mi reflejo era

Hoy me mire detenidamente en el espejo, no me reconoci en un principio, pareciera que mi reflejo era alguien distinto, alguien que ni siquiera estaba vivo, tenia unos ojos vacios que reflejaban la poca o nula esperanza que habitaba en mi vida. Una sonrisa bastante forzada, me dio demasiada tristeza, jamás pense verme de esa manera, a decir verdad, ni siquiera la posibilidad paso alguna vez por mi mente.
Yo fui la más callada

Yo fui la más callada
de todas las que hicieron el viaje hasta tu puerto.

No me anunciaron lúbricas ceremonias sociales,
ni las sordas campanas de ancestrales reflejos;
mi ruta era la música salvaje de los pájaros
que soltaba a los aires mi bondad en revuelo…

No me cargaron buques pesados de opulencia,
ni alfombras orientales apoyaron mi cuerpo;
encima de los buques mi rostro aparecía
silbando en la redonda sencillez de los vientos.

No pesé la armonía de ambiciones triviales
que prometía tu mano colmada de destellos:
sólo pesé en el suelo de mi espíritu ágil
el trágico abandono que ocultaba tu gesto.

Tu dualidad perenne la marcó mi sed ávida.
Te parecías al mar, resonante y discreto.
Sobre ti fui pasando mis horarios perdidos.
Sobre mí te seguiste como el sol en los pétalos.

Y caminé en la brisa de tu dolor caído
con la tristeza ingenua de saberme en lo cierto:
tu vida era un profundo batir de inquietas fuentes
en inmenso río blando corriendo hacia el desierto.

Un día, por las playas amarillas de histeria,
muchas caras ocultas de ambición te siguieron;
por tu oleaje de lágrimas arrancadas al cosmos
se colaron las voces sin cruzar tu misterio…

Yo fui la más callada.
La voz casi sin eco.
La conciencia tendida en sílaba de angustia,
desparramada y tierna, por todos los silencios.

Yo fui la más callada.
La que saltó la tierra sin más arma que un verso.
¡Y aquí me veis, estrellas,
desparramada y tierna, con su amor en mi pecho!

Julia de Burgos

Vi mi reflejo que era el cuerpo desnudo de una mujer, una diosa. Vi mis curvas, cada centímetro de mi piel y de mi cuerpo y solo sentí amor por lo que tenia, por lo que yo soy, lo que puedo lograr y representar. Sentí tangible el respeto y el amor que siento hacia mi y recordé que tu nunca lograste verlo. No te voy a echar la culpa a ti por las cosas que yo cause, porque por mi culpa tu no lo vistes. Creo que a la final siempre en tu presencia yo me menospreciaba ya que pensaba tu eras mucho más. No diré qué porque no logro comprenderlo ahora, pero yo pensaba más de ti, más de lo que en verdad eras.
Lo que teníamos sucedió hace un tiempo, muchas veces yo intente cortar los últimos cables porque sabia que no eras bueno para mi. Muy adentro en algún rincón algo me lo decía, no sabia decir, hasta ahora, qué era lo que me detenía.
Nunca quisiste ver mi amor por ti, tenias ceguera selectiva, omitías mis sentimientos y aceptabas mi amor. Allí creaste una paradoja. Ahora que fui viendo al espejo, me fui observando y abriendo los ojos me di cuenta que tu nunca me quisiste como yo te quise, ahora me pides una segunda oportunidad para el futuro porque sabes lo que perderás, porque te das cuenta que hay algo más, pero no lo quieres en el presente y aquí ahora es cuando yo digo no.
Perdiste esa oportunidad que una vez te di, que decidiste no ver porque pensaste que estaría siempre allí. De alguna manera u otra tratas de usar este cariño que te tengo para mantenerme aquí, pero se ha agotado. Ya no siento culpa, ni tristeza. Todo ha caído en su lugar y cuando finalmente pude ver, lo que me mantenía aquí nunca existió. Era yo y mi decisión de mantenerte. Ahora solo pregunto ¿para qué? Si en verdad nunca vistes en mi lo que yo veo y dudo que lo puedas hacer algún día porque nunca dejaras de ver solo lo que tu quieres.
—  A veces solo hay que dejar ir, Declaración
de Contradicciones.

Quería abrazar a mi mamá, mi hermana y a mi canela, así que tomé la determinación de venir a Venezuela a pasar unos días aprovechando que me quedé sin curro en Madrid, guao, qué emoción, venía a casa, no lo podía creer, casi que caminaba sin tocar el piso de lo feliz que me sentía.

Llegué a Barajas, pasé seguridad, migración y antes de montarme en el avión rumbo a Maiquetía ya se sentía todo más familiar, el acento venezolano era casi como estar en casa, aunque nunca entendí por qué si todavía no habían llamado para embarcar ya la gente estaba haciendo cola, pero no importaba cualquier incomodidad, lo importante era que venía para mi hogar.

El vuelo estuvo bien, llegamos a Maiquetía y me sorprendió ver que las paredes estaban sin pintar, el piso sucio, el aeropuerto desolado, al salir ya mi mamá estaba ahí, qué emoción, su abrazo fue lo mejor que me había pasado en dos años, pero su cara estaba rara, la noté avejentada, arrugada, como quemada por el sol, no podía creer que en tan poco tiempo se viera tan anciana… y pensé ¿mamita qué te pasó?, pero no le dije nada, mi felicidad era mayor que eso.

Salimos apuradas, me dijo que me moviera rápido porque estaban atracando mucho en el aeropuerto, que tuviera cuidado que si alguien se acercaba me apurara, casi le da algo cuando fui a sacar el teléfono para tomar una foto, me pegó un grito que retumbó en todo el litoral recordándome que estaba en Venezuela, que aquí no se pueden sacar los teléfonos porque te pueden matar para quitártelo… “cierto”, pensé, ya había olvidado eso.

La camioneta de mi mamá era un reflejo de ella, estaba desajustada, le sonaba todo, se movía raro cuando iba rodando, hacía calor y cuando le pregunté el por qué me dijo que no se conseguían repuestos para el aire acondicionado y que la camioneta la habían tenido que “parapetear” con partes usadas porque las nuevas eran muy caras o no las había.

Durante la vía y más aún, al llegar a Maracay quedé impactada, no podía creer lo que veía, parecía que había arribado a un país africano en crisis, desolación, destrucción, miseria, colas horribles con gente que daba miedo frente a los farmatodos, a los supermercados, las calles llenas de huecos, los semáforos dañados ¿qué es esto? ¿qué pasó con mi país?, pensé.

