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¡Hoy, 12 de noviembre, Nevermore abrió sus puertas al público! 

“How many lives do we live? How many times do we die? They say we all lose 21 grams… at the exact moment of our death. Everyone. And how much fits into 21 grams? How much is lost? When do we lose 21 grams?”


Estimado Lector:

Encontrará ésta carta apenas haya decidido volver a la ciudad de la cual huí despavorido. Estoy cansado de luchar contra lo que mi propia alma atormentada me pide. No se trata de una advertencia, ni siquiera de una despedida, es la necesidad de comunicarle a quien sea que lea ésto, que la vida después de la muerte existe y puede ser mucho más cruel de lo que jamás imaginamos. 

Todo ocurrió en mi viaje desde Londres a la en apariencia, pacífica y aún así, atrayente ciudad de Lafayette, en el condado de Indiana, Estados Unidos. Siendo un completo extranjero en aquellas tierras, fui como cualquier turista a apreciar la arquitectura de principios de 1700, además claro de interiorizarme en lo que llamaban “El barrio de las sombras”, una zona del casco antiguo de la ciudad, que alberga  poco más de 57 mil habitantes, en donde variopintos médiums ofrecen sus servicios para contactar a los muertos. Era casi escalofriante ver la seguridad en sus ojos, como si pudieran ver lo que a los simples humanos nos era vetado. Mi inquietud eso si, lejos de llevarme a un natural desapego de lo que muchos llamaban un simple espectáculo para atraer a los forasteros, no terminó allí.  Por esas casualidades de la vida, fui invitado a una ceremonia fúnebre. Usted se preguntará, si en Lafayette la muerte era motivo para celebrar. De cierto modo, así es, de un modo particular, se escolta al cadáver las veinticuatro horas que yace en su ataúd, para que sea despedido por sus familiares antes de ser sepultado en tierra sagrada. Hombres de rigurosos trajes negros, con unas insignias rodeaban al muerto, con algo que no pude comprender del todo, ya que entre los susurros de condolencias y la comida abundante, fui olvidando al sopor del paso de las horas. Sólo pude escuchar un ligero murmullo de uno de los parientes del joven difunto, diciendo que si los cazadores estaban seguros que no iba a estar luego poseído. No sabía si aquello era fruto de mi imaginación febril, ya que desde niño me he caracterizado crear en mi mente ideas fantasiosas y un tan descabelladas o si realmente el hombre con arrugas pronunciadas alrededor de sus ojos y evidentes ojeras causadas por la falta de sueño hablaba en serio. Tras los funerales, los hombres que rodeaban al sarcófago se unieron con otro grupo de mujeres y hombres, por lo que noté, estudiosos de alguna clase. Medían, inspeccionaban y hablaban con aquellos que habían servido de guardias al muerto. Luego, se les unió una mujer, de mediana edad. Vestida como de impoluto negro también con una insignia en su hombro, logré escabullirme entre los viejos árboles del cementerio. Solo advertí la palabra poseído nuevamente, fantasma y los límites de Lafayette.

¿Qué sucedía en aquella ciudad en dónde las puertas de los hoteles crujían y las sombras aparecían a media noche, sin un cuerpo que fuera el responsable de ese efecto óptico? 

Tras varios días más de ingenuo paseo turístico, pude recolectar la siguiente información: la biblioteca pública de la ciudad estaba atestada de parapsicólogos, quiénes eran apoyados por los que se autodenominaban cazadores. ¿De qué? Una sensación fría recorrió mi espalda, ya lo sabía de manera inconsciente, de las almas errantes, de fantasmas. Al atar cabos, pude entender porque los médiums, tenían tanta seguridad pero, aquello no fue confirmado hasta que una de ellas por algo que muchos llaman destino, me invitó a un café.

Lafayette, fue construido sobre una tierra indígena sagrada, me contó mientras fumaba y hablaba de prisa, como si me estuviera confiando su más íntimos secretos. Con la ignorancia de quiénes la colonizaron, no supieron que los espirituos de cada muerto, de cada persona que falleciera en Lafayette quedaría atrapado allí, ni ella sabía a ciencia cierta por qué sucedía aquello. En ese momento, solo pude exhalar un quejido de dolor, algo impropio de mi, ya que sentía que no era realmente lo más importante de su confidencia. Cada agónico podía ser poseído por un fantasma, por como ella llamó esos 21 gramos de recuerdos, sentimientos y quebrantos. Una vez poseído el cuerpo, el espíritu originario de aquél ser, quedaba en una especie de trance, dormido en las profundidades. Y el muerto, tomaba aquél cuerpo, para burlarse de la muerte.

En ése momento mi vista logró captar de reojo, un cuervo que se había posado al borde de la ventana, mirándome de manera fija. Ella sonrío de manera tranquila, mencionando que la muerte se había enamorado de Lafayette, por lo que los cuervos, atraían a todas las almas que necesitaban de otras almas o de un cuerpo a esa urbe. Volví mi cabeza atónito, mirándola como si lo que me estaba diciendo fuera una crueldad. Pero no lo era. Los cazadores, prosiguió ella, aparecieron a la par que el primer poseído de Lafayette. Los médiums por su parte, son fruto de un poseído con una o un humano. Por lo que nacen para ver la muerte a los ojos, para comunicarse con esos seres que los simples mortales no vemos. ¿Todos quieren poseer un cuerpo? No, no todos, mi querido lector, hay muchos fantasmas que viven para juguetear entre el amoblado de las viejas casas de Lafayette. En dónde no se encuentran edificios de apartamentos y todo tiene un ligero aire melancólico. 

Ella terminó su lección, poniendo una mano sobre mi hombro, diciendo que sabía que aún cuando abandonase esta ciudad en dónde habían muchos ciudadanos que desconocían lo que sucedía alrededor suyo y muchos forasteros que se quedaban simplemente por el encanto propio de Lafayette, volvería. Ya que yo tenía a alguien que había sido atraído de tierras lejanas a éste lugar y que aún lloraba su muerte. No pude más que sentir náuseas, no sabía si era debido a mi falta de comida de hacen horas o por el impacto emocional. Solo pude dejar unos billetes sobre la mesa y alejarme casi corriendo del lugar. 

Esa es mi historia, no hay nada más que agregar que pese a mi reticencia inicial, quiero volver a Lafayette. Tras tres meses en Londres, para arreglar todo lo necesario para vivir allí, sé que me encontraré con ella, sin importar mi destino. Es mi alma la que ella reclama, esos 21 gramos, que le pertenecen y ya no hay vuelta atrás. Y conmigo llevo mi libro de Edgar Allan Poe, con sus poemas. Ahora mismo, que dejo ésta carta en el buzón, dirigida a quién quiera leerla, solo puedo murmurar: “Este drama abigarrado, ¡estad seguros, que nunca será olvidado! Un espectro acosado eternamente, por un gentío que no puede alcanzarle, describiendo un circulo que le lleva, al mismo sitio.”

El cielo encapotado de Londres, me despide con un cuervo volando por lo alto y casi puedo imaginar a mi amada gritando: ¡Nunca más!. 

Hasta siempre lector. 
Espero que algún día encuentre la lápida de mi tumba en Lafayette.
Se despide,
Arthur Maelström