mirares

Se despidieron en silencio. Juntos uno del otro, tan cerca se miraron. “Te extrañaré tanto” gritaban sus miradas, pero nadie se atrevió a decir lo que pensaban.
Ojalá coincidamos en otra vida, pensaron los dos.
—  La sinfonía del alma
Es rarísimo pensar en mirar con amor a alguien más , en besar a alguien más, en andar de la mano con alguien más, es súper raro imaginarme a alguien más calmando mis enojos o cuidando de mi.
Es raro pensar en que ya no serías tú.
—  Cosas que pasan.
Ya me olvido

Ya no me responde los mensajes como antes. Ya no me dice que me quiere. Ya no me dice “¿Seguro?” Cuando le digo que estoy bien. Ya no se preocupa por mi, ya no está conmigo en los días malos ni mucho menos en los buenos. Ya no me cuenta que hizo en el día. Ya no me dice por qué no puede dormir. Ya no hace espacio en su tiempo para hablar conmigo. Ya no comparte sus gustos conmigo. Ya no me dice “Tienes que mirar esta película” Ya no me provoca esa risa que se escucha por toda la casa. Ya me olvido.

No lo había querido buscar, me repito. No lo había querido desear, pero no podía mentir después de haber bailado con la mirada por todo el lugar. Sí me aburría la idea de vacilar siempre en el mismo bar, con música que fin de semana por medio también era de esperar, pero igual volví a entrar. Carolina también tenía ganas de desmenuzarse por alguien que no tenía la intención de esperarla llegar, y no estoy echando culpas a Iván por no quererla igual, sólo estoy diciendo que antes de irme caminando a la parada de micro Carolina va a suspirar y me va a mirar, dando por entendido que faltó algo más, pero esta vez no tenía ganas de darle la razón para irme enojada tratando a la ciudad de responsable por semejante monotonía cuando, en realidad, yo tenía la culpa de estar tan aburrida. Estaba cerca de la barra cuando lo vi pasar, yo estaba tan lejos que no había forma posible de que fuera disimulado mi andar, pero entendí que era todo lo contrario lo que tenía que pasar. Lo tenía que buscar, él no me tenía que mirar, se tenía que sorprender pero esta vez me debía responder. Di un paso y retrocedí, “¡dale!” dijo Carolina pero al final me pareció que había sido una voz en mi cabeza, la cual estaba físicamente muy lejos de la situación como para asumir la consecuencias que vendrían después, igual dije que sí. Hablaba con una chica con tanta soltura que me pregunté por qué no me había podido contar aunque sea una historia banal que jamás fuera a recordar, o por qué la última vez no pudo siquiera contarme que había leído Bukowski como le recomendé y como supe que lo había hecho un poco después. Toqué su hombro distante y volteó cuando pronuncié su nombre.
-Ey -por un segundo pareció que se sorprendía de verme-.
-¿Todo bien?
Estoy tan segura de que no me escuchó como que la chica que lo acompañaba no tenía ganas de quedarse sola, o eso me pareció. Sin embargo era inevitable creer que uno siempre empezaba una conversación preguntando por el estado ajeno, sabiendo que no se responde con la verdad, teniendo en cuenta que no es por eso que nos acercamos en primer lugar y culpando a las estúpidas imposiciones sociales que sin que lo notemos tanto se roban nuestra espontaneidad, haciéndonos reaccionar igual ante situaciones que se pautaron por los demás. Bien sabía que tenía ganas de preguntarle algo más existencial, o saber cómo se formaba su familia, y si la quería, porque yo no lo hacía, pero nadie jamás se interesaba.
-¿Podemos ir para allá?
Señalé un punto en el aire donde sabía, y él sabía, que era para conversar porque la música no podía interrumpir tanto y no había forma de escapar de una pregunta diciendo que no escuchás. Miró aquel rincón como debe mirar a sus fanáticas de quince años que lo admiran sin una buena razón aparente y que no saben, como yo, lo bien que la gente talentosa a veces puede llegar a esconder la arrogancia en lugares donde termina habiendo nada, pero igual no deberían escucharme a mí. Me siguió avisándole a la hermosa muchacha de vestido negro que después se verían, e imaginé cómo en su cabeza hacía una lista de correctas maneras de negarse ante mí sin hacerme sentir como las demás y quedando, otra vez, como un sensible poeta que entiende la frivolidad de enamorarse de un artista. Cuando nos apoyamos en la pared me ofreció su cerveza y me reí sin que supiera de todo lo que había bebido previamente para estar justo ahí, y eso me molestó bastante.
