matutino!

Ese vino antiguo que aflige,
pequeña aguja luminosa
transtorácica
que me nombra.

Ese silencio que duele,
un fotón tan solo
que acompaña el alba
y venda los ojos de la noche;

rescata mi rostro húmedo
del espejo matutino
y lo cuelga
en la pared
             galería de otro día.

Vuelta y Giro.

Agosto. Aunque los periódicos matutinos anunciaban simplemente que el tiempo sería bueno y cálido, a medio día era ya evidente que estaba ocurriendo algo excepcional, y los oficinistas, regresando en oleadas de su almuerzo, con la expresión de ofuscamiento y desespero de niños que están siendo amedrentados, comenzaron a marcar el número telefónico adonde se llama para obtener informes meteorológicos. A media tarde, cuando el calor apretaba como la mano de un asesino sobre la boca de su víctima, la ciudad se convulsionaba y retorcía, pero apagados sus gritos, impedida su prisa, frenadas sus ambiciones, parecía una fuente seca, un monumento inútil; se sumió entonces en estado de coma. Las hirvientes extensiones de flácidos sauces en el Parque Central parecían un campo de batalla donde muchos han sucumbido: filas enteras de caídos yacían exhaustos, encogidos en la sombra, silenciosa como la muerte, mientras los fotógrafos de prensa, para documentar el desastre, se movían lúgubremente entre ellos. Por la noche, una temperatura alta abre el cráneo de una ciudad, exponiendo su blanco cerebro y sus nervios centrales, que sisean como el interior de una bombilla eléctrica.
—  Truman Capote. Nueva York. En. Color local P. 16