monstruos marinos

UNA HISTORIA CASI VERDADERA DE MI ABUELO

Recuerdos del futuro pasado.  En 1953 mi abuelo mató a Nahuelito, el monstruo del lago Nahuel Huapi, en el sur de Argentina. Me lo contó en 1979, una tarde de domingo poco antes de partir al culto de la tarde de la iglesia. Mi abuelo había sido boxeador, también farmacéutico y evangélico, de las tres actividades la última fue la única que practicó hasta el día de su muerte. Estábamos solos y me hizo prometer (porque los evangélicos prometen, no juran ya que es pecado jurar y solo el Espíritu Santo puede hacerlo) que jamás lo iba a contar porque era un secreto ante Dios y nadie, ni siquiera mi abuela y menos mi madre, su hija, sabían del suceso. Mi abuelo murió hace diez años, mi  abuela hace dos y las promesas aunque se hagan a los abuelos que uno quiso mucho, no son para toda la vida.

            Además no es la primera promesa que he roto o no cumplido, ni siquiera es la más importante de todas.

            Mi abuelo mató al monstruo del lago Nahuel Huapi, pero no lo hizo solo. No es justificación, es solo constatación de los hechos.

Todo comenzó con una vieja Selecciones del Reader´s Digest,  fechada en noviembre de 1958 y una ilustración tan simple como encantadora: un lago muy pero muy  azul rodeado de montañas verdes pero muy verdes. Algunos árboles pintados en los bordes y en el superficie de agua, como figura destacada, la silueta de una criatura con dos jorobas y cuello largo que elevaba sobre la olas  una pequeña cabeza parecida a la de una serpiente pero achatada sobre el hocico.

            Un ser extraordinario.

El misterio del monstruo lacustre se apuntaba bajo la ilustración, indicándose además que era un reportaje condensado de Christian science monitor, revista de la cual sólo he sabido a través de las páginas de Selecciones. «Tres gibas avanzaban por el agua», eran las primeras seis palabras del relato.  Miré a mi abuelo, que estaba al otro extremo de la mesa del comedor de diario terminando el crucigrama del suplemento dominical y le pregunté.

            −Tata –así le decíamos con mis primos y hermanos, no porque nos gustara la palabra tata, sino porque él así nos lo pidió, odiaba que le dijeran abuelo− ¿Qué es una giba?

            −Lo mismo que una joroba.

            Nos encontrábamos en el primer piso de la casa. Las mujeres habían subido a los dormitorios a cambiarse para la iglesia y papá aun seguía en el estadio. El equipo local se enfrentaba a sus rivales de la provincia vecina y para él el fútbol siempre fue más importante que Dios, amén por eso.

            −Entonces tres gibas que avanzan por el agua son tres jorobas que avanzan por el agua –insistí.

            −Exactamente.

            Continué con mi revista. Ahora fue mi abuelo quien interrumpió el puzzle y preguntó.

            −¿Qué lees?

            −Esto.

            Le enseñé la primera página del reportaje, la ilustración y el titular.

            −Eso es un plesiosauro –dijo.

            −Tata, se dice plesiosaurio.

            −Antes les decían plesiosauro…

            −En todo caso este no es un plesiosaurio –subrayé−. Los plesiosaurios tienen una joroba, este monstruo dicen que tres.

            −Pues parece un plesiosauro.

            −Los científicos dicen que puede ser una babosa marina gigante.

            −Las babosas marinas gigantes no existen y los científicos no saben nada.

            −Yo quiero ser científico cuando grande.

            −Pero tú vas a ser un científico cristiano, me lo prometiste, recuerdas…

            −Si, tata, te lo prometí.

            −¿Y por qué serás un científico cristiano? –en cada ocasión que tocábamos el tema me hacía la misma pregunta y yo siempre le regresaba la misma respuesta.

            −Porque soy un hijo de Dios, salvo en la sangre de nuestro señor Jesucristo y porque el hombre de ciencia siempre llega a un punto muerto donde no hay más explicación que la gloria de Dios.

            −Amén, Panchito.

            −Amén, tata.

