manos de oro

Aunque todos los hombres matan lo que aman
que lo oiga todo el mundo;
unos lo hacen con mirada amarga,
otros con una palabra zalamera;
el cobarde lo hace con un beso,
¡el valiente con una espada!
Unos matan su amor cuando son jóvenes;
y otros cuando son viejos;
unos lo ahogan con mano de lujuria,
otros con manos de oro;
el más piadoso usa un cuchillo, 
pues así el muerto se enfría antes.
—  La balada de la cárcel de Reading, Oscar Wilde,
Le parecía tan bella, tan seductora , tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su trenza , el vuelo de sus manos, el oro de su risa.
—  El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez 
Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su trenza, el vuelo de sus manos, el oro de su risa
—  Gabriel García Márquez, el amor en los tiempos del cólera

Inktober - #6 Mano de oro

A pesar de lo que se pueda pensar, esta mano de oro no guarda ninguna relación con la legendaria mano del rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba.

Existe en el Valle del Jerte una leyenda que habla sobre una misteriosa mano que, en ocasiones, es descubierta por los ganaderos mientras pastorean sus rebaños. Puesto que esta insólita mano es de oro, el hallazgo, en un principio, desata la codicia del pastor: lo que parece ser un golpe de fortuna que más tarde se convierte en una maldición, ya que esta particular garra es capaz de matar grandes cantidades de ganado.

Sus victimas son fácilmente identificables, pues les deja en el lomo o en el cuello la señal de la palma de la mano como si hubieran sido marcadas a fuego.

Perdón adelantado

Yo te perdono, mi amor, así tu soberbia no te permita aceptar mi disculpa, que aquí está: servida en tu charola de plata, tus manos de oro, tu futuro odio y el que ya te tengo con repudio y con desprecio. Te perdono.

Te perdono por todas las veces en que te es imposible pensar en los demás. Te perdono por tu incapacidad para enamorarme. Te perdono por tu falta de apoyo, consuelo y, sobre todo, porque nunca vas a poner flores en mi mesa, pero sí besos en mi cuello.

Te perdono por las ocasiones aquellas en que el orgullo y la maldad que llevas en tu interior te gana, te usa y te arrebata. Todas esas veces en que ganar una estúpida razón te será más importante que ganarme a mí.

Te perdono por aquella fatal manera de hablar sin tacto. Te perdono por aparentar ser más ese demonio interno que humano.

Te perdono por las veces en que prefieres que todo se trate de ti. Te perdono por aquel desprecio que les tienes a las demás personas que consideran que se debería de tratar de mí.

Te perdono por culparme en silencio, más que juzgarme a gritos. Te perdono por no reconocer tus fallos y errores a la par.

Te perdono si es que al caso, que espero y no, me exijas que pague tus consumos y también tus infortunios. Te perdono por esas veces en que, a pesar de sentirte mal, me cansa tu egoísmo y, al menos en mi mente, ignoro tus lágrimas secas.

Te perdono. Te perdono como la terrible persona que eres y serás.

Te perdono hoy por todo aquello que me vas a hacer mañana.