juventud

Cuando conocí a Sofía supe que sería el chico más tonto del mundo si dejaba que se fuera. Estaba algo lastimada, le cuesta creer en las palabras, el amor se le esfumó con malas experiencias. El lunes dejé un sobre blanco en su casa con un poema. Por la noche me dijo que no sabía que aún existía la correspondencia. El martes hacía lluvia y dejé otro sobre. Ella lo leyó y me dijo que debía guardar mis palabras para alguien mejor porque a ella se le habían terminado. El miércoles omití su petición y le llevé otro sobre. El jueves le dejé la cuarta carta y por la tarde me dijo: Quisiera hacerte una pregunta pero quiero que me la respondas por carta. Me puse contento al saber que algo estaba haciendo bien. El viernes le dejé un poema y una carta respondiendo su pregunta. El sábado fui a su casa y quise saludarle y darle la sexta carta. Para mí sorpresa me recibió con una sonrisa, un brillo infinito en los ojos y un papel con unas palabras para mí. Entonces me di cuenta que a la chica no se le habían acabado las palabras, sino que las traía muy guardadas y para sacarlas había que cavar en las profundas entrañas de su corazón
—  De las estrellas a Sofía, Quetzal Noah
Entonces mis brazos la apretaron contra mi abdomen con más fuerza y por mi olfato se fugó un aroma a cereza proveniente en su corta cabellera. La volteé hacia mi pecho, mis manos tocaron sus nalgas para levantarla y apoyarla en la barra. Besé muy despacio su cuello y ella con sus ojos cerrados suspiraba recorriendo mi espalda con la misma suavidad que aconteció en el masaje. Sin cambiar de postura la cargué y caminé con ella hasta el sofá de la sala donde la tiré para desabrochar sus pequeños shorts. Sus bragas eran azul pastel y un chorrito de su néctar de pasión escurría. Sus muslos creaban nubes y al acercar mis mejilla a ellos ardían como lava. Con mis dientes arranqué las bragas para hacer huracanes en sus colinas de Venus con mi lengua. Su sexo era de un tono rosado, sus jugos me sabían a pulque curado
—  Teoría de la Fragilidad, Quetzal Noah
Porque no había más eternidad que aquella suave primavera que adornaba sus piernas y sus brazos. Un hombre que realmente ama a una mujer le da la vuelta al mundo para encontrarla, conversa con el micro y el macro, pregunta el paradero de los sueños y también se cuestiona si la esencia es más fuerte que la duda. El viento de la mañana entró en la ventana y ella se acurrucaba en mí para que la protegiese de aquel frío. Tal vez una chica puede volver a soñar con el amor si aquel que la pretende no le reclama sus actitudes extrañas y con el más fino de los silencios insiste con detalles y no palabras porque las palabras cualquiera las dice; y aquel pretendiente dispone de la voluntad para permanecer ante la indiferencia porque a veces la indiferencia no es sinónimo de desprecio sino una especie de escudo porque la chica se encuentra demasiado dañada y tiene que probar si el valor de la pretensión no es una ilusión que se desmorona con la primera muestra de lejanía. Tal vez la chica olvide la vanidad que un día la corrompió y para que esto suceda no se deben prometer más lunas ni estrellas sino acciones que fulminen todo rastro de duda