me voy a morir si no dejas de ser tan perfecto

Acércate lo suficiente para que la necesidad se multiplique
pero no tanto como para empezar a restarle al deseo.
El amor no solo debe de estar en los cuerpos
también en el espacio que los separa.
Que el aire que respiras te sepa ella,
de un modo tan profundo
que tengas la sensación de estar besándola
pero sin el beso.

Lo primero es quitarle la camisa
pero no con la violencia con la que se abre un regalo
suave, como si algo pudiera explotar allí dentro.
Luego le tocaría  al sujetador
y el click debe sonar como un acorde
que el sonido te recuerde al comienzo
de su canción favorita.

Intuyo que debe ser muy difícil
ignorar su espalda desnuda
pero haz un esfuerzo.

Lo siguiente es recogerle el cabello
hasta que su nuca parezca un espejo.
(Si ya lo tiene corto es un paso que te ahorras
y yo lo envidio)
Suspira cerca de su cuello,
esto no hace falta que lo memorices
en estos apartados confío ciegamente en la inercia.
Acto seguido, también por inercia,
visita su oído izquierdo
(el derecho si prefieres que te gobiernen los malos),
Ni se te ocurra soltar allí un diminutivo,
de hecho lo mejor es que no hables
solo deja que tu aliento golpee sus paredes internas
como si estuvieras amurallando su alma contigo dentro.

Asegúrate (y esto es importante)
que los vellos de sus brazos
sueñen con que vuelve el verano.
Y el verano lo traigas tú
cuando sea necesario.


Túmbala boca abajo en la cama
y aunque esté quieta,
su cuerpo debe parecerte
un tren que se marcha sin ti,
observarla como se observan las estrellas fugaces,
o los helados de coco a través de una cristalera.
Humedece la punta de tu lengua
y déjala resbalar desde el principio del cuello
hasta el final de la columna.
Que le hagas pensar en lo hermosa que puede ser la lluvia
si tú eres el culpable.
Repite el mismo acto hasta que sus piernas
se abran ligeramente dibujando sobre el colchón
un triángulo perfecto,
que parezca que está amaneciendo en el espacio que sobra
entre tu boca  y su coño.

Arráncale las bragas es necesario
que note cuánta hambre te despierta
ahora lo sutil es de cobardes.
Y lame desde el culo hasta sus labios,
con labios imagino que me entiendes
si no es así olvida lo que he escrito.
Y vuelve a empezar desde el principio
desde el cuello hasta la orilla de sus piernas
y si sube la marea grita su nombre,
aún es demasiado pronto para los naufragios.

Lo justo es que sea ella quien se gire
y abra más sus piernas todavía,
lo lógico es que acabes de rodillas
que ella sea la dueña de tu aire
y tú el capitán de sus gemidos.

También puedes jugar con su deseo,
dejar la playa húmeda y vacía,
bajar a los tobillos de repente,
lamerle por detrás de las rodillas,
morder con suavidad en los gemelos,
hacer como que subes pero bajas
girar a la derecha de su pubis
(la izquierda si prefieres que te gobierne la duda)
coger la recta amplia de su ombligo,
subir por la avenida de su vientre,
dejar en sus pezones tu saliva,
buscar en sus axilas un tesoro,
dar vueltas y vueltas
como un turista que se pierde
hasta que sean sus manos las que griten
el verdadero camino.

Es cierto que corres el riesgo de morir por asfixia
pero tampoco se me ocurre ahora mismo
una muerte más dulce.

Si aún respiras, que eso espero,
deja que sea ella la que imponga el idioma,
que su garganta te muestre cuanto amor le cabe dentro,
que sus ojos te cuenten lo que hace con la lengua
y su saliva presuma del sabor de la victoria.

Y nunca jamás digas te quiero
cuando el amor es un acto
no necesita palabras.

Ya carece de importancia la postura,
que si arriba, que si abajo, que si en pompa,
verticales imposibles o acrobacias,
que si en peso o en el suelo como perros.

Lo importante es ser injusto con el mundo,
esa amnesia que sucede con los besos,
que te olvides de la guerra en Palestina,
de las bombas en Irak, de la pobreza,
lo importante es que no exista el telediario,
que su boca te parezca el fin del mundo
y su lengua el comienzo de otra vida.

Lo importante es que no sepas de nostalgia,
ni de listas de la compra o de recibos,
que no haya más vecinos que sus tetas,
que futuro solo sea una promesa
y promesa una mentira innecesaria.

Lo esencial en el amor es que se ría
y si hablo de reír hablo de orgasmo.


Que si ahora más profundo y hasta el fondo,
que si deja de mirar como una puta,
que si cállate cabrón y no te corras,
que si no puedo aguantar si tú me miras,
que si te voy a escribir mi nombre dentro
que no se olviden de mí ni tus ovarios.

El abrazo del final  y los suspiros
el no te salgas de mi cuerpo todavía
la eternidad anclada en otro beso
el no saber si has estado follando
o acabas de volver del paraíso.

Y así toda la vida más o menos.

—  Ernesto Pérez Vallejo, instrucciones para salvar el amor.

Capítulo 4: [Dulce locura]

<<Si hemos nacido para amarnos, mejor no haber nacido.>>

Las historias que nos cuentan las películas románticas son sin dudas admirables, llena de superación y de finales felices. De gente que sabe olvidar, perdonar y ser feliz. Son esas historias la que quisiéramos vivir, es aquel personaje heroico quién quisiéramos ser, pero no todas las historias son tan agradables. Algunas son simplemente terroríficas y grotescas.  

Y que puedo decir de nuestra historia que ha sido tan trágica y tan hermosa, que me da dejado llorando de alegrías y tristezas. Que me ha dado calor y otras veces congelado. Creo que sólo puedo decir que ha sido una historia inolvidable. Y quizás no tiene otra virtud, más que el hecho que jamás se irá de mis memorias. ¿No son las cosas inolvidables las cosas más bonitas? No, de hecho. Un horrible accidente puede ser inolvidable pero sin duda no es hermoso ni sublime.

Y qué decir de ti que me has sorprendido tanto, que sólo tu querer ha sido suficiente para mantenerme aferrado a la idea de que estar juntos era una locura que estaba dispuesto a continuar sin importar que tan conflictiva fuera.

Y si fallé y te lastimé, nunca pensé en un adiós. Quizás siempre imaginé que regresaríamos, porque nuestros brazos tienen imanes cuando se trata de nosotros. Y aunque te lloro y te extraño a diario, aún espero oír el timbre de nuestra casa sonar, pero jamás sucede, jamás regresas.

La vida continúa, sigue, no tiene pausa, no puedo retroceder ni avanzar más rápido, sólo puedo esperar a que todo pase y aceptar que es el fin de nosotros, como un todo.

Oigo todos los días aquellos mensajes haciendo sonar mi móvil y también las veinte llamadas que insistes en hacerme todos los días cuando ignoro tus mensajes, pero no respondo. Quiero imaginar que ya no existes, que estás muerto y no lejos de mí. Sé que tienes miedo que cometa una locura pero despreocúpate, no soy un maldito enfermo que se suicidará porque terminaron con él.

He tenido mucha gente preocupándose por mí, asfixiándome con preguntas, intentando apoyarme… Sólo necesito tiempo, espacio, que me dejen pasar mi duelo en paz. Quizás les afecta no saber que me tiene tan depresivo, quizás piensan que es algo mucho peor, pero tampoco puedo decirles la verdad y sencillamente no sé por qué tendría que hacerlo, esto es algo que debo superar sólo.

Han pasado cuatro semanas desde su adiós. No he sabido nada de él y me he negado a responder todos sus mensajes y llamadas. He querido bloquear su número varias veces porque me tiene cansado con tanto interés, pero sé que revisa mi última conexión para verificar que al menos no me he suicidado, así que, por no preocuparlo más, no lo he hecho.

No sé cómo espera que me olvide de él si siempre su nombre está en la maldita pantalla de mi móvil. “Tienes 25 llamadas perdidas de Willy”. Espero que no se cuestione porqué lo tuve que bloquear de Skype.

Y en cuanto a mí, he sobrevivido. Quizás me faltan duchas y algunas afeitadas pero no me muero. No he empezado a beber como un imbécil ni a fumar. Tampoco me acosté con cientos de mujeres con enfermedades venéreas, simplemente continué con mi vida. Subiendo videos, de vez en cuando haciendo las compras, pero por lo general todo sigue bastante igual y es quizás lo más extraño y lo que más me asusta.

La nevera sigue vacía, los platos aún esperan ser lavados y sigo perdiendo mi ropa interior. Es como si él jamás hubiera vivido aquí, como si su ausencia no alterara nada más que a mí y al resto lo dejara tal y como estaba.

Me levanto, desayuno, grabo el primer vídeo del día y trato de averiguar que almorzaré. Estoy indeciso entre el queso y el jamón con evidente rastros de moho o aquellos fideos con gorgojos que llevan décadas en la lacena.

Indeciso opto por lo más simple, el queso y el jamón vencido. El hambre a veces puede más que el aspecto y la vagancia más que el hambre.