Cuando por fin llegamos a la casa, no había luz así que nos tocó subir por las escaleras y dejar las maletas en el carro porque son 8 pisos. Mi mamá me dijo que es el racionamiento era diario, pero sólo para el interior del país porque a Caracas no se la quitan y le noto cierto tono de rabia cuando lo dice.

¡Canela! Mi adorada perrita, sigue tan bella como siempre, aunque le veo el pelo reseco, tiene algunas pulgas y está como flaca. Me di cuenta que estaba comiendo una Perrarina que yo sé que no le gusta, pero al parecer es la única que se consigue.

Yo quería un café con leche de esos maravillosos que ella preparaba y me dice que no hay leche… ni café, le pido un sándwich, no hay pan, entonces pienso en una arepa y me la hace con lo último que quedaba en el kilo de harina de maíz, sólo hay queso duro y no tiene mantequilla, igual me supo a gloria, me la había hecho mi mamá y eso es suficiente, pero al mismo tiempo pensaba en que esto no es vida.

La luz llegó tres horas después, pero no había agua, así que nos tocaba bajar el wáter (poceta) con tobos (baldes), usábamos servilletas de esas grandes de cocina como papel sanitario ya que también está escaso, lo mismo sucede con el aceite, el azúcar, la harina de trigo, las toallas sanitarias, desodorante, champú, jabón de bañarse, detergente de lavar la ropa, y muchas otras cosas.

Esa noche conversé mucho con mi mamá y mi hermana, lloramos, nos reímos, nos abrazamos y ellas me contaron lo dura que está la situación en Venezuela, que está mucho peor que cuando me fui y que pronto me daría cuenta que ese país que yo extrañaba ya no existe. Ahí me contó que tiene la piel de la cara y el cuello toda dañada porque pasa horas bajo el sol haciendo colas para comprar lo que vendan ese día en el supermercado, sea una botellita de aceite, un kilo de arroz o un kilo de harina P.A.N.

Ya tengo como dos semanas aquí y estoy desesperada porque llegue el día de volver a Madrid, ya no aguanto más, esto no es Venezuela, esto es una cosa destruida, dañada, una versión bizarra de una copia barata de mi país.

En estas dos semanas he descubierto que la anarquía, la destrucción, el odio y la desolación se apoderaron de mi patria, he vivido las colas para comprar una harina, he visto los centros comerciales en total estado de abandono, las tiendas vacías o cerradas, los carros parados por falta de batería o cauchos, la gente morir de mengua porque no hay medicinas.

Se me ocurrió la genial idea de montarme en un autobús y me robaron el teléfono. Así que ya no salgo del apartamento, estoy encerrada en mi cuarto, tengo una crisis de nervios, no puedo dormir porque sólo me viene a la mente la asquerosa cara de sádico cargada de odio que tenía el desgraciado que robó a todos los pasajeros a punta de pistola, en ese momento sentí que no lo contaría.

Lo siento Venezuela, pero en este viaje descubrí que lo que yo extrañaba era sólo una ilusión.

Me devolveré a Madrid a trabajar lo más duro que pueda para llevarme a mi mamá y a mi hermana, nadie se merece vivir en este país.

Me dueles Venezuela.

Una Venezolana que emigro

Ж Copos de cristal Ж

Copo uno: Trecientos años pasan rápido.

¿Cuantos años ya han pasado desde que el hombre de la Luna me perdonó la vida y me sumergí en esta vida, o no vida? ¿Doscientos o trescientos años? No lo recuerdo. Los últimos momentos de mi vida como humana fueron desgarradores. Hans, el príncipe que trató de asesinarme a mis veintiún años de edad, volvió con sus hermanos y le declararon la guerra a mi reino. Arendell. Mi ejército no era rival para ellos, nunca habíamos entrado en guerra antes; incluso si yo iba al frente y con mis poderes vencía a varios soldados, eran muchos para mí.

En los últimos días de mi existencia humana, recuerdo que le pedí a mi adorada hermana que huyera con Kristoff. Anna, quién se negó rotundamente a dejarme, terminó siendo atada por Kristoff y, bajo mis órdenes como reina, llevada a un reino aliado donde podría vivir en paz. Mi último deseo viva fue ese, que mi hermana pudiera vivir con la libertad con la que yo no pude contar. Sólo tuve a lo mucho cinco o seis años de felicidad, la guerra te consume mucho tiempo y libertades. Tenía que organizar al ejército y encabezar las tropas, mi poder en plano militar nos daba cierta ventaja, podía congelar el piso y hacer resbalar a los soldados, congelar parcialmente sus pies para dejarlos inmóviles, hacer grandes hombres de nieve que acabaran con algunos escuadrones realmente grandes, paredes de hielo grueso que protegían a los habitantes mientras huían a reinos aliados y podía fácilmente asesinar a los hombres, cosa que no hice por la simple razón de que no soy una asesina.

Al final de cuentas, cuando tomaba un descanso en la gran sala de los cuadros me emboscaron y me tomaron como prisionera, me sacaron del palacio atada con cadenas parcialmente calientes que derretían el hielo que trataba de formar en ellas, me hicieron llamar «La reina de la nieve», un monstruo que asediaba con hielo y sin piedad. Que gran cantidad de mentiras. Me encarcelaron de nuevo, pero esta vez no pude huir a tiempo ¿la razón? Hans me amenazó con hacerle daño a Anna, a Kristoff y al pequeño que mi adorada hermana llevaba en su vientre. ¿Qué gran manera de enterarme que iba a ser tía, no? Hans sabía jugar sucio: primero con los sentimientos de mi hermana con su primer amor y, ahora, amenazándome con que le haría daño a la única familia que tengo y a mi lindo sobrino que crece en ella. Si yo era en ese momento el monstruo, ¿qué demonios era el ser quién me dio la muerte? Pasé dos días en la prisión donde simplemente no morí de inanición y deshidratación por el simple hecho de que comía y bebía el hielo que podía hacer. Olaf, el muñeco de nieve que hice con Anna cuando éramos niñas, era mi única compañía en ese entonces. Nunca me dejó y, hasta el día de hoy, no me ha dejado.

