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Ramble On

Las luces de la Organización de Cazadores de Irlanda se apagaron en su totalidad de un momento a otro. Sólo los faroles de emergencia brillaban alumbrando un poco, pero parecían amenazar con sus titileos que dejarían de hacerlo pronto.

En todos los pasillos ahora había soldados intentando calmar a la gente que salía de sus habitaciones para ver qué pasaba, recomendándoles que volvieran dentro porque estaba todo bajo control.
Pero Layla sabía muy bien que eso no era verdad.
Las ventajas de llevar sangre mezclada en su cuerpo –la de una importante hechicera y un arcángel- y aprender trucos nuevos, eran las entradas más sigilosas a lugares donde, de otra forma, te hubiesen atrapado en cuestión de segundos.

Ella estaba reposada contra una de las paredes en el pasillo del tercer piso de la organización, rodeada de oscuridad y pasando desapercibida frente a los soldados que corrían de un lado a otro, tratando de arreglar toda clase de problemas. Llevaba puesta una chaqueta de cuero sobre un abrigo con capucha que le tapaba casi todo el rostro. Sería imposible para cualquiera reconocerla.
Y esperó.
No pasó mucho tiempo hasta que se oyó una especie de carraspeo a través de los parlantes que había en cada esquina de la OCIR, retumbando por todos los pasillos y seguida de una risa seca. Y finalmente, la señal.
“Que comience el show”
La cazadora – si es que ahora se la podía llamar así- no hizo más que envararse un poco, pues la espera contra la pared había provocado que se curvara hacia abajo; y para su suerte, un par de hombres armados pasaron frente a ella, luciendo completamente alarmados. No los culpaba.
Una especie de humo y cuerdas negras invadieron aquel sector de repente, tomando por sorpresa a los soldados solamente, ahorcándolos hasta dejarlos sin una pizca de aire, tumbados en el suelo; y ella comenzó a avanzar por fin.
El humo parecía seguirla a donde fuera pero no le hacía daño, se expandía hacia sus costados, yendo a por los hombres armados y cualquiera que se atreviese a atacarla.
Los gritos de terror y las madres intentando poner a sus hijos a salvo no se hicieron esperar. La histeria reinaba aquella noche, porque aparentemente, nadie estaba cerca para salvarlos y los soldados caían uno a uno como piezas de dominó. ¿Dónde se encontraba el general?

A Lay tampoco le fue difícil teletransportarse a un cuarto piso con tan sólo pensarlo.
Esta vez ya tenía cerca de una veintena de hombres esperándola, listos para liquidarla ante el más mínimo movimiento.
Todo pareció ir en cámara lenta por un instante, donde la joven ladeó algo su cabeza hacía la izquierda, logrando ver todas las balas que la matarían en cuestión de segundos.
Pero a último momento, a milímetros de su rostro, aquellas balas parecieron cobrar vida como por arte de magia y decidieron dar la vuelta para dirigirse hacia quienes las habían disparado.
Los veinte soldados cayeron muertos al suelo, todos de un balazo en su frente, dejando grandes charcos de sangre a su alrededor. Y los pocos que habían observado la escena, sin atreverse siquiera a mover un músculo, se dieron cuenta de que no podrían hacer mucho contra la misteriosa encapuchada que ahora iba hacia ellos sin siquiera inmutarse, ni contra el hombre que la seguía a ella unos pasos más atrás; entonces, sólo pudieron correr.
- ¡Bueno, esto sí que está siendo una magnifica fiesta! –gritó Adriel, eufórico.
Layla sonrió.