Me siento en unos de los taburetes dispuesto a comer mi horrible almuerzo y entonces aquel chillante sonido me sobresalta. Ésta vez no es mi celular el que suena, es el timbre de mi casa. Siento una gran curiosidad de saber quién puede estar perturbando mi momento de relajación y estoy sorprendido por su coraje, porque estoy bien dispuesto a desfigurarle el rostro en cuanto me moleste un poco de más.

Abro la puerta con evidente molestia y ahí está él. Desalineado, con grandes ojeras y aquel semblante preocupado.

Yo podía estar afligido pero intentaba no exteriorizarlo demasiado. Los primeros días fueron realmente difíciles y sí que tuve la necesidad de hacer lo mínimo indispensable para no morir tontamente. Pero ya luego me afeitaba y me duchaba con regularidad, volví a mi vida normal por más que mi dolor estuviera tan latente. Pero él, él se veía realmente mal.

-Te ves… muy mal.-

-Y tú demasiado bien.- noté cierto tono de reclamo en sus palabras.

-Trato de no dar tanta pena.-

-¿Me dejas entrar?-

-No. ¿Qué quieres?-

-Hablar. ¿Por qué no me respondes los mensajes y llamadas? Estoy preocupado por ti.-

-Guillermo, estoy bien. Y no respondo tus mensajes porque… no sé quizás, llámame loco, quiero olvidarte. ¿No se te ocurrió?-

-¿Entonces me vas a seguir ignorando?-

-¿Te quieres ir? Me estás molestando.-

-No puedo creer que seas tan infantil. No quiero dejar de verte, de saber de ti. Tengo que saber qué pasa contigo, con quien estás, qué haces. Me desespera que simplemente quieras hacer como si jamás hubiera existido para ti, no es justo.-

-Tu y yo terminamos, ¿por qué tendría que darte reporte diario de lo que hago?-

-Porque no sé de lo que eres capaz. Tú no sabes estar sólo. Tú eres impredecible y eres impulsivo y yo no sé si un día decides que es buena idea tirarte de la azotea de un edificio o si te apetece más envenenarte con cianuro, la verdad no sé de qué eres capaz.-

-Bien, gracias por el voto de confianza. Ya viste que estoy perfecto y que no me haces falta. Ahora vete.- tuve la intensión de cerrar la puerta en su cara pero él la detuvo colocando su pie entre la puerta y el remarco.

-Déjame pasar.-

-Ya no vives aquí.-

-Mira Samuel, me tienes harto, déjame pasar o tiro abajo la puerta a patadas.-

-¿Yo te tengo harto a ti?- respondí descolocado. Era irónico que yo lo trajera cansado cuando había sido él quien extrañamente no ha dejado de llamarme.

-¡Me cago en ti, Vegetta!- golpeo violentamente la puerta con su antebrazo y yo retrocedí del otro lado de la puerta sin quererlo y él entró, enardecido. – ¿Por qué estás tan empeñado en no dejarme entrar? ¡¿Te has traído una puta a nuestra casa o qué?!-

-Ésta ya no es “nuestra” casa, es sólo mía. Y me traigo a quien yo quiera.-

-Yo preocupándome por ti y tú disfrutando tu soltería, ¿no?-

-¿De qué mierda hablas? No he traído a nadie y si lo hubiera hecho a ti no te debería importar.-

-Claro que me importa y me estás haciendo enojar mucho así que dime la verdad, ¿Quién te ha mantenido tan ocupado como para no contestarme los mensajes?-

-Guillermo, estás enfermo. Sólo… vete. Y no regreses hasta que se hayan acomodado las ideas, por favor.-

-Ja…- él rio sin demasiados ánimos y pasó su mano por su mentón con ansiedad. –A ti… a ti te voy a acomodar las ideas.- se abalanzó sobre mí y me sujetó del cuello, apretando con fuerza. Yo, que jamás me esperé tal reacción coloqué mi manos sobre las suyas intentando apartarlo. – ¿Tú querías jugar con fuego? Ahora entenderás porque las madres te dicen que no lo hagas.- rápidamente comencé a sentir que me ahogaba, que no podía respirar y empecé a desesperarme. Quizás antes no me hubiera defendido, porque estaba seguro que me merecía aquel trato pero ahora sabía perfectamente que era inocente y no iba a permitir que me agrediera tan gratuitamente, así que golpeé su entrepierna con fuerza, aunque fuera Willy.

El dolor lo hizo agacharse y de inmediato me soltó, yo, sabiendo que se traba de unos de sus arranques de celos, corrí alejándome de él. Sabía lo que seguía, sabía cómo terminaría todo esto. Pero esta vez, no se lo permitiría, fui hasta la cocina y busqué entre los cubiertos la cuchilla. No pretendía hacerle daño, sólo quería que se fuera.

Él, cuando recobró el aliento, me siguió hasta la cocina también pero al ver la cuchilla sólo la ignoró, no produjo nada de temor en sus venas aquél arma en mis manos y simplemente se acercó más. Era como si supiera que jamás podría utilizarla contra él.

-¡Guillermo! ¡Guillermo, para, para!-

-“Mío o de nadie” ¿lo recuerdas?- sus manos se acercaron a las mías y se enredaron alrededor de la empuñadura. Me paralicé ante su locura y simplemente solté el cuchillo. Ahora residía en sus manos y lo tomó con fuerza. Apoyó la punta del cuchillo sobre mi cuello y presionó sólo un poco y yo comencé a temblar. Asustado, paralizado, simplemente esperé a que se atreviera a seguir, sin saber cómo apartarlo. Se alargaron tanto esos segundos, que parecieron años y memoricé con horror la sensación de aquel cuchillo sobre mi piel. Mis ojos enrojecieron de impotencia y de temor. Un temor que jamás había sentido, lleno de ansiedad, éste era mi final. Mis lágrimas, tan oportunas, deseaban un final trágico así que simplemente dieron su última función. Y las suyas, que sólo imaginaban mi final, también. Realmente no temía morir, pero me daba impotencia lo imbécil que podía llegar a ser por él. Nadie tiene el control que Guillermo tiene sobre mí y eso es lo que tanto me gusta, que pueda bajo esa voz calmada y tierno rostro controlarme hasta el punto de someterme a su voluntad.

Willy, sin pensar si estaba bien lo que hacía o si acaso era una locura, bajó un poco más y la punta del cuchillo se topó con el primer botón de mi camisa, no le importó, sencillamente lo cortó. Un poco más y otro botón cayó. Tres botones, cuatro botones… y el quito… también cayó.

Ahora, con mi abdomen descubierto, el cuchillo se paseó entre la fina línea de mi pantalón y mi vientre. Estaba realmente asustado, con mis ojos cerrados, esperando a que terminara de una vez conmigo. Imaginando el dolor, la sensación de morirse, de desangrarse. Pero entonces dejé de sentir el frío mental sobre mi piel y en vez de eso, su mano caliente me tocó. Por primera vez me atreví a abrir los ojos desde que le había cedido el cuchillo y lo miré atónito.

Willy presiona su mano un poco más y sus uñas se enterraron bajo mi piel, deja caer el cuchillo y yo me sobresalto por el ruido que hace al golpear contra el suelo. Lo miro a los ojos y él me ve con deseo, un deseo que jamás sentí en él y entonces lo entendí, yo era aquello que tanto quería y no, no se lo negaría. Porque también lo necesitaba.

Mis manos rodearon su nuca, su boca cayó sobre la mía y un beso necesitado, violento, comenzó entre nosotros. Completamente falto de amor, totalmente lleno de lujuria.

———————————————————————————————————————————-

La mañana siguiente a la noche que descubrí tu libreta, no pude disimular mi enojo. Me había molestado que intentaras engañarme, que intentaras hacerte pasar por demente sólo para desenamorarme.

Estabas preparándote el desayuno y yo me acerqué por detrás con la libreta en mis manos. - Quizás hubiera sido menos doloroso si hubiera acabado con esto cuando me dio la oportunidad pero tenía que decepcionarlo, dejarlo simplemente no habría sido suficiente para que se olvide de mí, tenía que dejar de ser objeto de su deseo para siempre al precio que fuera necesario…- leí en voz alta y él lentamente se giró hacia mí.

-¿Estuviste auscultando mis cosas?-

-¿Cuánto tiempo pensabas seguir ocultándome tu plan?-

-Si funcionaba, quizás jamás sabrías la verdad.-

-Pues estás realmente jodido ahora.-

-Lo nuestro, Samuel, es enfermo. Teníamos que dejarlo pero tú jamás lo aceptarías. No sabía que hacer… lo había intentado todo.-

-Y preferiste lastimarme, engañarme, amenazarme y torturarme psicológicamente por casi dos meses.-

-Hice lo que creí que era correcto. Orillarte, presionarte hasta el límite. Hasta que lo entendieras.-

-Bueno lamento decirte que no funcionó. Y que no voy a dejarte pero tampoco te voy a obligar a estar juntos. Si te quieres ir, vete. No necesito que estés conmigo por lástima, lástima te tengo a ti, por ser tan débil.-

-No soy débil, soy realista, cuando algo no funciona, no hay porqué forzarlo a que funcione.-

-Eres débil. Siempre lo has sido. Y cobarde. Ahora vete y no vuelvas.- emprendí mi caminata hacia mi habitación pero me detuve, había algo que no podía dejar de decirle. –Pero recuerda esto Guillermo, eres mío, mío o de nadie.-

Y tal como esperaba Guillermo se fue, me dejó a pesar de todo. Y yo lo lloré hasta que mis ojos se secaron y entonces me prometí sacarlo de mi corazón si él no estaba dispuesto a luchar por lo nuestro, pero no a olvidarlo. Iba mantenerlo en mi memoria aunque ardiera su recuerdo porque no había nadie capaz de reemplazarlo.

