maestro de ceremonias

La censura en “El juicio final”, de Miguel Ángel

El Juicio Final es uno de los murales más famosos de Miguel Ángel, destinada para decorar el ábside de la Capilla Sixtina (Ciudad del Vaticano, Roma). Miguel Ángel empezó a pintarlo 25 años después de acabar de pintar la bóveda de la capilla.

Sin embargo, el hecho de que un número tan elevado de personajes apareciesen totalmente desnudos en un recinto para el culto escandalizó a parte de los responsables de la Iglesia en Roma. Uno de los que más expusieron la indecencia de la pintura fue el maestro de ceremonias Biaggio de Cesena.

Se comenta que Miguel Ángel se enojó enormemente, no sólo por alterar la escena inicial, sino también por la imposibilidad de recuperarla a su estado original, dado que las ropas que cubren los cuerpos están pintadas utilizando la técnica del óleo, mientras que toda la pared lo está al fresco.

Pero Biaggio de Cesena tuvo su castigo: En la parte inferior derecha de la escena, a la entrada de los infiernos, Miguel Ángel representó a Minos, el rey del Infierno, desnudo, con orejas de burro, una serpiente enroscada a su cuerpo y con los rasgos faciales de Biaggio.

Dicen que el prelado acudió lloroso al Papa Pablo III para pedirle que ordenase a Miguel Ángel que lo retirara del mural, y que éste, con un gran sentido del humor, le respondió lo siguiente:

«Querido hijo mío, si el pintor te hubiese puesto en el purgatorio, podría sacarte, pues hasta allí llega mi poder; pero estás en el infierno y me es imposible. Nulla est redemptio.»

Además, el Juicio Final está sobre el altar de la capilla, y cuando el sacerdote, en la celebración de la liturgia, dirige la mirada hacia el crucifijo que está situado en el mismo, tiene que dirigir inevitablemente su mirada hacia un punto del mural: la puerta que da acceso al Infierno.

Las envidiables vacaciones de Neymar

El jugador del Barcelona no ha parado de viajar ni de disfrutar de estos días de descanso, llegando a visitar hasta cuatro continentes distintos. “Estoy muy motivado, he podido descansar, desconectar y divertirme”, decía el jugador sobre los 46 días que está disponiendo.

JULIO

  • El 12 de julio se inician los entrenamientos del Barcelona de pretemporada sin el concurso del brasileño. Neymar ha acudido a Japón con Messi, Piqué y Turan como parte de la expedición azulgrana que asiste al estreno del nuevo patrocinio.
  • Primera semana de julio: También este pasado fin de semana han participado ambos en el torneo denominado ‘Neymar Jr’s Five’, en el que han participado 65.000 jugadores, de entre 16 a 25 años, pertenecientes a 47 países. Evento en el que Neymar hizo, junto a su hijo, de maestro de ceremonias.
  • Primera semana de julio: Con Gabriel Jesús estuvo en el concierto de Wesley Sadafao en Brasil, donde incluso salieron al escenario. 

JUNIO

  • Finales de junio y principios de julio: Acude días después, y junto a Dani Alves, en el festival Villa Mix Festival Goiania 2017 que se celebra en Brasil.
  • Asiste el 24 de junio en Argentina a la boda de su compañero y amigo Lionel Messi.
  • Última semana de junio: En Sudáfrica, junto a junto a su madre Nadine Goncalves, su hijo Davi Lucca y su hermana Rafaella
  • Mediados de junio: Neymar marcha a Las Vegas, junto a su pareja Bruna, disfrutando de la noche y del poker con viejos amigos como Julio Baptista
  • Entre otros eventos, y durante su estancia en Hollywood, marcó desde una azotea, como parte de su participación en el al show de Jimmy Kimmel
  • Principios de junio: En Estados Unidos, junto a sus amigos, conociendo a las estrellas de la NBA y viendo los partidos entre Cavs y Warriors.

MAYO

  • Finales de mayo: En Japón, participando en actos publicitarios a los que le acompaña su padre.
  • Finales de mayo: En Dubai, junto a su círculo inseparable de amigos, los denominados ‘tois’.
  • Descanso en las islas de Formentera e Ibiza.
  • Último partido oficial: El 27 de mayo, en la final de Copa del Rey ante el Alavés, donde anotó un gol.
50 Sombras De Luque [Wigetta]

CAPÍTULO 7 (½)

Maldita sea… ¿realmente acabo de hacer eso? Debe de ser el alcohol. He bebido bastante champán, más cuatro copas de cuatro vinos diferentes. Levanto la vista hacia Samuel, que está aplaudiendo.

Dios… va a enfadarse mucho, ahora que estamos tan bien. Mi subconsciente ha decidido finalmente hacer acto de presencia, y luce la cara de ‘El grito’ de Edvard Munch.

Samuel se inclina hacia mí, con una falsa sonrisa estampada en la cara. Me besa en la mejilla y después se acerca más para susurrarme al oído, con una voz muy fría y controlada:

—No sé si ponerme de rodillas y adorarte o si darte unos azotes que te dejen sin aliento.

Oh, yo sé lo que quiero ahora mismo. Levanto los ojos parpadeantes para mirarle a través de la máscara. Ojalá pudiera interpretar su expresión.

—Prefiero la segunda opción, gracias —susurro desesperado, mientras el aplauso se va apagando.

Él separa los labios e inspira bruscamente. Oh, esa boca escultural… la quiero sobre mí, ahora. Muero por él. Me obsequia con una radiante sonrisa que me deja sin respiración.

—Estás sufriendo, ¿eh? Veremos qué podemos hacer para solucionar eso —insinúa, mientras desliza el índice por mi barbilla.

Su caricia resuena en el fondo de mis entrañas, allí donde el dolor ha germinado y se ha extendido. Quiero abalanzarme sobre él aquí, ahora mismo, pero volvemos a sentarnos para ver cómo subastan el siguiente lote.

