la parsimonia

Capítulo 26: Nubarrones grises.

Un día perfecto es cada día que paso mi vida junto a ti. Yo no puedo explicar el cómo caigo enamorado de todas las cosas que haces. Porque estoy perdido en la gracia de tu sonrisa. Enamorarse es un lugar en el que yo podría quedarme toda mi vida, y sé que nosotros podríamos quedarnos en el mundo; solo tú y yo, con nada más que amor. Y si el cielo se cae y se estrella contra el mar, yo sé que te seguiré teniendo, amor, y tú me tendrás a mí, y eso es todo lo que necesitaré… -Nothing but love / Trading Yesterday.


Sábado, 8:15 a.m

Louis estaba envuelto en sus mantas con nada más que sus ojos asomando. Era un día especialmente frío y digno de otoño, con un paisaje melancólico que te obligaba a pasar lo restante del día en la comodidad del hogar. Apenas eran las ocho de la mañana y Louis no sabía por qué estaba despierto a tales horas, pero con su madre paseándose por la casa y haciendo ruido en exceso era imposible proseguir con su plácido sueño. Bostezó y se acurrucó aún más en el mullido colchón.

Su madre hablaba al teléfono con alguien y en un tono muy elevado, por lo que no tuvo que afinar demasiado su sentido aditivo para escuchar lo que decía.


-¡Te necesito en casa en menos de quince minutos! ¡Lo sé, pero me llamaron y debo presentarme…!-

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Quiero-ser la luz que pasa detrás de ti solo resquebrajar tu cielo nocturno que no miras más porque de reojo solo miras un mar intensamente negro. Quiero-ser el silencio internalizado, la enajenación del repetir, lo que a ti te parece sumamente obvio pero no lo es ni en cantidades nimias porque sólo eres una máquina-de-repetición no-pensante. El arrebato del desarrollo contundente porque todo te lo exprime la lengua. El ruido constante en la cabeza con un parafraseo incoherente, desconectado.
Quiero-ser el viento, porque al viento, por libre y atinado, no se le escapa ningún silencio ni menos los gritos achicharrante cuando cierras la boca.
Quiero-ser el desequilibrio porque yo de equilibrios más bien desconozco y sin embargo logro a ratos y es como una estela tibia que te roza la cabeza, oleaginosa y fantasmal; todo, entonces, es humedad pura y solo caben las ideas que la parsimonia puede divisar.
Quiero-ser el mundo entero y de tanto anhelo y acumulación externa se me forma un vacío por dentro, un socavón, un “vení a ver cómo atardece”.
De pronto quiero-ser nada y hasta la nada parece ser un poco más justa que las ensoñaciones sin esfuerzo.

La felicità? È fare l'amore per amore. È il cuore che rischia di scoppiare a forza di battiti, quando uno sguardo insostituibile si posa sulla vostra bocca, quando una mano lascia una traccia di sudore dietro al ginocchio sinistro. È la saliva dell'essere amato che vi scivola in gola, zuccherata e trasparente. È il collo che si allunga, si libera delle contrazioni e della fatica, diviene interminabile perché una lingua ne percorre tutta la lunghezza. È il lobo dell'orecchio che pulsa come un bassoventre. È la schiena che delira e s'inventa suoni e brividi per dire “ti amo”. È la gamba che si alza, consenziente, le mutandine che cadono come una foglia, inutile e fastidiosa. È una mano che si addentra nella foresta dei capelli, ne sollecita le radici e le innaffia senza parsimonia, con la propria tenerezza. È il terrore di doversi aprire e l'incomparabile desiderio di offrirsi, mentre nel mondo ogni pretesto è buono per piangere. La felicità era lui. Ero io.
—  Nedjma - La mandorla (pag. 84)
VAIVÉN

Me encanta como me montas

como si no existiera algo entre tu piel y mi piel

como si fuéramos muertos en busca de la resurrección.

Adoro sentir el vaivén de tu cabello sobre mi cuello;

adoro sentir tus pupilas sobre mis pupilas

tus ojos desgarrándome el rostro

destruyéndome el rostro

quiero que te vengas en mi rostro, me dices

y me lanzas tus llamaradas de frío sobre el pecho,

quieres destruirme desde adentro

quieres, con tu alma rota, envolverme sobre ti

quieres que te coja como si no existiera un mañana.