-¿Qué entendiste la última vez? -mi voz temblaba nerviosa y tener que elebarla para contrarrestar el bajo que sonaba no me ayudaba. Por supuesto que él no me entendió-. La última vez te dije que me cansaba hablar por celular, pero estabas tan borracho que no sé qué llegaste a entender, sobretodo porque tu respuesta fue un “bueno, ¿querés agua?”.
Rió como sintiéndose orgulloso.
-Sí, te había escuchado.
-¿Y por qué me respondiste eso?
-¿Qué querías que te dijera?
-Sólo lo que vos quisieras decirme, ¿eso fue todo lo que quisiste decirme?
-No sé.
-No tiene nada de malo que tengas algo para decirme, está bien.
-Ya sé
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Es porque sos tímido?
Un segundo después me di cuenta que eso quedaba bien en mi cabeza y no teniéndolo tan cerca.
-¿Qué?
Sé que lo decía sólo porque me lo habían dicho, pero ya había comprobado que no podía acercarse con facilidad, teniendo en cuenta que en ese momento a mí me estaba costando una agitada palpitación
-Sonaron bien hoy.
Volvió a reír, pero esta vez enternecido.
-Gracias, para mí fue una de las peores fechas.
-Puede ser, yo estaba muy drogada.
Y otra vez.
-¿Eso me querías decir?
-No, no sé. ¿Por qué me hablaste después?
-¿Cuándo?
-¡Al día siguiente! Me mandaste un mensaje insignificante sin respuesta posible, ¿por qué?
-No sé.
-¿Por qué siento que después te vas a dar cuenta y vas a escribir sobre esto, pero nunca me lo vas a decir en la vida real?
-¿Te molesta?
-No, me encanta que me mandes los poemas que escribís, me interesa, es real, es algo tuyo, pero después no hay nada. Te encuentro y no hay nada. No hay conversación, no hay debate. Ya sé que requiere menos enviar un mensaje, pero dura poco, porque no es real.
-Pero vos me dijiste que “si no pasaba nada, no hay problema pero” y ahí te fuiste.
-Y ahí me ofreciste tu vaso de agua.
Quiso reír pero se detuvo al divisar que yo no lo hacía ni estaba en lo más mínimo cerca.
-No va a pasar nada entre nosotros.
-Tenés mucha seguridad en vos mismo, ¿no? -me miró confundido-. No quiero nada con vos, Lautaro. Quiero decir: me gusta hablar con vos, me gusta cómo pensas, pero me aburre que seas tan poco real. Y podés mirarme mal, no me va a ofender, pero me gusta conocer gente y creo que debería animarme más a hacerlo, porque no siempre significa que te quiera coger o que tenga sentimientos hacia vos. Sos una persona, eso debería hacerte interesante, pero no si te escondés, no si te crees mejor por poder cantar lo que escribís y que tus amigos músicos lo puedan aplaudir, no si vas a pensar que es porque me gustás, no si sos tan básico de prejuzgar porque te sentís especial. Y sé que me quisiste decir algo, sé que me ofreciste de tu vaso porque te pusiste nervioso, y está bien, para salir de tu zona de confort te tienen que sorprender y a veces te debería doler en el orgullo. No te digo todo esto sólo por mí, estaría bueno que la próxima vez lo puedas hacer mejor, porque sí, Lautaro, hay cosas que no sabés hacer, y eso también está muy bien. Porque sé que no soy yo, pero algún día te va a gustar una piba, o te va a interesar de verdad y es mejor dejar de aparentar. ¡Ah! Y ese bigote no te favorece, esperá un poco más a desarrollarte, aunque lo hayas escrito en el último poema, no dejaste la adolescencia.
Le di la espalda y me fui. No me detuvo como por tres segundos deseé, no me dijo nada ni se defendió. Me fui con la satisfacción de saber que no iba a volver. Dos días después, hoy, recién, Lautaro me escribió.

Amor casa-habitación

He habitado tantos cuerpos. Algunos con ventanas. Otros con vista al mar. Había otros que tenían azoteas muy lindas. Rodeadas de balcones blancos, grandes y más ventanas que tenías que abrir para mirar cómo amanecía. El placer de mirar el amanecer con una taza de té entre las manos, acurrucada sobre la rendija de la ventana y atenta.

He habitado tantos cuerpos. Voy de aquí hacia allá. Voy de ciudad en ciudad. Voy de lugar en lugar. Nunca me dejan quedarme. Mi contrato dura sólo un par de meses. A veces un par de noches: son hoteles, moteles antiguos que resultan ser un oasis en la estrepitosa carretera que he caminado durante horas con el sol sobre mi rostro.

Nunca me ha faltado donde dormir. Sólo no tengo un hogar.

No hay nada más difícil que tener que ignorar a quien una vez no dejabas de mirar.