———————————————————————————————————————————–

Mis manos se enredaron es su cintura y bruscamente lo giré hacia las encimeras, Guillermo se sentó sobre la superficie y separó sus piernas para que pudiera colocarme entre ellas y así lo hice sin hacerlo esperar. Cuando me acomodé entre ellas, él las cerró alrededor de mi cadera y el contacto se volvió necesitado. Su cuerpo se frotaba contra el mío deseperadamente. Sus caderas y las mías habían perdido el control y nuestras manos acariciaban cada zona que alcanzaban. El beso entre los dos continuó a pesar de todo, no queríamos romper aquella única muestra de amor que aún nos teníamos y mientras él tiraba de mi camisa, yo intentaba quitar su camiseta. Sus manos apretaron mi trasero buscando intensificar el contacto y yo, que sentí su dura erección chocar con la mía en la acción, tuve que tener mucho autocontrol para no correrme en mis pantalones. Llevé mis manos a su trasero y también lo apreté con fuerza, pero yo no buscaba profundizar el contacto, quería volver a sentirlo en mis manos. Quería que temblara ante mi toque, quería recordar la blanca piel enrojecida por mis dedos y no lo solté hasta que las manos de Guillermo intentaron desprender mi pantalón. Mis manos entonces se acercaron al cierre de su pantalón y con más habilidad de la que recordaba pude bajarlos mientras que Willy sólo logró desprenderlo antes de que tomara sus caderas y lo bajara bruscamente de la encimara. Lo puse de espaldas y sus brazos se apoyaron ésta vez sobre la superficie, tiró sus caderas hacía atrás y arqueó la espalda. La situación, la espera, la excitación, terminó por hacerme perder el control. Terminé por bajar yo mismo mis pantalones y me acerque a su trasero con ansias, estaba necesitando empotrarlo y hacerlo aullar de placer o de dolor, lo que ocurriera primero. Mis manos masajearon mi pene antes de sujetarlo y apoyarlo contra su entrada. Sabía que sería todo un desafío lograr que cediera fácilmente y así fue. Su entrada, sin estimulación ni lubricación, estaba completamente cerrada pero presioné un poco y la penetración forzosa terminó ocurriendo, fue áspera y dolorosa tanto para él como para mí, pero a la vez sentí mucho placer en la punta de mi miembro que no había dejado de extrañarlo y él, abrumado por el dolor, emitió un grito ahogado cuando de una estocada lo introduje por completo. Me quedé muy quieto esperando a que se acostumbrara al dolor y me continuara seguir. Meneó sus caderas levemente cuando el dolor fue tolerante y entonces mis movimientos, lentos al principio, empezaron a llenar la cocina de gemidos, suyos y míos. Mis manos, que ya no sujetaban sus caderas, pasaron por delante su abdomen y tomaron su miembro, masturbándolo al ritmo que lo penetraba mientras sus manos pasaban por encima de su cabeza y se enredaban en mi cabello. Tiraba de él para que no me alejara de su nuca y los besos y mordidas en su cuello comenzaron a ser cada vez más desesperados. Había dejado evidentes marcas es él, que no podría ocultar fácilmente.

Quién me puede negar ahora que nuestra historia es trágica y a la vez tan hermosa.

Hasta hace unos minutos creía que mi vida terminaría en tus manos y ahora estamos enredados en viejos placeres, mi cuerpo sintiendo y recordando el tuyo y tu dejándome que te explore y vuelva a sentirte como antes.

El deseo nos llevó al éxtasis, nos colocó en el vértice del placer y nos dejó caer al abismo, llenándonos de una satisfacción inigualable. Fue el final de nuestro tropezado encuentro, pero nos dejó con tremendas ganas de repetir.

-No fuiste tan amable esta vez- me reclamó Willy jadeante y agitado.

-Fui tan amable como merecías.- salí lentamente de su interior y él permaneció apoyado contra la encimera.

-¿Me dejas ducharme? Tengo algo escurriéndome entre las piernas.-  bromeó cubriendo su rostro enrojecido y riendo. Definitivamente estaba demente.

-Claro, ve.- realmente no le veía lo cómico pero se lo dejé pasar. Subí mis pantalones y recogí mi camisa del suelo mientras él se colocaba su propia ropa.

-Pide algo para almorzar, tengo hambre.- me dijo antes de retirarse a duchar al que era su baño antes de irse de ésta que solía ser nuestra casa.

Aunque la idea no era de mi agrado, no respondí nada a su comentario, de todos modos terminaría cediendo ante sus deseos.

———————————————————————————————————————————–

Cuando Willy salió de la ducha, caminó de regreso a la cocina con sólo una toalla cubriendo su cintura y parte de sus piernas. Estaba relajado y alegre, como si su mano amenazando la integridad de mi cuello con aquella cuchilla jamás hubiera ocurrido. Se acercó a mi taburete, en el que permanecía sentado siguiendo muy atentamente sus movimientos, y me besó la mejilla.

-No tienes idea de lo que llevaba extrañándote.- se sentó a mi lado y abrió la gran caja de pizza que acaban de traer. Por mi parte se me había retirado todo el hambre que podía haber tenido.

-¿Cuándo te vas?- no soportaba su presencia, sentía que él solo me quería para eso, solo para matar las ganas.

-¿Te preocupa que esté aquí cuando regrese tu amante?-

-Me preocupa que sigas inventándote historias.-

-¿Entonces por qué quieres que me vaya?-

-Porque no soy tu maldito muñeco de carne con el que te sacas las ganas.-

-Jamás te usaría así. Lo sabes.-

-¿Y qué tengo que pensar de todo esto entonces?-

-No tienes que pensar en nada, todavía siento cosas por ti, me enloqueces como siempre y me has ignorado tanto tiempo que terminé desesperándome.-

-Guillermo, amenazaste con cortarme el cuello.-

-Perdí un poco el control.- siguió comiendo como si nada.

-Tienes serios problemas, de verdad necesitas tratarte, estas enfermo.- a diferencia de él, yo estaba realmente serio y enfadado. No entendía que estaba buscando, qué quería. Él se había ido esperando terminar con lo nuestro, ¿Por qué había regresado?

-Claro. Tienes razón, yo… iré con un terapeuta, lo prometo.- Willy apoya su mano en mi hombro y me sonríe. -¿No comes?-

-No… te lo agradezco.-

-Bueno, tú te lo pierdes, está muy buena.- remarcó masticando el último trozo de su porción de pizza. -Me visto y te dejo tranquilo. A menos… que quieras que me quede.-

-Estoy ocupado.- respondí siendo lo más borde posible.

-Bien, ya entendí.- Willy se pone de pie, se acerca suavemente y gira mi rostro entre sus tibias manos, me regala un corto besos en las labios y se retira a vestirse. Yo, confundido y dolido, solo puedo esperar que se vaya, necesito superar esta locura, necesito que él deje de ser un demente.

50 Sombras Más Oscuras [Wigetta]

CAPÍTULO 14

Samuel postrado de rodillas a mis pies, reteniéndome con la firmeza de su mirada, esla visión más solemne y escalofriante que he contemplado jamás… más que Michael con su pistola. El leve aturdimiento producido por el alcohol se esfuma al instante, sustituido por una creciente sensación de fatalidad. Palidezco y se me eriza todo el vello.

Inspiro profundamente, conmocionado. No. No, esto es un error, un error muy grave y perturbador.

—Samuel, por favor, no hagas esto. Esto no es lo que quiero.

Él sigue mirándome con total pasividad, sin moverse, sin decir nada.

Oh, Dios. Mi pobre Cincuenta. Se me encoge el corazón. ¿Qué demonios le he hecho? Las lágrimas que pugnan por brotar me escuecen en los ojos.

—¿Por qué haces esto? Háblame —musito.

Él parpadea una vez.

—¿Qué te gustaría que dijera? —dice en voz baja, inexpresiva, y el hecho de que hable me alivia momentáneamente, pero así no…

No. ¡No!

Las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, y de repente me resulta insoportable verle en la misma posición postrada que la de esa criatura patética que era Michael. La imagen de un chico poderoso, que en realidad sigue siendo un muchacho, que sufrió terribles abusos y malos tratos, que se considera indigno del amor de su familia perfecta y de su mucho menos perfecto novio… mi chico perdido… La imagen es desgarradora.