Tu respiración se aleja mientras más despierto estoy,

adoro el vaivén de las olas de tu cabello,

adoro tus gemidos sobre mi piel,

adoro que el tiempo no sea tiempo cuando estás tú,

adoro la parsimonia de tus pasos,

esos pasos que me dicen un adiós eterno,

pero que también me dicen que volverás mañana.

¿Sabes cuál es la diferencia entre ella y yo?
Que yo te quiero como no se debe de querer. Yo te quiero triste y te quiero alegre, yo te quiero al mediodía y con las luces apagadas.
Yo te quiero a besos y abrazos y también te quiero a gritos y reproches.
Te quiero en la cólera de los viernes por la noche y en la parsimonia del domingo.
Yo te quiero como no se debe de querer, con mucho más que la palabra querer.
—  Cartas a Manuel, Andy Elizabeth Vega (vía young-and-pathetic)
50 Sombras de Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 1 (Tercera y última parte)

—¿Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo?

—Tengo familia. Un hermano, una hermana y unos padres que me quieren. No me interesa ampliar la familia.

—¿E-Es usted gay, señor De Luque?

Respiro hondo. Estoy avergonzado, abochornado. Mierda. ¿Por qué no he echado un vistazo a la pregunta antes de leerla? ¿Cómo voy a decirle que estoy limitándome a leer las preguntas? Maldita sea Frank y su curiosidad.

—No, Guillermo, no soy “gay”. Prefiero pensar que me fijo en las personas, no en su género.

Alza las cejas y me mira con ojos fríos. No parece contento.

—Le pido disculpas. Está… bueno… está aquí escrito.

Ha sido la primera vez que me ha llamado por mi nombre. El corazón se me ha disparado y vuelven a arderme las mejillas. Me remuevo en la silla algo nervioso.

Inclina un poco la cabeza.

—¿Las preguntas no son suyas?

Quiero que me trague la tierra.

—Bueno… no. Frank… el señor Garnes… me ha pasado una lista.

—¿Son compañeros de la revista de la facultad?

Mierda. No tengo nada que ver con la revista. Es una actividad extraacadémica de él, no mía. Me arden las mejillas.

—No. Es mi compañero de piso.

Se frota la barbilla con parsimonia y sus ojos profundos me observan lentamente.

—¿Se ha ofrecido usted para hacer esta entrevista? —me pregunta en un tono inquietantemente tranquilo.

A ver, ¿quién se supone que entrevista a quién? Su mirada me quema por dentro y no puedo evitar decirle la verdad.

—Me lo ha pedido él. No se encuentra bien —le contesto en voz baja, como disculpándome.

—Esto explica muchas cosas.

Llaman a la puerta y entra la pelirroja número dos.

—Señor De Luque, perdone que lo interrumpa, pero su próxima reunión es dentro de dos minutos.

—No hemos terminado, Andrea. Cancela mi próxima reunión, por favor.

Andrea se queda boquiabierta, sin saber qué contestar. Parece perdida. El señor De Luque vuelve el rostro hacia ella lentamente y alza las cejas. La chica se pone colorada. Menos mal, no soy el único con esa reacción.

—Muy bien, señor De Luque —murmura, y sale del despacho.

Él frunce el ceño y vuelve a centrar su atención en mí.

—¿Por dónde íbamos, señor Diaz?

Vaya ya estamos otra vez con lo de “señor Diaz”. Me hace sentir como si fuera un tío de cuarenta años.

—No quisiera interrumpir sus obligaciones.

—Quiero saber de usted. Creo que es lo justo.

Sus ojos café brillan de curiosidad. Mierda, mierda. ¿Qué pretende? Apoya los codos en los brazos de la butaca y une las yemas de los dedos frente a la boca. Su boca… me… me desconcentra. Trago saliva.

—No hay mucho que saber —le digo ruborizandome aún más.

—¿Qué planes tiene después de graduarse?

Me encojo de hombros. Su interés me desconcierta. Venirme a Seattle con Frank, encontrar trabajo… La verdad es que no he pensado mucho más allá de los exámenes.

—No he hecho planes, señor De Luque. Tengo que aprobar los exámenes finales.

Y ahora tendría que estar estudiando, no sentado en su inmenso, aséptico y precioso despacho, sintiéndome incómodo frente a su penetrante mirada.

—Aquí tenemos un excelente programa de prácticas —me dice en tono tranquilo.

Alzo las cejas sorprendido. ¿Está ofreciéndome trabajo?

