memoria cada uno de los lugares en donde haya algún lunar en su piel.
Y cuanto más miras a esa persona, más entiendes lo enamorada que estás y lo muchísimo que adoras y amas. Y también entiendes lo estúpido que suena decir que lo amas, siendo aún jóven y sin siquiera la mitad de la vida hecha. Pero a pesar de eso, ¿qué importa? ¿Qué importa que esa persona no sea el amor de tu vida? ¿Qué importa si duran un mes, un año, o una vida? La respuesta es simple: nada. Nada de esas cosas importa. ¿Para qué pensar en un futuro incierto? ¿Para qué gastar el presente pensando en ello? Si lo único que importa en éste momento… es contar los lunares que él tiene.
—  Cosas que escribí extrañándolo.
No me enamoré de su físico, después de todo sus ojos eran otros ojos café de los millones que habían. Hasta que habló, cuando lo hizo me di cuenta que no era otro del millón, no era simple ni tonto.
Es increíble y con un millón de secretos por contar, con una mente por la cual dejarías de pensar como lo hacías y comienzas a ver el mundo de otra forma.
Me cautivó, me encantó, me fascinó y terminó enamorándome.
—  N.