la-virgen-de-los-sicarios

¿Qué es lo que está diciendo este vallenato que oigo por todas partes desde que vine, al desayuno, al almuerzo, a la cena, en el taxi, en mi casa, en tu casa, en el bus, en el televisor? Dice que “Me lleva a mí o me lo llevo yo pa que se acabe la vaina”. Lo cual, traducido al cristiano, quiere decir que me mata o lo mato porque los dos, con tanto odio, no cabemos sobre este estrecho planeta. ¡Aja, conque eso era! Por eso andaba Colombia tan entusiasmada cantándolo, porque le llegaba al alma.
—  Fernando Vallejo: La virgen de los sicarios

Hombre vea, yo le digo, vivir en Medellín es ir uno rebotando por esta vida muerto. Yo no inventé esta realidad, es ella la que me está inventando a mí. Y así vamos por sus calles los muertos vivos hablando de robos, de atracos, de otros muertos, fantasmas a la deriva arrastrando nuestras precarias existencias, nuestras inútiles vidas, sumidos en el desastre. Puedo establecer, con precisión, en qué momento me convertí en un muerto vivo. Fue un anochecer, bajo las lluvias de noviembre, yendo con Alexis a lo largo de una avenida del barrio Belén por cuyo centro corría una quebrada descubierta, uno de esos arroyos de Medellín otrora cristalinos y hoy convertidos en alcantarillas que es en lo que acaban todos, arrastrando en sus pobres aguas la porquería de la porquería humana.


De súbito presencié la escena: un perro moribundo había ido a caer al arroyo. Hubiera querido seguir y no ver, no saber, pero el perro con una llamada muda, angustiada, ineludible me llamaba arrastrándome hacia su muerte. Resbalando, bajo el aguacero, bajé con Alexis al caño: era uno de esos perros criollos callejeros, corrientes, que en Bogotá llaman “gozques” y en Medellín no sé como, o sí, perros “chandosos”.


Cuando traté con Alexis de levantarlo para sacarlo del agua descubrí que el perro tenía las caderas quebradas, de suerte que aunque lo sacáramos no había esperanzas de salvarlo. Un carro lo había atropellado y el animal, arrastrándose, había logrado llegar a la quebrada pero se había quedado atrapado en sus aguas al intentar cruzarla. ¿Cómo iba a poder salir de allí herido, destrozado, si se nos dificultaba a nosotros sanos? Los bordes de cemento que encauzaban el arroyo le impedían salir. ¿Cuánto llevaba allí? Días tal vez, con sus noches, bajo las lluvias, a juzgar por su deterioro extremo. ¿Habría tratado de volver acaso, herido, a su casa? ¿Pero es que tendría casa? Sólo Dios sabrá, él que es culpable de estas infamias: Él, con mayúscula, con la mayúscula que se suele usar para el Ser más monstruoso y cobarde, que mata y atropella por mano ajena, por la mano del hombre, su juguete, su sicario.


“No va a poder volver a caminar le dije a Alexis. Si lo sacamos es para que sufra más. Hay que matarlo”. “¿Cómo?” “Disparándole”. El perro me miraba. La mirada implorante de esos ojos dulces, inocentes, me acompañará mientras viva, hasta el supremo instante en que la Muerte, compasiva, decida borrármela. “Yo no soy capaz de matarlo”, me dijo Alexis. “Tienes que ser”, le dije. “No soy”, repitió. Entonces le saqué el revólver del cinto, puse el cañón contra él pecho del perro y jalé el gatillo. La detonación sonó sorda, amortiguada por el cuerpo del animal, cuya almita limpia y pura se fue elevando, elevando rumbo al cielo de los perros que es al que no entraré yo porque soy parte de la porquería humana.


Dios no existe y si existe es la gran gonorrea. Y mientras el aguacero arreciaba enfurecido y se iba cerrando la noche entendí que la felicidad para mí sería en adelante un imposible, si es que acaso alguna vez antaño, en mi ayer remoto, fue una realidad, escurridiza, fugitiva.


“Sigue tú matando Solo –le dije a Alexis–, que yo ya no quiero vivir”. Y me llevé el revólver al corazón. Entonces, otra vez, como meses atrás en mi apartamento, Alexis desvió el tiro, que fue a salpicar el agua. En el forcejeo acabamos de caer al caño hundiéndonos por completo en la mierda, de mierda como ya estábamos hasta el alma. Creo recordar que Alexis también lloraba, conmigo, sobre el cuerpo del animalito. Al día siguiente, en la tarde, en la Avenida La Playa, lo mataron.

—  Fernando Vallejo, La virgen de los Sicarios.
La detonación sonó sorda, amortiguada por el cuerpo del animal, cuya almita limpia y pura se fue elevando, elevando rumbo al cielo de los perros que es al que no entraré yo porque soy parte de la porquería humana. Dios no existe y si existe es la gran gonorrea.
—  Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios.
En el metro. La virgen de los sicarios. Diálogo

…el metro.

Fernando: ¿Qué habría dicho mi abuelo si hubiera alcanzado a ver esto? Habría dicho: pa’ qué tanta prisa si todos vamos pa'l mismo hueco… ¡ay señora no monte esos niños ahí! Con los asientos nuevecitos y con las patas sucias. ¿No vio lo que costó esto? Más lo que se robaron… 

Ciudadano: ¿Usted por qué se mete con la señora?… Esta gonorrea ¡pirobo!

Fernando: Ve a este otro loquito, ¿cuál pirobo?  ¿Es que te crees muy bonito?

Ciudadano 2: Callate ya gonorrea, ya te dijeron: pirobo. 

Fernando: Que riqueza de lenguaje la de estos caballeros, no salen de gonorrea y pirobo. Si supieran con quien están tratando: con el último gramático de Colombia, con el que descubrió el proverbo, ¿qué saben que es? Es la palabra que está en lugar del verbo: un ejemplo: dijo que lo iba a matar, y lo hizo. Ese hizo, que está en lugar de matar es el proverbo. 

[Alexis mata a Ciudadano y a Ciudadano 2. Salen del vagón del Metro corriendo y bajan por un puente y a continuación se dicen esto:]

Alexis: Dos chichipatos menos y me queda un solo plomo. Va a haber que conseguir más.

Fernando: Todos estos muertos,niño, se le suman a mi natural tendencia a la desintegración. Antes de disparar recapacita, cuenta hasta diez. 

Alexis: ¡O nosotros o ellos!

Fernando: Nosotros y ellos… a mi me hacen falta los enemigos: pa’ que me vean comer. 

La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad escueta se pega un tiro. Por eso, Alexis, no te recojo el revólver que se te ha caído mientras te desvestías, al quitarte los pantalones. Si lo recojo me lo llevo al corazón y disparo. Y no voy a apagar la chispa de esperanza que me has dado tú. Prendámosle esta veladora a la virgen y oremos, roguemos que es a lo que vinimos: “Virgencita niña, María Auxiliadora que te conozco desde mi infancia, desde el colegio de los salesianos donde estudié; que eres más mía que de esta multitud novelera, hazme un favor: Que este niño que ves rezándote, ante ti, a mi lado, que sea mi último y definitivo amor; que no lo traicione, que no me traicione, amén”. ¿Qué le pediría Alexis a la virgen? Dicen los sociólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora que no les vaya a fallar, que les afine la puntería cuando disparen y que le salga bien el negocio. ¿Y cómo lo supieron? ¿Acaso son Dostoievsky o Dios padre para meterse en las mentes de otros? ¡No sabe uno lo que uno está pensando va a saber lo que piensan los demás!
—  La virgen de los sicarios - Fernando Vallejo