las pinturas negras

“Caballero anciano”, de El Greco.

Cuando visité El Prado por primera vez estaba ansioso por poder ver por fin en persona las grandes obras de Velázquez, Goya, Ribera, El Greco, Brueghel, El Bosco… ¿Quién me iba a decir que por encima de la grandiosidad de las Meninas, del oscurantismo de las Pinturas Negras, de los martirios de Ribera, de la solemnidad del Caballero de la Mano en el Pecho, del intrincado caos del Triunfo de la Muerte o del temprano surrealismo del Jardín de las Delicias iba a ser esta obra, “Caballero anciano”, la que me dejaría una huella en el alma imborrable hasta la fecha?

Un cuadro pequeño, cuadrado, expuesto en una pared junto a otros retratos, a la sombra del Caballero de la Mano en el Pecho pero a mis ojos brillando con una luz propia que lo hacía destacar por entre todas las obras de la sala. Pasé minutos devolviéndole a ese desconocido su mirada, obnubilado por su media sonrisa, su frente ligeramente arrugada, sus cejas alzadas. Sus ojos. Esos ojos que conseguían transmitir una socarronería traviesa pero a la vez inocente, casi de niño, pero con un velo de nobleza cálida y honesta del que carecían el resto de retratados. La gente pasaba por su lado, le echaba un vistazo, y continuaba andando y yo no podía comprender cómo no caían maravillados ante el que me parecía el retrato más expresivo de todo el museo. ¿Será cosa mía? ¿Será en realidad un retrato mediocre y sólo me habrá llamado la atención por algún capricho mío?

Abandoné El Prado con ese caballero anciano grabado en mi memoria como un tesoro personal, y un día, muchos años después, encontré los siguientes versos que mi admirado León Felipe le dedicó en un poema:

La cabeza más noble, más serena,
más iluminada,
más ungida de ‘gracia’ y santidad
que nos ha legado la gran pintura española…

No, no era cosa mía.