—Lo tendré en cuenta —murmuro confundido—. Aunque no creo que encajara aquí.

Oh, no. Ya estoy otra vez pensando en voz alta.

—¿Por qué lo dice?

Ladea un poco la cabeza, intrigado, y una ligera sonrisa se insinúa en sus labios.

—Es obvio, ¿no?

Soy torpe, desaliñado y no soy pelirrojo.

—Para mí, no.

Su mirada es intensa y su atisbo de sonrisa ha desaparecido. De pronto siento unos extraños músculos que me oprimen el estómago. Aparto los ojos de su mirada escrutadora y me contemplo los nudillos, aunque no los veo. ¿Qué está pasando? Tengo que marcharme ahora mismo. Me inclino hacia delante para coger la grabadora.

—¿Le gustaría que le enseñara el edificio? —me pregunta.

—Seguro que está muy ocupado, señor De Luque, y a mí me espera un largo camino de regreso a casa.

—¿Vuelve en coche a Vancouver?

Parece sorprendido, incluso nervioso. Mira por la ventana. Ha empezado a llover.

—Bueno, conduzca con cuidado —me dice en tono serio, autoritario.

¿Por qué iba a importarle?

—¿Me ha preguntado todo lo que necesita? —añade.

—Sí, señor —le contesto, y guardo la grabadora en la bolsa.

Cierra ligeramente los ojos, como si estuviera pensando.

—Gracias por la entrevista señor.

—Ha sido un placer —dice, tan educado como siempre.

Me levanto, se levanta también él y me tiende la mano.

—Hasta la próxima, señor Diaz.

Y suena como un desafío, o como una amenaza. No estoy seguro de cuál de las dos cosas. Frunzo el ceño. ¿Cuándo volveremos a vernos? Le estrecho la mano de nuevo, perplejo de que esa extraña corriente siga circulando entre nosotros. Deben de ser los nervios.

—Señor De Luque.

Me despido de él con un movimiento de cabeza. Él se dirige a la puerta con gracia y agilidad, y la abre de par en par.

—Asegúrese de cruzar la puerta con buen pie, señor Diaz.

Me sonríe. Está claro que se refiere a mi poco elegante entrada en su despacho. Me ruborizo.

—Muy amable, señor De Luque —le digo bruscamente.

Su sonrisa se acentúa. Me alegro de haberle divertido. Salgo al vestíbulo echando chispas y me sorprende que me siga. Andrea y Olivia levantan la mirada, tan sorprendidas como yo.

—¿Ha traído abrigo? —me pregunta.

—Chaqueta.

Olivia se levanta de un salto a buscar mi chaqueta, a lo que él le quita de las manos antes de que haya podido dármela. La sostiene para que me la ponga, y lo hago sintiéndome totalmente ridículo. Por un momento apoya las manos en mis hombros, y doy un respingo al sentir su contacto. Si se da cuenta de mi reacción, no se le nota. Su largo dedo índice pulsa el botón del ascensor y esperamos, yo con torpeza, y él sereno y frío. Se abren las puertas y entro a toda prisa, desesperado por escapar. Tengo que salir de aquí. Cuando me vuelvo, está inclinado frente a la puerta del ascensor, con una mano apoyada en la pared. Realmente es muy guapo. Guapísimo. Me desconcierta.

—Guillermo —me dice a modo de despedida.

—Samuel —le contesto.

Y afortunadamente las puertas se cierran.

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HOLAH, soy Ale e.e y lamento no haber subido ;-; ni pude ver los vídeos de ayer D’: además que esta parte la siento algo más corta que las demás u.u pero buenoo… ya saben, corazoncito o reblog si quereis que Guille se le acerque al “buenote” de Samuel e.e alguna duda al Ask de este sensuáh blog y sin nada mas que decir aquí, me despido, adiós! ^^

@profwaldo-darp

La morena recibió el mensaje del prefecto y de inmediato sus alarmas se prendieron ¿La habrían descubierto? ¿Pero como? Marie prometió guardar el secreto, Waldo no podría estar en conocimiento de su desliz la noche de la fiesta. Caminó con parsimonia hacia la oficina del académico, estaba nerviosa pero sabía disimularlo bien. Eran las cinco en punto cuando se paró frente a la puerta del hombre, respiró profundo y tocó la puerta antes de asomarse. -¿Necesitabas verme?- comentó esperando que su colega la invitara a pasar.