            −Me alcanzas la revista, por favor –en verdad dijo alcánzame la Selecciones.

            Lo hice, él la hojeó rápido.

            −Mmmmmmmm –murmuró mientras leía.

            −Es en el lago Ness de Escocia, dicen que desde 1933 ven a ese monstruo en sus aguas –comenté.

            −Eso leo –puso la publicación sobre la mesa y me quedó mirando, entonces abrió su boca−: si te cuento un secreto prometes nunca revelarlo.

            −Lo prometo.

            −Palabra de hombre.

            −Palabra de hombre.

            −Es algo que no lo sabe ni tu abuela ni tu madre e involucra gente muy querida para mi, amigos cercanos. Si te lo cuento a ti es porque te quiero mucho y porque sé que te gustará la historia. ¿Promesa entonces?

            −Promesa –repetí, levantando la mano derecha.

−Una vez vi un plesiosauro en un lago –me devolvió, otra vez diciendo sauro en vez de saurio.

            −Mentira, tata –estiré con sorpresa.

            −Yo no miento.

            −¡¿Dónde, cuándo?!

            −En Argentina, en el sur, en Bariloche, en el lago Nahuel Huapi,  en 1953 −enumeró−.  A ese de Escocia –apuntó a la revista que seguía sobre la mesa− lo llaman Nessie, a este otro la gente de la zona lo nombraban Nahuelito.

            −¿Y qué hacías allá?

            −Una reunión de los Caballeros Gedeones Internacionales de Chile y Argentina.

            Mi abuelo evangélico era de los evangélicos importante, no de los que gritan en las esquinas y hablan en voces. Miembro de la directiva nacional de la iglesia Alianza Cristiana y Misionera y hermano anciano del templo de la primera iglesia ubicado en calle Lagos a la entrada poniente de Victoria, mi ciudad natal. Ser hermano anciano, como siempre hay que explicar a los lectores católicos o ateos equivale a ser diácono, es decir el segundo después del pastor. Si fuera un barco, el tata habría sido el primer oficial, que como sabemos es quien realmente manda. Además era tesorero nacional de la congregación y miembro de los Gedeones Internacionales, algo así como una sociedad secreta de caballeros de distintas iglesias protestantes del mundo. Usaba un prendedor en la solapa derecha de su chaqueta y remitía extensas cartas en inglés a una dirección en Cleveland, Ohio. Una vez viajó a Nueva York y me trajo de regalo un muñeco inflable, un tomo con historias bíblicas en cómic dibujada por autores de Marvel, un armable del portaaviones USS Enterprise y un desplegable del Empire State Building. Cada dos meses le llegaba una encomienda gigante, también desde Cleveland, Ohio, llena de pequeñas Biblias y Nuevos Testamentos que había que regalar y repartir por donde se pudiera. Había de dos tipos, los de tapas azules destinadas a hoteles, oficinas y gente de la calle; y los de tapas blancas que eran las que debían de llevarse a los hospitales. A veces lo acompañaba a regalar Biblias, a veces me pasaba algunas para que repartiera entre mis compañeros de Escuela. Entonces yo estudiaba en la E Nº 2 que alguna vez fue la Anexa a la Escuela Normal de Profesores y mis compañeros eran en su mayoría católicos. Igual recibían las Biblias aunque ninguno de ellos se la llevó a casa. Muchos años después, en la universidad, nos pelearíamos las Biblias de Gedeones, sus hojas eran mejores que el papel de arroz para armar los cigarrillos de marihuana, supongo que era una buena manera de intentar ver a Dios.

            Y mi abuelo había acudido a un congreso de los Gedeones Internacionales realizado en Bariloche en 1953 donde habló de Dios, de la importancia de misionar y vio un monstruo lacustre. En verdad fue mucho más que solo ver a un monstruo, pero eso yo aun no lo sabía.

            −Esa semana hubo mucha agitación en Bariloche –me contó−. Fuera de nosotros, los Gedeones, había delegaciones científicas de Buenos Aires además de reporteros de los periódicos y las radios más importantes de la Argentina, esto porque durante varios meses de ese año se había anunciado apariciones de Nahuelito en el lago.