Compasión, vacío, desesperación, todo eso inunda mi corazón, y siento una angustia asfixiante. Voy a tener que luchar para recuperarle, para recuperar a mi Cincuenta.

Imaginarme ejerciendo la dominación sobre alguien me resulta atroz. Imaginarme ejerciendo la dominación sobre Samuel es sencillamente repugnante. Eso me convertiría en alguien como ella: la mujer que le hizo esto a él.

Al pensar en eso, me estremezco y contengo la bilis que siento subir por mi garganta. Es inconcebible que yo haga eso. Es inconcebible que desee eso.

A medida que se me aclaran las ideas, veo cuál es el único camino: sin dejar de mirarle a los ojos, caigo de rodillas frente a él.

Siento la madera dura contra mis espinillas, y me seco las lágrimas con el dorso de la mano.

Así, ambos somos iguales. Estamos al mismo nivel. Este es el único modo de recuperarle.

Él abre los ojos imperceptiblemente cuando alzo la vista y le miro, pero, aparte de eso, ni su expresión ni su postura cambian.

—Samuel, no tienes por qué hacer esto —suplico—. Yo no voy a dejarte. Te lo he dicho y te lo he repetido cientos de veces. No te dejaré. Todo esto que ha pasado… es abrumador. Lo único que necesito es tiempo para pensar… tiempo para mí. ¿Por qué siempre te pones en lo peor?

Se me encoge nuevamente el corazón, porque sé la razón: porque es inseguro, y está lleno de odio hacia sí mismo.

Las palabras de Carla vuelven a resonar en mi mente: «¿Sabe él lo negativo que eres contigo mismo? ¿En todos los aspectos?».

Oh,Samuel. El miedo atenaza de nuevo mi corazón y empiezo a balbucear:

—Iba a sugerir que esta noche volvería a mi apartamento. Nunca me dejas tiempo… tiempo para pensar las cosas. —Rompo a sollozar, y en su cara aparece la levísima sombra de un gesto de disgusto—. Simplemente tiempo para pensar. Nosotros apenas nos conocemos, y toda esa carga que tú llevas encima… yo necesito… necesito tiempo para analizarla. Y ahora que Michael está… bueno, lo que sea que esté… que ya no anda por ahí y ya no es un peligro… pensé… pensé…

Se me quiebra la voz y le miro fijamente. Él me observa intensamente y creo que me está escuchando.

—Verte con Michael… —cierro los ojos ante el doloroso recuerdo de verle interactuando con su antiguo sumiso—… me ha impactado terriblemente. Por un momento he atisbado cómo había sido tu vida… y… —Bajo la vista hacia mis dedos entrelazados. Mis mejillas siguen inundadas de lágrimas—. Todo esto es porque siento que yo no soy suficiente para ti. He comprendido cómo era tu vida, y tengo mucho miedo de que termines aburriéndote de mí y entonces me dejes… y yo acabe siendo como Michael… una sombra. Porque yo te quiero, Samuel, y si me dejas, será como si el mundo perdiera la luz. Y me quedaré a oscuras. Yo no quiero dejarte. Pero tengo tanto miedo de que tú me dejes…

Mientras le digo todo eso, con la esperanza de que me escuche, me doy cuenta de cuál es mi verdadero problema. Simplemente no entiendo por qué le gusto. Nunca he entendido por qué le gusto.

—No entiendo por qué te parezco atractivo —murmuro—. Tú eres… bueno, tú eres tú… y yo soy… —Me encojo de hombros y le miro—. Simplemente no lo entiendo. Tú eres hermoso y sexy y triunfador y bueno y amable y cariñoso… todas esas cosas… y yo no. Y yo no puedo hacer las cosas que a ti te gusta hacer. Yo no puedo darte lo que necesitas. ¿Cómo puedes ser feliz conmigo? —Mi voz se convierte en un susurro que expresa mis más oscuros miedos—. Nunca he entendido qué ves en mí. Y verte con él no ha hecho más que confirmarlo.

Sollozo y me seco la nariz con el dorso de la mano, contemplando su expresión impasible.

Oh, es tan exasperante. ¡Habla conmigo, maldita sea!

—¿Vas a quedarte aquí arrodillado toda la noche? Porque yo haré lo mismo —le espeto con cierta dureza.

Creo que suaviza el gesto… incluso parece vagamente divertido. Pero es muy difícil saberlo.

Podría acercarme y tocarle, pero eso sería abusar de forma flagrante de la posición en la que él me ha colocado. Yo no quiero eso, pero no sé qué quiere él, o qué intenta decirme. Simplemente no lo entiendo.

—Samuel, por favor, por favor… háblame —le ruego, mientras retuerzo las manos sobre el regazo.

Aunque estoy incómodo sobre mis rodillas, sigo postrado, mirando esos ojos marrones, serios, preciosos, y espero.

Y espero.

Y espero.

—Por favor —suplico una vez más.

De pronto, su intensa mirada se oscurece y parpadea.

—Estaba tan asustado —murmura.

¡Oh, gracias a Dios! Mi subconsciente vuelve a recostarse en su butaca, suspirando de alivio, y se bebe un buen trago de ginebra.

¡Está hablando! La gratitud me invade y trago saliva intentando contener la emoción y las lágrimas que amenazan con volver a brotar.

Su voz es tenue y suave.

—Cuando vi llegar a Rubén, supe que otra persona te había dejado entrar en tu apartamento. Higgins y yo bajamos del coche de un salto. Sabíamos que se trataba de
él, y verle allí de ese modo, contigo… y armado. Creo que me sentí morir. Guille, alguien te estaba amenazando… era la confirmación de mis peores miedos. Estaba tan enfurecido con él, contigo, con Higgins, conmigo mismo…

Menea la cabeza, expresando su angustia.

—No podía saber lo desequilibrado que estaba. No sabía qué hacer. No sabía cómo reaccionaría. —Se calla y frunce el ceño—. Y entonces me dio una pista: parecía muy arrepentido. Y así supe qué tenía que hacer.

Se detiene y me mira, intentando sopesar mi reacción.

—Sigue —susurro.

Él traga saliva.

—Verle en ese estado, saber que yo podía tener algo que ver con su crisis nerviosa… —Cierra los ojos otra vez—. Michael fue siempre tan travieso y vivaz…

Tiembla e inspira con dificultad, como si sollozara. Es una tortura escuchar todo esto, pero permanezco de rodillas, atento, embebido en su relato.

—Podría haberte hecho daño. Y habría sido culpa mía.

Sus ojos se apagan, paralizados por el horror, y se queda de nuevo en silencio.

—Pero no fue así —susurro—, y tú no eras responsable de que estuviera en ese estado, Samuel.

Le miro fijamente, animándole a continuar.

Entonces caigo en la cuenta de que todo lo que hizo fue para protegerme, y quizá también a Michael, porque también se preocupa por él. Pero ¿hasta qué punto se preocupa por él? No dejo de plantearme esa incómoda pregunta. Él dice que me quiere, pero me echó de mi propio apartamento con mucha brusquedad.

—Yo solo quería que te fueras —murmura, con su extraordinaria capacidad para leer mis pensamientos—. Quería alejarte del peligro y… tú… no… te ibas —dice entre dientes, y su exasperación es palpable.

Me mira intensamente.

—Guillermo Díaz, eres el chico más tozudo que conozco.

Cierra los ojos mientras niega con la cabeza, como si no diera crédito.

Oh, ha vuelto. Aliviado, lanzo un largo y profundo suspiro.

Él abre los ojos de nuevo, y su expresión es triste y desamparada… sincera.

—¿No pensabas dejarme? —pregunta.

—¡No!

Vuelve a cerrar los ojos y todo su cuerpo se relaja. Cuando los abre, veo su dolor y su angustia.

—Pensé… —Se calla—. Este soy yo, Guille. Todo lo que soy… y soy todo tuyo. ¿Qué tengo que hacer para que te des cuenta de eso? Para hacerte ver que quiero que seas mío de la forma que tenga que ser. Que te quiero.

—Yo también te quiero, Samuel, y verte así es… —Me falta el aire y vuelven a brotar las lágrimas—. Pensé que te había destrozado.

—¿Destrozado? ¿A mí? Oh, no, Guille. Todo lo contrario. —Se acerca y me coge la mano—. Tú eres mi tabla de salvación —susurra, y me besa los nudillos antes de apoyar su palma contra la mía.

Con los ojos muy abiertos y llenos de miedo, tira suavemente de mi mano y la coloca sobre su pecho, cerca del corazón… en la zona prohibida. Se le acelera la respiración. Su corazón late desbocado, retumbando bajo mis dedos. No aparta los ojos de mí; su mandíbula está tensa, los dientes apretados.

Yo jadeo. ¡Oh, mi Cincuenta! Está permitiendo que le toque. Y es como si todo el aire de mis pulmones se hubiera volatilizado… desaparecido. Noto el zumbido de la sangre en mis oídos, y el ritmo de mis latidos aumenta para acompasarse al suyo.

Me suelta la mano, dejándola posada sobre su corazón. Flexiono ligeramente los dedos y siento la calidez de su piel bajo la liviana tela de la camisa. Está conteniendo la respiración. No puedo soportarlo. Y retiro la mano.

