mine: tic

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Python code for a tic-tac-toe game.

The code checks for all win conditions as well as a draw. This is then displayed at the end to the user.

Enjoy! xx

Cuarenta pasos

Ella parpadeaba más de lo normal, un promedio de treinta veces por minuto. Para quien no la conocía e interactuaba con ella por primera vez, resultaba un sensual coqueteo y una sería insinuación sexual, en especial para los hombres, pues a las mujeres les resultaba gracioso y nunca faltaba quien la envidiara por tremenda capacidad de parpadeo. Aunque en realidad a nadie le pasaba por la cabeza que aquello fuera un trastorno médico, por lo que ella se limitaba a sonreír y sufrir en silencio.

Una tarde después de salir del trabajo tomó un sendero para atravesar el parque, ella sabía que a esa hora nadie pasaría por allí, pues lo había estudiado desde hacía muchos años atrás y lo llevaba a cabo desde hace varios meses. Era un sendero en línea recta de aproximadamente ciento cincuenta metros, lo que para ella representaba dar doscientos pasos hasta llegar a la orilla del parque. Aquel sendero le permitía caminar con los ojos cerrados, esa pequeña caminata le llenaba de alivio y era una especie de paraíso en el que podía flotar sin necesidad de abrir los ojos y parpadear inevitablemente cada dos segundos.

Se colocó al inicio del sendero, verificó que no hubiera personas alrededor, respiró profundamente y empezó a caminar. Contaba los pasos en orden descendente: doscientos, ciento noventa y nueve, ciento noventa y ocho, ciento noventa y siete… al llegar al número cincuenta escuchó un ligero ruido que se fue acercando lentamente, hasta que al faltar cuarenta pasos tropezó con algo, se escuchó un quejido de hombre, ella gritó también y cayó de frente, apenas tuvo tiempo de abrir los ojos y detener con sus manos la inevitable caída. Cuando se giró para ver con qué había tropezado, lo vio a él, un hombre joven, con una bolsa de basura en la mano y una bola de papel en la otra, estaba arrodillado en medio del sendero. Él la miraba sorprendido y apenado.

- Discúlpame, no quise hacerte daño. ¿Estás bien? –dijo mientras se levantaba y le extendía la mano para ayudarla.

- Estoy bien, pero podría estar mejor si no anduvieras arrastrándote por ahí –contestó ella mientras se limpiaba el vestido.

Él de inmediato notó lo especial de su mirada, por lo que sonrió alegremente y tomó valor para invitarla a tomar un café. Ella sabía que la invitaba, porque como todos, pensaba que sus parpadeos eran un claro coqueteo; estaba acostumbrada a ello y a rechazar mecánicamente toda invitación, pero esta vez tuvo un buen presentimiento y aceptó. Mientras tomaban café, ella le contó la razón por la cual caminaba por el sendero con los ojos cerrados, él entendió entonces que aquello no era un coqueteo, pero en lugar de desanimarlo se sintió afortunado de estar con una mujer hermosa tomando un café. Guardaron silencio por un momento, ella aprovecho para cerrar los ojos y descansar los párpados, el hizo lo mismo y se quedaron así, frente a frente, hasta que ella aclaró la garganta le preguntó:

- ¿Qué hacías arrastrándote en el parque?

- No me arrastraba, simplemente me arrodillé para sacar la basura que estaba debajo de los arbustos –contestó él.

- ¿A eso te dedicas?  ¿A recoger basura? –preguntó ella.

- No, soy arquitecto. Pero tengo un trastorno obsesivo-compulsivo, un TOC…

- Qué gracioso –abrió los ojos, soltó una carcajada y dio unas palmadas en la mesa-. Tú tienes un TOC y yo tengo un TIC. ¿Pero eso qué tiene que ver con que recojas basura?

- Pues esa es mi obsesión, recoger basura. Recojo toda la basura que encuentro en un área de dos metros a la redonda, por eso es que llevo siempre una bolsa enorme conmigo para recoger todo lo que encuentro mientras voy al trabajo y cuando regreso a casa.

- Ya entiendo. Es horrible vivir con algo que no te gusta y que por más que quieras, no puedes evitar.

- Lo sé, es muy difícil, a mí a menudo me tildan de loco, me señalan, me estigmatizan.

- ¡Vaya, me pasa lo mismo! Para la gente es tan fácil etiquetarte sin saber lo que pasa en realidad.

Al salir del café, acordaron encontrarse al día siguiente en el sendero, justo cuarenta pasos antes de llegar a la orilla del parque. A la misma hora, pero esta vez sin tropezones ni caídas.

Ella se arregló un poco más que de costumbre, él se puso corbata e hizo todo lo posible por no arrastrarse para recoger basura y así mantener limpios sus zapatos. Llegado el momento se encontraron en el sendero, él la esperaba desde veinte minutos antes, ella llegaba puntual a la cita. Cuando ella iba aproximadamente a los cien pasos, sin querer abrió los ojos y lo vio; se ruborizó y comenzó a parpadear muy de prisa, tanto que fácilmente hubiera podido provocar un huracán con aquellas pestañas tan largas; él se tocaba la corbata y pateaba rítmicamente su bolsa de basura. A los cuarenta pasos, ella se detuvo y él la tomó de la mano, sacó una cajita de su bolsillo, se hincó en una rodilla y le mostró un anillo de plástico, ella cerró los ojos para disimular su veloz parpadeo y él le dijo:

“Desde el primer momento que te vi, mi corazón late casi tan rápido como tus parpadeos. Me encantaría que tu TIC fuera un real coqueteo hacia mí…”

Ella abrió los ojos y por primera vez en la vida la frecuencia de sus parpadeos disminuía casi hasta una cuarta parte. Puso su otra mano sobre la de él y aclaró la garganta. Iba a decir algo, pero él continuó hablando:

“Yo no tengo intensión de etiquetarte, no quiero ser como los demás. Yo te ofrezco comprensión y cariño. Y te ofrezco también, recoger toda la basura que haya en el camino desde mi casa a la tuya…”

Le puso el anillo de plástico y le dio un beso en las manos, ella suspiró y de sus ojos escurrieron dos lágrimas. Lo ayudó a levantarse, le abrió los brazos y lo apretó fuertemente mientras le decía al oído:

“Acepto todo lo que me ofreces. Y si tú me acompañas todas las tardes a dar doscientos pasos por este sendero mientras tengo los ojos cerrados, te prometo que todos mis parpadeos serán únicamente coqueteos para ti…”

Se besaron, se tomaron de la mano y completaron los cuarenta pasos que faltaban para llegar a la orilla del parque.

 

 

Javier Reyes Peña