lex parsimonia

Navaja de Ockham

La navaja de Ockham (a veces escrito Occam u Ockam), principio de economía o principio de parsimonia (lex parsimoniae), es un principio metodológico y filosófico atribuido al fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349), según el cual:

En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable

Esto implica que, cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja.

Estupidez II

¿Será que no puedo escribir por estas ligas en mis dientes que tiran para dejarlos en un lugar más anatómicamente/estéticamente correctos? ¿Serán las ligas las culpables? La escritora dice que sí, que me las quite en el acto y mi parte más humana me pide que me las deje, que tenga paciencia, que es por mi salud dental. Dios mío ¿cómo es posible? ¿Qué he hecho tan mal que me hayo discutiendo conmigo misma acerca de si me quito dos ligas de los frenos? Suena realmente enfermo ¿Qué me he hecho?

         Cabe señalar que al título le agregué el II para darle un toque más solemne a este texto.

                                                                                                   Lex Parsimonia 

Aquí es cuando me vuelvo frágil. Aquí con la tierra de tus ojos sobre las plantas de mis pies. Aquí con risa en forma de cantaros de agua. Aquí la alegría que se apura y que me alcanza sin poder evitarlo. Podría, podría intentar evitarlo. ALTO. Fondo rojo, letras blancas. Pero. Viene, llega. Aquí huele a mojado. Aquí huele a nubes que empapan hierbas.

Etapa luminosa de fotografía.

Fotografía de Kristapalmu

22:09

Te vienes abierta, naces abierta, mueres abierta, círculo que grita las olas del tiempo sin tiempo ni espacio sino de todo. Te vienes en mis manos, te vienes en mis dudas, en mis soplos de desaires, en mis malosentendidos, en mis supervivencias cotidianas. Te vienes en milagros de carne y hueso, sin más altura ni gracia que tu figura desde el ombligo hacia todos los vectores de tus ventanas sensoriales y las orejas, nariz y llanto de todo lo que crece. Te vienes con ojeras y noches sin fines, y las ojeras las vuelves chiste y anécdotas, y los no finales las vuelves cenas entre carcajadas. Te vienes como recién nacida, toda pulcra en cada sentimiento, todo intenso, todo a su tamaño desmedido. Te vienes y eres la adulta de los adultos, el prototipo de así debería ser, no por merosidad de deberaciones y moralizadas leyes y reglas, sino deber por eso-es-demasiado-muy-bueno-funciona-es-amor-más-otras-cosas. Te vienes risueña, altiva, envuelta en los gritos de todos sin ofuscarte de las palabras de nadie. Te vienes como el abrazo del mundo. El abrazo del consuelo, el abrazo de la compasión (rigurosamente en su simplicidad etimológica). Suave deidad sin plegarias, ni creyentes, ni altares, ni cielo. La tierra es tuya. Te vienes… Y por cierto, te amo.

La hora vampiro

Mi mujer me habló del verano. Tóxico sol sobre el desierto de México y también sobre otros paisajes en otros países. Soles más o menos tóxicos. Valencia de la inconformidad fortuita y los armónicos aristótelicos de la música. Óxido de la piel como gotas de agua. La contaminación del cuerpo impregna las prendas, a veces toca el suelo. Luz que raya de blanco los ojosde todos los colores. Temporada de rosados en el cielo, de lluvias en la tierra, de amores jóvenes y efímeros. Verano de Shakespeare, me enseñó mi mujer; verano de Acapulco María bonita me enseñó mi mujer. Malos humores dentro de automóviles de ida oficios y profesiones. Los de pie se tragan el humo, los adormece, son los que se quejan menos. Malos humores de vuelta a casa. Y, entonces, entonces, entonces. Entonces. Entonces las refrigeraciones se enecienden y el alma recupera su natural calma. Porque el alma es calma por naturaleza ¿verdad mi mujer? Se erosiona, explota, implosiona y destruye cuando toca un cuerpo, cuando las emociones del cuerpo la inyectan. En fin. Ay, estas almas de hoy en día, tan burguesas, tan sofisticadas. Mi mujer sufre con el verano, como todos nosotros, pero, ¡ay ay ay! ¡cómo la embellece! Vuelve a mi mujer transparente en un poco más vistosa, visible, colorada; la torna cien veces más porcelana y doscientas veces más acérica. Le salen chapetes redondos como su silencio, ciñe el entrecejo y luce perfecta pensativa. Se queja del calor y queja tras queja lo ama tras que queja. Intrigosa, fulminante, apasionada, sólo sale -bellísima por cierto- de noche y sale conmigo. Viste de negro, su coche es negro, su cabello es negro en contraste con ella misma sin cuerpo. Su sin cuerpo se resbala cíclicamente entre las ropas, color ámbar se resbalada, color alba se cicla, cascada (de mi corazón) de agua. Cascada de un cauce que da flores rosas y amarillas.