Me cuesta mucho permanecer quieto. Samuel me rodea el hombro con el brazo y me acaricia la espalda continuamente con el pulgar, provocando deliciosos hormigueos que bajan por mi espina dorsal. Sujeta mi mano con la que tiene libre, se la lleva a los labios y luego la deja sobre su regazo.

Lenta y furtivamente, de manera que no me doy cuenta de su juego hasta que ya es demasiado tarde, va subiendo mi mano por su pierna hasta llegar a su erección. Ahogo un grito, y con el pánico impreso en los ojos miro alrededor de la mesa, pero todo el mundo está concentrado en el escenario. Gracias a Dios que llevo máscara.

Aprovecho la ocasión y le acaricio despacio, dejando que mis dedos exploren. Samuel mantiene su mano sobre la mía, ocultando mis audaces dedos, mientras su pulgar se desliza suavemente sobre mi nuca. Abre la boca y jadea imperceptiblemente, y esa es la única reacción que capto a mi inexperta caricia. Pero significa mucho. Me desea. Mi cuerpo se contrae por debajo de la cintura. Empieza a ser insoportable.

El último lote de la subasta es una semana en el lago Adriana. Naturalmente, el señor y la doctora De Luque tienen una casa en aquel hermoso paraje de Montana, y la puja sube rápidamente, pero yo apenas soy consciente de ello. Le noto crecer bajo mis dedos y eso hace que me sienta muy poderoso.

—¡Adjudicado por ciento diez mil dólares! —proclama triunfantemente el maestro de ceremonias.

Toda la sala prorrumpe en aplausos, y yo me sumo a ellos de mala gana, igual que Samuel, poniendo fin a nuestra diversión.

Se vuelve hacia mí con una expresión sugerente en los labios.

—¿Listo? —musita sobre la efusiva ovación.

—Sí —grita Samantha—. ¡Ha llegado el momento!

¿Qué? No. Otra vez no.

—¿El momento de qué?

—La Subasta del Baile Inaugural. ¡Vamos!

Se levanta y me tiende la mano.

Yo miro de reojo a Samuel, que está, creo, frunciéndole el ceño a Samantha, y no sé si reír o llorar, pero al final opto por la primera opción. Rompo a reír en un estallido catártico de adolescente nervioso, al vernos frustrados nuevamente por ese torbellino de energía rosa que es Sammy. Samuel me observa fijamente y, al cabo de un momento, aparece la sombra de una sonrisa en sus labios.

—El primer baile será conmigo, ¿de acuerdo? Y no será en la pista —me dice lascivo al oído.

Mi risita remite en cuanto la expectativa aviva las llamas del deseo. ¡Oh, sí! El Dios que llevo dentro ejecuta una perfecta pirueta en el aire.

—Me apetece mucho.

Me inclino y le beso castamente en los labios. Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que el resto de los comensales de la mesa están atónitos. Naturalmente, nunca habían visto a Samuel acompañado de un chico.

Él esboza una amplia sonrisa y parece… feliz.

—Vamos, Guille —insiste Sam.

Acepto la mano que me tiende y la sigo al escenario, donde se han congregado otros diez chicos y chicas más. Y veo con cierta inquietud que Lily está entre ellos.

—¡Damas y caballeros, el momento cumbre de la velada! —grita el maestro de ceremonias por encima del bullicio—. ¡El momento que todos estaban esperando! ¡Estos doce encantadores jóvenes han aceptado subastar su primer baile al mejor postor!

Oh, no. Enrojezco de la cabeza a los pies. No me había dado cuenta de qué iba todo esto. ¡Qué humillante!

—Es por una buena causa —sisea Sam al notar mi incomodidad—. Además, ganará Samuel —añade poniendo los ojos en blanco—. Me resulta inconcebible que permita que alguien puje más que él. No te ha quitado los ojos de encima en toda la noche.

Eso es… Tú concéntrate solo en que es para una buena causa, y en que Samuel ganará. Después de todo, no le viene de unos pocos dólares.

¡Pero eso implica que se gaste más dinero en ti!, me gruñe mi subconsciente. Pero yo no quiero bailar con ninguna otra persona… no podría bailar con nadie más, y además, no se va a gastar el dinero en mí, va a donarlo a la beneficencia. ¿Cómo los veinticuatro mil dólares que ya se ha gastado en ti?, prosigue mi subconsciente, entornando los ojos.

Maldita sea. Parece que me he dejado llevar con esa puja impulsiva. ¿Y por qué estoy discutiendo conmigo mismo?

—Ahora, acérquense por favor y echen un buen vistazo a quien podría acompañarles en su primer baile. Doce jóvenes hermosos y complacientes.

¡Santo Dios! Me siento como si estuviera en un mercado de carne. Contemplo horrorizado a la veintena de personas, como mínimo, que se aproxima a la zona del escenario, Samuel incluido. Se pasean con despreocupada elegancia entre las mesas, deteniéndose a saludar una o dos veces por el camino. En cuanto los interesados están reunidos alrededor del escenario, el maestro de ceremonias procede.

—Damas y caballeros, de acuerdo con la tradición del baile de máscaras, mantendremos el misterio oculto tras las mismas y utilizaremos únicamente los nombres de pila. En primer lugar tenemos a la encantadora Jada.

Jada también se ríe nerviosamente como una colegiala. Tal vez no esté tan fuera de lugar. Va vestida de pies a cabeza de tafetán azul marino con una máscara a juego. Dos jóvenes dan un paso al frente, expectantes. Qué afortunada, Jada…

—Jada habla japonés con fluidez, tiene el título de piloto de combate y es gimnasta olímpica… mmm. —El maestro de ceremonias guiña un ojo—. ¿Cuál es su oferta inicial?

Jada se queda boquiabierta ante las palabras del maestro de ceremonias: obviamente, todo lo que ha dicho en su presentación no son más que bobadas graciosas. Sonríe con timidez a los dos postores.