—No —dice inmediatamente, y vuelve a poner su mano sobre la mía, presionando con sus dedos los míos—. No.

Incitado por esas dos palabras, me deslizo por el suelo hasta que nuestras rodillas se tocan, y levanto la otra mano con cautela para que sepa exactamente qué me dispongo a hacer. Él abre más los ojos, pero no me detiene.

Empiezo a desabrocharle con delicadeza los botones de la camisa. Con una mano es difícil. Flexiono los dedos que están bajo los suyos y él me suelta, y me permite usar ambas manos para desabotonarle la prenda. No dejo de mirarle a los ojos mientras le abro la camisa, y su torso queda a la vista.

Él traga saliva, separa los labios y se le acelera la respiración, y noto que su pánico aumenta, pero no se aparta. ¿Sigue actuando como un sumiso? No tengo ni idea.

¿Debo hacer esto? No quiero hacerle daño, ni física ni mentalmente. Verle así, ofreciéndose por completo a mí, ha sido un toque de atención.

Alargo la mano y la dejo suspendida sobre su pecho, y le miro… pidiéndole permiso. Él inclina la cabeza a un lado muy sutilmente, armándose de valor ante mi inminente caricia. Emana tensión, pero esta vez no es ira… es miedo.

Vacilo. ¿De verdad puedo hacerle esto?

—Sí —musita… otra vez con esa singular capacidad de responder a mis preguntas no formuladas.

Extiendo los dedos sobre los vellos de su torso y los hago descender con ternura sobre el esternón. Él cierra los ojos, y contrae el rostro como si sintiera un dolor insufrible. No puedo soportar verlo, de manera que aparto los dedos inmediatamente, pero él me sujeta la mano al instante y la vuelve a posar con firmeza sobre su torso desnudo. Cuando le toco con la palma de la mano, se le eriza la piel.

—No —dice, con la voz quebrada—. Lo necesito.

Aprieta los ojos con más fuerza. Esto debe de ser una tortura para él. Es un auténtico suplicio verle. Le acaricio con los dedos el pecho y el corazón, con mucho cuidado, maravillado con su tacto, aterrorizado de que esto sea ir demasiado lejos.

Abre sus oscuros ojos, que me fulminan, ardientes.

Dios santo. Es una mirada salvaje, abrasadora, intensísima, y respira entrecortadamente. Hace que me hierva la sangre y me estremezca.

No me ha detenido, de manera que vuelvo a pasarle los dedos sobre el pecho y sus labios se entreabren. Jadea, y no sé si es por miedo o por algo más.

Hace tanto tiempo que ansío besarle ahí, que me inclino sobre las rodillas y le sostengo la mirada durante un momento, dejando perfectamente claras mis intenciones. Luego me acerco y poso un tierno beso sobre su corazón, y siento la calidez y el dulce aroma de su piel en mis labios.

Su ahogado gemido me conmueve tanto que vuelvo a sentarme sobre los talones, temiendo lo que veré en su rostro. Él ha cerrado los ojos con firmeza, pero no se ha movido.

—Otra vez —susurra, y me inclino nuevamente sobre su torso, esta vez para besarle una de las cicatrices.

Jadea, y le beso otra, y otra. Gruñe con fuerza, y de pronto sus brazos me rodean y me agarra el pelo, y me levanta la cabeza con mucha brusquedad hasta que mis labios se unen a su boca insistente. Y nos besamos, y yo enredo los dedos en su cabello.

—Oh, Guille—suspira, y se inclina y me tumba en el suelo, y ahora estoy debajo de él.

Deslizo mis manos en torno a su hermoso rostro y, en ese momento, noto sus lágrimas.

Está llorando… no. ¡No!

—Samuel, por favor, no llores. He sido sincero cuando te he dicho que nunca te dejaré. De verdad. Si te he dado una impresión equivocada, lo siento… por favor, por favor, perdóname. Te quiero. Siempre te querré.

Se cierne sobre mí y me mira con una expresión llena de dolor.

—¿De qué se trata?

Abre todavía más los ojos.

—¿Cuál es este secreto que te hace pensar que saldré corriendo para no volver? ¿Qué hace que estés tan convencido de que te dejaré? —suplico con voz trémula—. Dímelo, Samuel, por favor…

Él se incorpora y se sienta, esta vez con las piernas cruzadas, y yo hago lo mismo con las mías extendidas. Me pregunto vagamente si no podríamos levantarnos del suelo, pero no quiero interrumpir el curso de sus pensamientos. Por fin va a confiar en mí.

Baja los ojos hacia mí y parece absolutamente desolado. Oh, Dios… esto es grave.

—Guille…

Hace una pausa, buscando las palabras con gesto de dolor… ¿Qué demonios pasa?

Inspira profundamente y traga saliva.

—Soy un sádico, Guille. Me gusta azotar a jovencitos y jovencitas menudos como tú, porque todos os parecéis a la puta adicta al crack… mi madre biológica. Estoy seguro de que puedes imaginar por qué.

Lo suelta de golpe, como si llevara días y días madurando esa declaración en la cabeza y estuviera desesperado por librarse de ella.

Mi mundo se detiene. Oh, no.

Esto no es lo que esperaba. Esto es malo. Realmente malo. Le miro, intentando entender las implicaciones de lo que acaba de decir. Esto explica por qué todos nos parecemos.

Lo primero que pienso es que Michael tenía razón: «El Amo es oscuro».

Recuerdo la primera conversación que tuve con él sobre sus tendencias, cuando estábamos en el cuarto rojo del dolor.

—Tú dijiste que no eras un sádico —musito, en un desesperado intento por comprenderle… por encontrar alguna excusa que le justifique.

—No, yo dije que era un Amo. Si te mentí fue por omisión. Lo siento.

Baja la vista por un instante a sus uñas perfectamente cuidadas.

Creo que está avergonzado. ¿Avergonzado por haberme mentido? ¿O por lo que es?

—Cuando me hiciste esa pregunta, yo tenía en mente que la relación entre ambos sería muy distinta —murmura.

Y su mirada deja claro que está aterrado.

Entonces caigo de golpe en la cuenta. Si es un sádico, necesita realmente todo eso de los azotes y los castigos. Por Dios, no. Me cojo la cabeza entre las manos.

—Así que es verdad —susurro, alzando la vista hacia él—. Yo no puedo darte lo que necesitas.

Eso es… eso significa que realmente somos incompatibles.

El mundo se abre bajo mis pies, todo se desmorona a mi alrededor mientras el pánico atenaza mi garganta. Se acabó. No podemos seguir con esto.

Él frunce el ceño.

—No, no, no, Guille. Sí que puedes. Tú me das lo que yo necesito. —Aprieta los puños—. Créeme, por favor —murmura, y sus palabras suenan como una plegaria apasionada.

—Ya no sé qué creer, Samuel. Todo esto es demasiado complicado —murmuro, y siento escozor y dolor en la garganta, ahogada por las lágrimas que no derramo.

Cuando vuelve a mirarme, tiene los ojos muy abiertos y llenos de luz.

—Guille, créeme. Cuando te castigué y después me abandonaste, mi forma de ver el mundo cambió. Cuando dije que haría lo que fuera para no volver a sentirme así jamás, no hablaba en broma. —Me observa angustiado, suplicante—. Cuando dijiste que me amabas, fue como una revelación. Nadie me había dicho eso antes, y fue como si hubiera enterrado parte de mi pasado… o como si tú lo hubieras hecho por mí, no lo sé. Es algo que el doctor Atkin y yo seguimos analizando a fondo.

Oh. Una chispa de esperanza prende en mi corazón. Quizá lo nuestro pueda funcionar. Yo quiero que funcione. ¿Lo quiero de verdad?

—¿Qué intentas decirme? —musito.

—Lo que quiero decir es que ya no necesito nada de todo eso. Ahora no.

¿Qué?

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Simplemente lo sé. La idea de hacerte daño… de cualquier manera… me resulta abominable.

—No lo entiendo. ¿Qué pasa con las reglas y los azotes y todo eso del sexo pervertido?

Se pasa la mano por el pelo y casi sonríe, pero al final suspira con pesar.

—Estoy hablando del rollo más duro, Guillermo. Deberías ver lo que soy capaz de hacer con una vara o un látigo.

Abro la boca, estupefacto.

—Prefiero no verlo.

—Lo sé. Si a ti te apeteciera hacer eso, entonces vale… pero tú no quieres, y lo entiendo. Yo no puedo practicar todo eso si tú no quieres. Ya te lo dije una vez, tú tienes todo el poder. Y ahora, desde que has vuelto, no siento esa compulsión en absoluto.

Le miro boquiabierto durante un momento, e intento digerir todo lo que ha dicho.

—Pero cuando nos conocimos sí querías eso, ¿verdad?

—Sí, sin duda.

—¿Cómo puede ser que la compulsión desaparezca así sin más, Samuel? ¿Como si yo fuera una especie de panacea y tú ya estuvieras… no se me ocurre una palabra mejor… curado? No lo entiendo.

