los escotes

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AESTHETIC: LOS SIGNOS COMO DÉCADAS - ‘’Géminis’’ 90′s

  La moda en los años 90 no
 estuvo caracterizada por un estilo específico, sino que más bien se 
definió como un impulso de las personas por marcar su individualidad a 
través de la ropa. A esto se sumaría el aporte de algunas tendencias 
musicales.


Lo que sí está claro, es que en estos años se relajó la atmósfera ochentera, típicamente fastuosa y exuberante, para dar paso a la simplicidad y a la comodidad. Es así que el prét-a-porter adquiere relevancia para la mujer.

En líneas generales, se destacan como usuales los pantalones de tiro bajo, los escotes prominentes y el jean que no pierde la presencia que tenía en los ochenta, sino que por el contrario, llega para quedarse; los desteñidos y rotos eran “plaga”.

Por su parte, las remeras cortas hasta el ombligo, resultaron ideales para lucir piercings y tatuajes. En cuanto a los accesorios, el uso de carteras y cintos se mantuvo.

Hay que destacar que la moda de esos años absorbió las influencias de algunos géneros musicales. Se puede advertir que el estilo Grunge, cuyo principal exponente fue Kurt Cobain, del grupo “Nirvana”, se hacía sentir sobre todo en Norteamérica, con pantalones desgastados y camisas a cuadros. El Rap también aportó lo suyo con pantalones y remeras sueltas, además de las características gorras de visera.

Esa noche me rendí. Llegué al departamento y por primera vez, no me dirigí de inmediato a mi cuarto. Me dirigí a su cuarto. La luz de la televisión enorme sobresalía de su puerta abierta. Caminé hacia él. Estaba acostado cubriéndose con las cobijas bajo el vientre.

Me coloqué frente a él y a pesar de lo mucho que intentaba por siempre ser inerte, siempre ser tan seco e indiferente conmigo, en ese momento me había mirado durante más de siete segundos. Los conté. Su mirada era la más grande demostración de afecto que tenía de él, así que siempre que ésta excedía los siete segundos, yo sabía que era a propósito. Yo sabía que a pesar de lo mucho que se contenía, esos segundos más allá del ocho se le escapaban de las manos y me abrazaban.

—Vaya —enunció casi titubeando—, ¿te divertiste? Dentro de cinco horas tenemos conferencia de prensa. —Vivíamos juntos, pero hacía semanas que no nos veíamos. Y ahora otros nueve segundos—.  ¿Qué? —Y otros quince—. ¿Qué pasa?

Me acerqué hasta la cama. Las manos me temblaban. Yo estaba arrastrando los zapatos sin quitarle la mirada, sin soltar a esos segundos de sus ojos que me abrazaban, que realmente me daban cariño por una vez en todos estos años.

Me acerqué hasta la cama. Su lado era el izquierdo. Lo recordaba. Pero en realidad era algo difícil de olvidar con todas esas niñas que llevaba a casa.

Me subí sobre sus caderas. Él sólo miraba.

—¿Qué pasa? —seguía preguntando. No quería que me bajara. Quería incluso que me acercara más. Lo sentía. Sus ojos aferrados a mí me lo decían.

En ese preciso instante, no importaba lo que dijera. No importaba ninguna palabra que saliera de su boca. Sus ojos me decían la verdad. Y yo los miraba, casi escuchándolos y también rindiéndome.

—¿Qué pasa? —Su voz se escuchaba dulce. Lloré al instante. Tanto tiempo había pasado ya y, por primera vez, su tono de voz volvía a escucharse suave y no filoso.

Las lágrimas corrieron por mi rostro.

—Tócame —le dije rompiendo en llanto—. Por favor, tócame. Te lo ruego. Te lo ruego… —rompí en sollozos contra su pecho.

Sus dedos acariciaban mi cabello por primera vez después de tantos días, tantas semanas, tantos meses, tantos años. Se sentía como si una galaxia de planetas muertos finalmente hiciera la explosión Big Bang una vez más y de nuevo se hiciera la vida.

Me acosté sobre su pecho después de tanto tiempo. Empapé de mis lágrimas su ropa y él hizo lo innombrable, lo prohibido entre nosotros. Él me abrazó. Él me abrazó con intención, con protección, con ternura. Sus brazos volvieron a ser ese hogar que se había cerrado para mí desde hacía tanto.

