metro moneda

VIII. Tiempos de cólera

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–Por eso no querían que me quedara… Le voy a decir a todos mis amigos del Nacional.

La sala de clases y los años en los bancos.

Los rayos del sol apenas entraban en la pieza. Niño Lais irrumpió el sueño post apocalíptico de aquella noche sentenciando nuestra condena.

–¿Qué? –pregunté, medio dormido y asegurándome de que mis pantalones estuvieran arriba de nuevo.
–Eso. Le voy a decir a todos mis amigos lo que hicieron. Maracas.
–Déjate de hueviar y ándate, hueón –dijo Piscolita.
–Quédense callados, quiero dormir –dijo Timbre.
–Cagaron –terminó Niño Lais, abandonando la habitación.

Piscolita y Timbre no le dieron importancia a la amenaza y se volvieron a dormir. Yo no pude conciliar el sueño de nuevo, así que me levanté, pasé por entre los cadáveres muertos del living y me dispuse a marcharme de la casa. Miré un par de segundos a mi amigo Jaime –que estaba hecho un Cristo en un sillón– y se me revolvió la consciencia por haberme comido a su ex. La culpa duró otro par de segundos. “Filo, si ni se querían tanto”, me dije y luego me retiré del lugar.

Al lunes siguiente, subí las escaleras para llegar al sexto piso donde estaba mi sala en el colegio, pero cuando pasé por el piso de los cuartos medios, noté que varios tipos esperaban en el pasillo en dos filas, una a cada lado del camino. “¡Ahí viene, ahí viene!”, decían.

–Mentira que este hijo de puta…

Avancé rápidamente por el organizado desfile mientras comenzaban a aplaudir, chiflar, gritar cosas como “chúpate ésta”, “con la mía no te la puedes” o “si total, por el chico no hay guagua”. Otros se limitaron a tirar papeles y escupos.

Una vez en mi sala, me senté en un banco, puse la mochila sobre la mesa y hundí la cabeza en ella. ¿Qué más bajo podía caer ahora? De seguro ése era el fondo. Era cuestión de tiempo para que todos me coronaran como la nueva putita del liceo. Si la mitad del Nacional ya me odiaba, la otra mitad –aquella con injertos homofóbicos propios del sistema escolar– también lo haría ahora. “Filo, igual son casi puros flaites de mierda”, me consolaba. Ya tenía mi grupo de amigos cola. No necesitaba más. “Puta, el Jaime me va a odiar un rato… pero se le tiene que pasar”. ¿Me importaba que todos me conocieran? Ni tanto. Hasta encontraba bacán tener cierta fama. “Fama de puta…”. Pero famosa igual. “Pico con estos hueones”. Sí, pico con todos.

Los pasillos de casa piso en el Nacional.

***

Los días se hicieron semanas y las semanas, meses. El tiempo corría sobre mí como hombres sobre mi espalda. Aparecían de la nada, en cualquier parte. Ni siquiera tenía que recurrir a internet: el gimnasio, el colegio, la calle, la plaza. Bastaba un cruce de miradas y ya. No distinguía edades o clases sociales: todo hombre era potencialmente comestible.

–¿En qué estás?
–Nada, me voy camino a mi casa. ¿Tú?
–Iba a la casa de un amigo.
–Ah, dale.
–¿Estás solo en tu casa?
–Sí. ¿Por?
–No sé, podríamos hacer algo.

Los llevaba al departamento de mi tía –nunca había nadie en casa– o ellos me llevaban a sus hogares. Daba igual. El objetivo era consumar rápido y satisfacer los vacíos antes de que cayera la noche. Porque cuando la luna se elevaba, era tiempo de Soda, Illuminati, Blondie –ya no Kids porque tenía un carnet prestado–, Fausto y un sinfín de otros carretes cola. “¿No eres muy chico tú?”, me preguntaban a veces. “¿Y tú no eres muy viejo?”, les respondía.

–Eres lindo.
–Jajaja, gracias.
–¿Qué te gusta?
–No sé, varias cosas.
–Yo igual soy súper activo.
–Jajaja, bacán po.
–¿Te gusta?
–Sí.
–Si quieres puedes venir con nosotros. Mi amigo vive por Eliodoro.
–Ya, puede ser. Pero en un rato más, no me quiero ir todavía.
–Ya, dale. Nos vamos a tener que ir en taxi eso sí. Yo lo pago.
–Bueno.
–¿Querí una piscola?
–No tomo.
–¿Una bebida?

***

El paso de una reclusión sobreprotectora a una libertad exagerada había desvirtuado algunos de mis caminos. No todos: seguía siendo un alumno ejemplar en colegio, con notas la zorra y con profes que me amaban. Pero fuera de lo laboral, seguía siendo un maricón suelto para todos.

Algunas veces me volvía a enamorar. Estaba este chico de ojitos verdes y muy blanquito, de un cuarto biólogo. Sr. Pintor era su nombre. Habíamos estado juntos en una academia de pintura cuando yo iba en séptimo y él en primero medio, pero ya no se acordaba de mí. Era mateo a cagar –quería ser médico– y dibujaba retratos bacanes. Lo agregué a Facebook y nunca me aceptó. “Esto no se puede quedar así”, pensé en ese entonces.


¿Amor? ¿Qué es amor?

Comencé a ir todos los días a un puesto de flores que había en metro Moneda, al lado del Burger King. Gastaba una luca y le compraba a la señora una rosa roja. Volvía al colegio a eso de las ocho de la tarde, y con las llaves que le había robado a un tío del aseo, me metía a la sala de Pintor y le dejaba la flor en su puesto para que la viera al día siguiente –había aprovechado también de robarme su foto del libro de clases para mi billetera, pero eso él nunca lo supo–. Estuve así por casi un mes, hasta que se acabó el año. Como último lance patético, fui al Terminal de Flores y compre varias bolsas con pétalos. Volví a la noche al Nacional y llené su sala y su banco con las hojas. En la pizarra le escribí la letra de una canción que a él le gustaba.

También estaba Lunático, el hétero gay friendly más capo de la Academia de Astronomía. El sí me aceptó en Facebook, y a veces, me escribía cosas –en realidad no cosas, me posteaba emojis–. Su heterosensualidad me tuvo loco otro par de meses. Recorría toda la línea 5 del metro y llegaba hasta su casa en Maipú. Nunca tocaba el timbre, sólo me conformaba con estar respirando el mismo aire que él.

Sr. Pintor nunca supo nada de mí. Nunca me atreví a decirle algo en persona. Sólo sabía que había un maniático loco por él. Con Lunático, en cambio, logré confesarme. Le pinté un cuadro con una astronauta y se lo fui a dejar a la casa. Pero sin quererlo, Lunático debía romper mi corazón una vez más.

Tanto para Sr. Pintor como para Lunático yo debí haber sido una simple anécdota. Para mí, ellos fueron motivos y razones. La decepción me justificaba para poder estar con otros hombres, como si todo se tratase de una protesta, de una venganza, de un reclamo por el amor negado. Así, el sexo, como droga natural, parecía ser lo único que lograba adormecer mis sentidos por un tiempo.


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