invierno

La voz de ese eco distante sonaba quebradiza al mismo tiempo que diáfana, se asimilaba a aquel espejo roto de cristal que quedó atascado en el recuerdo por las lágrimas que quedaron putrefactas sobre su superficie.
Lloraba de miedo, estaba resquebrajando un futuro sin vida ya latente y un efímero presente destinado a morir, perdiéndome en el tiempo. Soñaba con un final precipitado mientras le miraba a los ojos en silencio, le intentaba acariciar y solo abrazaba el aire, le sostenía, sin querer, la mirada al viento.
Sin embargo, el arruyo de los años sustituyó su ausencia por la soledad, y mi dolor, se convirtió en invierno.
Durante muchas lunas busqué su cuerpo, mientras yo yacía en la tierra de la somnolencia sin razón ni conciencia de mis hechos y mis deseos.
Habitaba un mundo equidistante a mi verdad, perpendicular a mis ilusiones y diagonal a mis expectativas. En él, sobresalía una tenue llama que derrumbaba todo intento de perdición, que mantenía mis pesadillas lo suficientemente lejos de mí para que sobreviviera, aunque sin llegar jamás a vivir.
Siempre caminaba aterrorizada hacia ella con la esperanza de desprenderme de la mitad sobrante en mi ser, pero nunca fui capaz de dividirme para entregarme a medias, y ese fue mi gran defecto y error, ser un imposible, inalcanzable e ineludible ente de amor infinito.
Me gusta el invierno, me gusta estar abrigada; me gusta el té, el café y el chocolate caliente.  Amo la sensación de tener frío y arroparme en la cama. Me gustan los suéteres suaves y cómodos, la ropa grande. Me gusta ver películas en el sofá tapada con una manta mientras como pizza y chocolate. Me gusta la calidez que me da leer un libro cuando hace mucho frío. Me gustan hablar con alguien arropados en una cama, sentarme al lado de la chimenea. Me gusta estar en casa con un pijama y pantuflas acolchonadas, me gusta  caminar con el aire frío dándome en la cara hasta que mi nariz se ponga roja. Me gusta tener frío y que alguien me abrace. Me gusta el invierno.

Perdona si estas palabras no tienen mucho sentido,
es que han salido todas de golpe
y se están pisando los cordones para llegar hasta ti.
Pasa que no estás,
y yo ya me conozco tu ausencia de memoria.

He perdido el tiempo en todos los recovecos de la nostalgia
y aún te ando buscando en los rincones del “ojalá estuvieses aquí”,
y no te haces ni una mínima idea
de la cantidad de sonrisas mutiladas que hubieras podido recomponer
si hubieses luchado abril conmigo.
Lo peor de las despedidas no es buscar tu cara en todas las demás personas,
sino no encontrarla en ninguna de ellas.

Sístole y diástole han decidido tomarse unas vacaciones de verano anticipadas,
y el que bombea,
la baja laboral por lesión grave.
Anda, vuelve,
que hasta el sol me ha dicho que no merece la pena asomarse
si no es para alumbrarte la vida;
y al frío le da miedo volver por si se me cortan los labios
y no vuelvo a pronunciar tu nombre,
(y eso que, tú en invierno siempre fuiste primavera).

Y aún después de beberme todos los recuerdos rebajados con agua,
contigo en mi bando sentía que podía declararle la guerra a todos los demás poetas
y hasta proclamarme vencedora.
vale, ya sé que hoy no estás aquí,
pero es que los esquemas que les rompiste
no se van a poder arreglar solo con celo.

—  Pasa que no estás