No lo miraba, pero él de cuando en cuando me daba besos en la frente. Y no me soltaba. Y yo no paraba de llorar, yo no paraba de llorar todo lo que no había llorado ya la primera noche en mi casa que me dejó plantada.

Me quedé dormida sobre su pecho. Él me abrazó toda la noche introduciendo sus manos por debajo de mi vestido. Sí, con mi escote y los restos de mi maquillaje, muy probablemente, por ego mi «tócame» hubiera sido mera insinuación sexual. Sí. Quería que me deseara. Había fantaseado tantas veces en dominarlo sexualmente para obtenerme el más mínimo consuelo por todo el daño que él me hacía y que según yo aún no estaba saldado.

Pero esa noche, todo lo que quería era sentirlo cerca. Quería que me tocara. En el significado más simple de la palabra. Quería que las yemas de sus dedos se acercaran lo más pudieran a cualquier pedazo de mi piel.

Quería que me tocara. Quería sentirlo. Quería sentir que él aún estaba ahí en su cadáver en putrefacción, en mi cadáver en putrefacción y en el cadáver de putrefacción de nuestro tóxico, nuestro enfermo y nuestro vergonzoso vínculo de venganza, ego y daño, mucho daño. Él tocaba mi piel con todas las heridas que había hecho con las llagas de sus manos y ésa era nuestra breve tregua.

Nos despertó la alarma. Eran las siete en punto. Me quité de él de inmediato. Lo solté. Me bajé de la cama.

—Me voy a bañar —le dije.

—Sí. Oye…

Cerré la puerta detrás de mí y también de él. De nuevo. Cerré la puerta de mi interior ante sus narices. Las cosas habían vuelto a la normalidad.

Fuimos a la conferencia. Ambos usábamos lentes oscuros y estábamos serios. Él, como siempre, no decía nada y todas las cámaras apuntaban a mi sonrisa. Yo tenía el encanto.

Salimos a fumar en la entrada del edificio. En silencio. Él miraba hacia el derecha y yo miraba en dirección contraria. El lado opuesto al otro era nuestro punto de referencia en todo momento, incluso en el auto de vuelta a casa.

Entramos al departamento y yo, como ya era costumbre, corrí a mi habitación y cerré la puerta. Cerré la puerta. Para siempre.