—¡Mil dólares! —grita uno.

La puja alcanza rápidamente los cinco mil dólares.

—A la una… a las dos… adjudicada… —proclama a voz en grito el maestro de ceremonias—… ¡al caballero de la máscara!

Y naturalmente, como todos los demás congregados frente al escenario llevan máscara, estallan las carcajadas y los aplausos jocosos. Jada sonríe radiante a su comprador y abandona a toda prisa el escenario.

—¿Lo ves…? ¡Es divertido! —murmura Sam, y añade—: Espero que Samuel consiga tu primer baile, porque… no quiero que haya pelea.

—¿Pelea? —replico horrorizado.

—Oh, sí. Cuando era más joven era muy temperamental —dice con un ligero estremecimiento.

¿Samuel metido en una pelea? ¿El refinado y sofisticado Samuel, aficionado a la música coral del periodo Tudor? No me entra en la cabeza. El maestro de ceremonias me distrae de mis pensamientos con la siguiente presentación: una joven vestida de rojo, con una larga melena azabache.

—Permitan que les presente ahora a la maravillosa Mariah. Ah… ¿qué podemos decir de Mariah? Es una experta espadachina, toca el violonchelo como una auténtica concertista y es campeona de salto con pértiga… ¿Qué les parece? ¿Cuánto estarían dispuestos a ofrecer por un baile con la deliciosa Mariah?

Mariah se queda mirando al maestro de ceremonias, y entonces alguien grita, muy fuerte:

—¡Tres mil dólares!

Es un hombre enmascarado con cabello rubio y barba.

Se produce una contraoferta, y Mariah acaba siendo adjudicada por cuatro mil dólares a una mujer.

Samuel no me quita los ojos de encima. El pendenciero De Luque… ¿quién lo habría dicho?

—¿Cuánto hace de eso? —le pregunto a Sam.

Me mira, desconcertada.

—¿Cuántos años tenía Samuel cuando se metía en peleas?

—Al principio de la adolescencia. Solía volver a casa con el labio partido y los ojos morados, y mis padres estaban desesperados. Le expulsaron de los colegios. Llegó a causar serios daños a algunos de sus oponentes.

La miro boquiabierto.

—¿Él no te lo había dicho? —Suspira—. Tenía bastante mala fama entre mis amigos. Durante años fue considerado una auténtica persona no grata. Pero a los quince o dieciséis se le pasó.

Y se encoge de hombros.

Santo Dios… Otra pieza del rompecabezas que encaja en su sitio.

—Entonces, ¿cuánto ofrecen por el despampanante Bill?

—Cuatro mil dólares —dice una voz femenina desde el lado izquierdo de la multitud.

Bill sonríe, encantado.

Yo dejo de prestar atención a la subasta. Así que Samuel era un chico problemático en el colegio, que se metía en peleas. Me pregunto por qué. Le miro fijamente. Lily nos vigila atentamente.

—Y ahora, permítanme que les presente al precioso Willy.

Oh, no… ese soy yo. Nervioso miro de reojo a Sam, que me empuja al centro del escenario. Afortunadamente no me caigo, pero quedo expuesto a la vista de todo el mundo, terriblemente avergonzado. Cuando miro a Samuel, me sonríe satisfecho. Cabrón…

—El precioso Guille toca seis instrumentos musicales, habla mandarín con fluidez y le encanta el futbol… Bien, damas, caballeros…

Y antes de que termine la frase, Samuel interrumpe al maestro de ceremonias fulminándolo con la mirada:

—Diez mil dólares.

Oigo el grito entrecortado y atónito de Lily a mis espaldas.

Oh, no…

—Quince mil

¿Qué? Todos nos volvemos a la vez hacia un hombre alto y impecablemente vestido, situado a la izquierda del escenario. Yo miro perplejo a Samuel. Madre mía, ¿qué hará ante eso? Pero él se rasca la barbilla y obsequia al desconocido con una sonrisa irónica. Es obvio que Samuel le conoce. El hombre le responde con una cortés inclinación de cabeza.

—¡Bien, caballeros! Por lo visto esta noche contamos en la sala con unos contendientes de altura.

El maestro de ceremonias se gira para sonreír a Samuel y la emoción emana a través de su máscara de arlequín. Se trata de un gran espectáculo aunque en realidad sea a costa mía. Tengo ganas de llorar.

—Veinte mil —contraataca Samuel tranquilamente.

El bullicio del gentío ha enmudecido. Todo el mundo nos mira a mí, a Samuel y al misterioso hombre situado junto al escenario.

—Veinticinco mil —dice el desconocido.

¿Puede haber una situación más bochornosa?

Samuel le observa impasible, pero se está divirtiendo. Todos los ojos están fijos en él. ¿Qué va a hacer? Tengo un nudo en la garganta. Me siento mareado. 

—Cien mil dólares —dice, y su voz resuena alta y clara por toda la carpa.

—¿Qué diablos…? —masculla perceptiblemente Lily detrás de mí, y un murmullo general de asombro jubiloso se alza entre la multitud.

El desconocido levanta las manos en señal de derrota, riendo, y Samuel le dirige una amplia sonrisa. Por el rabillo del ojo, veo a Sam dando saltitos de regocijo.

—¡Cien mil dólares por el encantador Guille! A la una… a las dos…

El maestro de ceremonias mira al desconocido, que niega con la cabeza con fingido reproche, pero se inclina caballerosamente.

—¡Adjudicado! —grita triunfante.

Entre un ensordecedor clamor de vítores y aplausos, Samuel avanza, me da la mano y me ayuda a bajar del escenario. Me mira con semblante irónico mientras yo bajo, me besa el dorso de la mano, la coloca alrededor de su brazo y me conduce fuera de la carpa.

—¿Quién era ese? —pregunto.

Me mira.

