luminismo

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Joaquín Sorolla - “Clotilde con un vestido negro”

(1906, óleo sobre lienzo, 186 x 118 cm, Metropolitan Museum, Nueva York)

En este lienzo, pintado a tamaño natural, Sorolla retrata a su esposa Clotilde García del Castillo. Se conocieron cuando ambos eran adolescentes (él tenía dieciséis años y ella catorce) y estuvieron juntos hasta la muerte del artista. Fueron un matrimonio muy bien avenido y Clotilde posó para muchos de los cuadros de su marido. Aquí la vemos ataviada con un elegante vestido de noche negro, en el salón de su casa de Madrid. Al fondo, el cuadro que veíamos ayer, “Santa en oración” (http://goo.gl/fLBZzw), que Sorolla pintó al poco de casarse con ella y que debía tener un significado especial para ambos. Entre tanto marrón y negro, solo destacan dos focos de color: la silla oriental roja en la que se apoya Clotilde y la flor amarilla que lleva en la cintura, una cinturita de avispa que podría abarcarse casi con una sola mano.

Curiosamente, se conserva una fotografía de Sorolla pintando este retrato de su esposa, en la que podemos ver cómo trabajaba y la paciencia de su pobre señora, que como sufrida modelo, tenía que aguantar horas y horas en la misma postura, sin quejarse.

Joaquín Sorolla y Bastida - “¡Aún dicen que el pescado es caro!” (1894, óleo sobre lienzo, 151 x 204 cm, Museo del Prado, Madrid)

Así es como pintaba Sorolla al principio de su carrera, cuando todavía no era famoso. En esa época, lo que estaba de moda entre la gente bien eran los cuadros realistas de temática social y, si quería hacerse un hueco en el difícil mundo del arte, más valía satisfacer los gustos del público. Gracias a este cuadro, Sorolla consiguió llamar la atención del jurado de la Exposición Nacional de 1895, que le concedió una medalla.

El título del cuadro procede de las frases finales de la novela “Flor de mayo” de Vicente Blasco Ibáñez (Sorolla y él eran muy amigos), un libro sobre la sacrificada vida de los pescadores valencianos que acaba con la muerte de uno de ellos en el mar. Al final de la obra, la tía del chico, enfadada, levanta el puño al aire increpando a los que no saben valorar el trabajo duro de estas gentes: “¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban al comprar en la pescadería! ¿Aún les parecía caro el pescado? ¡A duro debía costar la libra!”

Sorolla ha pintado, con todo lujo de detalles, el interior de un barco de pesca. El marinero más joven ha tenido un accidente y sus dos compañeros intentan limpiarle la herida del pecho o detener la hemorragia. El chico parece estar desvanecido y lleva en el cuello una medalla protectora que no le ha servido de gran cosa. Los tres personajes están descentrados, con varios objetos por delante que estorban la visión. Este tipo de encuadres están influidos por la fotografía, y la sensación de realismo que se consigue es mucho mayor que si la composición estuviese más colocadita. Pero lo más impactante, sin lugar a dudas, es la forma en que Sorolla ha pintado la luz procedente de una escotilla que no podemos ver, situada arriba a la izquierda. Fijaos en como incide en la piel brillante de los peces, en el tonel del fondo, en el cuenco de agua que hay en el suelo, en la calva del pescador de la derecha, en el pecho blanquecino del joven herido, en la camisa amarilla del pescador más anciano… Las obras maestras son un conjunto de buenos detalles, pero si tuviese que quedarme con uno, sería con la luz transparentándose a través de la oreja del pescador viejo (aumentad la imagen, merece la pena).