Jovina y yo

Dijiste estar lista para mí. Te acostaste en la cama y esperaste que te desnudara. No te desnudé ¿Cómo hacerlo si lo pusiste tan fácil? Debes hacerme sufrir. Debiste haberme hecho esperar, morir de desconsuelo, invalidar mi corazón para abrirse a otra boca roja, a otras piernas suaves, a otras caderas hembras. Debiste cerrarme la puerta en la cara.

Jamás vuelvas a prestarte para que alguien más te desnude niña.

                                                                  Lex Parsimonia

Tengo...

“La alegría” de un niño montado sobre los hombros de su padre.

“La parsimonia” del Homeless, que sentado en cualquier plaza, come de las sobras recogidas por ahí.

“La urgencia” de la pierna rota, que clama por atención médica.

“La discreción” del Don nadie, que cae muerto en cualquier calle sin más huella de su existencia, que la constancia en el registro de defunciones, que lleva el empleado del cementerio.

“La velocidad” con que un drogo, transforma en humo los billetes.

“El ímpetu” del perro más chico de la leva, que ha sabiendas que no ha de conseguirlo, corretea digno al lado de los canes más grandes, todo, para follarse a esa perra.

“La tristeza” del creyente devoto, al enterarse de que el cielo está lleno.

“La ansiedad” del primerizo, del debutante en la cosa sexual.

“La voluntad” del ex convicto redimido, que le huye al delito, como Lota Schwager le huye al descenso.

“La calma” de un domingo por la mañana.

Prosa original de Psychofinger.

¿Qué estás viendo?

¿Qué estás viendo?

Los cuartos giran,
las nubes bajan,
la arena se mueve,
los pies andan,
los círculos continúan,
las vueltas son inparables,
zanjas en la tierra de hombres girando.

Las ventanas se vuelven muros,
las aves no cantan,
no hay cielo nocturno,
no hay cielo,
el viento guarda silencio,
las piedras están quietas, insoportablemente quietas,
las sombras tienen hambre, buscan,
hombres contra hombres forman murallas.

Los paisajes mueren,
la vista muere,
el sentido muere,
se deshoja la estación,
pierden todo los hombres estacionados. Mueren.

Se aproximan las horas al filo de tu nacimiento,
se aproximan, cada instante es una aproximación,
la tierra te sostiene, aguantas tu temblor,
se aproximan, se aproximan, cada instante, se aproximan
tienen miedo.
Los hombres temen, cierran las ventanas, cambian de domicilios para no ser encontrados,
cambian, cambian, siempre en el mismo círculo,
estacionados,
y ellas aproximándose.
Los hombres temen, cierran las ventanas.
Los hombres temen, buscan encierros-
Los hombres temen, los pies no avanzan.
Vueltas, vueltas, vueltas, vueltas,
vueltas, vueltas, vueltas, se aproximan, vueltas y vueltas, se aproximan,
hay que deshojarse antes de que nos deshojen.
¿Qué hacen las horas si no es llevarse lo que somos, la vida y todo?
¿Qué no son sino asesinas?
Las horas llegan, lo arrasan todo, se llevan todo, te muerden y te contaminan y te escupen
y te abrazan y te cambian de una vez por todas y te sacuden y te hunden y te mueven
¡Y te mueve y te mueven y te mueven, te mueven!
a ti, ¡te mueven! A ti, te, mueven.
Las horas llegan y lo arrasan todo, te deshojan, nos deshojan.
Nos deshojamos antes porque el desnudo es nuestro,
porque es nuestra propia mano,
nos quitamos, nos perdemos, antes de que las horas lleguen,
las ventanas las cerramos,
nos quitamos, antes que las horas lleguen

¿Por qué?

Nos quitamos.
Porque las horas nos quitan también.
Además
las horas
las horas llegan, lo arrasan todo,
te mueven, te llevan a otro sitio
dejas los círculos,
abandonas tus murallas,
te desprotegen y sólo vas y vas.
Las horas te llevan a otro sitio,
desconocido, desconocido de siempre,
un sitio desconocido.
Nadie quiere que lo lleven a lo desconocido.

Hombres muertos, muchos muertos.

¿Será


po-

si-

ble?

En algún momento… solamente en algún momento.
Matrices, incubadoras, tumbas, aquí mismo, ¿lo ves? Ahí donde tú estás.

                                                                               Lex Parsimonia