—Alguien a quien conocerás más tarde. Ahora quiero enseñarte una cosa. Disponemos de treinta minutos antes de que termine la subasta. Después tenemos que regresar para poder disfrutar de ese baile por el que he pagado.

—Un baile muy caro —musito en tono reprobatorio.

—Estoy seguro de que valdrá la pena, hasta el último centavo.

Me sonríe maliciosamente. Oh, tiene una sonrisa maravillosa, y vuelvo a sentir ese dolor que florece con plenitud en mis entrañas.

Estamos en el jardín. Yo creía que iríamos a la casita del embarcadero, y siento una punzada de decepción al ver que nos dirigimos hacia la gran pérgola, donde ahora se está instalando la banda. Hay por lo menos veinte músicos, y unos cuántos invitados merodeando por el lugar, fumando a hurtadillas. Pero como toda la acción está teniendo lugar en la carpa, nadie se fija mucho en nosotros.

Samuel me lleva a la parte de atrás de la casa y abre la puerta acristalada que da a un salón enorme y confortable que yo no había visto antes. Él atraviesa la sala desierta hacia una gran escalinata con una elegante barandilla de madera pulida. Me toma de la mano que tenía enlazada en su brazo y me conduce al segundo piso, y luego por el siguiente tramo de escaleras hacia el tercero. Abre una puerta blanca y me hace pasar a un dormitorio.

—Esta era mi habitación —dice en voz baja, quedándose junto a la puerta y cerrándola a sus espaldas.

Es amplia, austera, con muy poco mobiliario. Las paredes son blancas, al igual que los muebles; hay una espaciosa cama doble, una mesa y una silla, y estantes abarrotados de libros y diversos trofeos, al parecer de kickboxing. De las paredes cuelgan pósters de grupos de música.

Lo que más llama mi atención es un panel de corcho sobre el escritorio, cubierto con miles de fotos, banderines de los Mariners y entradas de conciertos. Es un fragmento de la vida del joven Samuel. Dirijo de nuevo la mirada hacia el impresionante y apuesto chico que ahora está en el centro de la habitación. Él me mira con aire misterioso, pensativo y sexy.

—Nunca había traído a nadie aquí —murmura.

—¿Nunca? —susurro.

Niega con la cabeza.

Trago saliva convulsamente, y el dolor que ha estado molestándome las dos últimas horas ruge ahora, salvaje y anhelante. Verle ahí plantado sobre la moqueta azul marino con es máscara… supera lo erótico. Le deseo. Ahora. De la forma que sea. He de reprimirme para no lanzarme sobre él y desgarrarle la ropa. Él se acerca a mi lento y cadencioso.

—No tenemos mucho tiempo, Guillermo, y tal como me siento ahora mismo, no necesitaremos mucho. Date la vuelta. Deja que te quite la ropa. —Yo me giro, mirando hacia la puerta, y agradezco que haya echado el pestillo. Él se inclina y me susurra al oído—: Déjate la máscara.

Yo respondo con un gemido, y mi cuerpo se tensa.

Él me desliza la chaqueta del traje, me desabrocha la camisa rozándome la piel con esos dedos largos, quemándome a su paso. Con un movimiento rápido me quita los pantalones junto con los zapatos. Cuando tiene toda mi ropa en la mano, se da la vuelta y la deja con destreza sobre el respaldo de la silla. Se quita la chaqueta, la coloca sobre mi ropa. Se detiene y me observa un momento, embebiéndose de mí. Yo me quedo en ropa interior, deleitándome con su mirada sensual.

—¿Sabes, Guillermo? —dice en voz baja mientras avanza hacia mí y se desata la pajarita, de manera que cuelga a ambos lados del cuello, y luego se desabrocha los tres botones de arriba de la camisa—. Estaba tan enfadado cuando compraste mi lote en la subasta que me vinieron a la cabeza ideas de todo tipo. Tuve que recordarme a mí mismo que el castigo no forma parte de las opciones. Pero luego te ofreciste. —Baja la vista hacia mí a través de la máscara—. ¿Por qué hiciste eso? —musita.

—¿Ofrecerme? No lo sé. Frustración… demasiado alcohol… una buena causa —musito sumiso, y me encojo de hombros.

¿Quizá para llamar su atención?

En aquel momento le necesitaba. Ahora le necesito más. El dolor ha empeorado y sé que él puede aliviarlo, calmar su rugido, y la bestia que hay en mí saliva por la bestia que hay en él. Samuel aprieta los labios, ahora no son más que una fina línea, y se lame despacio el labio superior. Quiero esa lengua en mi miembro.

—Me juré a mí mismo que no volvería a pegarte, aunque me lo suplicaras.

—Por favor —suplico.

—Pero luego me di cuenta de que en este momento probablemente estés muy incómodo, y eso no es algo a lo que estés acostumbrado.

Me sonríe con complicidad, ese cabrón arrogante, pero no me importa porque tiene toda la razón.

—Sí —musito.

—Así que puede que haya cierta… flexibilidad. Si lo hago, has de prometerme una cosa.

—Lo que sea.

—Utilizarás las palabras de seguridad si las necesitas, y yo simplemente te haré el amor, ¿de acuerdo?

—Sí.

Estoy jadeando. Quiero sus manos sobre mí.

Él traga saliva, luego me da la mano y se dirige hacia la cama. Aparta el cobertor, se sienta, coge la almohada y la coloca a un lado. Levanta la vista para verme de pie a su lado, y de pronto tira fuerte de mi mano, de manera que caigo sobre su regazo. Se mueve un poco hasta que mi cuerpo queda apoyado sobre la cama y mi pecho está encima de la almohada. Se inclina hacia delante y me acaricia el pelo.

—Pon las manos detrás de la espalda —murmura.

¡Oh…! Se quita la pajarita y la utiliza para atarme rápidamente las muñecas, de modo que mis manos quedan atadas sobre la parte baja de la espalda.

