huargos

-1981, una semana después de la caída de Lord Voldemort.

Albus Dumbledore, hombre admirable, magnífico mago, mundialmente reconocido. Vaya figura, ¿no? Este honrado hombre se encontraba en eses instantes sentado en la silla de su escritorio, con una carta de elegante y fina caligrafía firmemente sujeta entre las manos. Su expresión reflejaba atolondrada sorpresa, de esa en la que uno se queda medio grogui durante varios minutos, con la mirada clavada en la causa de tal estupor, como esperando que de golpe y porrazo alguien llegue y explique qué demonios ha pasado, o pasó, o pasará…

Es curioso como un simple pedazo de papel puede causar tanto en una persona. Y es que Albus, se sentía tan mareado por sus pensamientos, que tenía la espantosa impresión de que su despacho daba violentas y vertiginosas vueltas. Aunque tampoco era para menos, no todos los días recibías una canasta con una bella beba dentro. Y la carta tampoco explicaba demasiado:

Esta carta está dirigida Albus Dumbledore. Si no eres él ya puedes ir quitando tus mugrientas manos de este costoso papel, el mensaje no se mostrará. Si eres tú Albus, da vuelta la hoja.

Albus obedeció y giró el papel entre sus manos, que temblaban casi imperceptiblemente.

Ella es Kira, es mi hija. El 21 de Octubre cumplió un año de vida. Me están dando caza, Albus. Me persiguen, quieren asesinarme. Necesito que la cuides por mí como yo lo haría si estuviera ahí. Debes cuidarla con tu vida si es necesario. Quiero que sepa defenderse y sea tan fuerte como lo soy yo, no quiero que nadie la dañe. Hazla una fortaleza impenetrable, no quiero que sufra. No como yo lo hice. Cuídala, si alguna vez me amaste de verdad, cuídala y no dejes que nada le haga daño.

Remus es su padrino, debes decírselo. Él te ayudará. Severus y tú son las únicas personas que saben de mi niña; Snape no está al tanto de mi situación, él cree que estoy muerta. Como todo el mundo mágico, irónicamente, cuando me atrapen, porque sé que lo harán, estaré muerta y nadie lo sabrá.

Protégela Albus, es la última Pevensie.

Elena.

La carta era exactamente como su emisora; fría, directa y autoritaria. El mago apartó su vista del papel para fijarla en la niña. Tenía la piel tan blanca como la nieve, cabello rojo intenso y unos regordetes labios rosados. El profesor se puso de pie cuando Kira se removió en la canasta, dejó la carta de lado y la tomó entre sus brazos con delicadeza, envolviéndola en la manta que traía.

La niña abrió los ojos perezosamente. Eran grises, de una tonalidad tan turbulenta que te obligaba a recordar esas poderosas tormentas de veranos en las que uno corre para esconderse tras su madre. Los ojos de la pequeña eran idénticos a los de su madre, excepto por una diminuta aureola azul rey alrededor de la pupila. La puso de pie sobre el escritorio, ella con tan sólo un año de vida, ya se mantenía por cuenta propia sobre sus pies.

La miró seriamente, tratándola como trataría a un igual y no a una beba. Ella lo observó con curiosidad.

—Cumpliré el pedido de tu madre, a partir de este momento te llamarás Kira Elena Dumbledore Pevensie.

Kira estiró una de sus manitos y tironeó de la barba del profesor, lo miró esperando su reacción. Él se apresuró a desenredar sus deditos, sonriendo con diversión.

Y así, en ese peculiar despacho de uno de los colegios más famosos del mundo mágico, comienza la historia de Kira Dumbledore Pevensie.