Yo no creía en el verano hasta que conocí a mi mujer. Mi alma exige aire acondicionado, toco el cláxon como desesperada. Llego a la casa con los ánimos de la chingada. Y llega, pues, oh, pues, llega la noche. La noche entra a mi casa, va directito a los brazos de mi tan mujer tan amada. La hora vampiro. Sale de noche. Salimos. Y, a veces, al cierre de la salida hacemos el amor.

lex parsimonia

22 de agosto del 2012: en una biblioteca universitaria

No sabes que decir, sólo estás triste mirando que escribes sentada en una silla que no significa nada para ti y al constatar que no te importa, perturbadoramente la silla desaparece y sientes el vacío a punto de absorberte. Pero no te caes. Estás imaginando. Sigues en la silla, escribiendo sin pensarlo. Está la silla, la miras con vértigo de encontrarla, le quitas la mirada con vértigo de que se desvanezca y caigas de nalgas contra el piso más gris que se haya instalado en una escuela. Te torturas con esa imagen de la silla que no está, que te abandonó a tu suerte, la nada. Pensar que no te importa, corroborar que no te importa, concientizar que no te importa la ha vuelto físicamente inestable, la ha vuelto la base de tu mente muriendo. La ha vuelto tan frágil, le ha dado un toque de irrealidad, esa puta inexistencia de las cosas. La duda. Te observas escribiendo dentro de la biblioteca más insignificante del mundo sobre el gris más gris de la tierra, insignificante pero la percibes demoníaca, traidora, fríamente titánica. Si te mueves, si te mueves tan sólo un poco tal vez la silla desaparezca. Ahora si. Ahora no. Ahora sí. Ahora no. Transcurren los segundos más agónicos de una tragedia. Tu don de dios ha convertido tu cotidiana silla en algo que ni siquiera existe. Y si existe dudas. ¿Y si te mueves y desaparece y los demás notan que desaparece y te ven y te escuchan caer? ¿Qué pasará?

Sólo entraste a leer un libro de Jakobson y Halle y ahora no puedes salir. Ese temor de que al moverte la silla encienda el interruptor del mal. Que tu infierno comience. Que te deje en las quijadas en la tempestad del pánico de la caída eterna de cincuenta centímetros. 

                                             Lex Parsimonia

¿Qué estás viendo?

¿Qué estás viendo?

Los cuartos giran,
las nubes bajan,
la arena se mueve,
los pies andan,
los círculos continúan,
las vueltas son inparables,
zanjas en la tierra de hombres girando.

Las ventanas se vuelven muros,
las aves no cantan,
no hay cielo nocturno,
no hay cielo,
el viento guarda silencio,
las piedras están quietas, insoportablemente quietas,
las sombras tienen hambre, buscan,
hombres contra hombres forman murallas.

Los paisajes mueren,
la vista muere,
el sentido muere,
se deshoja la estación,
pierden todo los hombres estacionados. Mueren.

Se aproximan las horas al filo de tu nacimiento,
se aproximan, cada instante es una aproximación,
la tierra te sostiene, aguantas tu temblor,
se aproximan, se aproximan, cada instante, se aproximan
tienen miedo.
Los hombres temen, cierran las ventanas, cambian de domicilios para no ser encontrados,
cambian, cambian, siempre en el mismo círculo,
estacionados,
y ellas aproximándose.
Los hombres temen, cierran las ventanas.
Los hombres temen, buscan encierros-
Los hombres temen, los pies no avanzan.
Vueltas, vueltas, vueltas, vueltas,
vueltas, vueltas, vueltas, se aproximan, vueltas y vueltas, se aproximan,
hay que deshojarse antes de que nos deshojen.
¿Qué hacen las horas si no es llevarse lo que somos, la vida y todo?
¿Qué no son sino asesinas?
Las horas llegan, lo arrasan todo, se llevan todo, te muerden y te contaminan y te escupen
y te abrazan y te cambian de una vez por todas y te sacuden y te hunden y te mueven
¡Y te mueve y te mueven y te mueven, te mueven!
a ti, ¡te mueven! A ti, te, mueven.
Las horas llegan y lo arrasan todo, te deshojan, nos deshojan.
Nos deshojamos antes porque el desnudo es nuestro,
porque es nuestra propia mano,
nos quitamos, nos perdemos, antes de que las horas lleguen,
las ventanas las cerramos,
nos quitamos, antes que las horas lleguen

¿Por qué?

Nos quitamos.
Porque las horas nos quitan también.
Además
las horas
las horas llegan, lo arrasan todo,
te mueven, te llevan a otro sitio
dejas los círculos,
abandonas tus murallas,
te desprotegen y sólo vas y vas.
Las horas te llevan a otro sitio,
desconocido, desconocido de siempre,
un sitio desconocido.
Nadie quiere que lo lleven a lo desconocido.