—¿Realmente deseas esto, Guillermo?

Cierro los ojos. Es la primera vez desde que le conozco que realmente quiero esto. Lo necesito.

—Sí —susurro.

—¿Por qué? —pregunta en voz baja mientras me acaricia el trasero con la palma de la mano.

Yo gimo en cuanto su mano entra en contacto con mi piel. No sé por qué… Tú me dijiste que no pensara demasiado. Después de un día como hoy… con la discusión sobre el dinero, Michael, la señora Robinson, ese dossier sobre mí, el mapa de zonas prohibidas, esta espléndida fiesta, las máscaras, el alcohol, las bolas de plata, la subasta… deseo esto.

—¿He de tener un motivo?

—No, cariño, no hace falta —dice—. Solo intento entenderte.

Su mano izquierda se curva sobre mi cintura, sujetándome sobre su regazo, y entonces levanta la palma derecha de mi trasero y golpea con fuerza, justo donde se unen mis muslos. Ese dolor conecta directamente con el de mi miembro.

Oh, Dios… gimo con fuerza. Él vuelve a pegarme, exactamente en el mismo sitio. Suelto otro gemido.

—Dos —susurra—. Con doce bastará.

¡Oh…! Tengo una sensación muy distinta a la de la última vez: tan carnal, tan… necesaria. Samuel me acaricia el trasero con los largos dedos de sus manos, y mientras tanto yo estoy indefenso, atado y sujeto contra el colchón, a su merced, y por mi propia voluntad. Me azota otra vez, ligeramente hacia el costado, y otra, en el otro lado, luego se detiene, me baja los bóxers y me los quita. Desliza suavemente otra vez la palma de la mano sobre mi trasero antes de seguir golpeando… cada escozor del azote alivia mi anhelo, o lo acrecienta… no lo sé. Me someto al ritmo de los cachetes, absorbiendo cada uno de ellos, saboreando cada uno de ellos.

—Doce —murmura en voz baja y ronca.

Vuelve a acariciarme el trasero, baja la mano hasta mi entrada y hunde lentamente dos dedos en mi interior, y los mueve en círculo, una y otra vez, torturándome.

Lanzo un gruñido cuando siento que mi cuerpo me domina, y llego al clímax, convulsionándome. Es tan intenso, inesperado y rápido…

—Muy bien, nene —musita satisfecho.

Me desata las muñecas, manteniendo los dedos dentro de mí mientras sigo tumbado sobre él, jadeando, agotado.

—Aún no he acabado contigo, Guillermo —dice, y se mueve sin retirar los dedos.

Desliza mis rodillas hasta el suelo, de manera que ahora estoy inclinado y apoyado sobre la cama. Se arrodilla en el suelo detrás de mí y se baja la cremallera. Saca los dedos de mi interior, y escucho el familiar sonido cuando rasga el paquetito plateado.

—Abre las piernas —gruñe, y yo obedezco.

Y, de un golpe, me penetra por detrás.

—Esto va a ser rápido, nene —murmura, y, sujetándome las caderas, sale de mi interior y vuelve a entrar con ímpetu.

—Ah —grito, pero la plenitud es celestial.

Impacta directamente contra ese punto en mi interior, una y otra vez, y lo alivia con cada embestida dura y dulce. La sensación es alucinante, justo lo que necesito. Y me echo hacia atrás para unirme a él en cada embate.

—Guille, no —resopla, e intenta inmovilizarme.

Pero yo le deseo tanto que me acoplo a él en cada embestida.

—Mierda, Guille —sisea cuando se corre, y el atormentado sonido me lanza de nuevo a una espiral de orgasmo sanador, que sigue y sigue, haciendo que me retuerza y dejándome exhausto y sin respiración.

Samuel se inclina, me besa el hombro y luego sale de mí. Me rodea con sus brazos, apoya la cabeza en mitad de mi espalda, y nos quedamos así, los dos arrodillados junto a la cama. ¿Cuánto? ¿Segundos? Minutos incluso, hasta que se calma nuestra respiración. El dolor en el miembro ha desaparecido, y lo que siento es una serenidad satisfecha y placentera.

Samuel se mueve y me besa la espalda.

—Creo que me debe usted un baile, señor Díaz —musita.

—Mmm —contesto, saboreando la ausencia de dolor y regodeándome en esa sensación.

Él se sienta sobre los talones y tira de mí para colocarme en su regazo.

—No tenemos mucho tiempo. Vamos.

Me besa el pelo y me obliga a ponerme de pie.

Yo protesto, pero vuelvo a sentarme en la cama, recojo los bóxers del suelo y me los pongo. Me acerco doliente a la silla para recuperar mi ropa. Samuel se está anudando la pajarita, después de haberse arreglado un poco él y también la cama.

Y mientras vuelvo a ponerme el traje, miro las fotografías del panel. Samuel cuando era un adolescente hosco, pero aún así igual de atractivo que ahora: con Zayn y Sam en las pistas de esquí; solo en París, con el Arco de Triunfo de fondo; en Londres; en Nueva York; en el Gran Cañón; en la ópera de Sidney; incluso en la Muralla China. El amo De Luque ha viajado mucho desde muy joven.

Hay entradas de varios conciertos: US, Rolling Stones, The Fray, Sheryl Crow; la Filarmónica de Nueva York interpretando ‘Romeo y Julieta’ de Prokofiev… ¡qué mezcla tan ecléctica! Y en la esquina, una foto tamaño carnet de una joven. En blanco y negro. Me suena, pero que me aspen si la identifico. No es la señora Robinson gracias a Dios.

—¿Quién es? —pregunto.

—Nadie importante —contesta mientras se pone la chaqueta y se ajusta la pajarita.

—Entonces, ¿por qué la tienes en el panel?

—Un descuido por mi parte. ¿Qué tal la pajarita? 

Levanta la barbilla como un niño pequeño, y yo sonrío y se la arreglo.

