la morfina

Papaver Somniferum

Conocida comúnmente como Amapola o Planta del Opio. Los vestigios de su cultivo datan del año 5700 en la Edad de Piedra, en Italia y Alemania. Puede alcanzar una altura por sobre el metro. Sus hojas pueden ser blancas aunque es común reconocerla por su tono lila; Cuenta con una cápsula redonda que contiene las semillas de las cuales  se produce la morfina y la codeína. Ambas utilizadas en la industria farmacéutica. Los efectos en personas debido  su consumo van desde adormecimiento y fatiga a nauseas, alucinaciones y vomito, por lo que en distintos países se ha normado y restringido su cultivo.

Padre Nuestro inyéctanos de vez en cuando una inyección de morfina en las venas para no sentir ese dolor de no ser ni de aquí ni de allá, ni de la lluvia ni del sol. Padre danos un poco de morfina del aire para soportar la ausencia de ese beso remoto que nos daban cuando nos despertaban en las mañanas
—  El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. Rafael Chaparro Madiedo
Mal de amores

Mal de amores…

Escuchas la misma canción
tres veces seguidas
porque la escuchabas junto a ella
y te ayuda a respirar;
o no la escuchas nunca en varios meses
porque su nombre encharca tus pulmones.

Pero eso no es morir…
Eso, es estar vivo.

Murmuras ese nombre cada noche,
y en tu piel se para el reloj…

Te vas rompiendo poco a poco,
aplastado por las flores
que laureaban vuestros labios.

Pero eso no es morir…
Eso, es estar vivo.

¿Sabes lo que es morir?

Morir es no tener tiempo para morir;
trabajar de ocho a doce horas
con la única meta de pagar la puta casa.

Morir es la monotonía pegando martillazos en el cielo,
haciéndote olvidar tus sueños poco a poco.

Morir en pensar en esos sueños
y encogerse de hombros;
conformándote con las telarañas del volcán.

Morir es tener miedo de morir;
inyectarle morfina a la luna
para que no moleste más.

Morir no es el mal de amores;
morir es dejar de amar y de odiar.

Morir es estar junto a alguien
sólo por miedo de estar solo;
morir es crear una vida
y luego preguntarte
si de verdad es lo que querías.

Morir es huir;
morir es traicionar tus ideales;
morir es dejar atrás el cementerio
para pasarte la vida en una tumba.

Así que no te quejes;
coge ese mal de amores que te mata
y piensa que esas ganas de morir
no son más que ansias de vivir.


¿Yo?

Me parece que estoy muerto.

Y me duele…

Poesía original de Eros Ignem.

Mal de amores

Mal de amores…

Escuchas la misma canción
tres veces seguidas
porque la escuchabas junto a ella
y te ayuda a respirar;
o no la escuchas nunca en varios meses
porque su nombre encharca tus pulmones.

Pero eso no es morir…
Eso, es estar vivo.

Murmuras ese nombre cada noche,
y en tu piel se para el reloj…

Te vas rompiendo poco a poco,
aplastado por las flores
que laureaban vuestros labios.

Pero eso no es morir…
Eso, es estar vivo.

¿Sabes lo que es morir?

Morir es no tener tiempo para morir;
trabajar de ocho a doce horas
con la única meta de pagar la puta casa.

Morir es la monotonía pegando martillazos en el cielo,
haciéndote olvidar tus sueños poco a poco.

Morir en pensar en esos sueños
y encogerse de hombros;
conformándote con las telarañas del volcán.

Morir es tener miedo de morir;
inyectarle morfina a la luna
para que no moleste más.

Morir no es el mal de amores;
morir es dejar de amar y de odiar.

Morir es estar junto a alguien
sólo por miedo de estar solo;
morir es crear una vida
y luego preguntarte
si de verdad es lo que querías.

Morir es huir;
morir es traicionar tus ideales;
morir es dejar atrás el cementerio
para pasarte la vida en una tumba.

