john de santis

Acojo en mi hogar palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera.
Examino cada jaula y allí, ladrando, vocales y consonantes;
Encuentro sucios verbos que lloran después de ser abandonados por un sujeto que un día fue su amo;
y de tan creído que era prescindió del predicado.
Esta misma semana han encontrado a un par adjetivos transtornados,
a tres adverbios muertos de frío,
y otros tantos de la raza pronombre que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño.
Señalo entonces las palabras que llevan más días abandonadas y me las llevo a casa,
las vacuno de la rabia y las peino a mi manera, como si fueran hijas únicas,
porque en verdad todas son únicas.
Acto seguido y antes de integrarlas en un parvulario de relatos o canciones
les doy un beso de tinta y les digo que si quieres ganarte el respeto
nunca hay que olvidarse los acentos en el patio,
A veces les pongo a mis palabras diéresis de colores imitando diademas
y yo sólo observo cómo juegan en el patio de un poema.
Casi siempre te abandonan demasiado pronto y las escuchas en bocas ajenas
y te alegras y te enojas contigo mismo como con todo lo que amamos con cierto egoísmo.
Y uno se queda en casa, inerte y algo vacío, acariciando aquél vocablo mudo llamado silencio,
siempre fiel, siempre contigo.
Pero todo es ley de vida, como un día me dijo el Poeta Halley:
“Si las palabras se atraen que se unan entre ellas.
Y a brillar que son dos sílabas
—  Poeta Halley