—Ahora perfecto.

—Como tú —murmura, me atrae hacia él y me besa apasionadamente—. ¿Estás mejor?

—Mucho mejor, gracias, señor De Luque.

—El placer ha sido mío, señor Díaz.


Los invitados se están congregando en la gran pérgola. Samuel me mira complacido —hemos llegado justo a tiempo—, y me conduce a la pista de baile.

—Y ahora, damas y caballeros, ha llegado el momento del primer baile. Señor y doctora De Luque, ¿están listos?

Des asiente y rodea con sus brazos a Victoria.

—Damas y caballeros de la Subasta del Baile Inaugural, ¿estás preparados?

Todos asentimos. Sam está con alguien que no conozco. Me pregunto qué ha pasado con Sean.

—Pues empecemos. ¡Adelante, Sam!

Un joven aparece en el escenario en medio de un cálido aplauso, se vuelve hacia la banda que está a sus espaldas y chasquea los dedos. Los conocidos acordes de «I’ve Got You Under My Skin» inundan el aire.

Samuel me mira sonriendo, me toma en sus entre sus brazos y empieza a moverse. Oh, baila tan bien que es muy fácil seguirle. Nos sonreímos mutuamente como tontos, mientras me hace girar alrededor de la pista.

—Me encanta esta canción —murmura Samuel, y baja los ojos hacia mí—. Resulta muy apropiada.

Ya no sonríe, está serio.

—Yo también te tengo —respondo—. Al menos te tenía en tu dormitorio.

Frunce los labios, pero es incapaz de disimular su regocijo.

—Señor Díaz — me reprocha en tono de broma—, no tenía ni idea de que pudiera ser tan grosero.

—Señor, De Luque, yo tampoco. Creo que es a causa de todas mis experiencias recientes. Han sido muy educativas.

Para ambos.

Samuel vuelve a estar serio, y se diría que estamos los dos solos con la banda. En nuestra burbuja privada.

Cuando termina la canción, los dos aplaudimos. Ed, el cantante, saluda con elegancia y presenta a su banda.

—¿Puedo interrumpir?

Reconozco al hombre que pujó por mí en la subasta. Samuel me suelta de mala gana, pero parece también divertido.

—adelante, Guillermo, este es Tom Atkin. Tom, Guillermo.

¡Oh, no! 

Samuel sonríe y se aleja con paso tranquilo hacia un lateral de la pista de baile.

—¿Cómo estás, Guillermo? —dice el doctor Atkin en tono afable, y me doy cuenta de que es inglés.

—Hola —balbuceo.

La banda inicia otra canción, y el doctor Atkin me toma entre sus brazos. Esto es raro. Es mucho más joven de lo que me imaginaba, aunque no puedo verle la cara. Lleva una máscara parecida a la de Samuel. Es alto, pero no tanto como Samuel, ni tampoco se mueve con su gracia natural.

¿Qué le digo? ¿Por qué Samuel está tan jodido? ¿Por qué ha apostado por mí? Eso es lo único que quiero preguntarle, pero me parece una grosería en cierto sentido.

—Estoy encantado de conocerte por fin, Guillermo. ¿Lo estás pasando bien? —pregunta.

—Lo estaba —murmuro.

—Oh, espero no ser el responsable de tu cambio de humor.

Me obsequia con una sonrisa breve y afectuosa que hace que me sienta algo más a gusto.

—Usted es el psiquiatra, doctor Atkin. Dígamelo usted.

Sonríe.

—Ese es el problema, ¿verdad? ¿Qué soy psiquiatra?

Se me escapa una risita.

—Me siento un poco intimidado y avergonzado, porque me preocupa lo que pueda revelarme. Y la verdad es que lo único que quiero hacer es preguntarle acerca de Samuel.

Sonríe.

—En primer lugar, estamos en una fiesta, de manera que no estoy de servicio —musita con aire cómplice—. Y, es segundo, lo cierto es que no puedo hablar contigo sobre Samuel. Además —bromea—, le necesitamos al menos hasta Navidad.

Doy un respingo, atónito.

—Es una broma de médicos, Guillermo.

Me ruborizo, incómodo, y me siento un poco ofendido. Está bromeando a costa de Samuel.

—Acaba de confirmar lo que he estado diciéndole a Samuel… que no es usted más que un charlatán carísimo —le reprocho.

El doctor Atkin reprime una carcajada.

—Puede que tengas parte de razón.

—¿Es usted inglés?

—Sí. Nacido en Londres.

—¿Y cómo acabó usted aquí?

—Por una feliz circunstancia.

—No es muy extrovertido, ¿verdad?

—No tengo mucho que contar. La verdad es que soy una persona muy aburrida.

—Eso es ser muy autocrítico.

—Típico de los británicos. Forma parte de nuestro carácter nacional.

—Ah.

—Y podría acusarte a ti de los mismo, Guillermo.

—¿De ser también una persona aburrida, doctor Atkin?

Suelta un bufido.

—No, Guillermo, de no ser extrovertido.

—No tengo mucho que contar —replico sonriendo.

—Lo dudo, sinceramente.

Y, de forma inesperada, frunce el ceño.

Me ruborizo, pero entonces la música cesa y Samuel vuelve a aparecer a mi lado. El doctor Atkin me suelta.

—Ha sido un placer conocerte, Guillermo.

Vuelve a sonreírme afectuosamente, y tengo la sensación de haber pasado una especie de prueba encubierta.

—Tom —le saluda Samuel con un gesto de la cabeza.

—Samuel —le devuelve el saludo al doctor Atkin, luego gira sobre sus talones y desaparece entre la multitud.

Samuel me coge entre sus brazos para el siguiente baile.

—Es mucho más joven de lo que me esperaba —le digo en un murmullo—. Y tremendamente indiscreto.

—¿Indiscreto? —pregunta Samuel, ladeando la cabeza.

—Ah, sí, me lo ha contado todo.

