literatura

¿Cómo escribir ahora poesía,
por qué no callarnos definitivamente
y dedicarnos a cosas mucho más útiles?
¿Para qué aumentar las dudas,
revivir antiguos conflictos,
imprevistas ternuras;
ese poco de ruido
añadido a un mundo
que lo sobrepasa y anula?
¿Se aclara algo con semejante ovillo?
Nadie la necesita.
Residuo de viejas glorias,
¿a quién acompaña, qué herida cura?
—  Juan Gustavo Borda / Poética
No hay que temer a la muerte
todos los días morimos lentamente
ayer fui a un bar
y ninguna chica quiso bailar conmigo
eso es veneno para mi autoestima,
un amigo quería ser escritor
pero trabaja como oficinista
porque es un cobarde
y no cree en su juventud
su caos, su locura, se tiene miedo
él está muriendo
sin embargo
no hay que temer a la muerte
una chica se acostó con un idiota
y su periodo no ha llegado
fue a la farmacia
por una prueba de embarazo
y el resultado fue positivo
ahora ella siente
cierta agonía
sabe que una parte de su libertad
ha muerto
pero algo ha de renacer
porque morimos y nacemos
a cada segundo
a cada instante
entre bombas y gritos
en balas y cerveza
en sustancias y atardeceres
gobiernos sin memoria
partidos de fútbol
canciones de preparatoria
poemas de los amantes
besos en las borracheras
en mensajes sin respuesta
en llamadas perdidas
en la dignidad adormecida
en el desayuno
después de la fiesta
no hay que temer a la muerte
todos los días morimos lentamente
un día simplemente
todo volverá a comenzar
—  De salsa y tango, Quetzal Noah

Cuando nació mi tristeza la crié con cariño y la cuidé con amorosa ternura.
Y mi tristeza creció como todas las cosas vivientes: fuerte y bella y llena de delicias sorprendentes.

Y nos amábamos el uno al otro, mi Tristeza y yo, y amábamos al mundo que nos rodeaba, porque la Tristeza tenía un corazón bondadoso y el mío era bondadoso con la Tristeza.

Y cuando conversábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches enmarcadas de ensueños, porque la Tristeza tenía una lengua elocuente, y la mía era elocuente con la Tristeza.

Y cuando cantábamos juntos, mi Tristeza y yo, nuestros vecinos se sentaban en las ventanas para escuchar, porque nuestras canciones eran tan profundas como el mar, y nuestras melodías estaban llenas de extrañas rememoranzas.

Y cuando caminábamos juntos, mi Tristeza y yo, la gente nos miraba con ojos tiernos y murmuraba palabras de inexpresable dulzura. Y había quienes nos miraban con envidia, porque la Tristeza era una cosa noble y yo estaba orgulloso con la Tristeza.

Pero murió mi tristeza, como todas las cosas vivientes, y ya solo, me entregué al estudio y la meditación.

Y ahora, cuando hablo, mis palabras resuenan pesadas en mis oídos.
Y cuando canto, mis vecinos no vienen a escuchar mis canciones.
Y cuando camino por las calles, nadie me mira.

Solo en mi sueño oigo voces que dicen con pena: “Mirad, ahí está el hombre cuya tristeza ha muerto. ”

El Profeta/El Loco/Paginas Escogidas / Kahlil Gibran

Pero hay que vernos otra vez
no quiero que con el paso
de los días se me caduque
el perfume de tus labios
en mis hombros recién soleados
podemos salir a explorar
la ciudad y regresar
borrachos, bohemios, cansados,
bien cogidos, reflexivos
o como sea que nos plazca
detenernos a fumar un cigarro
o beber una cerveza
en cada lugar que nos invite
a tatuarnos la mirada
con provechosa cacería
e incite a las mordidas
de un ensueño de sensualidad
pero vamos a vernos otra vez
yo te invito
a la barra libre de los besos
a caminar el callejón
por donde las montañas rusas
se convierten en carnavales
de gemidos y discursos
filosóficos que nos dejan
la mente agotada
de tanto pensar
en lo agradecidos que deberíamos
estar al darnos la bienvenida
sin méritos de guerra
o conflictos fantasma
las calles han de contar relatos
con las moléculas
que se desprenden de nuestros pasos
cuando nos tomamos de la mano
pero hay que vernos otra vez
—  De salsa y tango, Quetzal Noah