javier-heraud

Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles

Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reir de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.
Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.

Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.

De El Viaje (1961) - Javier Heraud

Si acaso me preguntan
dónde estuve
y si insistentes, quieren
averiguar los sitios que he pisado,
les diré.
“Tres meses son tres años,
tres años son tres días,
tres días son tres horas,
y en verdad, en verdad hablando
sólo salí a dar una vuelta
por el parque,
entré al cinema
me tropecé con otras gentes en otras
partes.
Y ya estoy aquí,
nada le ha pasado a nadie,
yo sigo como siempre
admirando los ríos del otoño,
yo sigo como siempre
esperando al verano para maldecirlo,
y conversando con mis viejos
objetos adorados:
y no pregunten más,
que de mí no habrá ya más respuestas”.
Bien, yo deberé decirles
a mis amigos “lo he hecho.
Estuve en Moscú.
Aquella vez que volví a casa
me sentí muy derrotado”
—  Poema en el avión - Javier Heraud

Caminando por el naciente mes
de los finales,
terminando el año con pesadillas
y añoranzas
recorría mis
caminos recorridos.
Todo empezará de nuevo,
repetía,
mi corazón abrirá sus frutos derramados,
mi corazón arrojará las hierbas desoladas,
mi corazón arropará las añoranzas
de los días,
mi corazón exclamará su antiguo,
su eterno,
su nuevo amor a las frutas y a los ríos.

javier heraud

I   
 

Es necesario volver  
una vez más  
a la noche que nunca  
conocimos, a los ríos que siempre se negaron:  
es naufragio  
en el último navío.  
Acaso una vez más es necesario. El tiempo  
se acorta   
y no regresa. Heridos  
es necesario  
reanudar los puertos.  
El tema sigue siendo  
lo perdido (mi corazón  
también). El invierno gastará sus lluvias  
si los árboles mueren.  
Y habremos de anegarnos  
sin remedio,  
sentados en un parque de Diciembre. 

En: Ensayo a dos voces  
Javier Heraud, César Calvo  
Lima, 1961 

    Porque mi patria es hermosa 
    corno una espada en el aire, 
    y más grande ahora y aun 
    más hermosa todavía, 
    yo hablo y la defiendo 
    con mi vida. 
    No me importa lo que digan 
    los traidores, 
    hemos cerrado el pasado 
    con gruesas lágrimas de acero. 
    El cielo es nuestro, 
    nuestro el pan de cada día, 
    hemos sembrado y cosechado 
    el trigo y la tierra, 
    y el trigo y la tierra 
    son nuestros, 
    y para siempre nos pertenecen 
    el mar 
    las montañas y los pájaros.

Javier Heraud

Mi casa muerta

I

No derrumben mi casa
vieja, había dicho.
No derrumben mí casa.

II

Teníamos nuestra pérgola,
y dos puertas a la calle,
un jardín a la entrada,
pequeño pero grande,
un manzano que yace seco
ahora por el grito
y el cemento.
El durazno y el naranjo
habían muerto anteriormente,
pero teníamos también
(¡cómo olvidarlo!)
un árbol de granadas.
Granadas que salían
de su tronco,
rojas,
verdes,
el árbol se mezclaba
con el muro,
y al lado,
en la calle,
un tronco que
daba moras
cada año,
que llenaba de hojas
en otoño las puertas
de mi casa.

III

No derrumben mi vieja casa,
había dicho, 
dejen al menos mis
granadas
y mis moras,
mis manzanas y mis
rejas.

IV

Todo esto contenía
mi pequeño jardín.
Era un pedazo de
tierra custodiado
día y tarde por una
verja,
una reja castaña y alta
que
los niños a la salida
del colegio
saltaban fácilmente,
llevándose las manzanas
y las moras,
las granadas
y las flores.

V

Es cierto, no lo niego,
las paredes se caían
y las puertas no cerraban
totalmente. 
Pero mataron mi casa,
mi dormitorio con su
alta ventana mañanera.
Y no quedó nada
del granado,
las moras ya no
ensucian mis. zapatos,
del manzano sólo veo
hoy día,
un triste tronco que
llora sus manzanas
y sus niños.

VI

Mi corazón se quedó
con mi casa muerta.
Es difícil rescatar
un poco de alegría, 
yo he vivido entre
carros y cemento,
yo he vivido siempre
entre camiones
y oficinas,
yo he vívido entre
ruinas todo el tiempo, 
y cambiar un poco
de árbol y de pasto,
una palmera antigua
con columpios,
una granada roja
disparada en la batalla,
una mora caída con un niño,
por un poco
de pintura
y de granizo, 
es
cambiar
también algo
de alegría
y de tristeza,
es cambiar también
un poco de mi vida,
es llamar también
un poco aquí a la muerte
(que me acompañaba
todas las tardes
en mi vieja casa,
en mi casa muerta).

Javier Heraud

De El Viaje (1961)

I am the river become night.
I go down by the broken depths,
by the forgotten unknown villages,
by the cities crammed to the very windows with people.
I am the river,
I flow through the prairies.
The trees on my banks are alive with doves.
The trees sing with the river,
the trees sing with my bird’s heart,
the rivers sing with my arms.
—  Javier Heraud, from “The River,” translated by Timothy Allen
Recuento del año
Una vez terminado 
el año, 
procedo a recoger 
mis cosas nuevas, 
procedo a reclamar 
papeles viejos, 
hago al compás 
de charlas amistosas 
el recuento del año, 
el recuento de mis 
365 días pasados: 
todo se fue 
rápidamente, 
no hubo tiempo 
para la cosecha, 
ni para 
sembrar el trigo 
en los maizales. 
Los días volaron 
raudamente, 
estuve sentado, 
leyendo, 
o alguna vez 
escribiendo 
hasta la noche. 
No tuve miedo 
de la muerte, 
no pude sembrar 
el amor como 
quería, 
recogí algunas 
frutas caídas 
y supuse que 
al final moriría 
alguna tarde 
entre pájaros 
y árboles. 
No estoy muerto. 
sin embargo, 
entre tarde y tarde 
cuando vibran 
los soplos 
del silencio, 
abro mi corazón 
al conjuro 
del viento 
y la palabra, 
y construyo 
casas, 
tierras, 
mares, 
nuevos albores, 
nuevas tristezas, 
y callo al final 
(como siempre 
recordando y 
recordando)
Javier Heraud. 

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.

Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.

Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados,

Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.

Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.

Del poemario: “El Río”. Lima. 1960.

—  El Río - Javier Heraud
ELEGÍA

Tú quisiste descansar
en tierra muerta y en olvido.
Creías poder vivir solo
en el mar, o en los montes.
Luego supiste que la vida
es soledad entre los hombres
y soledad entre los valles.
Que los días que circulaban
en tu pecho sólo eran nuestras
de dolor entre tu llanto. Pobre
amigo. No sabías nada ni llorabas nada
Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles
Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reir de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.
Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.
Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.

__Javier Heraud

 

Poemas a la tierra. 1961

Quiero que salgan dos geranios de mis ojos,

de mi frente dos rosas blancas, y de mi boca

(por donde salen mis palabras)

un cedro fuerte y perenne, que me sombra 

cuando arda por dentro y por fuera

que me de viento cuando la lluvia

desparrame mis huesos.

Echadme agua todas las mañanas, fresca

y del río cercano, que yo seré el abono

de mis propios vegetales.

Javier Heraud.

Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles.

Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reír de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.

—  Javier Heraud - Yo no me río de la muerte