Cuando la puerta de la prisión se abrió el segundo día, Hans llevaba una vestimenta negra y en su cara se veía una maldita sonrisa de satisfacción. Había ganado ese imbécil. Maldecí ese día como nunca a mi corazón y consciencia por no haberme permitido matar a ese bastardo de una vez por todas y acabar con la guerra que acabó con más de una familia -incluyendo la mía- en mi reino. Me vendó los ojos y le dio una patada a Olaf, le advertí que no se armara de nuevo hasta que él no lo viese. Me encaminó por los pasillos y sentí el viento helado en mi cara, había mantenido aquel clima para que mis solados escapasen y no los vieran. Me subió a una tarima donde me obligó a meter la cabeza en una especie de ventana de madera que enseguida cerró sobre mí. La guillotina. Serré mis ojos a pesar de estar vendados y no pude evitar derramar una lágrima traicionera. Leyó en voz alta a su ejército que con la caída de la reina Elsa, la Reina de las Nieves, Arendell era propiedad suya y de sus otros doce hermanos. Y, dando una orden, el filo de la cuchilla que nunca se había usado, atravesó mi cuello en un ruido sordo. Había muerto.

Un susurro.

Escuché un susurro. No sabía quién era o que me decía, pero en ese momento abrí mis ojos que ya no eran atados por vendas y miré al cielo, vi la luna llena más hermosa que había visto en mi corta vida, sentí el suelo helado bajo mi espalda y manos, el aire frío me revolvía el cabello y me di cuenta que yacía recostada abajo de la tarima donde anteriormente me habían dado muerte. Me levanté de donde estaba y no pude divisar mi cuerpo, pero el hielo y la nieve lo cubría todo, más de lo ya estaba. Miré mi reflejo y era la yo de mis veinte con el cabello despeinado, mi trenza de lado cayéndome en el hombro y mi vestido azul, a mi alrededor habían infinidad de soldados con una cara de asombro y terror, donde debía yacer mi cuerpo sólo se apreciaba una especie de muñeco de hielo con mi forma, sólo que por obvias razones, la cabeza estaba en el suelo sin la venda. Mis ojos apretados transmitían el miedo que sentí y la sorpresa de la muerte que me llevó sin avisar. ¿Qué había pasado? No lo sabía. Traté de hablar con alguien, pero al parecer no me escuchaban. Me acerqué a uno para menearlo, y, en ese momento, le traspasé como si fuera un fantasma. Yo era un fantasma.

Miedo.

Tuve mucho miedo.

Mi cara se descompuso, mis ojos de abrieron como platos y me encorvé sólo para volverme a erguir dando un fuerte grito que absolutamente nadie percibió, pero, más sin embargo, mis poderes estaban intactos, e incluso más potentes que antes, y expulsé una ráfaga de hielo que tiró a todos por lo menos cinco metros. Vi como todos salían despedidos y, varios de ellos, con extremidades congeladas, gritos de terror surgieron por doquier y vi la figura de Hans que era consumido lentamente por el hielo. Le había dado en el corazón. Ni por ser la persona más despreciable del mundo le hubiese deseado una muerte tan aterradora como la de ser convertido en hielo irrompible. Lástima que él no tuviese a alguien quien hiciera un acto de amor por él. Salí corriendo del lugar al ver el devastador poder que ahora tenía, los gritos me siguieron hasta mi castillo de hielo donde me refugié. No sabía que había pasado, lo único de lo que estaba enterada era que mis poderes eran más fuertes que antes y eso implicaba que debía volver a controlarlos, sin Anna. Después de mi muerte, y si no hubiese sido por Olaf, podría haber caído en la soledad que tanto odiaba, volví a crear a mi compañero de nieve en el castillo, mi única compañía que podía hacerme reír de vez en cuando, y nos quedamos ahí. No quería salir, de todas formas al parecer nadie me lograba ver.

Pasaron algunos años antes de que un pequeño niño llegara a mi castillo, me sentí realmente feliz de volver a ver a una persona. Se quedó impresionado al ver las figuras de hielo que hice de todas las personas importantes para mí. Mamá, papá, Anna, Sven, Kristoff, e incluso, hice una figura de hielo de Olaf. Aquel pequeño se quedó abobado viendo las figuras, yo sólo lo observaba con una sonrisa y decidí hacer una de él. Cuando le pequeño vio su escultura dio un gritillo de exaltación y admiración. Olaf me pidió permiso de ir a saludarlo, pero antes de que yo le dijera que esperara ya se había ido a saludar al niño. Gran error. El pequeño se asustó tanto con mi amigo, el muñeco de nieve, que salió corriendo sin mirar atrás. Pobre Olaf, hacía mucho que no veía a alguien que se le había olvidado que algunas personas le podrían tener miedo, sólo le consolé diciendo que todo estaría bien.

Después de ese desafortunado encuentro, a mis oídos -gracias a las pequeñas aves de nieve que mandaba al exterior que aprendí a crear- llegaron rumores sobre mí que de seguro Hans antes de volverse hielo había dicho y que aquel pequeño había confirmado. Las historias decía que congelaba corazones con sólo la mirada, o que en una montaña en Arandell había un castillo de hielo donde se podía ver estatuas de personas congeladas que de seguro eran víctimas de la maligna Reina de las Nieves quien cuyo corazón frío odiaba a las personas así que cualquiera que se acercaba a ese lugar terminaría congelado, incluso se decía que era una malvada bruja que con ayuda de su magia negra convertía todo lo que tocaba en hielo. Para empezar: ¡No todo lo que toco se congela ahora! Después de años practicando aprendí como dominar esa parte de mí. Segundo: No tengo un corazón de hielo, mi corazón estaba invadido de termo en ese tiempo; después de haber sido un espíritu por tantos años, te terminaos acostumbrado ¿no? Tercero: No soy una bruja, no le hago daño a nadie mientras no me ataque o quiera matarme, excepto Hans, él me amenazó para salvar su pellejo y de todas formas lo terminé matando por accidente.

Después de cien años de encierro y de practicar mis poderes, un día, una de mis aves de nieve llegó a mí con una noticia que partió mi pobre corazón. Estaba sentada en el balcón viendo como Arendell ahora era una pequeña colonia inglesa. Las casas que antes eran de paja y madera, ahora brillaban con metales y adornos rústicos -creo que a ese estilo se le llamaba barroco-. Tan atrapada estaba viendo el cambio de mi querido reino que no me di cuenta cuando el pequeño animal de nieve vino, lo noté cuando aleteaba adelante de mi pidiendo mudamente mi mano para aterrizar. Extendí mis falanges para darle una superficie donde posarse y la acerqué a mi oído, era el ave que vigilaba a Anna. No hablaba directamente conmigo, pero oía su voz en mi mente, y las palabras que ese día me dijo pusieron fin a mi mundo casi por completo.

— Mi reina. Su hermana, Anna, ha muerto hoy en compañía de su hijo, su nieto y su esposo, el vendedor de hielo Kristoff. — Informó el ave en mis adentros.

