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(FJ) La muerte de Raimundo Tupper me dejó golpeado. Tenía ocho años y nunca hasta entonces había sufrido la muerte de algún cercano. Ni siquiera un accidente. Está bien, mi abuelo paterno ya había fallecido de cáncer -creo- pero para esa fecha mi mente tenía menos de 500 días. El dolor nunca se hizo evidente más allá de alguna tristeza que mi padre escondió como los detectives esconden su vida. O algún aniversario aleatorio, escenario perfecto para reencuentros familiares y esas cosas. 

O sea, para mí la muerte de personas existía en películas, teleseries y cómics. De vez en cuando rezaba y pedía para que los míos no se murieran, no se me acabaran, y no me hicieran empezar a vivir solo. No estaba preparado. Hablo de la muerte de personas, porque en ese 1995 nos encontramos en mi casa con esos típicos “Misterios sin Resolver” que habitan en cada una de las familias: mi gata Julietta, hermosa ella, enfrentó su primer parto en el clóset de mis papás ante la atentísima mirada de todos los familiares, incluida la nana. Sí, para nosotros eran personas.

Si los momentos tuvieran que ser fotos para la eternidad aquélla era la ideal. Estábamos todos supeditados al futuro de una gata rayada que se le había antojado parir, dar vida, vencer a la muerte en un armario. Cada uno tenía una labor: mi hermana rezaba para que todo saliera bien, mi hermano rellenaba el agua y yo supervisaba todos los movimientos. Mi padre y madre ya no eran detective y periodista sino doctores. Más encima, y a lo lejos, el moreno Romeo -eterno sospechoso de este embarazo no deseado- curioseaba como el desentendido típico que sabe que aportará al mundo con una madre soltera más. Cretino.

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