lili mendoza

charisse  asked:

Hi! What books would you consider essential reading for someone trying to connect with their Filipino ancestry? Like many 2nd generations, I wasn't taught as much history in order to assimilate better to American culture. I'd really appreciate some direction! Thanks :)

I can recommend a few, some I have read, others that I have heard a lot about but haven’t personally read yet, as well as online resources. Most of what I have read so far is focused on precolonial history and culture as for the most part that is what I am interested in studying. When it comes to more recent history like the late Spanish colonization, American colonization, and more recent history I’d suggest getting in contact with indiohistorian​ and pag-asaharibon​ as they are the ones I tend to learn more information in colonial and post colonial history from. In regards to Pilipin@-American history there are several books I can recommend that I have been looking into, a few that I read that I’ve learned from joining the FANHS (Filipin@-American National Historical Society) community.

You can visit here for resources on mythology and folkore. Here for another list made by someone here on Tumblr on books and resources to read. Then for resources on precolonial history and culture in general based on historical accounts this post I made years back has some you can look through (there was actually a recent updated listed I made but accidentally deleted and lost when I switched the domain name to the Tumblr blog over from the wordpress one which I rarely touched and was an idiot to forget to back up. I’ll be making a whole new resources list eventually again).

If you want to browse through a collection of books in culture and history I’d suggest looking through Arkipelago Books, the Pilipin@ Bookstore (which is located at the Bayanihan Community Center in San Francisco, CA) at their website here.

Anatema

Aquí les paso un cuento escrito por mi amiga Lili Mendoza, el mismo fue publicado en la edición de Octubre 2011 de Soho Magazine, y yo fui la modelo que lo ilustraba.

   *Toda mujer sabe que el día en que no se depila, algo sexual pasa.

Anatema

Primeros encuentros

No lo sabes. La batalla de otros fue por ti ganada.  No tengo voluntad sobre ti. Bajo vestido de algodón llevo algo para ti, envuelto en encaje. Sé lo imaginas, una vez metiste tus manos bajo mi falda. Tampoco te muestro, no lo permites; sólo tú comandas lo ingobernable. Te he dado poder para partirme sobre tu rodilla, el gesto sumiso conque premio tu acercamiento. Ya que no hablamos de estas cosas, compartimos cigarrillos y un plato de higos; hundimos los dedos en su centro dulce y despacio nos los llevamos a la boca. A veces tú también te metes en mi boca. Yo te dejo. Te pregunto por qué pones tu dedo entre mis labios. Sonríes y me llamas por mi nombre. Y puedes - también puedes - abrirme con una punzada larga de tu navaja, pero me das un higo y yo, me quito los zapatos.  

Desde el cosmos de tu sofá extiendes un brazo, tomas uno de los zapatos y lo acercas a tu rostro. Lo hueles. Y me clavas los ojos. Ahora ya tienes toda mi atención. Y lo sabes. Lo colocas lentamente en el piso.  Eres muy limpia, dices. No, no lo soy te respondo, pero no emito sonido. No, soy asquerosa y esa certeza yace tumbada de bruces en el angosto pasillo que nos separa.

No hablas mucho, hoy. Te levantas y te instalas frente a mí en tu  poltrona, porque es tu manera de negarme. Me observas para construirme el imperio de humo, y te viertes en una larga y densa bocanada. Me excita. Por si acaso, te lo digo. Te ordeno: De nuevo.

Y lo haces.

Debo la cesión de tu voluntad no a mis órdenes si no a tu inhabilidad para complacerme. Y esto - paradoja - es mi único placer. Quiero que me penetres, tú con tu voz y yo en tu oído como sucesión de ondas. A veces grabas mi voz con un extraño micrófono que posiblemente cuesta más de lo que gano en un mes y para ti, hablo. Te place. Me haces leerte versos de Pessoa.  Aún no sé qué haces con las grabaciones.

La tarde duerme y me voy, nuevamente, no sabiendo a ciencia cierta cómo es que te ganas la vida ni tus extraños rituales; miríada de  minúsculos sacrificios solitarios, todos con la complicidad de la pequeña bolsa de mano - negra - de la que no te separas y estás muy apegado. Nadie escrudiñará sus vísceras. No yo, que te sirvo. Te dejo con tus obsesiones y camino húmeda e intoxicada hasta que llames y vuelva a verte.

Encuentro cercano

Son las seis de la mañana. Guardas horario extraño, te levantas temprano y estoy convencida eres arquetipo Byroniano, doblegado como estás por rutinas y demonios; desespero e ideo cómo perturbarte. De lograrlo, desatarás sobre mi cuerpo la ira calma en que se cuecen tus noches. Hay tanto que no sabes. Viniste por mí tan temprano que no hubo tiempo para una ducha. Pero mis deseos yacen muy despiertos y tientan destino con mi desesperación.*  Así que aquí estamos, sentados en el sofá. Hablamos. Y me hablas y agotas mi tiempo tan preciado con la precisión tiránica que pones en todo, y te deseo.

