lavaropas

Puede que se dieran las manos para darse fuerza o por sentirse juntas, puede que se agacharan en un intento de protegerse de los estallidos de las balas de goma que estaban tirando los canas en la otra esquina. Puede que intentaran ver si las demás compañeras estaban bien, o solo eran testigos incrédulas de un sistema represivo, en el que valemos menos que la fachada de un edificio.

Volví a casa después del encuentro para enterarme de dos femicidios nuevos. Uno en La Matanza y otro en Mar del Plata, dos asesinatos brutalísimos, injustificables, salvajes.

Se nos cuestiona que debemos luchar sin pintar paredes, sin mostrar las tetas, sin levantar la voz. Debemos luchar sin corrernos del lugar que nos corresponde. Debemos luchar sin salirnos de la cocina. Debemos luchar desde adentro del lavaropas. Debemos luchar mientras estemos vivas, después de la muerte no hay nada.

Se nos cuestiona más que a nuestros asesinos. A nuestros opresores.

Escribo esto un poco más muerta que ayer, porque hoy me mataron dos veces, y es probable que mañana me maten de vuelta.