la proposicion

Laura jamás incumplía con un deber, ni se atrasaba; por este motivo era su cuaderno el que siempre me apoyaba para conocer “la verdad” cuando llegaba al salón de clase y preguntaba: ¿Tenemos tarea? Debido a esto se ganó algunas malquerencias y alegatos de sus compañeros. A ella le costaba deducir la idea principal de los textos, entonces se acercaba y con cara de angustia reclamaba: “¡Chuky, qué hago, no entiendo nada!”, la invitaba a leer, con buena puntuación, una y otra vez y ella, con una paciencia y disposición únicas, se quedaba más allá de la hora de salida decodificando las proposiciones de esos discursos que sentía tan lejanos. Anhelaba ser una gran química, sacar un buen puntaje en el Icfes y ganar una de las becas que el gobierno ofrece con el programa “Ser pilo paga”. Soñaba con ser profesional para ayudar a su mamá que se encontraba en el Cauca, pues por la mala situación económica tuvo que trasladarse a Cali, a vivir con su padre. Zaira Michel, su hermana, “Michu” para sus compañeros, estaba en décimo. Al principio de este año no me costó trabajo deducir su parentesco dadas sus similares características: siempre sentada en el primer puesto, aplicada, estudiosa, cuadernos impecables, gusto por la lectura y, sobre todo, novia de Sebastián, del grado 11, y amiga incondicional de Andrea. Michell, a diferencia de Laura, comprendía con facilidad todo tipo de textos, se extendía respondiendo las preguntas abiertas que le realizaba en las evaluaciones, expresaba con elocuencia sus ideas, cuestionaba mucho la insolidaridad, el desinterés de esta sociedad, la situación de las mujeres de su contexto. Era sensible y apasionada. Ser contadora era su sueño y en procura de él estudiaba comercio en la Educación Media Técnica. Todos sus docentes estábamos seguros de que cuando llegara a undécimo obtendría el puntaje que garantizaría su paso a la Universidad Pública. Siempre ocupó el primer o segundo puesto, desde la básica primaria. Pues bien, Laura y Zaira Michel, ahora soy yo quien no comprende nada. No entiendo sus puestos vacíos en el aula de clase, la soledad de sus cuerpos en la morgue, el dolor extremo que debieron soportar antes de morir. Me cuesta y duele muchísimo aceptar que todos sus sueños y esfuerzos, a causa de una mano asesina, sean reducidos a una simple estadística más, números que engrosarán las cifras de mujeres asesinadas en este país por quien se creyó con el derecho de tomar sus vidas como si fuesen una posesión material cualquiera . Hoy, queridas Laura y Zaira Michel, exclamo, derrotada, con el poeta: “Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado. …No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada”

-mi profesora Chuky.   A sus estudiantes asesinadas.

Si quiere darme las gracias ––repuso Darcy––, hágalo sólo en su nombre. No negaré que el deseo de tranquilizarla se sumó a las otras razones que me impulsaron a hacer lo que hice; pero su familia no me debe nada. Les tengo un gran respeto, pero no pensé más que en usted.

Elizabeth estaba tan confusa que no podía hablar. Después de una corta pausa, su compañero añadió: ––Es usted demasiado generosa para burlarse de mí. Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más.

Elizabeth, sintiéndose más torpe y más angustiada que nunca ante la situación de Darcy, hizo un esfuerzo para hablar en seguida, aunque no rápidamente, le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Darcy fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado. Si Elizabeth hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón; pero podía escucharle, y los sentimientos que Darcy le confesaba y que le demostraban la importancia que ella tenía para él, hacían su cariño cada vez más valioso.

—  Jane Austen. Orgullo y Prejuicio