Amalia pertenecía a lo que ella misma calificaba como una “familia de mierda”, su padre era un borracho ludópata al que su madre expulsaba constantemente de la casa, su hermano era un recuerdo vago y borroso materializado en una foto que se iba descolorando irremediablemente por el paso del tiempo, puesto que había muerto hacía ocho años en un accidente tratando de huir de la policía, su hermana menor era una incipiente aprendiz de puta que provocaba a hombres casados y hasta su propia y querida madre que parecía escapar de los defectos graves, ostentaba el vicio de inventar mentiras en torno a toda la gente.
Amalia tenía diecisiete años y ningún amigo que pudiera llevar ese nombre con todas las letras, desde hacía mucho permanecía sola porque su mejor amiga Jessica se había mudado a la capital junto con su hermosa familia buscando la oportunidad de una vida mejor y no había querido reemplazarla con nadie. No salía mucho de casa, pero tampoco socializaba demasiado con su familia, se la pasaba encerrada en su habitación, meditando qué haría de su vida al recibirse del secundario.
Amalia amaba a un chico y él la ignoraba. Este muchacho era su vecino, y lo que ella no sabía es que no le hacía caso por sus inclinaciones homosexuales que le hacían preferir un pecho plano a un par de pechos.
Amalia comenzaba a sentir deseos por experimentar un romance, y se le estaba agotando la paciencia de escuchar las anécdotas sexuales de su hermana que había debutado apenas cumplido los catorce años con el tío de una compañera suya que siempre la miraba a la salida del colegio.
Amalia odiaba tener que ponerse los auriculares para no oír las discusiones de sus padres, y detestaba también escuchar las veces en que su madre accedía a tener sexo con su padre, como cuando llegaba pulcro y sobrio a la casa. Los gemidos de su progenitora le daban escalofríos y las palabras llenas de excitación de su padre la asqueaban.
Amalia aceptó ir a un cumpleaños al que fue invitada con una semana de anticipación, su madre alegre le compró ropa y le dijo que sería una buena oportunidad para conocer a un joven, porque la veía muy sola y la creía necesitada de diversión.
Toda la semana se la pasó pensando que no se dejaría manosear por nadie en caso de que quisieran propasarse con ella. Eso lo imaginaba convencida de que sucedería, porque el vestido que se pondría era muy seductor y enseñaba más carne de la que ella hubiera mostrado nunca.
Amalia llegó al salón de fiestas y se sentó en la mesa asignada. Leyó los nombres que estaban en los asientos y uno le llamó más la atención que los otros “Elías Demian Nuñez”, comenzó a jugar con la servilleta de tela esperando que llegara el resto de personas.
Amalia descubrió que el tal Elías tenía una buena sonrisa, una voz preciosa, abundante cabello castaño y ojos azules. Le gustaba su aroma y le atraía que llevara un traje azul con camisa blanca y corbata.
Amalia y compañía disfrutaron de los manjares, hasta que llegó el momento de ponerse a bailar. La música estaba a todo lo que daba y los juegos de luces convertían el tranquilo lugar en un boliche cualquiera.
Ella aceptó bailar con Elías, aunque no supiera mover los pies, ni la cintura y menos que nada el cuerpo en su conjunto.
Él le elogió los zapatos y Amalia lo creyó gay, cosa que lamentó mentalmente hasta el momento en que le halagó el escote, lo que instantáneamente le provocó una sonrisa delatora.
Elías le robó un beso, y ella le robó tres. Comenzaron a besarse como si no les importara romperse los labios o quedarse sin dientes con los impactos de sus bocas.
Una vez saciados de demostraciones afectuosas, volvieron a sentarse para conversar un poco.
Amalia le dijo que el año que viene quería mudarse de su casa, que su mayor deseo era conseguir un empleo que le permitiera alquilar un lugar pequeño para ella y que le alcanzara para pagarse sus estudios de periodismo. Que tenía grandes ambiciones y que confiaba en su inteligencia y perseverancia.
Elías que la escuchaba atentamente le dijo que podría ayudarla con el tema del trabajo, que conocía a mucha gente, y que aunque le sonara apresurado o ridículo, él podría ofrecerle irse a vivir juntos. Enseguida al notar la cara de Amalia le aclaró que el alquiler se le estaba poniendo difícil y que podrían compartir gastos.
La noche siguió avanzando y la calentura se fue acrecentando entre ellos. Amalia impulsada por tantas anécdotas de su hermana le preguntó a Elías si podría conseguir un preservativo para dejar de lado su virginidad. Él hizo que la joven metiera la mano en su bolsillo y sacara la cajita que llevaba preparada para la ocasión.
Amalia y Elías se fueron a un lugar aparte, bien resguardado del resto del mundo. Él le levantó la falda y ella se bajó su ropa interior de encaje. La penetración fue tan suave y ella estaba tan excitada que no sintió dolor ni nada. Lo disfrutó como si hubiera nacido para tener sexo.
Amalia volvió a su casa a las siete y media de la mañana, en el auto de su amiga, la cumpleañera. Y una vez cambiada y metida en la cama, se puso a observar el techo con una sonrisa inmensa.
Amalia sabía que le esperaba un buen futuro, y que haría todo lo posible para no tener una familia de mierda, ni ser una ramera alcohólica de cuarta…
Y así se durmió, soñando que cumpliría todo lo que se propusiera.
—  Patricia Medina

anonymous asked:

Estándares para diseñadores para foros anime: Asegurarse de colocar imágenes absurda e innecesariamente grandes en cada lugar que lo permita, y en dos o tres que no también. No olvidarse de enseñar muchos torsos desnudos o semidesnudos, los escotes pronunciados rulean, da igual si son femeninos o masculinos. Y contrastar fuentes enormes con pequeñísimas en colores estridentes. Nota de interés: Si tu diseño se ve completo en todas las resoluciones, has fallado.

Chan

R.

Dicen que no hay problemas en México, que no se equiparan con lo que sufren miles de mujeres en otra parte del mundo, y no, no quiero decir que lo que hay aquí es más importante pero sí habla de un problema mundial machista… 

En México no pasa nada, entonces cómo te explico que años después de que salí de la primaria, mis padres y yo nos enteramos que una compañera fue vendida a los 11 años de edad a un señor para que se casara. ¿Qué son los asesinatos? ¿Las violaciones diarias? ¿La violencia de palabras en las calles? ¿La sexualización de un puto escote? ¿los estereotipos? ¿la discriminación? Dime, a qué se le llama eso… 

No vengan a decir que en México no hay problemas de género ni de libertad sexual.