            −¿El plesiosaurio?

            −Sí. No era primera vez que lo veían, de hecho desde fines de la década de los 1930 que la gente decía ver un monstruo en el lago, pero ahora la universidad de Buenos Aires había organizado una expedición para capturarlo y estudiarlo. La ciudad estaba llena de carteles que decían que los hombres de ciencia argentino venían por el plesiosauro.

            −Plesiosaurio, tata.

            −Ellos le decían plesiosauro, así con «o» final. Sé de lo que te estoy hablando, caramba, ¡déjame terminar!

            −Sigue –a esas alturas quería saberlo todo.

            −Los científicos y periodistas zarpaban cada noche en botes, con aparatos como cámaras, sonares y rifles con dardos tranquilizantes a buscar al plesiosauro, pero no lograron atraparlo. Decían que  Nahuelito se escondía al escuchar el motor de los botes, que el lago tenía cavernas que comunicaban con otras masas de agua; decían que la bestia era inteligente y nadaba más rápido que las ondas de sonar, decían muchas cosas pero nadie ponía en duda su existencia. Todo el mundo hablaba de Nahuelito y los Gedeones pasamos a un sano segundo plano.

            −Entonces no lo capturaron.

            −No,  porque las criaturas maravillosas del Señor nunca son capturadas a menos que la voluntad del Padre así lo quiera. Y en esos días el amado Padre celestial quiso otra cosa.

            −¿Qué cosa?

            −Paciencia…

            −Pero apúrate tata que la mamá va a aparecer y nos vas a alcanzar a terminar tu historia.

            −Una noche regresábamos a Bariloche por la orilla del lago, habíamos pasado el día entero en un campamento de las juventudes metodistas y tras cenar con los muchachos y sus profesores volvimos al hotel. Íbamos en la camioneta del hermano Otarola, un amigo de la zona. Me acuerdo que era una Chevrolet grande y roja, muy ruidosa.         

−¿Cuántos eran ustedes?

            −Otarola y otro hermano argentino, de Neuquén. El pastor Castillo, que Dios tenga en su santo reino y yo. Los gringos se habían venido temprano…

            −¿Qué gringos?

            −Siete hermanos Gedeones de Cleveland y Atlantic City que estaban con nosotros.

            −¿Y el resto?

            −También retornaron temprano. Eran como las once de la noche, o quizás más tarde, cuando de improviso Otarola bajó la velocidad. Nos dijo que le pareció ver algo grande moviéndose entre el follaje cercano a la carretera, unos arbustos y árboles que se ubicaban entre la ruta y el borde del lago –describió el tata, aleteando indicaciones geográficas invisibles con sus brazos−. Otarola nos indicó que miráramos hacia la izquierda y así lo hicimos. En verdad allí había algo, una masa oscura que brincaba entre los matorrales, sacudiéndolos. Fui yo quien le dije al hermano que frenara y así lo hizo. Detenidos esperamos unos segundos, con las luces bajas y entonces fue cuando el Plesiosauro se atravesó en el camino.

            −¡¿Se atravesó?!

            −Sí, se atravesó.

            −Así, en mitad del camino, como si fuera un perro.

            −Bastante más grande que un perro, pero si, igual que uno, ¿por qué te exaltas tanto?

            −Porque pensé que lo habías visto nadando.

            −Nunca te dije nadando, de hecho jamás lo vi en el agua.

            −Pero cómo… cómo fue, tata –explicar mi estado de excitación infantil estaría de más.

            −Así, apareció saltando como una foca desde donde estaba oculto, se detuvo sobre el asfalto y nos quedó mirando.

            −¿Y cómo era?

            −Gris claro, con el lomo más oscuro, del porte de una vaca, no tan grande como uno se imaginaría un dinosauro –otra vez la «o»−. Estaba entero mojado, goteaba agua por todas partes y poseía una joroba bien notoria sobre el lomo; la cola era corta y terminada en punta. El cuello delgado y curvo, parecido a la trompa de un elefante y la cabeza igual que la de una tortuga, pero sin pico, con un hocico chueco de donde sobresalían unos dientes blancos muy largos. Tenía los ojos negros y una especie de cresta ósea sobre la cabeza.