Él vuelve a suspirar.

—Yo no diría «curado»… ¿No me crees?

—Simplemente me parece… increíble. Que es distinto.

—Si no me hubieras dejado, probablemente no me sentiría así. Abandonarme fue lo mejor que has hecho nunca… por nosotros. Eso hizo que me diera cuenta de cuánto te quiero, solo a ti, y soy sincero cuando digo que quiero que seas mío de la forma en que pueda tenerte.

Le miro fijamente. ¿Puedo creerme lo que dice? La cabeza me duele solo de intentar aclararme las ideas, y en el fondo me siento muy… aturdido.

—Aún sigues aquí. Creía que a estas alturas ya habrías salido huyendo —susurra.

—¿Por qué? ¿Porque podía pensar que eres un psicópata que azotas y follas a gente que se parecen a tu madre? ¿Por qué habrías de tener esa impresión? —digo entre dientes, con agresividad.

Él palidece ante la dureza de mis palabras.

—Bueno, yo no lo habría dicho de ese modo, pero sí —dice, con los ojos muy abiertos y gesto dolido.

Al ver su expresión seria, me arrepiento de mi arrebato y frunzo el ceño sintiendo una punzada de culpa.

Oh, ¿qué voy a hacer? Le observo y parece arrepentido, sincero… parece mi Cincuenta.

Y, de pronto, recuerdo la fotografía que había en su dormitorio de infancia, y en ese momento comprendo por qué la mujer que aparecía en ella me resultaba tan familiar. Se parecía a él. Debía de ser su madre biológica.

Me viene a la mente su comentario desdeñoso: «Nadie importante…». Ella es la responsable de todo esto… y yo me parezco extrañamente a ella… ¡Maldita sea!

Samuel se me queda mirando con crudeza, y sé que está esperando mi próximo movimiento. Parece sincero. Ha dicho que me quiere, pero estoy francamente confuso.

Esto es muy difícil. Me ha tranquilizado sobre Michael, pero ahora estoy más convencido que nunca de que él era capaz de proporcionarle aquello que le da placer. Y esa idea me resulta terriblemente desagradable y agotadora.

—Samuel, estoy exhausto. ¿Podemos hablar de esto mañana? Quiero irme a la cama.

Él parpadea, sorprendido.

—¿No te marchas?

—¿Quieres que me marche?

—¡No! Creí que me dejarías en cuanto lo supieras.

Acuden a mi mente todas las veces que ha dicho que le dejaría en cuanto conociera su secreto más oscuro… y ahora ya lo sé. Maldita sea… El Amo es oscuro.

¿Debería marcharme? Ya le dejé una vez, y eso estuvo a punto de destrozarme… a mí, y también a él. Le amo. De eso no tengo duda, a pesar de lo que me ha revelado.

—No me dejes —susurra.

—¡Oh, por el amor de Dios, no! ¡No pienso hacerlo! —grito, y es catártico.

Ya está. Lo he dicho. No voy a dejarle.

—¿De verdad? —pregunta abriendo mucho los ojos.

—¿Qué puedo hacer para que entiendas que no voy a salir corriendo? ¿Qué puedo decir?

Me mira fijamente, expresando de nuevo todo su miedo y su angustia. Traga saliva.

—Puedes hacer una cosa.

—¿Qué?

—Cásate conmigo —susurra

¿Qué? ¿Realmente acaba de…?

Mi mundo se detiene por segunda vez en menos de media hora. Dios mío. Me quedo mirando estupefacto a ese hombre profundamente herido al que amo.

No puedo creer lo que acaba de decir.

¿Matrimonio? ¿Me ha propuesto matrimonio? ¿Está de broma? No puedo evitarlo: una risita tonta, nerviosa, de incredulidad, brota desde lo más profundo de mi ser. Me muerdo el labio para evitar que se convierta en una estruendosa carcajada histérica, pero fracaso estrepitosamente. Me tumbo de espaldas en el suelo y me rindo a ese incontrolable ataque de risa, riéndome como si no me hubiera reído nunca, con unas carcajadas tremendas, curativas, catárticas.

 Y durante un momento estoy completamente solo, observando desde lo alto esta situación absurda: un chico preso de un ataque de risa junto a otro chico Guapísimo con problemas emocionales. Y cuando mi risa me hace derramar lágrimas abrasadoras, me tapo los ojos con el brazo. No, no… esto es demasiado.

 Cuando la histeria remite, Samuel me aparta el brazo de la cara con delicadeza. Yo levanto la vista y le miro.

 Él se inclina sobre mí. En su boca se dibuja la ironía, pero sus ojos grises arden, quizá dolidos. Oh, no.

Usando los nudillos, me seca cuidadosamente una lágrima perdida.

—¿Mi proposición le hace gracia, joven Díaz?

 ¡Oh, Cincuenta! Alargo la mano y le acaricio la mejilla con cariño, deleitándome en el tacto de su barba incipiente bajo mis dedos. Dios, amo a este hombre.

 —Señor De Luque… Samuel. Tu sentido de la oportunidad es sin duda…

Cuando me fallan las palabras, le miro. Él sonríe, pero las arrugas en torno a sus ojos revelan su consternación. La situación se torna grave.

 —Eso me ha dolido en el alma, Guille. ¿Te casarás conmigo?

 Me siento, apoyo las manos en sus rodillas y me inclino sobre él. Miro fijamente su adorable rostro.

 —Samuel, me he encontrado a el loco de tu ex con una pistola, me has echado de mi propio apartamento, me ha caído encima la bomba Cincuenta…

 Él abre la boca para hablar, pero yo levanto una mano. Y, obedientemente, la cierra.

 —Acabas de revelarme una información sobre ti mismo que, francamente, resulta bastante impactante, y ahora me has pedido que me case contigo.

 Él mueve la cabeza a un lado y a otro, como si analizara los hechos. Parece divertido.

 Gracias a Dios.

 —Sí, creo que es un resumen bastante adecuado de la situación —dice con sequedad.

 —¿Y qué pasó con lo de aplazar la gratificación?

 —Lo he superado, y ahora soy un firme defensor de la gratificación inmediata. Carpe diem, Guille —susurra.

 —Mira, Samuel, hace muy poco que te conozco y necesito saber mucho más de ti. He bebido demasiado, estoy hambriento, cansado y quiero irme a la cama. Tengo que considerar tu proposición, del mismo modo que consideré el contrato que me ofreciste. Y además —aprieto los labios para expresar contrariedad, pero también para aligerar la tensión en el ambiente—, no ha sido la propuesta más romántica del mundo.

 Él inclina la cabeza a un lado y en sus labios se dibuja una sonrisa.

 —Buena puntualización, como siempre, joven Díaz —afirma con un deje de alivio en la voz—. ¿O sea que esto es un no?

 Suspiro.

 —No, señor De Luque, no es un no, pero tampoco es un sí. Haces esto únicamente porque estás asustado y no confías en mí.

 —No, hago esto porque finalmente he conocido a alguien con quien quiero pasar el resto de mi vida.

 Oh. Noto un pálpito en el corazón y siento que me derrito por dentro. ¿Cómo es capaz, en medio de las más extrañas situaciones, de decir cosas tan románticas? Abro la boca, sin dar crédito.

 —Nunca creí que esto pudiera sucederme a mí —continúa, y su expresión irradia pura sinceridad.

 Yo le miro boquiabierto, buscando las palabras apropiadas.

 —¿Puedo pensármelo… por favor? ¿Y pensar en todo el resto de las cosas que han pasado hoy? ¿En lo que acabas de decirme? Tú me pediste paciencia y fe. Bien, pues yo te pido lo mismo, Samuel. Ahora las necesito yo.

 Sus ojos buscan los míos y, al cabo de un momento, se inclina y deja sus largos dedos entre mis cabellos algo alborotados.

 —Eso puedo soportarlo. —Me besa fugazmente en los labios—. No muy romántico, ¿eh?

—Arquea las cejas, y yo hago un gesto admonitorio con la cabeza—. ¿Flores y corazones? —pregunta bajito.

 Asiento y me sonríe vagamente.

 —¿Tienes hambre?

 —Sí.

 —No has comido —dice con mirada gélida y la mandíbula tensa.

 —No, no he comido. —Vuelvo a sentarme sobre los talones y le miro tranquilamente—. Que me echaran de mi apartamento, después de ver a mi novio interactuando íntimamente con uno de sus antiguos sumisos, me quitó bastante el apetito.

 Samuel sacude la cabeza y se pone de pie ágilmente. Ah, por fin podemos levantarnos del suelo. Me tiende la mano.

 —Deja que te prepare algo de comer —dice.

 —¿No podemos irnos a la cama sin más? —musito con aire fatigado al darle la mano.

 Él me ayuda a levantarme. Estoy entumecido. Baja la vista y me mira con dulzura.

 —No, tienes que comer. Vamos. —El dominante Samuel ha vuelto, lo cual resulta un alivio.

 Me lleva a un taburete de la barra en la zona de la cocina, y luego se acerca a la nevera.

 Consulto el reloj: son casi las once y media, y tengo que levantarme pronto para ir a trabajar.