Así que no te quejes;
coge ese mal de amores que te mata
y piensa que esas ganas de morir
no son más que ansias de vivir.


¿Yo?

Me parece que estoy muerto.

Y me duele…

Eros Ignem

https://www.tumblr.com/blog/erosignem

¿Escribir?

¿Para qué?

¿De qué?…

… ¿A quién?

¿Escribir para desahogarme, o para que de alguna forma tengas una mínima idea de cómo me siento? Ninguna es una opción. La morfina de mis letras dejó de hacer efecto, y de todas formas, sé que no me leerás más.

¿Escribir de qué?, ¿de lo que siento cuando te miro?, ni siquiera lo puedo describir. ¿De todas las veces que te pienso en todo el día? Ni siquiera puedo contarlas. ¿Del nudo constante que siento en mi garganta con cada hora que pasa?, ¿para qué?, ni así entenderías nada…

Podría escribir cientos de versos hablando de tus manos; de tu voz; de tu aroma. De las mariposas en mi hipotálamo revoloteando a mil por hora por ti.

Podría escribirte de la rara sensación que siente mi nariz cada vez que mis ojos quieren empezar a lagrimear a causa tuya, pero se hacen los fuertes, los valientes, y se contienen.

Podría escribirte de cómo siento que muere mi corazón día  tras día por ti, y luego llegas, lo reanimas, lo reparas, y lo vuelves a quebrar para volverte a ir.

Podría escribirte de tantas cosas…

Pero, ¿a quién puedo escribirle? O mejor dicho, ¿para quién DEBO escribir?

Porque si hablamos de “poder”, podría escribirle a miles de cosas.

Al tiempo y al destino, por ejemplo, les escribiría muchas cartas, pero no de amor, sino todo lo contrario; les diría lo mucho que los odio y que me joden la existencia.

A tus ojos les escribiría uno que otro poema, los compararía con las estrellas que miro en mi techo al apagar la luz y recostarme en mi cama, ahí, donde invade el silencio y algunas veces la melancolía.

Podría escribirte a ti. Simplemente a ti.

Pero hablando de “deber”, me quedo sin una respuesta. No tengo idea de qué responder, no encuentro ninguna opción, ninguna posibilidad, no encuentro ningún nombre en mi cabeza; ni siquiera el tuyo.

Y es que entre “poder” y “deber”, hay una gran diferencia.

Pienso que no debería escribirte nunca más. Tú no entiendes mis poemas, ni mi sentir, ni absolutamente nada de lo que hay en mi cabeza. No entiendes ni una sola de mis lágrimas, ni de mis caricias; ni siquiera una sola de mis miradas.

Pienso que alguien como tú no merece ser tan infinito en un papel, y mucho menos tan seguido.

Pero así como “poder” y “deber” son diferentes, el deber y el amor no se llevan; no se toleran.

Así que no tengo salida, porque el amor que te tengo me obliga a deslizar la tinta sobre mi cuaderno hablando de ti sin parar, una y otra vez. Y entonces, aunque mil veces no quiera, la respuesta a todas mis preguntas, sigues siendo tú.