Mis ojos se abrieron de par en par, me había parado del asombro y mis piernas me fallaron, me caí de muslos, temblaba como si el frío que me rodeaba al fin pudiera sentirlo, tomé mi cara con una de mis manos y grité como nunca lo había hecho. Entre lágrimas vi como Olaf llegaba a mi habitación y tratada de animarme, pero no escuchaba nada. A mi mente llegaron todos los recuerdos de mi infancia con mi adorada hermana y aquellos años de felicidad que tuvimos después de que descongelara todo el reino. Los copos de nieve empezaron a formarse a mi alrededor, sentí como las ramitas de Olaf se apretaban de mi para no dejarse llevar por la tormenta, lo abracé y me desahogué, los copos que habían empezado a girar a mi alrededor, se transformaron en una tormenta que llegó hasta Arendell. Pero no me importaba. ¡Mi hermana, mi Anna había muerto y yo no estuve a su lado en su último aliento!

— ¡Olaf, Olaf! — Llamé al muñeco de nieve. — ¡Anna ha muerto! ¡Yo debí estar ahí! ¡Soy la peor hermana del mundo! — Chillé sin parar.

— Elsa, eso no es cierto. — Las ramas de mi compañero helado me abrazaban también. — La amaste tanto que diste tu vida a cambio de la suya, y eso, sólo una hermana de verdad lo haría.

Pero las palabras de Olaf no entraban en mi cabeza, el dolor y pesar que oprimían mi corazón era tan grande que sólo expulsé lo que reprimía en una gran ráfaga de poder. Recuerdo perfectamente que ese día nevó por como nunca antes, pero los copos parecían tristes y caían muy lentamente. El cielo era totalmente gris y cerrado, los rayos del sol no podían atravesar la nubosa frontera. Cuando todo lo que sentí al fin me dejó, vi al pobre de Olaf quien me miraba con preocupación y, apenas nuestros ojos cruzaron, el pobre muñeco empezó a llorar como si de un niño pequeño se tratase. Mi cara de tristeza pasó a ser una de asombro y preocupación, veía los cubos de hielo que resbalaban de los ojos de Olaf en forma de lágrimas.

— ¡Anna! ¡Anna! — Llamaba a mi hermana, lo volví a abrazar y acaricié su cabeza nevada.

— N-No llores, Olaf… Tranquilo… — Traté de calmarlo.

— ¡Anna! ¡Ya no la volveré a ver! — Chillaba sin remedio.

— Olaf, no llores.

En mi desesperación moví mis manos y poco a poco con la nieve se fue formando una pequeña estatuilla con la forma de Anna, justo como la recordaba: Con el pelo amarrado en sus dos trenzas, con su hermoso vestido veraniegos y con una gran sonrisa en la cara. Le puse en la cara la pequeña figurilla y vi sus ojos emocionarse, y aquellos ojos se agrandaron más cuando la pequeña Anna de hielo cobró vida ante los ojos espectadores de Olaf, quien enseguida empezó a jugar con ella diciendo que era su mini-Ann, lo vi salir con su nueva compañera y le sonreí, pero cuando dejó la habitación, mi sonrisa se desvaneció, me di vuelta y volví a sentarme en mi balcón; vi como el cielo de un color azul cielo pasó a ser de un gris oscuro. Igual a mis sentimientos. Suspiré resignada, regresé a mi habitación y me acosté en mi cama, no quería pensar. No quería vivir ya.

Desde ese día me di cuenta que ya no me quedaba nada, entonces, ¿que iba a hacer entonces? ¿Me encerraría de nuevo en mi castillo? ¿Saldría y exploraría el mundo a pesar de que nadie me viese como cierto espíritu cuyo poder era similar al mío? No me di cuenta cuando caí dormida. Fue el sueño más perturbador que había tenido en mi vida. Estaba en un lugar oscuro y todas las personas que he querido me miraban, empecé a llorar a mares y corrí donde ellos, al primero que toqué fue a mi padre quien de inmediato se convirtió en hielo, mi madre fue la siguiente, Kristoff también, Sven y cuando traté de alejarme de Anna para que no la congelara ella me aferró la muñeca, me sonrió y, ante mis ojos, la estatua en la que se había convertido mi hermana se rompió en miles de pedazos. Me agaché ante lo que quedaba de ella, agarré los trozos esparcidos los junté en mi regazo. No paré de llorar y ese llanto fue lo que me despertó.

El viento soplaba alrededor de mí, una gran ventisca azotaba en el exterior y granizaba, me paré y vi a través de la ventana, todo estaba cubierto de un puro color blanco. Mi corazón se encogió y recordé lo de ese día, las lágrimas volvieron a salir de mis ojos y desvié la mirada. Formé otra pequeña ave de nieve y le mandé a cuidar a la descendencia de Anna, nunca la dejaría sola y siempre cuidaría de ella y su hijos, y los hijos de estos hasta que yo volviera a morir. Antes de que el pájaro partiera le até un pequeño muñeco de nueve igual a Olfa a ella y la dejé ir. Era un mensaje para Kristoff y toda su familia: Siempre los voy a cuidar.

El tiempo siguió su curso y lo que antes era una pequeña colonia inglesa ahora la veía convertida en una ciudad con grandes edificios, habían varios rascacielos y el lugar donde estaba mi castillo ahora era un parque. Olaf y yo decidimos mudarnos y vagar por las montañas, total, no podía morir de todas formas; cada cierto tiempo bajaba a la ciudad a ver cómo eran las cosas y, la leyenda que alguna vez se habló de mí, ahora era un simple cuento olvidado por todos. De vez en cuando iba a la ciudad a ver cómo era, vi cosas que en mi tiempo no eran comunes como: chicos con pendientes en la boca, pelos de infinitos colores, chicas con vestimentas que ni una mujer de burdel se pondría y mucho más. Pero lo que nunca cambió y lo que me hacía más feliz, eran los pequeños con inocencia en los ojos. Cuando provocada de vez en cuando una nevada los veía felices, en esos días permitía a Olaf acompañarme y que jugara con los niños, a fin de cuentas, ellos tampoco me podían ver. Olaf les contaba a los niños historias de mi, de una chica llamada la Reina de las Nieves que con su extraordinario poder de manejar el hielo hacia cosas hermosas, que podía hacer hombres de nieve vivientes y esculturas hermosas, pero aquellas historia sólo duraban los días nevada y rápidamente eran olvidadas.