Hombres muertos, muchos muertos.

¿Será


po-

si-

ble?

En algún momento… solamente en algún momento.
Matrices, incubadoras, tumbas, aquí mismo, ¿lo ves? Ahí donde tú estás.

                                                                               Lex Parsimonia

Coffee's surface

I woke up at eleven on morning. There’s cold black coffee in the kitchen. Microwave it is on, the coffee is ready, my hands are ready, my eyes are ready, my heart is disturbed. With a cold black look I reached the coffee’s surface. It is midday. I’m still with the surface… Then I move on.

I moved on. I cooked some vegetables and made strawberry milk-shake. She was in my coffee. She was in the surface. She…

Always.

                                                                                              Lex Parsimonia

Una tarde en el café pienso que...

                                                       “¿Me habré hecho entender ahora?
                                                        ¿Me habré entendido yo mismo?”
                                                        José Saramago


He llegado a la conclusión de que para seguir viviendo necesito ser yo. Convertirme en otros y en otras me ha ya cansado, siempre quita energía; cada otro y otra que he sido ha resultado cada vez uno(a) tras otro(a) más fragíl. La máscara dura, el corazón frágil. Bajo la careta se esconde una carne que ya no tiene más que desgarrarse, es una consistencia similar al vacío o a la leche agria, malcriada y olvidada en el refrigerador. La máscara dura y el corazón frágil. Me necesito.

                                                                                                  Lex Parsimonia

Nacer

Estoy escribiendo de mí. Hablo de yo, yo, yo, yo ¿Por qué nos acosa esta demecencia de hablar de nosotros? Pues bien, me he hecho la pregunta y me la tomé a pecho. He aquí mis resultados:

“Todos lo hacen/hacemos. Hablamos de nosotros, con nosotros y con los demás. Hablamos, escribimos de nosotros porque queremos que el mundo (es decir los demás) sepa que existimos. Here we are. La idea es que se sepa que estamos para que en el futuro se sepa que estuvimos y que, afortunadamente, no volveremos a estar ¡Vivida la vida bienvenida sea la muerte! Porque ¿quién carajos se querría morir sin haber vivido? Y uno sabe que ha vivido cuando todo el cuerpo se le ha entumecido de idioteces y lo han llevado al borde de no sentir su nombre, ni su pelo, ni sus cualidades mentales, ni su voz, ni su entorno, ni su propio vacío existencia que se ha puesto tan de moda y todos quieren comprar uno, ni su saliva, ni sus cuellos cortados, ni sus venas moribundas, ni sus sonrisas que las tiene, ni sus canciones que bien que las cantaba. Sí. Uno sabe que ha vivido cuando un día despierta y dice “aquello me mató pero aquí estoy.” Tenemos que decir Nací; yo nací y fui esto y aquello. Tenemos que dejar en alguna parte algún mínimo pequeñísimo vestigio de nuestra existencia para vanagloriar/honrrar/alabar esa miserable noticia de que no volveré/volveremos/ustedes volverán (uso la tercera persona plural para aquellos que no se sientan identificados con el texto o mejor aún que se sientan temeresos y buenas personas incapaz de egocentrismos) a repetir. No más existencia. Al fin.”

                                                                                             Lex Parsimonia 

Misterio sin resolver

—Hoy por la mañana se me vino esta idea: que no me gusta fotografiarme la cara porque mi cara es mentirosa. Y hoy por la tardé se me vino esta otra: que por no fotografiarme mi cara a causa de la mentira, es también que no me gustan los retratos, es por ello que no me gusta la fotografía de caras; y además que eso podría explicar mi afición de curadora de museo a tener fotografías de partes del cuerpo pero jamás de la cara. Si yo tomo o encuentro bella una imagen donde gran parte de las canvas están cubiertas por un rostro, será, creanme, porque allí hay una pequeña porción física que me está llamando, me cuenta justo lo que necesitaba que me contaran pero que, aceptándolo, no tendría tanto énfasis sin el resto del rostro. Hay gente, dícese filósofos, que dicen que cara y rostro son cosas sustancialmente diferentes. Yo les digo, chinguen a su madre. Etimológicamente cara y rostro se refieren a la fisiología, a la anatomía. ¡Qué espíritu! ¡Qué animos! ¡Qué expresiones! No, nada. Rostro y cara, son lo mismo lo quieran o no. Y sí, señores pragmáticos, estoy consciente que ustedes y nosotros hacemos usos y desusos de las palabras añadiendo y quitándole significados pero en lo que a mí respecta: ¡Cara es rostro y rostro es cara! Por no decir que…

el

rostro

está

en

la

cara… Y tengan mucho miedo… 

¡Y váyanse a llorar a otra parte! Y, una última cosa, lo que cambian son los gestos, no la cara. Como nosotros. Nosotros, es decir cada uno de ustedes y yo y los demás, no cambiamos no cambian no cambio, lo que cambia es el… ups, no le hemos dado nombre.