Samuel se pone rígido.

—Bien, en ese caso, voy a decirle a Higgins que vaya a por el coche. Estoy seguro de que ya no querrás tener nada que ver conmigo —añade en voz baja.

Me paro en seco.

—¡No me ha contado nada!

Mi voz rezuma pánico.

Samuel parpadea y el alivio inunda su cara. Me acoge de nuevo en sus brazos.

—Entonces disfrutemos del baile.

Me dedica una sonrisa radiante, me hace girar al compás de la música, y yo me tranquilizo.

¿Por qué ha pensado que querría dejarle? No tiene sentido.

Bailamos dos temas más, y me doy cuenta de que tengo que ir al baño.

—No tardaré.

Al dirigirme hacia el baño, una voz suave me sobresalta, me doy la vuelta y veo a una mujer con un vestido de terciopelo negro, largo y ceñido. Lleva una máscara singular. Le cubre la cara hasta la nariz, pero también el cabello. Está echa de elaboradas filigranas de oro, algo realmente extraordinario.

—Me alegro mucho de encontrarte a solas —dice en voz baja—. Me he pasado toda la velada queriendo hablar contigo.

—Perdone, pero no sé quién es.

Se aparta la máscara de la cara y se suelta el pelo.

Es la señora Robinson.

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CHAN, CHAN, CHAAAAAAAAAAAAAN DDD:

Otra vez la puta Sra. Robinson >:c

Como verán, esto es la mitad del capítulo :’v estoy escribiendo esto a las 4 am porque acabo de llegar de una fiesta -ehjé- y me olvidé que hoy debía levantarme muy temprano para salir a comprar algunas cosas… (me voy de viaje, bitches >:D okya) y, pues, literalmente estoy con un ojo abierto y el otro cerrado del sueño, espero llegar temprano y subir la segunda parte hoy, y si no, será a lo mucho mañana :D así que no se preocupen… bueno, sí, la puta Sra. Robinson quiere hablar con Guillermo, así que sí, preocúpense un poco.

Nah, mentira, no será grave… A NO SEEER….

Chauuuu!! En serio, ya no aguanto Q-Q

I Could Be The One | Capítulo 1

POV Camila

Todo en la habitación gritaba que no yo no pertenecía aquí. Las escaleras estaban en ruinas, la gente estaba apretada hombro contra hombro, y el aire era una mezcla de sudor, sangre y moho. Las voces se arremolinaban mientras gritaban números y nombres una y otra vez, los brazos se agitaban y se hacían gestos para intercambiar dinero y comunicarse a través del ruido. Me sumergí entre la multitud, siguiendo de cerca a mi mejor amiga.

— ¡Guarda bien tu dinero en tu billetera, Camila! —Me gritó Dinah. Su amplia sonrisa brillaba aún en la penumbra.

— ¡Quédate cerca! ¡Empeorará una vez que comience! —gritó Siope por encima del ruido. Dinah tomó su mano y después la mía mientras Siope nos dirigía a través del mar de gente.

El balido agudo de un cuerno de toro sonó en el aire lleno de humo. El ruido me sobresaltó, haciendo que saltara, buscando el origen de estallido. Un hombre estaba parado en una silla de madera, sosteniendo un fajo de billetes en la mano, el cuerno en la otra. Él mantenía el plástico en los labios.

— ¡Bienvenidos al baño de sangre! Si estás buscando Economía 101… ¡Estás en el jodido lugar equivocado, mi amigo! Si buscas el Círculo, ¡Esto es Meca! Mi nombre es Troy, yo hago las reglas y dirijo la pelea. Las apuestas terminan una vez que los oponentes estén en el suelo. No se permite tocar a los combatientes, no ayudarlos, no cambios de apuestas, y no entrar en el cuadrilátero. ¡Si rompen estas reglas, se les partirá la madre y serán retirados de aquí sin su dinero! ¡Eso las incluye a ustedes, señoritas! ¡Así que no utilicen sus puterías para estafar al sistema, muchachos!

Siope negó con la cabeza. — ¡Jesús, Troy! —gritó al maestro de ceremonias sobre el ruido, claramente desaprobando la elección de palabras de su amigo.

Mi corazón latía en mi pecho. Con un suéter de cachemir color rosa y unos pendientes de perlas, me sentí como una maestra de escuela en las playas de Normandía. Le prometí a Dinah que podía enfrentar todo lo que se nos pusiera enfrente, pero en la zona cero sentí la necesidad de agarrar sus delgados brazos con ambas manos. Ella no me pondría en peligro, pero estar en un sótano con cincuenta o más chicos y chicas universitarios borrachos, no estaba exactamente segura de nuestras posibilidades de salir ilesas.

Después de que Dinah conociera a Siope en la clase de orientación de primer año, ella con frecuencia lo acompañaba a las luchas secretas en los sótanos diferentes de la Universidad de Eastern. Las luchas femeninas llevaban más público. Cada evento se llevaba a cabo en un lugar diferente, y se mantenía en secreto hasta una hora antes de la pelea.

Debido a que yo pertenecía a un círculo un poco más tranquilo, me sorprendió saber de un mundo subterráneo en Eastern; pero Siope lo sabía aún antes de haberse matriculado. Lauren, la compañera de cuarto y prima de Siope, entró en su primera pelea siete meses antes. Como estudiante de primer año, se rumoreaba que ella era bisexual, ruda en actitud pero no del tipo de chicas que se visten como hombres o actúan así, ella era totalmente femenina y ni siquiera sabrías que participa en peleas, aparte de ser la competidora más letal que Troy había visto en los tres años desde que creó El Círculo. Comenzando su segundo año, Lauren era invencible. Juntos, Lauren y Siope fácilmente pagaban el alquiler y las facturas con las ganancias.

Troy llevó el cuerno de toro nuevamente a sus labios, y los gritos y el movimiento escaldaron a un ritmo febril.