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Los parpados le pesaban como si hubiese dormido durante semanas, lo cual estaba segura de que era imposible porque hacía días que no podía conciliar el sueño. Tenía ojeras tan negras que parecía que le habían golpeado ambos ojos.
Aunque la habitación en la que estaba lucía completamente a oscuras, el abrir los ojos tan de golpe casi la dejó ciega. Mucha luz para ella; y a decir verdad, ¿cómo había llegado hasta allí?
En ese mismo momento flashes de la noche anterior – al menos eso ella creía – le vinieron a la mente como si nada: Irlanda, la organización, los soldados muriendo, Adriel riendo. Y ella provocando todo ese revuelo.
Se llevó una mano a su frente, golpeándose un poco, no supo si era porque le dolía la cabeza horrores, o porque por un momento creyó necesitar de unas cuantas palizas. ¿Qué había hecho?
Y no tuvo mucho tiempo más para abarcar toda la culpa que se le venía de a poco encima; la ventana a su derecha que había estado tapada por sucias cortinas hasta el momento, se abrió de repente y tuvo que taparse el rostro con ambos brazos ante la abrasadora luz.
Sintió el colchón hundiéndose a sus pies y pudo espiar un poco por encima de sus manos que Adriel se encontraba allí, esperándola con una bandeja de desayuno. Tenía que ser el demonio apocalíptico más curioso que vio en su vida.
- Tranquila. Te merecías ese descanso, aun no sabes cómo manejar tanto poder junto. A veces te vuelve hiperactivo.
Layla no entendía mucho aun, pero supuso que fue la explicación a por qué había estado sin pegar un ojo durante noches y noches, y a por qué se sentía como lo hacía ahora.
Una vez sus ojos se acostumbraron a la luz del sol, logró divisar bien el rostro de su antepasado. Con aquella sonrisa tan imponente que a pesar de provocarle millones de preguntar en su cabeza, también le inspiraba una extraña confianza, una sensación de estar donde tenía que estar. Y pensarlo la hizo preguntarse.
- ¿En dónde estamos?
El demonio sonrió de lado, haciéndole una seña con la mano para que esperase mientras dejaba la bandeja del desayuno sobre una silla para luego volver a sentarse y fijar su mirada en Layla.
- Hemos vuelto al bar, y triunfantes, a pesar de tu cansancio.- explicó, con la dulzura que un padre tiene hacia su hija.- La mitad de los soldados de la OCIR han muerto, tuvieron su merecido, Layla.
¿Tuvieron su merecido?
Tuvo que hacer funcionar mucho su cerebro para poder encontrarle significado a aquello último, pero finalmente lo había recordado. La charla el día anterior, el propósito. Y al contrario de como hubiese reaccionado antes, de cómo hubiese reaccionado una dulce e ingenua Layla, ella simplemente se encogió de hombros. Sí, se lo merecían.
- Me alegro, entonces- contestó sin mucho sentimiento, intentando sentarse mejor en la cama.
El demonio parecía observarla curioso también, maravillado de a ratos.
Lay se sorprendió de sobremanera en cuanto este ese acercó lo suficientemente a ella para poder tomarla con ambas manos por sus mejillas, estudiando cada línea de su rostro.
La chica frunció el ceño, confundida.
- ¿Qué? ¿Tengo algo en mí…?
- Lo tienes todo.- susurró Adriel, volviendo a sonreír por fin. De esa forma era menos incomodo, pero aún seguía estudiándola- Eres… un calco de Mery Lynn, aunque más joven y fresca.
Aquel nombre le revolvió las tripas a Layla por un instante. Lo había olvidado por completo. Mery Lynn y ella eran como dos gotas de agua.
- No.- contestó en el mismo tono de voz, pero sonando ofendida. Quiso hacerse a un lado, alejarse de su antepasado, pero Adriel la volvió a tomar con una mano para que lo mirase a los ojos.
- Se parecen en más de lo que piensas, pequeña. Y nosotros también – insistió él – Todos fuimos incomprendidos. Juzgados. Por ángeles, un pueblo entero, la persona que más amas o tus amigos. Dime que me equivoco.
Layla volvió a alejarse con cierta brusquedad entonces, mirando a otro lado. Se topó con una dona que lucía deliciosa, y se dio cuenta del hambre que pasaba. Una buena distracción en mano.
Mientras comía, sentía la vista del demonio aun fija en ella, y luego escuchó una pequeña risa.
- Sé que te da pena pensar así, Layla. Pero me da más pena que tengas que vivir arrodillada a los que te creen débil, a quienes te subestiman, a un esposo que daría la vida por billones de personas antes que salvar la tuya…
Y eso la enojó.  Aunque su única reacción fue morder aquella dona con más fuerza y violencia, intentando no alzar la mirada para no encontrarse con esa amplia sonrisa que sabía que tenía Adriel en ese momento. Después de todo, sabía que lo decía para provocarla. Y a pesar de aquello, tenía mucha razón, por algo estaba allí, ¿verdad?
- Dijiste que no le harías daño, lo prometiste. Él y mi familia están a salvo.
Las palabras de Lay sonaron más amenaza que cualquier otra cosa y esperaba que su mirada asesina dirigida a su antepasado fuera suficiente para que las cosas quedasen claras sobre la mesa.
El demonio alzó ambas manos, irónico y riendo.
- No muerdas porque he picado donde más duele. Las verdades duelen la mayorías de las veces, Layla. Pero, ¿sabes qué? Te estoy dando una oportunidad única aquí. – mientras explicaba aquello, se paró para apoyarse contra la pared frente a la cazadora, observándola divertido. Era una chica con mucho potencial.- Eres mi mano derecha, y todos ganamos. No pienso destruir el mundo, sólo la basura que hay en él. Tu esposo sobrevive, tu familia también. Y los de la lista negra se van para siempre. Ángeles, demonios. Todos ganamos. Renacemos, reconstruimos. Y un final feliz.
¿Y no era eso lo que se había cansado de buscar? Y ya estaba agotada, sentía el agotamiento en sus huesos a veces, en su mente. Muchas otras veces no lograba controlar sus impulsos de niña caprichosa, y terminaba siendo una persona completamente diferente a la que había sido por la mañana. Y por más que lo había intentado, jamás inspiraba respeto. Por alguna extraña razón, todos pensaban que podían pasarle por encima y pisarla como un insecto porque sí.
Ella quería ese mundo del cual Adriel le hablaba, quería aprender de él, su filosofía y poderes.
Tal vez comenzaba a entender porque él sonreía todo el tiempo. Porque tenía una visión y haría lo imposible por llevarla a cabo. Y ella lo ayudaría.
Las sonrisas eran contagiosas.