                                                                                           Lex Parsimonia 

 

Colecciono mujeres desnudas desde los 16 o 17 años. No sé el nombre de la primera, ni siquiera recuerdo su rostro ni su cuerpo, pero en mi colección azarosa de sensaciones y reflexiones sé perfectamente que ella está presente. No recuerdo ningún cuerpo en específico, de hecho no recuerdo ni un solo cuerpo, si trato de pensar en uno, sin nombre ni apellido que venga en auxilio o algún lunar o el color de cabello, sólo viene a mi una figura femenina. Una figura femenina que es todas las mujeres que no he tenido pero que he coleccionado. No he tocado el cuerpo de ninguna, no me atrevería, sólo las he visto, las tenido en mis ojos por horas y horas hasta que lograba borrar su forma exacta, su piel se perdía con la alcoba, sus limitaciones humanas se difuminaban y era parte del universo, era parte de todo mi mundo y de mi vida. Era parte del universo, una estrella que sale todas la noche, la tetera, un rastrillo en el baño, era ella, al menos un parte de ella andaba por ahí. Y así es la historia de todas y cada una. Todas estuvieron en rastrillos y en mis jabones gastados del lavamanos.

Debo decir que he llorado un poco dentro de los últimos dos pensamientos, lás últimas oraciones complejas que ocurren en el párrafo o lo que sea anterior. La sintaxis de recordar su cuerpo, me hiere, es mi cebolla particular. Su cuerpo… ¿cuál? El de ella. El de verdad. Su cuerpo jamás lo vi, dejen ustedes la tocada, ni siquiera llegué a verlo y es ése el que quiero en este momento. No sabría si lo tocaría pero si que sabría que lo amaría con la última falsa pureza que me queda. Nadie es puro, ya en este mundo nadie sigue así luego de seis meses de vida pero su cuerpo que retiene dentro su ser me haría sentir pura, límpida y limpia y seguramente me lo creería y seguramente tendría miedo de ensuciar su falsa blancura pero con un poco de sombra y su boca podría, tal vez, olvidar de donde vengo y tocarla. 

 Hay una canción de fondo en mi habitación. Mi habitación está muy fresca, la noche de mayo se mete con todo su buen ánimo y me limpia la cara de amarguras. Lloro y es bonito. Hay una canción de amor de fondo. O quizá desamor sea un mejor calificativo. No me olvides, dice, te lo suplico, canta y se deshace en un lamento armónico y el público se levanta y también siente el lamento y armonizan. Pues que lloro con esa canción de fondo. Me asalta la pregunta de ¿por quién lloro? Lloro por ella la del cuerpo de verdad y por un hombre que conocí alguna vez. Lloro por ambos. Esa canción me renace en los brazos los abrazos de Una y Otro. 

Otro es fácil, fue fácil al final. Vivimos, compartimos, nos rompimos las máscaras y toda psicología nos quedó floja, vencimos la cortina y nos vimos descuadrados y malhechos uno para el otro y cada quien para su casa a hacer lo posible por dejar de estar tan desmejorados. Una es difícil. No pude vivirla. No pudimos vivirnos ni compartinos ni hacernos pedazos. Una me da más nostalgia que otro. Una es ella la del cuerpo verdadero. Él es un cuerpo fantasma, además es hombre, no debiera darle espacio en este monólogo. Es un cuerpo fantasma… ¿Por qué será que lo que fue realidad se convierte en algo vago, algo tenue, borroso y lo que no fue es la tangibilidad más viva y reacia a ser menos que lo pesado? Lo que no fue y no ha sido es lo más real que tenemos, ¿Por qué? Mientras tanto lo que es y está se disputa segundo a segundo ser fantasma, pulverizarse y ser vago y tenue y borroso; lo más pronto posible, para saber que estuvo ahí. (Y que lo sepamos). 

Colecciono mujeres desde los 16 o 17 años. Todos los cuerpos desnudos han formado una sola silueta y un solo amor. A cada una le estoy agradecida, a cada una le doy mi namaste, mi consagración, mis flores amarillas, aunque no sepa nombre ni me acuerde que pierna es de quien y menos que bostezo y que vaho y que sensualidad es de esta o aquella. Una silueta negra sobre mi sábana blanca que no existe más que en mi cabeza. Una silueta en forma de sol amaneciendo, a ratos con forma de limonada agria, a ratos se parece a mis pies, a ratos están todas en mis cabellos y mis vellos. Lo mío es de ellas porque no lo saben, nada en ellas es mío porque jamás desearon algo de mí. Fueron tan poco egoístas. Una me deseó, me deseó el bien. Me desgarró deseándoME El Bien.

 Lex Parsimonia