— ¡Esta noche como saben es noche de señoritas, tenemos una nueva retadora! ¡La luchadora estelar universitaria de Eastern, Jessie McGuide!

Los gritos siguieron, y la multitud se apartó como el mar rojo cuando Jessie entró en la habitación. Un espacio circular fue formado, y la multitud silbó, abucheó y se burló de la rival. Ella saltaba, sacudía el cuello hacia atrás y adelante; su rostro severo y concentrado. La multitud se calmó y luego mis manos se alzaron a mis oídos cuando la música sonó por los grandes altavoces en el otro lado de la habitación.

— ¡Nuestra siguiente combatiente no necesita presentación, pero porque me asusta hasta la mierda, lo haré de todos modos! ¡Saquen sus camisas, chicos, y eviten la envidia, señoritas! ¡Les presento a la señorita Lauren Jauregui!

El volumen explotó cuando Lauren apareció en una puerta de la habitación. Ella hizo su entrada, con un sostén deportivo, relajada y natural. Echó a andar hacia el centro del círculo, como si se estuviera presentado a otro día en el trabajo. Me fijé en sus cautivadores ojos verdes y el delicado y no muy exagerado maquillaje que llevaba, mientras ella chocó sus puños contra los nudillos de Jessie. Lauren se inclinó y susurró algo al oído a Jessie, y ella luchó por mantener su expresión severa. Jessie se puso cara a cara con Lauren y la miró directamente a los ojos. La expresión de Jessie era asesina; Lauren se veía ligeramente divertida.

Los hombres y mujeres tomaron unos pasos hacia atrás, y Troy sonó el cuerno. Jessie tomó una posición defensiva y atacó a Lauren. Me paré sobre la punta de mis pies cuando perdí mi línea de visión, apoyándome de lado a lado y los hombros se estrellaban contra mí, rebotándome de un lado a otro como pelota de ping pong. La parte superior de la cabeza de Jessie y Lauren se hizo visible, por lo que continúe abriéndome camino hacia adelante.

Cuando finalmente llegué al frente, Jessie cogió a Lauren con sus brazos y trató de tirarla al suelo. Cuando Jessie se inclinó con el movimiento, Lauren estrelló su rodilla contra la cara de Jessie. Antes de que Jessie pudiera evitar el golpe, Lauren la atacó; sus puños hicieron contacto con la cara ensangrentada de Jessie una y otra vez.

Cinco dedos se hundieron en mi brazo y me eché hacia atrás.

— ¿Qué demonios estás haciendo, Camila? —dijo Siope.

— ¡No podía ver desde allí! —grité.

Me volví justo a tiempo para ver a Jessie tirar un puñetazo. Lauren se giró, y por un momento pensé que había evitado otro golpe, pero hizo un círculo completo, estrellando su codo derecho en el centro de la nariz de Jessie. Sangre roció mi cara y salpicó la parte superior de mi suéter. Jessie cayó al suelo de cemento con un ruido sordo y en un breve instante la habitación estuvo en completo silencio.

Troy lanzó una tela roja cuadrada sobre el cuerpo quieto de Jessie y la multitud estalló. El dinero cambió de manos una vez más y las expresiones se dividían entre petulantes y frustradas.

Me empujaron un poco con el movimiento de ida y venida. Dinah llamó mi nombre en algún lugar de la parte de atrás, pero yo estaba fascinada por el camino rojo de mi pecho a la cintura.

Un par de calzados se pararon frente a mí, desviando mi atención hacia el suelo. Mis ojos viajaron hacia arriba; shorts manchados de sangre, un par de cincelados abdominales empapados de sudor, un busto y, finalmente, un par de ojos cálidos color verde. Alguien me empujó por detrás y Lauren me tomó por el brazo antes de caer hacia adelante.

— ¡Hey! ¡Aléjate de ella! —gruñó Lauren, empujando a cualquiera que se me acercara. Su expresión severa se convirtió en una sonrisa al ver mi camisa, y luego secó mi cara con una toalla—. Lo siento mucho, Pigeon. (Pigeon, en español es la traducción de Paloma, es un apodo por tener el pecho manchado de sangre.)

Troy dio unas palmaditas en la parte detrás de la cabeza de Lauren. — ¡Vamos, Laur! ¡Tienes un poco de dinero esperando por ti!

Sus ojos no se apartaron de los míos. — Es una lástima sobre el suéter. Se ve bien en ti. —En el momento siguiente se vio envuelta por los fans, desapareciendo de la misma manera en la que había llegado.

— ¿Qué estabas pensando idiota? —me gritó Dinah, tirando de mi brazo.

—Vine aquí para ver una pelea, ¿no? —Sonreí.

—Tú ni siquiera deberías estar aquí, Camila, —me regaño Siope.

—Tampoco Dinah —le dije.

— ¡Ella no trata de meterse en el círculo! —Frunció el ceño.

—Vámonos.

Dinah me sonrió y me limpió la cara. —Eres un grano en el trasero, Camila. ¡Dios, te quiero! —Ella enganchó su brazo alrededor de mi cuello y nos dirigimos hasta las escaleras y hacia la noche.

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…la noche sigue rayándote la pintura de tus ojos,                                                   y tu sombra es más larga que el silencio.                                                              Tus palabras son funambulistas ebrios,                                                                 y me cuentas que ya no sabes si debes contar o descontar los días,                   o contar de dos en dos,                                                                                          o quitarle los domingos al calendario                                                                    o arrancar el segundero de todos los relojes.

Yo te digo que los días son de barro,                                                                    que se moldean con las manos,                                                                             y te invito a rayar la pintura de la noche                                                               con las llaves de tus ojos.         

Pero mis palabras son trapecistas sordos                                                           en el circo fantasma de las utopías                                                                       de este maestro de ceremonias,                                                                          desahuciado y cretino,                                                                                         que sólo buscaba un poco de cariño…