Regresábamos a las montañas cuando llegaba verano, no podía dejar que un hombre de nieve parlante vagara en una ciudad, ese día fue algo especial. Íbamos subiendo cuando de repente la Aurora pintó el cielo oscuro con hermosos colores glaciales. Sólo había una explicación: Los guardianes estaban siendo convocados por el hombre de la luna. Como espíritu que soy, tenía conocimiento de los guardianes -incluso cuando era pequeña creía en ellos-. Norte era el líder, mejor conocido como Santa quien sólo vi una vez y eso, fue hace cien años para presentase. ¡No imaginan cuán emocionada estaba por verle! También está el Hada de los Dientes, Sandman y El Conejo de Pascua. Eran los cuatro guardianes. Me pregunté que habría pasado para que los guardianes se tuvieran que reunir, pero de inmediato dejé esa idea, tenía que llevar a Olaf a un lugar donde no lo vieran.

No hubo momentos más oscuros que ese tiempo. Unos cuantos meses después de que la Aurora pintara el cielo, volví a bajar a la ciudad un día cuando provoqué una nevada por accidente. Me había asustado caballo perdido. Al ingresar la ciudad pude ver que los pequeños tenían expresiones tristes. «Quizá hubiera sido buena idea traer a Olaf», pensé mientras seguía observando a los pequeños. Me incliné ante una niña pelirroja, me recordaba tanto a Anna, la escuché suspirar y detrás de ella venía una joven igual que ella, tal vez su hermana.

— ¿Estás bien? — Preguntó la joven a la menor.

— No… El hada de los dientes no vino… — Contestó la pequeña llorando.

— ¿El hada… no hizo una entrega? — Razoné en voz alta.

Era imposible. El Hada siempre cumplía su papel como tal, empecé a prosear la información a mil por hora. Seguí caminando por los alrededores y todo era lo mismo. Desde si habían tenido una pesadilla o que si el conejo de Pascua no había escondido huevos. ¿Qué había pasado? Corrí hacia un parque donde habían algunos pequeños reunidos e inicié a hacer esculturas de nieve de Santa, el Hada, Conejo y de Sandman. Junté a una pequeña multitud de niños a quienes se les iluminó el rostro al ver aquellas figuras. ¡Había logrado que sonrieran! Empezaba a ver un pequeño brillo en los ojos de los chiquillos cuando, de la nada, un corcel hecho de arena negra apareció y destruyó las esculturas provocando el llanto de todos los pequeños que tenía a mi alrededor. Traté de calmarlos, pero no me escuchaban. Era frustrante. Traté de reconstruir los muñecos, pero el corcel negro me lo impedía. « ¡Maldito!», pensé en mis adentros.

— ¿Eres tú el nuevo guardián? — Me preguntó mentalmente el corcel.

— ¿Yo? ¿Nuevo guardián? — Inquirí sin entender muy bien.

— Nuestro amo nos ha ordenado acabar con el nuevo guardián que se hace llamar: Jack Frost. Su poder es controlar la nieve como tú. ¿A caso eres tu Jack Frost? — «Al parecer este caballo tiene la cabeza vacía», me dije mientras arqueaba las cejas.

— Eh… No soy Jack Frost… Soy la reina Elsa de Arendell. Mejor conocida como La Reina de las Nieves… — Me presenté, jamás imaginé algún día hacerme llamar así a mí misma.

— Ya veo. En ese caso, Reina de las Nieves, le dejo tranquila.

El corcel negro se dio media vuelta y cabalgó al cielo grisáceo donde desapareció y dejó caer una nevada negra que rápidamente convertí en una de blanco color. «¿Hay un nuevo guardián?», al fin había caído en cuenta de ello. Miré mis manos donde había dibujado hace décadas copos de nieve que cubrían toda la extensión de mis falanges, un guardián que controlara la nieve como yo ¡era grandioso! Sonreí al pensarlo y su nombre vino a mi mente. «Jack Frost», había oído de él, era aquel joven quién se divertía haciendo días nevados a voluntad para hacer divertir a los niños con su nieve mágica, cuando escuché por primera vez de él yo apenas tenía unos cincuenta años de edad, creo que habíamos muerto por las mismas fechas, pero él se dedicó a viajar y yo me quedé encerrada aprendiendo a manejar mis poderes.

Miré al cielo que ya se tornaba oscuro, los niños ya regresaban a sus viviendas y yo ya tenía que regresar a la montaña Norte para ver a Olaf. En todo el transcurso pude percibir la desesperanza que todos los niños sentían, alguna vez yo me sentí así. Quería hacer la nevada más fuerte que hubiese visto Arendell desde que me enteré de la muerte de Anna y regresar la esperanza perdida en los niños, pero yo sólo era una joven -no tan joven- que sabía que si lo hacía, sólo iba a hacer que todos se quedaran dentro de sus hogares deprimiendo se más y perdiendo toda fe existente. Subí poco a poco la montaña donde mi querido compañero, Olaf, me esperaba ya con una sonrisa en la cara y con su nueva nariz recién extraída del suelo.

— ¿Cómo está todo allá abajo? — Preguntó apenas me vio.

— Mal. Los niños pierden la fe en los guardianes, el Hada no pudo hacer una entrega, Conejo no puso los huevos de Pascua y, desde la desaparición de Sandman, han agregado otro guardián. Espero y salgan de esta. Traté de ayudar, pero un corcel negro destruyó unas estatuas que hice de los guardianes. Al parecer, todas las esperanzas recaen en Santa, digo, Norte. — Expliqué mientras hacia un trono de nieve y me sentaba en el.

— ¡Vaya! ¿Y quién es el nuevo guardián? — Quiso saber Olaf apoyándose en mis piernas.

— ¿Recuerdas a Jack Frost?

— ¿Jack Frost? Jack Frost… ¡Ah! ¡Jack Frost! No, no lo recuerdo.

Reí levemente, cargué a mi amigo y lo puse en mi regazo. « ¡Ay, Olaf! ¡Sin ti no hubiera podido vivir estos casi trescientos años!», le agradecía mentalmente mi compañero.

— Es el joven que igual controla la nieve mágica, donde sea que caiga su nieve hay diversión sin parar. ¿Ya te acordaste?

— ¡Oh, sí! Su poder es menos destructivo que el tuyo, ¿no? — Sonreí levemente, era cierto, mi poder es sinónimo de destrucción y hermosura, y el de aquel joven de diversión.

— Si, es él.

— ¡Genial! Elsa, ¿crees que los guardianes logres salir de esta?

— Sinceramente, no lo sé… — A mi mente regresaron las caras de los niños decepcionados. — Pero espero y lo logren.

