no tengo habre

Tómame de la Mano. | wigetta

Nota: No es exactamente la trama, intente apegarme lo más posible pero se me va la olla siempre con lo cute :v<3. 

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Las buenas noches eran aquellas, donde la brisa fría soplaba sin molestar a nadie, y las risas inundaban el lugar llenándolo de un ambiente liviano y agradable. La música sonaba por debajo de sus voces, el fuego de una fogata improvisada al centro de ellos liberando calor y chispas de madera quejándose con el fuego. El grupo de amigos reunido después de mucho tiempo, después incluso de años de haber abandonado el lugar que les había unido en primer lugar: Youtube. Aunque habían algunos pares que nunca se habían separado, más bien parecía que se hubiesen separado de dos en dos. En diez años, la distancia parecía apenas haberlos rozado.

Ya que estamos todos deberíamos contar algo, que tenemos mucho de no vernos. —Rubén habló, como siempre, sin dejar morir la conversación. Apuntó su vaso hacia uno de los miembros—. ¿Luzu? ¿Lana?  

Si nos ponemos a hablar ahora, no terminamos nunca. —Rió el chico, enviando una mirada divertida a su esposa—. Mejor que hable Willy o Samuel.

Es verdad, vosotros os la vivís viajando. Contad algo, algo genial, lo más genial que hayáis visto.

Las miradas se dirigieron hacia ellos, expectantes. Samuel disfrutaba como nadie contar aquellas historias, y miró a Willy por un momento antes de decidir uno de sus destinos. Al escogerlo se preguntó por qué había tardado tanto, era tan obvio.

Pues una vez fuimos a Japón…

El trabajo nos había abierto incontables puertas, y viajar, algo que yo sabía que a Willy le encantaba era una de ellas. Nos ofrecieron un viaje como regalo de bodas, que era más bien una disculpa, pues los sponsors se negaban a aceptar nuestra relación en un comienzo. Esa mañana vi a Willy levantarse de la cama con esa cara de detesto el universo que lleva a esas horas, y regresar con los ojos tan abiertos que parecía otra persona. Le tomé el sobre de las manos, y bufé sorprendido…  

La emoción era demasiada al bajar del avión, los ojos de Guillermo intentando abarcar toda la información e imágenes que se le pusiera enfrente, recordar todo tan perfectamente que el resto de sus viajes se vieron empequeñecidos ante una experiencia como esa. Samuel se había quedado más atrás, arrastrando maletas y sin tener tiempo de molestarse por ello. Estaba tan maravillado como imaginaba que lo estaría.

¡Sam! Es genial, es jodidamente genial. —Exclamó, tomando su propia maleta.—

Eh, tranquilo, que es el aeropuerto nada más. —Sonrió, enternecido por la emoción del menor—. ¿No tenía alguien que venir por nosotros?

Pero Guillermo estaba demasiado entretenido ojeando los puestos de comida en el pasillo de espera como para escucharle, le siguió con paso lento, admirando él mismo lo diferentes que eran las cosas a un océano de distancia. Locales repletos de pequeños juguetes, de sabores de helado que le parecían o demasiado extraños o incluso asquerosos, el aeropuerto estaba equipado incluso con su propia tienda de manga. Se dedicó a toquetear por la tienda de juguetes sin saber qué estaba buscando realmente, apenas logrando acallar un grito cuando entre los puñados de llaveros apareció uno con un unicornio, convenientemente, morado. Estaba a punto de llamar a Willy, cuando este apareció sin ninguna señal tras suyo. Con un paquete de lo que parecía el equivalente a un panecillo. Mordisqueaba uno con curiosidad, aunque entusiasmo, y le ofrecía el otro para que lo probara. Lo tomó y sintió su olor dulzón, inmediatamente agradándole al paladar sin siquiera probarlo.

Eres demasiado adorable. Japón te vuelve como un niño, igual te salen ojos de anime. —Rió.

Se escondió de la mirada acusadora de su esposo bajo el panecillo, probándolo. No sabía qué comía pero estaría bien si sobrevivía de ello todo el viaje, y llevaba de regreso a Los Ángeles. No podía tomar en serio el enojo o reproche de Guillermo mientras estuviese mordiendo un panecillo que parecía sacado del más cutre y romántico de los animes. Estaba a punto de comentar una referencia entre este y sus ojos, cuando fue interrumpido por un constante piqueteo en su hombro. Volteó a ver hacia qué se trataba y se encontró con una mujer de estatura media, una sonrisa de empresa y supo que ella era la persona enviada para guiarlos alrededor de las ciudades.  

Le siguieron hasta el aparcamiento, de donde partieron a lo que suponían sería el hotel. En el trayecto, Samuel no pudo evitar sacar la cabeza por la ventana como un niño pequeño, con la mirada hacia arriba.

Podemos abrir la ventana de arriba si gustan. Es seguro, mientras se apoyen bien del auto.  

La pareja se dirigió una mirada cómplice, sonriéndose. Era como si estuviese planeado para ellos, aunque, de cierto modo, sí lo estaba. Se levantaron, sacando medio torso del auto. Por un momento, se vieron maravillados por las luces y los anuncios, las multitudes, incapaces de recordar ver algo parecido.  

