horcajada

Lo que hacen los signos en una relación de pareja
  • Aries: Besos contra la pared, abrazos apretados, sonrisas cálidas, reír juntos, pasar los dedos por tu cabello.
  • Tauro: Besos de buenos días, hacer cucharita, llamarse el uno a otro hermosos, salidas a cenar, besos en la frente.
  • Géminis: Sexo mañanero, frotar tu pulgar mientras se toman de las manos, llevar el estilo nupcial, hablar acostados hasta las 3am.
  • Cáncer: Abrazos suaves, rosas de regalo, sexo cariñoso, abrazados mientras ven un maratón de películas, besos franceses, cargarte en sus brazos, frotar tu panza.
  • Leo: Masajes en la espalda, jalones de pelo, citas espontáneas, sexo sensual, caricias faciales, dormir abrazados.
  • Virgo: Complacerte, manos vagando por el cuerpo de cada uno, besos en el estómago, abrazos por detrás, duchas sexuales, descubrir lo que complace a su pareja
  • Libra: Abrazos confortables, hacer arte en el sexo, dibujar entre ambos fotos como regalos, abrazarte mientras escuchan música, palabras dulces.
  • Escorpio: Besos de piquito, proteger a su pareja, conexión profunda de amor con su alma gemela, observar estrellas juntos, sexo intenso, besos tiernos en la nariz.
  • Sagitario: Viajes divertidos por la carretera, viajar juntos por el mundo, acariciar tus costillas, contar las pecas en el rostro de su pareja, darte besos en la entrepierna
  • Capricornio: Inpirarse el uno al otro, sexo tántrico, besos en el cuello, necesitarse el uno al otro, besos en la espalda, mirarse a los ojos entre sí.
  • Acuario: Ser mejores amigos y amantes, sonreír mientras besan, ser torpe entre sí, besos juguetones, montar a horcajadas, mantenerse acurrucados.
  • Piscis: Poemas de amor, jugar juegos de beber juntos, masajes en el cuello, besos húmedos, abrazos de despedida.
Quiero tatuarte la piel

Quiero tatuarte la piel,
quiero que conserves mis sentimientos
esos que han quedado marcados con labial en tu pecho.

Quiero tatuarte la piel,
con mis besos, mis mordidas, mis rasguños,
en tu torso, tu espalda, tu cuello, tu rostro.

Quiero que también sientas esas caricias,
quiero desnudarte con calma, disfrutar de tu desesperación,
devorarte los labios y detenerme para atacarte el cuello.

Dejar que mis manos por fin te quiten la camisa,
mover mi cadera justo en el momento 

en que me acomodo a horcajadas sobre ti.

Quiero sentir tus manos pasar por mi cintura,
bajar por mis piernas, que me acerques a ti con fiereza.

Sentir tus manos colarse bajo mi falda
y que juegues con el encaje de mi pantaleta,
que me demuestres ese odio que dices tenerme 

y me castigues por provocarte.

Quiero tatuarte la piel mientras me dominas,
que te coloques sobre mí,
que me hagas tuya con ese toque tan tuyo de violencia,
que me obligues a gemir, a gritar.

Y que me repitas en ese proceso,
una y otra vez, que soy tuya,
sólo tuya y de nadie más.

anonymous asked:

Reacción de GOT7 😊 donde estén mirando tele en el sofá y tú te sientas a horcajadas sobre ellos abrazandolos por el cuello y te quedas dormida así? Estoy enamorada 😍 de la manera en la que escribes. Mucho amor para ti ❤

JB

Aunque quisiera aparentar lo contrario JB estaría muy incómodo. Se abrazaría a ti y dejaría que te quedaras ahí todo el rato que quisieras, pero no podría evitar estar tenso y preocuparse por si cualquier movimiento fuera a despertarte.

Jinyoung

Al ver que te habías quedado dormida Jinyoung te llevaría enseguida a la cama y se tumbaría contigo.

Youngjae

Youngjae sonreiría ampliamente al verte dormida en sus brazos, estaría lleno de felicidad y se dormiría de esa misma forma, abrazándote y con una sonrisa en los labios.

Mark

“_______ ¿Tienes sueño? ¿Quieres que vayamos ya a la cama?”

Jackson

No quiero decir que te imagines que eres el perro but… 

 Jackson estaría encantado al igual que Youngjae y aprovecharía para admirarte, te acariciaría y te daría algún que otro beso suave mientras le diera vueltas a lo afortunado que era por tenerte.

BamBam

“¡Shhh, no hagas ruido, no quiero que ______ se despierte." 

Bambam se quedaría en el sofá durante tanto tiempo que varios de los miembros llegarían al apartamento y se lo encontrarían ahí. A todos les diría lo mismo y no se movería ni un centímetro para no despertarte.

Yugyeom

Yugyeom sería como una mezcla de JB y BamBam. Estaría muy avergonzado pero no se movería del sitio, disfrutando de tenerte en sus brazos dormida hasta el último momento.

Bed. {Drabble Wigetta}

 Samuel solía ser una persona poco discreta, a decir verdad, él era lo contrario a ser discreto. Desventajas de ser transparente o quizás una virtud, dependiendo de qué situación, y en este caso se trataba de ambas. ¿O no?

Mientras Willy se encargaba de repartir besos por cada centímetro del cuerpo del contrario, Samuel se dedicaba a gemir por lo bajo mientras ayudaba a su compañero con la dificultosa tarea de bajar sus apretados pantalones.

Ambos tenían el extraño dicho de ‘Una buena mamada mañanera hace más que unos Buenos Días’

¿Quién diría que son los mismos jóvenes inocentes de YouTube?