 —Samuel, la verdad es que no tengo hambre.

 Él no hace caso y rebusca en el enorme frigorífico.

 —¿Queso? —pregunta.

 —A esta hora, no.

 —¿Galletitas saladas?

 —¿De la nevera? No —replico.

 Él se da la vuelta y me sonríe.

 —¿No te gustan las galletitas saladas?

—A las once y media no, Samuel. Me voy a la cama. Tú si quieres puede pasarte el resto de la noche rebuscando en la nevera. Yo estoy cansado, y he tenido un día de lo más intenso. Un día que me gustaría olvidar.

 Bajo del taburete y él me pone mala cara, pero ahora mismo no me importa. Quiero irme a la cama; estoy exhausto.

 —¿Macarrones con queso?

 Levanta un bol pequeño tapado con papel de aluminio, con una expresión esperanzada que resulta entrañable.

 —¿A ti te gustan los macarrones con queso? —pregunto.

 Él asiente entusiasmado, y se me derrite el corazón. De pronto parece muy joven. ¿Quién lo habría dicho? A De Luque Samuel le gusta la comida de menú infantil. 

—¿Quieres un poco? —pregunta esperanzado.

 Soy incapaz de resistirme a él, y además tengo mucha hambre.

 Asiento y le dedico una débil sonrisa. Su cara de satisfacción resulta fascinante. Retira el papel de aluminio del bol y lo mete en el microondas. Vuelvo a sentarme en el taburete y contemplo la hermosa estampa del señor De Luque —el hombre que quiere casarse conmigo— moviéndose con elegante soltura por su cocina.

 —¿Así que sabes utilizar el microondas? —le digo en un suave tono burlón.

 —Suelo ser capaz de cocinar algo, siempre que venga envasado. Con lo que tengo problemas es con la comida de verdad.

 No puedo creer que este sea el mismo hombre que estaba de rodillas ante mí hace menos de media hora. Es su carácter voluble habitual. Coloca platos, cubiertos y manteles individuales sobre la barra del desayuno.

 —Es muy tarde —comento.

 —No vayas a trabajar mañana.

 —He de ir a trabajar mañana. Mi jefe se marcha a Nueva York.

 Samuel frunce el ceño.

 —¿Quieres ir allí este fin de semana?

 —He consultado la predicción del tiempo y parece que va a llover —digo negando con la cabeza.

 —Ah. Entonces, ¿qué quieres hacer?

 El timbre del microondas anuncia que nuestra cena ya está caliente.

 —Ahora mismo lo único que quiero es vivir el día a día. Todas estas emociones son… agotadoras.

 Levanto una ceja y le miro, cosa que él ignora prudentemente.

 Samuel deja el bol blanco entre nuestros platos y se sienta a mi lado. Parece absorto en sus pensamientos, distraído. Yo sirvo los macarrones para ambos. Huelen divinamente y se me hace la boca agua ante la expectativa. Estoy muerto de hambre.

 —Siento lo de Michael —murmura.

 —¿Por qué lo sientes?

 Mmm, los macarrones saben tan bien como huelen. Y mi estómago lo agradece.

 —Para ti debe de haber sido un impacto terrible encontrártelo en tu apartamento. Higgs lo había registrado antes personalmente. Está muy disgustado.

 —Yo no lo culpo.

 —Yo tampoco. Ha estado buscándote.

 —¿Ah, sí? ¿Por qué?

 —Yo no sabía dónde estabas. Te dejaste la billetera, el teléfono. Ni siquiera podía localizarte.¿Dónde fuiste? —pregunta.

 Habla con mucha suavidad, pero en sus palabras subyace una carga ominosa. 

—Rubén y yo fuimos a un bar de la acera de enfrente. Para que yo pudiera ver lo que ocurría, simplemente.

 —Ya.

 La atmósfera entre los dos ha cambiado de forma muy sutil. Ya no es tan liviana.

 Ah, muy bien, de acuerdo… yo también puedo jugar a este juego. Así que esta voy a devolvértela, Cincuenta. Y tratando de sonar despreocupado, queriendo satisfacer la curiosidad que me corroe pero temeroso de la respuesta, le pregunto:

 —¿Y qué hiciste con Michael en el apartamento?

 Levanto la vista, le miro, y él deja suspendido en el aire el tenedor con los macarrones. Oh, no, esto no presagia nada bueno.

 —¿De verdad quieres saberlo?

 Se me forma un nudo en el estómago y de golpe se me quita el apetito.

 —Sí —susurro.

 ¿Eso quieres? ¿De verdad? Mi subconsciente ha tirado al suelo la botella de ginebra y se ha incorporado muy erguida en su butaca, mirándome horrorizado.

 Samuel vacila y su boca se convierte en una fina línea.

 —Hablamos, y luego lo bañé. —Su voz suena ronca, y, al ver que no reacciono, se apresura a continuar—: Y lo vestí con ropa tuya. Espero que no te importe. Pero es que estaba mugriento.

 Por Dios santo. ¿Lo bañó? Qué gesto tan extraño e inapropiado… La cabeza me da vueltas y miro fijamente los macarrones que no me he comido. Y ahora esa imagen me produce náuseas.

 Intenta racionalizarlo, me aconseja mi subconsciente. Aunque la parte serena e intelectual de mi cerebro sabe que lo hizo simplemente porque estaba sucio, me resulta demasiado duro. Mi ser frágil y celoso no es capaz de soportarlo.

 De pronto tengo ganas de llorar: no de sucumbir a ese llanto de damisela que surca con decoro mis mejillas, sino a ese otro que aúlla a la luna. Inspiro profundamente para reprimir el impulso, pero esas lágrimas y esos sollozos reprimidos me arden en la garganta.

 —No podía hacer otra cosa, Guille —dice él en voz baja.

 —¿Todavía sientes algo por él?

 —¡No! —contesta horrorizado, y cierra los ojos con expresión de angustia.

Yo aparto la mirada y la bajo otra vez a mi nauseabunda comida. No soy capaz de mirarle.

 —Verlo así… tan distinto, tan destrozado. Lo atendí, como habría hecho con cualquier otra persona.

 Se encoge de hombros como para librarse de un recuerdo desagradable. Vaya, ¿y encima espera que le compadezca?

 —Willy, mírame.

 No puedo. Sé que si lo hago, me echaré a llorar. No puedo digerir todo esto. Soy como un depósito rebosante de gasolina, lleno, desbordado. Ya no hay espacio para más. Sencillamente no puedo soportar más toda esta angustia. Si lo intento, arderé y explotaré y será muy desagradable.

 ¡Dios!

 La imagen aparece en mi mente: Samuel ocupándose de un modo tan íntimo de su antiguo sumiso. Bañándolo, por Dios santo… desnudo. Un estremecimiento de dolor recorre mi cuerpo.

 —Willy.

 —¿Qué?

 —No pienses en eso. No significa nada. Fue como cuidar de un niño, un niño herido, destrozado —musita.

 ¿Qué demonios sabrá él de cuidar niños? Ese era un hombre con el que tuvo una relación sexual devastadora y perversa.

 Ay, esto duele… Respiro firme y profundamente. O tal vez se refiera a sí mismo. Él es el niño destrozado. Eso tiene más lógica… o quizá no tenga la menor lógica. Oh, todo esto es tan terriblemente complicado, y de pronto me siento exhausto. Necesito dormir.

 —¿Guille?

 Me levanto, llevo mi plato al fregadero y tiro los restos de comida a la basura.

 —Chiqui, por favor.

 Doy media vuelta y le miro.

 —¡Basta ya, Samuel! ¡Basta ya de «Willy, por favor»! —le grito, y las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas—. Ya he tenido bastante de toda esa mierda por hoy. Me voy a la cama.

 Estoy cansado física y emocionalmente. Déjame.

 Giro sobre mis talones y prácticamente echo a correr hacia el dormitorio, llevándome conmigo el recuerdo de sus ojos abiertos mirándome atónitos. Es agradable saber que yo también soy capaz de perturbarle. Me desvisto en un santiamén, y después de rebuscar en su cómoda, saco una de sus camisetas y me dirijo al baño.

 Me observo en el espejo y apenas reconozco a ese feo demacrado de mejillas enrojecidas y ojos irritados que me devuelve la mirada, y esa imagen me supera. Me derrumbo en el suelo y sucumbo a esa abrumadora emoción que ya no puedo contener, estallando en tremendos sollozos que me desgarran el pecho, y dejando por fin que las lágrimas se desborden libremente.

 ————————————————————–

*Suspiro* Al fin terminé!! Lamento el retraso, no me funcionaba la página de donde sacaba los capítulos y tuve que leer una adaptación hetero de no-sé-quien-mierda y rayita!! D’: Los sacrificios que tengo que hacer por ustedes… :3

Adiós, compañero | Wigetta

<Reproducir hasta que acabe la lectura>

¿Este sufrimiento si quiera está permitido? Tanto dolor, tanta amargura… No quiero seguir con esto, mi vida ya no es lo mismo sin ti.