            −Como la del Braquiosaurio.

            −No sé cual será ese.

            −Uno de cuello largo que vivía en estanques –en 1979 se creía que los saurópodos eran anfibios y arrastraban la cola y que la única manera de soportar el peso de su cuerpo era pasando la mayoría del tiempo metidos en el agua, teoría que fue cambiando a medida que se aceptó la hipótesis de que el real parentesco de los grandes saurios era con las aves y no con los reptiles.

            −Tenía cuatro aletas  –siguió mi abuelo− con forma de rombo y palmeadas, parecidas a las de un pato. Imagino que con esas nadaba y se impulsaba bajo el agua, pero acá, en tierra, las usaba para dar pequeños saltos y así moverse, brincando.

            −Y que pasó.

            −Que Nahuelito se quedó quieto, movió la cabeza y nos miró fijo, luego emitió un bufido, como de gato enojado y abrió su boca para amenazarnos, los dientes eran muy afilados. Otárola se asustó y puso las luces altas para encandilarlo y luego aceleró.

            −¡Contra el monstruo!

            −Si, contra el plesiosauro. Y lo atropellamos.

            −¡Lo atropellaron!

            −Si lo atropellemos y lo matamos.

            −¡Lo mataron!

            −Si, la Chevrolet del hermano Otárola era grande y pesada y Nahuelito era bastante blando y frágil, como cualquier criatura acuática. El golpe del auto más el peso de su cuerpo lo reventaron por dentro. Y allí estábamos, un grupo de amigos cristianos, una camioneta y el cadáver de un monstruo prehistórico.

            −¿Pero qué hicieron tata?

            −Al principio nos asustamos, por toda lo que se nos podía venir encima. Bariloche estaba repleta de científicos y periodistas, así que optamos por lo más sano. Nos arrodillamos ante el cuerpo del plesiosauro y oramos pidiendo al Señor que nos diera sabiduría. Si él nos había puesto a Nahuelito en el camino y su voluntad fue que lo matáramos debía de ser por algo. Entonces lo entendimos.

            −Qué entendieron, tata…

            −Que el papel que el Señor quería que jugáramos era el de proteger a una de sus criaturas más asombrosas de los científicos ateos que deseaban revelar sus secretos. Secretos que no eran de hombre sino del cielo. No matamos a Nahuelito, lo protegimos de los no creyentes, de la obra de Satanás vestida de ciencia. Teníamos la prueba concreta de que los dinosaurios habían sobrevivido, que la Tierra no es tan vieja como dicen los ateos evolucionistas, pero aun no era el momento. Dios padre nos quería como hombres de fe, soldados de Cristo y de la creación, no como defensores del más mundano, soberbio y frío de los conocimientos.

            −Eso lo entiendo tata –y en verdad no era lo importante− pero qué hicieron con el monstruo.

            −Otarola lo amarró a su camioneta y lo arrastramos fuera del camino principal hacia el interior del bosque. Como solo se había reventado por dentro y nos movimos despacio no dejamos huellas de sangre ni de otros líquidos orgánicos, excepto un chorro de orina que se iba a secar durante la mañana y que no era muy distinto del rastro que pudiera dejar una vaca o un caballo. Era muy hediondo.

            −¿La orina o Nahuelito?

            −Nahuelito. Fétido, asqueroso, tuvimos que cubrirnos la nariz con unos pañuelos para soportarlo.

            −Entonces lo escondieron.

            −No, lo quemamos.

            Creo que no fui capaz de contra preguntar, él abuelo siguió:

            −El hermano Otarola era constructor y llevaba un par de herramientas en la plataforma de carga de su vehículo. Con ellas cavamos una zanja  para proteger el avance del fuego. Arrastramos al plesiosauro al medio de este rastro y luego lo mojamos con bencina, usando un bidón de emergencia que el hermano de la camioneta siempre llevaba con él. Oramos por el descanso de la criatura y le arrojamos un par de fósforos. Dos horas tardó el monstruo del Nahuel Huapi en ser consumido por las llamas y quedar reducido a cenizas, que luego repartimos por campos y bosques cercanos. De mañana hicimos la promesa de no contar nada de lo ocurrido y regresamos a Bariloche.

