museo memoria y tolerancia

Museo Memoria y Tolerancia — Arditti + RDT Arquitectos (2010)

El potencial perdido, obra de Jan Hendrix, es un memorial dedicado a los niños, víctimas de genocidios y crímenes de odio. El memorial en forma de cubo, que cuelga sobre el vestíbulo del museo, conecta las dos alas de exhibición que forman el programa, una dedicada a la memoria y otra a la tolerancia; esta transición deja ver una instalación al interior del cubo, compuesta de 20 mil “lágrimas” de cristal. Centro Histórico, Ciudad de México.

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Carteles por Ayotzinapa - Exposición en Museo Memoria y Tolerancia, México DF. 

Mexicanos y mexicanas, que la memoria no nos falle este 7 de julio. Basta del mal gobierno. 

I have a petition for the rest of the world - please do not let these students be forgotten. Please help us because the government is counting on mexicans forgetting all about them. Don’t let us forget them. Don’t let us forgive our government. 

Memoria y tolerancia

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Hace unos diez años, asistí a una conferencia sobre un sobreviviente del Shoá, mejor conocido como el Holocausto Judío. No recuerdo el nombre del señor Schwartz (así lo llamaré por no decirle “el ancianito” o “el sobreviviente” o algo así), pero las palabras que nos dijo se quedaron grabadas en mi memoria.

Yo no sabía mucho sobre el tema ni mucho menos me interesaba a tal grado de ponerme a investigar más y más sobre el tema para comenzar a escribir sobre eso. Sin embargo, el conocer al señor Schwartz hizo que quisiera saber cada vez más sobre el tema y sobre lo que había pasado en verdad y no solamente guiarme con lo que nos enseñaban los maestros en el instituto cuando se tienen dieciséis años.

El señor Schwartz era polaco (digo era porque quizás ya falleció, aunque espero que no aunque en la conferencia tendría cerca de ochenta años) y, como dije antes, fue sobreviviente del Holocausto judío. Debía haber tenido alrededor de veinte años cuando fue la deportación de judíos a campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Él, junto con su familia, fue enviado a Auschwitz. Sin embargo, a partir de ese momento, no se encontraría más con ellos, pues sus padres morirían primero y sus hermanas serían enviadas al campo de mujeres. Su hermano murió poco tiempo después gracias a las condiciones de malnutrición e higiene además del trabajo forzado. 

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Schwartz decía que el vagón donde viajaban hacia el campo de concentración era algo así como un filtro, pues al introducir a aproximadamente cien personas en dicho vagón donde la capacidad máxima era de unas cuarenta personas con buen espacio para respirar, morían por asfixia o por falta de agua y alimento. Una vez bajando del vagón llegaban a un lugar donde se reunían con sus conocidos pero que poco a poco los iban separando. El proceso de selección eras simple: les llamaban por su nombre, les entregaban un número y un uniforme a rallas azules, los rapaban y con el movimiento de un dedo por los médicos de la SS se determinaba quien podía ingresar o no a los campos de concentración y a quienes  los mandaban directamente a las cámaras de gas. Finalmente, les tatuaban ése número en el antebrazo izquierdo y se convertía en su identidad y de esa forma comenzaban a deshumanizarlos por completo.

La voz del señor Schwartz se quebraba al relatar todas estas cosas pues para él fue algo aterrador ver como los soldados fusilaban a cualquiera que no hiciera lo que les decía con la mano en la cintura. Era angustiante ver como las personas que dormían en el barracón conjunto comenzaban a morir y que seguramente él sería el siguiente. Relata también que los mismos soldados ultrajaban a las mujeres por diversión para después asesinarlas a sangre fría. Ese fue el momento en que el señor Schwartz comenzó a llorar mientras su hija le ponía una mano sobre la suya.

Después de la liberación solamente quedaba él. Nunca vio a sus hermanas así que supuso que ellas también habrían muerto de alguna forma que él ignoraba y lo prefirió así. Viajó a Miami y ahí conoció a su esposa y juntos forman parte de una de las tantas fundaciones para sobrevivientes del Holocausto. Tuvieron hijos y lo demás, es historia.