El caso es que tenía que sostener a Willy todo el tiempo porque al tonto le daba miedo caerse y morir.

—¡Que te calles! Eso no pasó. Sigue contando, no inventes cosas.  

—Bueno, pues como sea. Llegamos al hotel…

Era una cosa sacada e una película, un hotel de una altura que parecía que se iba a caer en cualquier momento. El llegar a la habitación fue de lo más glorioso, pues el cansancio de un viaje tan largo estaba por fin superando a la emoción y el sueño superando al hambre. La cama parecía querer abrazarlos, con almohadas como nubes bajadas del cielo.

Con la euforia de cualquier pareja de recién casados, debían hacer una escena al menos en su vida. Guillermo se acercó a Samuel, tomándole del cuello de la camisa y mirándole con una sonrisa totalmente inocente. Él sonrió de vuelta, rodeándole con sus brazos.

Estoy demasiado cansado para estrenar la habitación como se debe. ¡Pero! Igual hay que estrenarla de alguna manera.

—¿Es completamente necesario que cuentes ésta parte? Joder.  

—¡Déjalo que hable! —interrumpió Lana, en diez años, y seguía igual.—

—¿Ves? Quieren saber toda la historia, cari. —Rió, depositando un beso en su mejilla—. Vale, pues…

Unieron sus labios que parecía mezclar ambas sensaciones de emoción y el sabor de aquellos panecillos tan buenos como podían estar. La cama cumplió sus expectativas de comodidad cuando cayeron juntos a ella, con las manos de Samuel sosteniendo el peso de Guillermo y las manos de este a los lados del rostro del mayor. Sonrieron durante un momento, hasta que la mueca de Willy se transformó en una de incomodidad.

¿Qué pasa? —Preguntó, sentándose repentinamente.— ¿Willy?

Tengo habre. —Explicó, frunciendo el ceño—. Pidamos a la habitación. Igual, no lo estamos pagando nosotros.

Samuel sintió la risa emerger de lo más profundo de su ser, saliendo en un estruendo que se escuchó probablemente a lo alto del hotel. Asintió, aún riendo y tomando el teléfono, solicitando a alguien que supiera español que les atendiera.  

El festín fue delicioso diciendo poco. No tenían idea de poder comer tanto, pero es que los platos eran más grandes de lo que aparentaban y un viaje tan largo como ese tomaba mucha energía, a pesar de que habían dormido la mayoría de éste.  

Puestos a dormir, se dieron cuenta de una última maravilla. Samuel se había dedicado, como siempre, a acomodar pequeños detalles no simétricos de la habitación que le molestaban, y en su búsqueda minuciosa se dio de bruces contra un ventanal que hacía la vez de pared y había pasado desapercibido por una cortina y nada más.  

—No, es que éramos tontos también sabes. —Comentó Willy, riendo—. ¿Quíén pone cortinas y nada más, tío?

—Pues los japoneses tío. Yo vi un buen par de cosas raras cuando fui.

Le tomó unos segundos reaccionar  volteando aún con la boca ligeramente abierta, encontrándose con Willy a punto de lanzarse a la cama a dormir.  

¡Willy! Ven, ven, ven.  

El perezoso se negaba a moverse de su lugar, y pues tuvo que arrastrarle de manos hacia el nuevo lugar que había descubierto. La expresión en su rostro al finalmente verlo fue suficiente pago. Sonrió, victorioso, haciéndose de una de las mejillas del más bajo y logrando obtener su mirada.

Sabes, que es el lugar perfecto para… ¡Joder!

Un estruendo le sacó de sus palabras, y el lugar se hundió en oscuridad. Admiró, con total sorpresa, como las luces de la ciudad se apagaban también una a una. Era imposible, sería demasiada casualidad. Pero estaba pasando. Maldijo a todo lo posible, y escuchó cómo se producía lo que parecía un leve sollozo. Se acercó a Willy, según él, a consolarle, pensando que el pobre estaría asustado. Pero el cabrón estaba ahogado en risas.  

¿Me cuentas el chiste? No lo entiendo. —Se quejó, cruzándose de brazos—.

La… La situación perfecta… —Murmuró, entre risas—. La situación perfecta, ¿Para qué, eh, amor? Un apagón no era, ¿o sí?  

No pudo evitar, por mucho que lo intento, acompañarle en las risas. No podía ser más tonto, joder. Volvió a abrazarle, hasta que acallaron las risas y volvió el silencio y fueron conscientes de la profunda oscuridad en la que se encontraban.

Pues igual, con tanta oscuridad, sólo se vuelve más perfecta la situación. ¿Sabes? Eres más divertido a oscuras.  

Se acercó sin un solo atisbo de nerviosismo, y unió sus labios con fuerza, en busca del tacto tan conocido y agradecido. Sintió las manos del menor subiendo desde su torso hasta su cuello y luego enredándose en su cabello, apretujándole, enviándole más hacia él, y sonrió levemente.

—El resto sí no se los contaré, o quizás algún día. —Rió, mirando divertido a su pareja—.

—Pensé que Willy estaba demasiado cansado como para “estrenar” la habitación.

—Oh, Willy nunca está demasiado cansado para eso.  

Sintió un golpe en su brazo, y se echó a reír. En realidad, había sido un buen viaje.