Hoy, las órdenes son sencillas. Siéntate, escucha, haz. Obedezco. En la mesa del comedor has ido apilando libros; uno de ellos - rojo -, tiene tapas de cuero y se pronuncia en dorado Carl Jung, Psicología. Me aferro a él con lo que me queda de vida. Me inclino sobre la mesa, nariz sumergida en el cuero de la portada. Levanto mi trasero alto y dispuesto y te imploro. Pégame. Tomas el libro. No puedo pronosticar su trayectoria, pero mi cuerpo la espera, todo él nervios y fluidos. Tu brazo desciende con toda la fuerza de tu gentileza inusitada; mi peso colapsa sobre rodillas débiles que se quiebran bajo mi deseo. Me pegas de nuevo. Más fuerte. Colapso sobre la mesa, desapareces.  Vas al baño a enjuagarte la boca con listerine y cuando regresas – yo inmóvil, preguntas si estoy bien. Lo que pase a continuación sólo tú puedes decidir. Decides levantarme y me besas con torpeza, tu erección más dura que el golpe y estas cosas de entender y te siento electromagnético, hormigueo en mi trasero y húmedo el encaje. Te tengo tan cerca que veo tus pupilas contraerse  de deseo una, dos, tres veces. El enjuague bucal mató todo vestigio del aliento a cigarrillos mentolados con cuya memoria me masturbo y te odio. Lo arruinaste.  Caes de rodillas. Tus manos trabajan con destreza botón y cremallera, empeñado como estás en hundir tu lengua en mi silencio – te tengo –. Te ordeno que ceses. No me he bañado. Te ruego – dices- me dejes hacer lo que siempre desde que te conozco. Desde mis alturas te contemplo y me rebelo contra ti, Señor, porque no soporto tu pasividad, tú y nuestro universo en ruinas por la monstruosidad de saberme indigna de tu boca. Pero te deseo y podría venirme o llorar, es lo mismo; un torrente tibio e involuntario.  Así que elijo. Rara vez me permites libertades, pero extiendo mi brazo y te levanto. Tiemblo en mis zapatos y sólo entonces, otorgas mi premio. Me atraes hacia tu cuerpo con violencia y tu aliento es otra vez el que amo y me dices en tu voz privada ahora que estás arrecha, no te atrevas a cogerte a nadie más. Me vengo. Y te digo que este deseo tiene nombre, el tuyo, que ahora es Amo.

Rito

Te vas a perseguir tus rutinas. Clases de piano, me dices. Me temo son como el libro de yoga que me enseñas cuando te mueres de ganas, el que tiene complicadas ilustraciones de posiciones disparatadas con las que tratas de callarte el alma y – te dicen – encontrarás una paz en la que no crees.  Miedos y obsesiones nos corren en la vena. Me das un aventón, un paraguas y una biografía de César Borgia y te vas a la academia como si  el hombre de Jung fuese pornografía infame, risotada y hasta pronto, hasta cuando vuelvas a sacarla de debajo del colchón.  No me atrevo a tomar un taxi, mojada y fuera de mí como estoy. Me veo incapacitada para enfrentar a la humanidad por terror a que su contacto demuela el vórtice en que me absorbes, por espanto a que sus voces interfieran con la tuya, la única. 

Llego a casa y me tiendo desnuda en la cama. Huelo a ti, tu casa, tus cigarrillos, y te llamo hundiendo mis dedos tan profundo como te llevo, con la reverencia que daría a tu cuerpo si me lo ordenases. Pienso en ti, lejos en una extraña clase de piano donde vuelvo a ser sonido y me tocas y te imagino comiéndome -lengua, alma y saliva-, tus dedos que ahora son míos conversándome, tus pupilas un punto diminuto, última imagen antes del orgasmo.  

Llevo una vergüenza honda por las cosas que hicimos, y la única que no. Por tus manías extrañas, por pedirte una tarde que me amarraras al amplificador. Por la vez que confesaste miedo, por mi pasividad.  Hay tanto que no sabes. He logrado reconstruirte a partir del recuerdo de quienes te conocen. Y comprendo que fui antídoto contra el sopor de una vida impuesta, la complacencia o hipocresía que te entierran vivo mientras gritas bajo tus sábanas. Fui especie de anti yoga, yo la más grande de tus excentricidades, la aceptación muda de tu ira. No sé si comprendes la frágil condición que fuimos- cisma-; sirve tanto el amo como el siervo. De aceptarlo, no serían necesarios los paliativos a los que recurres en la soledad de tu cuarto, ni la larga procesión de hombres que no saben de mí lo que tú.

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