            −Qué más.

            −No hay nada más.   

−Y nunca…

            −Nunca nada, los científicos estuvieron como un mes en Bariloche buscando lo que ya no existía y nosotros terminamos la semana de reuniones y luego cada quien regresó a su hogar. Yo a Victoria, mis hermanos a sus países y ciudades de origen. Del monstruo jamás se volvió a hablar, hasta ahora –se detuvo y luego, como si cambiara de radio−: ¡Ya, mucho bla bla! Se hace tarde y no podemos llegar atrasados a la casa del Señor, ve a cambiarte de ropa y dile a tu madre que te peine, no puedes ir así de chascón a la iglesia.

            −Pero tata.

            −Nada de peros, ve a tu habitación, yo voy a sacar el auto.

            Fue la única y última vez que hablamos de Nahuelito y mi abuelo murió diciendo plesiosauro en lugar de plesiosaurio, aunque si debo ser honesto, creo que nunca más pronunció esa palabra. Yo no me convertí en científico y acabé dejando de creer en Dios, preferí concentrar mi fe en hechos más concretos que sobrenaturales, hechos como los monstruos marinos que habitan los océanos y lagos de este planeta o la existencia de una colonia de vampiros en una isla del sur de Chile. Por supuesto, mi abuelo, como ya lo conté al inicio, también había sido farmacéutico y boxeador, pero ese es otro cuento que no voy a relatar ni aquí ni ahora. En absoluto, esta es una historia imaginaria, pero acaso no lo son todas.

2

La constelación Cetus!

Para que lo conozcan, me lo tenia bien guardado XD 

Al igual que Ofiuco, este no se considera un signo, el es una “constelación” y comparte un pedazo de su historia con Ofiuco. (De hecho viven juntos, Cetus duerme en la bañera…solo por que puede XD) 

En la mitologia se supone que es un “monstruo marino gigante” o una ballena…pssss ya ven~ XD 

PD: No se engañen, este sujeto es del mismo porte que Ofiuco~  (1.76)  ademas, como no es un signo y no exiten “bases y personalidad” le di una entre la mezcla de Aries y Piscis. (su homunculo XD) 

El océano sigue siendo una de nuestras fronteras. Y las fronteras son esos lugares donde se concentran todos nuestros miedos e ilusiones, donde aún es posible imaginar y explorar. En 1539 Olaus Magnus publicó su cartografía de monstruos marinos e imaginó un mundo fantástico que provocó por igual temor y deseo. Por fortuna el deseo venció y hoy el mapa de “monstruos” es otro pero igual de fascinante.

A partir de esta cartografía Slate publicó un mapa interactivo basado en el libro Sea Monsters: A Voyage Around the World’s Most Beguiling Map de Joseph Nigg.

Descubierto gracias a @Milhaud (vía @_kartenn).

EXTRACTOS DE CUENTOS DE "MONSTRUOS MARINOS"

“…mi padre me enseñó que cada hombre debía tener un monstruo marino, un terror ancestral al cual encarar para lograr ser alguien. A veces basta con encontrarlo, en otras no queda otra que derrotarlo. Mi padre nunca fue un gran lector y jamás supe de dónde sacó esa idea. Si la escuchó por casualidad o alguien se lo dijo con algún propósito que no se dio el tiempo de entender. Infiero que papá tuvo su propio monstruo marino y que en su búsqueda se fue de casa dejándonos solos con mi madre. Sospecho también que si no regresó es porque logró dar caza y dominar a su personal leviatán” (de Primer Monstruo)

«Cuando era niño creía que el cero era el número más importante de todos, porque con ese número despegaban los transbordadores espaciales, también que la gente grande comía papel, ya que cada vez que me regalaban un dulce mi madre o mi abuela me pedían que les entregara la envoltura» dice la voz en off del narrador y protagonista Cane Starbuck (un insólitamente solido Ben Affleck, en su mejor rol en años) al inicio de la película, mientras la tipografía de los créditos se va imprimiendo sobre la barroca partitura compuesta por  Win Butler de Arcade Fire y la fotografía sobrevuela en blanco y negro sobre el legendario lago Ness del norte de Escocia" (de Segundo Monstruo)