Pasaron los meses y llegó Navidad, cuando fui en esas fechas sentí apenas entrar a la ciudad que la esperanza había vuelto. Pasé de casa en casa junto con Olaf viendo como los regalos ya estaba en sus respectivas casas, y alguno que otro pequeño, abría sus presentes con tal voracidad que sólo pudieron ser interrumpidos por sus padres para que le advertían que lo hiciera con cuidado. Recordé la época cuando a Anna y a mi nos dejaban regalos, fue realmente muy bello. En una Navidad me regalaron unos lindos guantes morados que atesoraba con toda mi alma, guantes que desgraciadamente fueron congelados en un ataque de miedo que tuve cuando mis poderes se descontrolaron por completo. Fue un milagro que no llegara a la habitación de Anna.

Tan metida estaba en mis recuerdos que no me di cuenta cuando un joven chocó contra mí, de inmediato creé un colchón de nieve para que la caída no me hiciera daño. Me tallé donde me tendría que tallar, a pesar de que la caída no me dolió, quedé parcialmente atrapada en el cúmulo de nieve. Cuando traté de incorporarme algo me llamó la atención, el joven que se había chocado conmigo se estaba metido de cara en otra pequeña montaña de nieve. Olaf me ayudó a reincorporarme y enseguida fui a ayudar al joven. Con un movimiento de manos derretí el cúmulo blancuzco y liberé al muchacho que se anteriormente había está peleando por liberarse de aquella blanca trampa.

— ¿Estás bien? — Pregunté sin muchas esperanzas de que me contestara.

El joven se sentó apenas se sintió libre y sacudió su cabeza que estaba mojada, pasó sus manos por entré su cabello blanco y alzó la cara. Si alguna vez le dije a Anna que el amor no se daba en un día, juro que en aquel momento me arrepentí de haberlo dicho. La cara de aquel joven era más que hermosa. Sus ojos azules era como dos cristales, estaba tan abiertos como los míos así que me permitió deleitarme observando sus pupilas fijamente, su cabello blanco se veía sedoso, su tez pálida me cautivó, sus labios delgados e igual de pálidos que su tez formaban una pequeña “o” y al parecer acababa de meterse en algún lugar sucio porque tenía pequeñas manchas negras por todas partes. Me quedé pasmada viéndole, estaba semi-agachada con la mano extendida como una idiota.

— Tú… — Fue lo único que salió de los labios de aquel joven.

— ¡En serio, lo siento! No vi por donde iba… así que… — Inicié a dar un discurso, pero en entonces me di cuenta de algo. — ¿Me puedes ver? Espera… ¿Me conoces?

Vi como el joven se paró tan rápido que casi pude observar la onda de viento que formó, sé sacudió parcialmente la nieve que llevaba aún sólida y se aclaró la garganta. De mis labios salió una pequeña risita, se veía tan lindo haciendo eso.

— Eh… Hola. Soy Jack. — Se presentó mientras alzaba su mano en señal del saludo.

— Hola, soy… — Traté de presentarme, pero fue interrumpida por mi amigo, el muñeco de nieve.

— ¡Hola, soy Olaf y me gustan los abrazos! — Vociferó el pequeño mientras extendía sus ramitas.

— Hola, pequeño Olaf. — Saludó cortésmente el joven de cabellos blancos mientras se agachaba a su altura. — Soy Jack, mucho gusto.

— Bueno, al parecer ya conoces a Olaf. Yo soy…

Cuando iba a decir mi nombre, una mujer que estaba casi llena de plumas verdes cuan zafiro se acercó a Jack aleteando a gran velocidad lo que parecían alas de colibrí. Su cara era muy bella y en su expresión facial se podía ver la dulzura.

— ¡Jack! ¿Ya terminaste de entregar los obsequios? Mira que Arendell es el último lugar que hace falta y… — Al parecer hasta ese momento la mujer se fijó en mí. — ¡Hola! ¿Quién eres? — Me preguntó mientras me sonreía.

— Pues yo soy…

Y de nuevo, otra intromisión. Un conejo de por lo menos metro setenta había aparecido de un agujero recién hecho, estaba temblando por el frío -que no podía sentir- y su nariz empezaba a tornarse de un color rojizo.

— ¡Niño, deja de holga-holga-holga! — El pobre fue interrumpido por un estornudo. — ¡Holgazanear!

— ¡Pero si ya acabé, conejo! — Repechó el joven.

El momento ya parecía ponerse incómodo, así que cargué a Olaf y me di media vuelta para salir de aquel embrollo cuando de repente sentí que un gran bulto suave me impedía mi huida, alcé la cara sólo para toparme con un hombre de barba blanca que me sonreía de oreja a oreja; sus pómulos eran pintados con un leve color rojizo; llevaba puesto una gran túnica roja que llegaba hasta el suelo; tenía una cara de bonachón y no tuve que pensar mucho tiempo para reconocerlo. ¡Era Santa!, digo, ¡Era Norte!

— Vaya, vaya. Pero si es la pequeña Elsa. — Sentí como me daba pequeñas palmadas en la cabeza. — ¿Cómo has estado estos años?

— Bien, señor Norte. — Le contesté cortésmente. — He estado de maravilla. Como puede observar, ya he controlado mis poderes de una forma que jamás había pensado. — Le expuse sonriendo.

— ¡Espera! ¿La conoces, Norte? — Escuché la voz de Jack, desde ese día, aquella voz estaría grabada en mi mente.

— ¡Por supuesto que la conozco! ¿Quién crees que le explicó que era un espíritu y sobre los guardianes? ¡Pues yo mismo! ¿No es así, Reina Elsa de Arendell? — Me sonrojé al ser llamada como antes.

— Si… — Dije tímidamente apretando más al pobre de Olaf.

— Por cierto, Elsa. — Me llamó Santa. — Te tengo un regalo para ti. — Enseguida vi cómo le guiñaba el ojo a alguien, más no supe suponer a quien.

— ¿Un regalo? ¿Para, para mí? — Inquirí asombrada.

— ¡Sí! ¡¿Y yo tendré uno?! — Gritó Olaf mientras movía sus ramitas.

— Este regalo también es para ti, Olaf. ¡Jack! — Llamó Santa al joven quien al parecer veía algo en mi dirección.

— ¿Si?

— Te quedarás con Elsa hasta que “su regalo” sea visto por ella personalmente. — Le encargó Norte con voz sería.

— ¿Qué? ¿Por qué? — Se interesó la que pareciera ser el Hada, sólo faltaba Sandman, pero he de suponer que tendría trabajo que hacer.

— Yo no me puedo quedar aquí hasta que el regalo de Elsa llegue, y, además, Jack es el único cuyo trabajo puede esperar, ¿no? — Vi como el joven se rascó nerviosamente la nuca.