Recuerdo ver en los ojos azules del señor Schwartz la tristeza y el miedo al relatar todo lo que había vivido, el cómo no quería decir lo que le hacían a las mujeres por vergüenza a las señoritas presentes o cómo el rostro de su hija, de cabellos grises, comenzaba a turbarse en una expresión de angustia y tristeza pues, a pesar de que su padre fue liberado en 1945, su alma permaneció prisionera de los recuerdos vividos en Auschwitz donde las puertas del campo rezaban “El trabajo los hará libres”.

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Quizá se preguntan por qué he escrito esto. El domingo fui a un museo que abrieron hace poco menos de tres años que se llama “Museo Memoria y Tolerancia”. Este museo está creado con la finalidad de poder prevenir los genocidios. Recordarlos porque el olvido hace que los crímenes vuelvan a surgir. Porque la memoria sirve como un instrumento de justicia y prevención.

La temática principal, repito, son los genocidios. No solamente el Holocausto Judío, sino también el que sucedió en Armenia en 1915 que es el primer genocidio documentado en la historia, el de Ruanda, Camboya, Guatemala y Darfur.

Ahora seguramente se preguntarán, si hay todos esos genocidios, entonces ¿por qué solamente estoy hablando del Shoá? Porque es, quizá, el más grande de toda la historia con un total aproximado de seis millones y medio de víctimas asesinadas por el régimen Nazi.

 

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Mi tía, que me acompañó al museo, me dijo “¿Pero por qué quieren revivir todo lo que pasó con un museo exponiendo el dolor que sufrió la gente?” A lo que yo le respondí que es algo necesario recordar al mundo que las cosas sucedieron en verdad y que no es un cuento escrito por el pueblo judío porque incluso hoy día hay mucha gente que aún cree que el genocidio que sufrió el pueblo judío es algo inventado, una mentira, lo cual me parece una estupidez y algo completamente increíble. ¿Cómo es posible que alguien crea que esas masacres (porque no solamente sobre el shoa, sino de todos) hayan sido inventadas por los mismos pueblos que fueron masacrados?

¿Cómo es posible que, gente que fue al museo al mismo tiempo que yo, después de entrar al vagón no sientan el dolor y la desazón que se siente con tan solo poner un pie dentro? ¿Que no huele la muerte en las paredes y el piso resquebrajado? ¿Qué después de ver todas las fotografías de personas en los huesos crea aún que eso fue una mentira?

 

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En París, cerca del 61º aniversario de la redada del velódromo de invierno el 16 de julio de 1942, aún crean que nunca sucedió y que ahora, al igual que en Alemania, todo eso sea un estigma. Las marchas de la muerte cerca de la liberación entre 1944 y 1945 eran hechas para asesinar más rápido a los judíos ya en condiciones tan precarias que simplemente se desplomaban en las calles y ¿la gente no recuerda haber visto los esqueletos vivientes marchando por las calles de Alemania y Polonia?

Muchas otras personas en el museo escuchaban las grabaciones de los discursos del Führer y observaba en sus rostros la angustia y la impotencia a pesar de saber que nada se podía hacer ya porque ya era cosa del pasado. Se tallaban el rostro como si pensaran “¿Cómo puede alguien ser capaz de algo así?”

Mi padre me dijo cuando le comenté que mi tía tenía ganas de salir del museo porque estaba a punto de llorar. Yo le dije que mucha gente iba para saber, para recordar y que ese tipo de temas no era para toda la gente y no toda la gente era para ese tipo de temas. No todos tienen el corazón o el estómago para ser médicos y tampoco todos tienen la pasión para ser artistas, sin embargo, eso no te impide querer saber.

 

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Alguna vez me preguntaron que por qué escribo sobre ese tema. Yo escribo para recordar. Para recordarle al mundo que eso existió, que a pesar del dolor, siempre hubo un poco de esperanza; que incluso en los momentos más negros siempre hubo un rayo de luz alumbrándoles el camino gracias a sus creencias que gracias a esas creencias, fueron asesinados y torturados no solo judíos, sino también gitanos, discapacitados y homosexuales.

“Cuán maravilloso sería que nadie tenga que esperar un solo momento antes de comenzar a mejorar el mundo” - Ana Frank (1929 - 1945)