“Anoche, antes de acostarme, guardé cada foto de Elisa, cada foto de mi mujer, cada foto de mi mujer conmigo, cada foto de Elisa conmigo, cada foto de mi mujer y Elisa conmigo, cada foto de los tres juntos en una caja. Una caja de zapatillas, forrada con una hoja de diario y una fecha encima, tachada con un plumón rojo en letras bien grandes. Sólo dos palabras: sus nombres. Una cápsula del tiempo. Tal vez la abra mañana, tal vez en un tiempo más” (de La última historia de los Vengadores). 

“La Primera Guerra Mundial partió requisando los incompletos blindados chilenos con objeto de enlistarlos al servicio de la marina real. También reclutando a Clive Campbell quien fue enviado a la guerra de las trincheras de Francia. No duró mucho en el conflicto. A principios de 1915, la estilla de una granada alcanzó su ojo izquierdo y tras un par de semanas postrado en la camilla de un hospital de campaña fue enviado de regreso a su natal Edimburgo. En la misma fecha nacía en Viña del Mar, Anna Morris, su futura esposa y abuela de mi amigo Colin…” (de Cuarto Monstruo)

“Prometea tenía una foto de Jesucristo vestido como superhéroe Marvel. El casco de Magneto, la armadura del Capitán América, la capa de Thor y en la mano derecha, apuntando al frente el corazón verde, gigante y radiactivo de Hulk. Lo llamaba el Sagrado Señor de los Superpoderes, creía en él y le rezaba todas las noches. Una vez le pregunté por  su fe hacia esa figura, me respondió que se trataba de la representación de poder divino más concreto que había conocido en su vida, que jamás le había cumplido ninguna manda pero tampoco jamás la había abandonado”. (de Quinto Monstruo

“A veces la mujer que más he amado en la vida me habla al teléfono. No me cuenta de su vida ni le interesa saber de la mía. Ni siquiera me pregunta cómo estoy. Confía en que me encuentro bien. Es la geometría de las relaciones frías, no hay que hacerse cargo de las cosas porque la vida misma se ha convertido en una cosa, una que no se mueve y que está quieta como un adorno. A veces la mujer que más amado en la vida me habla al teléfono, en algunas ocasiones me pide hablar de historia de Chile, le gusta mucho la historia de Chile en especial la época de Balmaceda; en otras me hace siempre una misma pregunta.
    –¿Han encontrado nuevos monstruos marinos?” (de Ultimo Monstruo)

“…pulpo gigantesco que vive en las aguas cercanas a Hokkaido, la isla grande del norte de Japón. Es rojo oscuro, mide más de 150 metros de largo y pertenecería a la misma familia que el Kraken (ver Kraken). Nunca ha sido fotografiado, pero el almirante Yamamoto, jefe de la escuadra japonesa durante el ataque a Pearl Harbor solía dibujarlo con extremo detalle” (de Bestiario).

3

Personal normal de Benito Taibo

Género: (YA) Contemporáneo

Sinopsis [Añadir a Goodreads]

Tenía un par de padres divertidos y jóvenes, llenos de sueños y de planes. Pero a mis doce años, cinco meses, tres días y dos horas y cuarto, aproximadamente, me quedé sin ellos.
Desde que el tío Paco se hizo cargo de él, Sebastián ha vivido aventuras increíbles: tuvo un encuentro inesperado con un enorme felino, conoció a uno de los últimos vampiros que viven en el DF; frente a su casa vio a un mítico personaje saltar de la góndola en la que viajaba, para rescatar a una joven de una inundación; consiguió un mapa estelar para un pobre extraterrestre perdido en la Tierra, sobrevivió el embate de un enorme monstruo marino, peleó al lado de los sioux para defender su territorio de los colonizadores? ¿Qué pasa con Sebastián? ¿Acaso no es una «persona normal»?

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