— ¿Qué obtendré a cambio?

— Jack, hijo, se más de ti de lo que piensas. ¿No recuerdas cuando cierto espíritu se perdió por algunas montañas y se topó con la…? — Jack se puso totalmente rojo e interrumpió a Santa, reí en voz baja, fue tan cómico.

— ¡Está, bien! ¡Me quedaré con… con ella! — Aceptó al final.

Me sentía realmente fuera de lugar, a pesar de que la discusión giraba en torno a mí. Miré a Olaf y el sólo se encogió de hombros, estaba tan perdido como yo. El Hada que después de haber escuchado la propuesta hecha a Jack, no dejó de fruncir el ceño, su mirada pasaba del joven a mí, y así sucesivamente. Cuando el chico aceptó el trato, se acercó a él y le apretó el hombro.

— Ya está decidido. Nos vemos luego, Jack. — De la mano del Hada, surgió una pequeña hadita tan similar a ella que casi me dan ganas de tocarla. — Cuídalo y me informas de todo lo que suceda. — Le encargó el Hada a la pequeña.

— Nos vemos, muchacho. Un placer, Elsa. — Se despidió Conejo.

— ¡Bueno! ¡Adiós Elsa, Jack! — Ahora fue el turno de Santa.

— ¡Hasta luego! — Le respondió el joven que se quedó.

— ¡Adiós, Santa! ¡Fue un honor haber visto a casi todos los Guardianes! — También les despedí moviendo una mano para no soltar a Olaf.

— ¡Adiós! ¡Adiós! — Les gritó mi amigo nevado.

— Bueno, ¿a dónde vas ahora? — Se interesó Jack mientras metía sus manos a los bolsillos.

— ¿Y si vamos a jugar con los niños? ¡Mira que es día nevado y puedes hacer muchas cosas, Elsa! — Pidió a ruegos Olaf.

— No, no, no. Olaf, sabes que algunos pequeños te tienen miedo, y es Navidad. ¿Te parece si el último día te traigo? — Le propuse mientras lo bajaba.

— ¿Por qué eres tan mala con el pobre hombre de nieve? — Intervino el Joven.

— ¡Sí! ¿Por qué eres tan mala con el pobre hombre de nieve? Espera, ese soy yo. — Suspiré exasperada.

— Olaf, te prometo traerte. Pero ya es tiempo de irnos. — Le advertí.

— ¡Esta bien! — Vi como extendía una de sus ramitas para que la tomara, cosa que hice.

— ¿A dónde van? — Quiso saber Jack.

— A la montaña norte de Arendell, ahí es donde Olaf y yo pasamos los días y las noches cuando no bajo, o, bajamos a la ciudad.

— Es cierto… — Comentó el joven como recordando algo.

— ¿Nos vamos? — Le interrogué.

— ¿Y si te llevo?

Iba a preguntarle como pero no me dio tiempo, en un instante ya había tomado a Olaf con una mano y con la otra me había sujetado de la cintura. Dios. Aquel chico olía tan bien, como a nieve recién caída. Su agarre en vez de incomodarme, me provocó sensaciones que jamás había sentido en mi vida causada por un chico. Sentí vergüenza por el tacto tan íntimo, me sentí estremecer cuando sentí su respiración en mi cuello -después de todo, soy más alta que él- y cuando susurró algo que no logré captar, sentí ¡un temor horrible! ¡Nos había elevado como cien metros del suelo! Casi gritando me aferré a él, ¡mi vida, o no vida, de pedía de ellos! Lo sé, lo sé, un espíritu no puede morir, ¡pero el temor a una caída de más de cien metros es innato de un humano! Y yo alguna vez lo fui.

El temor empezó a recorrer todo mi cuerpo, y, cuando vi que a mí alrededor empezaban a formarse copos de nieve realmente gruesos me asusté aún más. Estaba a punto de gritar cuando aquellos copos cambiaron de forma y color, de ser blancos y gruesos, pasaron a ser azules y delgados. Miré a Jack interrogante, pero él sólo me sonrió. Mi cara debió estar roja, porque sentía mis mejillas de arder. Cuando al fin mis pies tocaron el firmamento, me sentí aliviada. Dejé de abrazar a Jack y me senté en el suelo, ¡al demonio las clases de cortesía y modales! ¡Había volado por los aires y sobreviví! Me puse las manos en la cien y empecé a masajearles, había sido el viaje más estresante de todos mis trescientos años de vida.

Jack se sentó a mi lado y me miró, enseguida ambos empezamos a reír como completos locos. Olaf se nos quedó mirando con cara de pasmado, pobre, no sabía porque nos reíamos y yo, mucho menos. Las risas pararon después de un tiempo y dirigimos la mirada al basto cielo nocturno. Era de un color azul tan profundo que podría emular fácilmente al color negro, las estrellas titilaba y la luna llena era una pequeña esfera blanca que iluminaba el vasto cielo. Hera hermoso.

— Y dime, Elsa. – Inició a hablarme Jack. — ¿Qué has hecho estos… años?
— No mucho, supongo que pensar en las cosas y dominar mis poderes…
— Tienes poderes iguales a los míos, ¿no?
— Ojalá. — Suspiré, si mis podres fueran como los de él nunca hubiera tenido problemas. — Mis poderes tienden a ser más destructivo, pero igual muy hermoso. Tu poder puede divertir, el mío, por lo contrario, dio mucho miedo cuando lo llegué a usar. Su fase más destructiva es cuando me enojo o siento temor… — Le expliqué mientras jugaba con mis manos.
— No eres la única cuyos poderes pueden explotar, cuando me enojo los míos igual son destructivos. La ciencia está en siempre ser feliz y tener sentimientos alegres dentro de ti.

Lo miré y vi que estaba formando una especie de conejo hecho de puros copos de nieve. « ¿Sentimientos positivos?», cuando lo dijo me di cuenta de que en esos trecientos años pasé tanto tiempo reflexionando sobre la razón por la cual no había muerto, invirtiendo tiempo a controlar y aprender de mis poderes que la última vez que había sentido algo en mi corazón fue cuando me enteré de la muerte de mi hermana, y eso, ya tiene muchos años. Creo que el único sentimiento que tenía en mi interior era una pequeña felicidad que me provocaba tener a Olaf conmigo.

— ¿En qué tanto piensa? — Escuché que me preguntó mientras un conejo de copos de nieve saltaba de allá para acá.
— En que hace mucho tiempo dejé de tener sentimientos alegres, de cierta forma. Las pequeñas felicidades que alberga mi corazón las que me da Olaf.
— Algo es algo. — Me contestó encogiéndose de hombros. — ¿Quieres volver a experimentar emociones?
— ¿De qué hablas? — Le interrogué.