— Miriam Gris

Le dita scorrono veloci, sugli 88 tasti. Nessuno sa cosa si può tirare fuori, e nessuno sa effettivamente quante melodie si possano creare con quei tasti. Se non suoni, non conosci lo strumento. Se lo conosci non puoi non trattarlo come un figlio. Quando le tue dita sfiorano quei tasti ruvidi, senti una sensazione esaltante e inebriante, che sale lungo la schiena e termina nel cervelletto. É quella che a me piace chiamare “la morfina del pianista”. Qualsiasi suonatore di qualsiasi strumento sa di per certo che ad un certo punto della sua carriera lo strumento smetterà di essere strumento e le mani di essere mani. Diventi un corpo solo. Una cosa sola. Ci sono dei limiti però. Altrimenti si scade o nell'errore, o ancora peggio nella maledizione. La dedizione piu completa al pianoforte puo facilmente diventare maledizione. Ogni pianista è un po’ maledetto dentro se stesso. Ogni pianista, superato questo punto critico della carriera, opera un collegamento diretto che parte dal cervello, passa nel cuore, nelle dita, nel martelletto, e si perde nelle corde. Non suoni veramente, finisci solo per sentire tuo il pianoforte. Il pianista maledetto è una figura che mi ha sempre affascinato. Quale mente umana dedica cosi tanto tempo a una azione tanto da farla diventare la croce e la delizia? Me lo immagino li, il cervello, che a un certo punto smette di pensare e si limita anche lui ad ascoltare il suo operato. Si mettono d'accordo in un algoritmo semplice e armonioso. E il cervello si addormenta, le orecchie cominciano ad essere solleticate dalla melodia. Raggiunto questo stato, un pianista normale si sentirebbe più che appagato. E invece no, il maledetto sale, e sale, e sale ancora, finche non si ritrova a sudare dal movimento degli avambracci. Essere un pianista maledetto dev'essere veramente affascinante. Essere un pianista maledetto vuol dire fare un patto con il diavolo: in cambio di una straordinaria dolcezza e leggerezza nella tastiera, si ha un livello di ira spaventosamente allucinante. Se il pianista maledetto si arrabbia, nessuno lo regge. Se il pianista maledetto suona da arrabbiato, esce la melodia piu tetra immaginabile, a una velocita inarrivabile. Se il pianista maledetto suona da arrabbiato, le corde iniziano a tremare da sole fremendo e preparandosi ad essere massacrate di martellate. Viceversa, se il pianista maledetto è contento sa benissimo che puo sviluppare le melodie piu dolci e strappalacrime di questa terra. Il pianista maledetto ha il controllo di tutti i cuori, ma non del suo. Controlla le persone, ma senza autocontrollo. Il pianista maledetto sa che nessuno lo prenderà in considerazione. Sa che se trova una pianista maledetta sarà una sfida eterna tra i due, e al primo litigio rischieranno di rompersi le ossa a vicenda. Tutti i grandi del passato secondo me sono stati dei grandi maledetti. Basti pensare a Liszt, o al più noto Mozart. Menti malate che gia in fasce erano predestinate alla maledizione degli 88 tasti.
Beethoven, che da sordo componeva. Mozart, uno dei piu grandi pianisti mai esistiti.
Liszt, autore del brano piu difficile in assoluto.
È un modo ostile di interpretare questi nomi, ma assai efficace. Il mondo ha bisogno di pianisti maledetti, o di artisti maledetti in generale. Senza un Picasso non esisteva il cubismo, senza Mozart la musica classica era quasi morta. I maledetti sono gente scelta per avere una dote amplificata rispetto agli altri. Gente che lo strumento oramai lo domina con scioltezza o addirittura bendati. Bene, nel corso della mia, seppur breve, esperienza pianistica, ho avuto modo di approcciare a questi maledetti. E si riconosce un loro testo, piuttosto che un altro. Senti la malinconia della condanna che esce dal foglio, che ti risale mentre la suoni. Senti Mozart che ti preme dentro, che ti dice liberati da questo male, tu che sei ancora in tempo. I tasti non sono solo pezzi di legno che spingi per suonare. Sono infiniti. Sono vita. Sono solo 88, ma in quella tastiera, puoi fare una melodia per una bella fanciulla, o per un funerale. Puoi fare melodie per tutti. E puoi trovarci anche la maledizione, che quando arriva ha il gusto dolce del miele nel latte da bambini. Quando comincia ad uscire e a premere dentro pero, ti accorgi che quello strumento è satellite di te stesso. O la prendi con filosofia, e ti arrendi alla passione e alla maledizione, o te ne fai una colpa e cerchi di rifiutare tutto. Ma sono sicuro che in ambo i casi interverresti quando ormai è gia troppo tardi.
—  Pensieri notturni a caso