¿Por qué me enamoraste y luego me dejaste caer de esta manera? Me dijiste que estarías conmigo siempre, que me amarías y que me protegerías de aquel que quisiera hacerme daño… Solo que tú te convertiste en esa persona, tú me estás dañando.

Tu sonrisa mirando la pantalla, hablando con ella, dándole tu amor y tu cuerpo, no hace más que destruirme.

Quiero odiarte, dios sabe cuánto quiero odiarte pero no puedo, simplemente no puedo. Quise alejarme, pero ¿Cómo hacerlo si tu compañía es la que me hace estar de pie? ¿Qué sería de mi vida si te vas? ¿Qué sería de este amor que dejó de ser correspondido?

Dijiste que dejáramos las cosas, te escuché y aunque te pedí que me dieras otra oportunidad de hacerte feliz, tú ya tenías tus ojos en otro lado, en otra persona… En esa mujer.

¿Sabes lo difícil que es sonreír cuando me hablas de ella y de lo bien que está su relación? ¿Sabes lo duro que es querer besarte pero que tú quieras besar a alguien más? Te amo ¡Mierda! Cuanto te amo… y cuanto duele saber que ya no me harás tuyo nunca más, que tus manos ya no van a recorrer mi cuerpo y que tu boca ya no va a hacer callar la mía con un beso.

-Esta semana me iré a Madrid. La extraño tanto, Willy – Dijiste suspirando. Me esforcé para que mis lágrimas no pudieran contra mi falsa sonrisa.

-¡Que bien! Yo me iré a Mónaco con torete y Abel… Vacaciones, las necesito – Me sonreíste, sinceramente y me dolió. Antes hubieras hecho una escena y tus labios hubieran ido a parar a mi cuello marcándolo, diciéndome que era tuyo que no lo olvidara.

-Genial, ambos lo pasaremos bien, y después las firmas. Todo está yendo perfecto, Willy Estoy tan contento, tan feliz…- Intenté quitar el nudo de mi garganta pero ya no podía fingir que estoy bien con esto.

-Sí… muy feliz. – Me levanté y te di una sonrisa – Voy a grabar, necesito vídeos. Hablamos después…

-Te hablo para cenar, compañero – Asentí y salí de ahí escondiendo mis ojos de ti. No podía arruinar tu felicidad.  

Me dejé de caer contra la puerta, ahogando mis sollozos. Me encogí sobre mí ¿Por qué tengo que amarte tanto? ¿Por qué decidiste dejarme, Vegetta? Daría todo por volver el tiempo, volver a estar en los Ángeles donde nada nos preocupaba, donde los besos nunca faltaban y donde tus brazos envolvían mí cuerpo. Añoro ser yo a quien le hables primero en la mañana, no a ella, sino a mí, como en los viejos tiempos.

No sé cuántas horas han pasado, ni me importa. Necesito un respiro necesito un abrazo, necesito ser el dueño de tus pensamientos nuevamente aunque sea por un breve momento.

Me levanto del piso y camino hasta tu habitación. La puerta está abierta y tu voz se deja oír en ese típico tono de felicidad extrema que te caracteriza, felicidad causada por otra persona…

-Sí pequeña… La próxima semana, ya nos veremos – Mi corazón se partió en mil pedazos, antes yo era tu pequeño.Te extraño también, Chiqui. No sabes cuánto… Solo quiero besarte preciosa. – Mis ojos se aguaron de nuevo - ¿Qué dices? No, iré yo solo, él estará en Mónaco… - Tu risa nerviosa… Tus palabras se clavaron en mi corazón como un puñal- Te amo a ti ahora, no tienes que preocuparte… Lo que tuvimos es parte del pasado, es solo mi amigo y así se va a quedar – Un sollozo ahogado salió de mi garganta haciendo que te giraras. Tu cara frente a mi presencia no la puedo explicar. Mis lágrimas caían sin mi permiso y estaba congelado frente a ti que me mirabas sin decir nada hasta que ella volvió a llevarse tu atención- Si amor, estoy aquí… Me esperas, surgió algo, te llamo más tarde.

Mis piernas flaquearon mas salí corriendo, lo más rápido que podía, necesitaba escaparme de ti no quería escuchar lo que tenías que decir, no lo podría soportar.

Cerré la puerta de mi habitación y mi frente tocó la madera mientras que mi mano no se movía del seguro. Estaba congelado en mi lugar.

-Willy… - Dijiste del otro lado de la puerta segundos más tarde– Ábreme compañero, necesitamos hablar.

No fui capaz de responder ni de moverme. Te oí suspirar y estoy seguro que apoyaste tu frente en la madera igual que yo, siempre actuábamos parecido…

-Vamos… No quiero que estés así, déjame entrar.

-Vete… - Mi voz no era más que un suave susurro lastimoso.

-No, Willy, anda… - Mi voluntad estaba flaqueando pero no podía ceder, esto estaba doliendo tanto que creo ningún dolor físico se podía comparar.

-Por favor, Vegetta. Déjame solo… Esto duele – Las lágrimas se agolpaban en mis ojos impidiéndome ver. Tu puño golpeó la madera, siempre te frustras con poco aunque hagas parecer que tienes mucha paciencia. Sonreí triste.

-Mierda… Willy, te lo ruego, ábreme… - Mis sentidos se alertaron… Estabas llorando, tu voz quebrada te delató. Por un impulso abrí la puerta y me estrechaste inmediatamente entre tus brazos, destruyéndome por completo llevándote cada gota de felicidad que me quedaba. Me dejé abrazar, me permití sentir tu calor y tu respiración cerca de mí… Por última vez.

Mis manos arrugaron tu camisa, y estoy seguro de que si estuviéramos en otra situación te estarías quejando pero no me importó y me aferré a ti.

-Mi pequeño…- Dijiste haciendo que todo doliera el doble ¿Por qué me haces esto? Willy, te quiero compañero ¿Lo sabes verdad? Yo no quiero hacerte daño… No me lo permitiría.

Solo me limité a llorar, dejar salir todo en tus brazos, contigo a mi lado, consolándome.

-Pero yo te amo, Vegetta – Me separé de tus cuerpo mirándote a los ojos porque quería que vieras mi desesperación reflejada en ellos – Permíteme hacerlo por última vez… Por favor

Te tensaste ante mi petición pero no dijiste nada, solo asentiste levemente.

Tonto.

Mis manos tomaron tu rostro, porque temía que te arrepintieras y lentamente me acerqué a tus maravillosos labios. Solo el roce con ellos hicieron que mi corazón volviera a palpitar aunque sea unos segundos, ¿Sabes todo lo que logras hacer en mí, chaval? Tus manos se aferraron a mi cintura mientras que tus labios se movían sobre los míos acariciándolos, llevándome de vuelta a el tiempo donde fuiste mío, donde nada más importaba solo el amor que sentíamos el uno por el otro.

Pasé mis brazos por tus hombros, pegando tu cuerpo al mío con la necesidad de recordar como era tu calor, sintiendo como te estremecías ante mi contacto. En ese momento ya no me quedaba aire pero prefería morir que separarme de tu boca sabiendo que nunca más la podría probar.

Lentamente tus labios se despegaron de los míos, haciendo que tu respiración agitada chocara contra mi boca, llevándome de vuelta a la realidad, a la cruda, cruel y fría realidad. Nuestras frentes pegadas, tus ojos cerrados, tus dedos casi haciéndome daño por lo fuerte de tu agarre ¿Pensabas que me iba a escapar? Jamás podría escapar de ti.

-Te amé tanto, siempre serás especial y estarás en mi corazón… Pero ya es tiempo de dar vuelta la página, mi niño – Tu voz temblorosa, tus ojos ahora mirándome, mirando como las lágrimas empapaban mi rostro ¿Qué pasaba por tu cabeza? ¿Realmente querías decir esas palabras?

-Yo siempre te amaré… Siempre serás el único hombre capaz de hacerme sentir plenamente feliz… - Dije soltando de una vez por toda mis sentimientos. – Pero tú ya tienes a alguien más.

-Willy… - Tu agarre se aflojó solo para volver a hacerse más fuerte- No me digas esas cosas…

-Es hora de decirle adiós a mi hombre y mi hombro donde apoyarme…- Ya casi no podía hablar y mi respiración cada vez era más irregular, cada segundo a tu lado era más difícil, una tortura pero aun así te dediqué una sonrisa sincera– Adiós a mi Vegetta

-Chiqui, no lo digas así…

-No. Ya no soy eso, yo ya no soy… Ya no soy tu chiqui deja de decirlo. Me duele… -Tomé fuerzas y me separé de tu cuerpo… ¿Por qué tu perfume hace todo más difícil?- Tu novia espera una llamada, es mejor que vayas. No quiero que tengan problemas por mi culpa.

Sin decir nada más me diste una última mirada, con tus ojos rojos, y saliste por mi puerta, llevándote contigo todas mis esperanzas de volver a ser tuyo, de volver a sonreír como hace meses, cuano todo estaba bien para los dos, cuando nos amábamos.

Se acabó, definitivamente.

-Adiós, compañero.

*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*

Wattpad: HanJi_In