literatura guatemalteca

Del pedazo de tierra aquel, aquel que era mío, no queda casi nada… Me lo arrasó el abandono y el fuego, tanto fuego, llamaradas de muerte de las que dejan seca la tierra y el espíritu. Aquí ya no crece nada, ni maíz, ni frijol, ni esperanza.
Tal vez los años sanen lo que está enfermo y le regresen la vida a lo que ya no es fértil, para que otra vez haya milpa y crezca de nuevo lo verde.
—  Fragmento. Casas de adobe (Gabriela Salazar)
No llamará. Jamás me había imaginado que la quisiera así. Daría cualquier cosa. Sin palabras dulces. Quizá sólo me saldría de nuevo la cólera sorda y los resentimientos imperecederos, rencores bíblicos. Pero sería un consuelo. Yo sonreiría después, serguramente, aunque se fuera al diablo.
—  La cueva sin quietud, Mario Monteforte Toledo
Son muchos los seres humanos que tienen un hijo como parte de un trueque macabro. Traen al mundo a un nuevo ser para no quitarse ellos mismos la vida, pues no tienen ni siquiera el valor de suicidarse de un modo decoroso, de una muerte limpia, sino que van sufriendo día a día y gota a gota como proletarios de su propio dolor menudeado, con la nebulosa convicción de ser a su vez unos malparidos.
Me cansa saberlo. Me cansa tanto saberlo como si hubiese llevado a cuestas mi propio cadáver por la misma avenida de atrás para adelante y de adelante para atrás incontables veces. Dídi tuvo un hijo y la delicadeza de llamar para decírmelo (once llamada telefónicas). En toda evidencia, no sabía que el trueque es solamente una trampa, y que la única condición para que un hijo te haga feliz es ser feliz previamente a la noción del hijo, a pesar del hijo, más allá del hijo. Ahora son dos miserables en el mundo, acompañándose.
—  Diccionario esotérico, Maurice Echeverría
Restos

Yo quería, amor, que la vida fuera para nosotros tan fácil como pasearnos en un auto fino, o andar por esas calles limpias, llenas de árboles con casas hermosas de jardines amplios, como la de tu amiga Helen. Es decir, que fuera un trayecto lleno de semáforos en verde.
Pero ya ves, todo fue distinto; y, Princesa, todavía nos quedan miles de kilómetros de viaje por sitios oscuros y lluviosos, donde lo más cercano al afecto es un café frío, servido sobre la mesa de un restaurante barato.
Y mi mano. Si todavía quieres tomarla.

—Julio Prado