Le volteé a ver para encararle, pero él también movió su cara para quedar a pocos centímetros de mi pálido rostro, podía ver su aliento blancuzco fusionarse con el mío. ¡Estaba endemoniadamente cerca! Poco a poco fue acortando la pequeña distancia que nos separaba; mi corazón –que pensé que ya no volvería a latir hace mucho tiempo- empezó a latir como si me fuera a dar un ataque al corazón; sus ojos se fusionaron con los míos, eran realmente hermosos; mis parpados inconscientemente se fueron cerrando, ¿qué demonios me pasaba?, estaba lista para ser… ¿besada por él? ¡Esto no podía ser verdad! ¡Lo acabo de conocer! ¡No podía haberme enamorado de Jack!

Estaba a punto de cerrar por completo los parpados cuando Olaf salió de la nada, se le tiró a Jack quien se asustó y calló de espaldas en la nieve. Debo admitir que me reí a carcajadas viéndolo cubierto de nieve, era realmente atrayente. «¿Me está atrayendo?», pensé en ese instante mientras le ayudaba a sentarse de nuevo, como si mis pensamientos fueran escuchados por él se animó a hablar.

— Elsa, ¿sabes que eres muy bella? — Me alagó y yo me sonrojé.
— Eres muy amable al decirlo. — Le agradecí sinceramente. — Pienso que eres igual de… lindo. — Me animé a decir mientras mi cara se ponía colorada.
— Lo sé, soy hermoso. — Volví a reírme.
— Vaya, la humildad no es tu estilo, ¿no?
— ¡Soy humilde! ¡Pero he de admitir que soy un galán! ¡Todas se mueren por mí!
— ¿En serio? ¡Al parecer seré la primera la cual no se muera por ti! — Claro que era mentira, era demasiado lindo, pero no le iba a dar el gusto de aceptarlo.
— Ya veremos.

Ambos nos desafiamos con la mirada, no le iba a admitir que apenas le vi sentí una fuerte atracción, pero de mis labios jamás iba a salir aquella declaración ¡no iba a aumentar su ego! Sus ojos me estudiaban, yo le di una sonrisa gatuna junto y alcé una ceja en señal de desafío. Nunca me imaginé que ese día empezaría a sentir, experimentar y, sobre todo, asustarme lo que alguna vez me negué a sentir por alguien por miedo a lastimarle. Amor.

¿Continuará?

Sueños húmedos

Era un lugar nostálgico, muchos colores adornaban este páramo.

¿Dónde estoy? Mi último recuerdo era que yo estaba durmiendo. ¿Era esto un sueño?

Observé bien el lugar, era familiar. Había unas resbaladillas, unos columpios, unas llantas de varios colores enterradas en algunos lugares. Habían 4 salones, en una pared estaba pintado: “Misión”, en otra “Valores”, en otra “Visión”. No alcancé a leer la última… ¿Era esto mi jardín escolar, más conocido como kinder? Seguí caminando, no había niños cerca, ni siquiera ruido. Los colores estaban un poco opacos, la hierba estaba crecida, posiblemente era la época de vacaciones. Caminé hasta mi antiguo salón y la vi, era ella, mi maestra favorita de Kinder, su belleza no había cambiado, ¿Cómo se mantenía ella de 30 años si han pasado más de 20 desde que estuve aquí? Era un sueño obviamente. Ella estaba en su escritorio con unos papeles.

-Buenas tardes Profesora – Dije tocando la puerta

-Ah, eres tú. Ven, ayúdame con esto – Dijo regalándome una sonrisa.

Era extraño, ella me reconocía. Me senté a su lado. Ella era realmente hermosa, su cabello era castaño, usaba lentes y usaba un vestido blanco marfil. Su perfume llegaba a mi nariz. Me di cuenta por qué a todos nos gustaba esa maestra. Ella parecía atareada con miles de papeles, pero de vez en cuando me miraba y me sonreía.

No resistí más, ella ojeaba unas hojas, la tomé de la mano, me miró acerqué mis labios… sentí su deseo, mis manos dejé en su cintura y ella colocó sus brazos en mi cuello. Mordí sus labios, eran de un sabor a canela. Su lengua invitó a la mía a un recorrido por toda su boca… sabíamos que nos deseábamos mutuamente, era como si los dos nos hubiéramos puesto de acuerdo para soñar lo mismo.

Deslicé mis manos por su vestido, mis dedos provocaban algo en ella, una sensación de placer sofocante. Ella se levantó y yo la seguí. Con delicadeza fui subiendo su vestido, sentí la piel de sus muslos. Ella me besaba pero eran besos fríos, era como si los besos fueran un eco.

Perdí todo razonamiento lógico, en un frenesí me quité mi playera y desabroché mi pantalón. Ella lo bajó junto con mi ropa interior. Se detuvo durante un caótico segundo ¿Habré despertado de este sueño? No. Ella  tomó mi miembro con sus manos y comenzó a acariciarlo. Yo le bajé la parte de arriba de su vestido, descubriendo sus turgentes pechos. Con la yema de mis dedos sentí su textura y ella gimió…

Separé sus piernas y acerqué al invasor a sus puertas. Rápidamente le quité su lencería femenina. Nos miramos, procedí a invadirla gentilmente. La senté en su escritorio y comenzó a entrar mi miembro. Ella se aferró a mi espalda y mis manos a su cintura.

Cuando entraba en su interior era algo mágico, ver mi reflejo en su pupila era excitante, sentir su piel contra la mía me hacía desearla aún más y más…

La gentileza de mis movimientos se convirtieron en embestidas… algo pasó… una luz oscura apareció por todos lados… ella comenzó a gemir al mismo tiempo en que comenzó a ponerse etérea… era como si se estuviera esfumando… me aferré a ella, si mi profesora se iba me iría con ella… no supe más.

Desperté, aún estaba oscuro, mi cuerpo sudaba. Me tomo un milisegundo recordar… luego me estremecí ante el oscuro recuerdo… si tan solo no hubiéramos puesto agua en el piso, si tan solo no hubiéramos hecho esa maldad, si tan solo el piso no estuviera resbaladizo… si tan solo… tal vez ella estaría consiente y no en coma… me retorcí en mi cama, lloré anhelando retroceder todos estos años… ella vino a visitarme… quizá es mi conciencia… ojala ese sueño fuera solo esta noche… pero no… la conciencia te recuerda tu pasado todas las noches.