Pues cada uno guarda sus perversas y obscenas costumbres en privado, y así estaba bien. Ellos estaban bien así, compartiendo sus cosas mutuamente en la intimidad de su reciente nuevo hogar, no necesitaban hacerlo publico, esa nunca sería una buena opción. ¿No es así?

“Tengo que grabar” mencionó Willy acalorado mientras tomaba entre sus dedos la longitud del miembro de su compañero.

“Si me dejas con el calentón te estampo chaval” amenazó el castaño jalando de los cabellos de Willy con una mano hasta su entrepierna dejando en claro que hablaba completamente enserio, aunque en realidad ambos sabían de sobra que Samuel jamás le pondría un dedo encima para algo que no fuese darle placer o mimos.

Willy comprendió el mensaje rodeando los ojos entonces simplemente se llevó todo directo a su boca ahogandose ligeramente al sentir la punta golpeando contra el fondo de su garganta. Pero no se detuvo, él realmente quería complacer a su 'amigo’ con sus caprichos, quiero decir, no podría quejarse después de ser siempre mimado como si de un rey se tratase por el contrario.

Willy no podía recordar la última vez que Samuel le dijo que no ¿En qué momento se habían convertido en eso? Ni siquiera podían darle un nombre, lo que hacían estaba mal y no por los ridículos términos religiosos sino porque mientras uno le juraba amor eterno a otro individuo al caer la noche aquellas promesas se corrompían por completo.

Y tampoco le daban demasiada importancia, obviaban el tema y aunque jamás lo mencionaron sabían que la cagarían si lo hacían entonces optaban por hacer de cuenta que lo suyo solo es una burbuja, una burbuja que flota muy lejos de la realidad donde ambos deberían estar.

Culpa no es algo con lo que tenían que cargar, Willy solía consolarse con que todos son malas personas y al final de cuentas las personas honestas y buenas solo existen en las películas de Disney y él no sería la maldita excepción, él estaba más que listo para ir al infierno. Y Samuel por su lado de alguna manera se mentalizo con que lo suyo con Willy nunca sería algo por lo que debía lamentarse, quererlo no está mal, nunca estaría mal. ¿No es así?

Y allí estaban, bajo aquellas sábanas que quizás creían que cubriría sus secretos por siempre.

Samuel liberó su semilla sobre los labios de su compañero y cayó rendido cual soldado en batalla. Willy se dedicó a observarlo durante unos minutos mientras se le subía a horcajadas y aprovechaba para unir sus labios y mezclar restos de semen en su boca con la del contrario. A muchos le parecería un tanto asqueroso sin embargo a Samuel le divertía la obscenidad que Willy llevaba encima.

“Tío no hagas eso” se quejó degustando de la extraña mezcla de saliva y su propio semen sobre los labios del menor quien medio reía de sus expresiones de asco mal fingidas.

“No sabe tan mal” mencionó divertido volviendo a unir sus labios.

“Solo a ti te gusta”

“A mi me gusta todo de ti”

“A mi me gustas tú” y sus labios resonaron entre si con más fuerza.

¿Existía alguna forma de romper aquella alianza que había creado?

La respuesta es un absoluto no.

“Sueltame tengo que grabar” dijo Willy y muy a su pesar se liberó del ceñido agarre de Samuel a su cintura y se dispuso a grabar.

Samuel no hizo ni el mínimo amague de retirarse a otra habitación, quizás era por la costumbre después de todo en esa cama dormían juntos todas las noches. Pero nunca creyó que por ese pequeño error se crearían miles de teorías.

Mientras Willy grababa ajeno a Samuel que se encontraba detrás suya descansando nunca se percató que al tener la cámara puesta podría llegar a verse algo atrás ¿Cómo se le cruzaría aquello por la mente?

Para cuando el vídeo estuvo por toda la red se podía apreciar claramente como alguien removía sus pies entre las sábanas de su cama, pies quien le pertenecía a nadie más que a Samuel. ¿Existía alguna manera de negar aquello? ¡Habían infinidades de pruebas y comparaciones que te llevaban a la misma conclusión!

Sin embargo ninguno de los dos quiso comentar algo al respecto, de eso se trataba ¿No es así?

Después de todo ambos son unos expertos obviando algunas cosas..

Muérdago | One Shoot.

Nota: Esta historia no me pertenece, pertenece a Jess, sólo me encargo de traducir, puedes encontrar el texto original aqui (x).

Sumario: Louis y Harry y tres besos relacionados con el muérdago.

¡Hola a todos! Este es el One Shoot navideño que les había prometido. Sé que llego un poco tarde (ya no es Navidad, por lo menos en mi país), pero estuve tan ocupada con las celebraciones navideñas que recién ahora puedo sentarme a subirles esto. Espero que, aunque es un poco tarde, se hayan quedado con un poquito de ese espíritu navideño y que disfruten mucho de este One Shoot que a mí me encantó. ¡Ojalá hayan pasado una Navidad hermosa junto a sus familias! -Agus. 

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Sexy y muy apetecible... One shot Wigetta lemmon

Sexy y muy apetecible… Lemmon »Wigetta«

Mi nombre es Guillermo, tengo 24 años y soy un chico de compañía para hombres, debido a mi sexualidad: homosexual.

– ¡Guillermo!

G: ¿Si jefe?

– Alguien solicitó un servicio para Alejandro, pero como ya esta ocupado te lo encargo a ti.

G: Okey, dame la dirección y voy ya.

– Toma, es toda la noche, así que hazlo como te he enseñado, que se quede a gusto y cobrale bien.

Después de darme la dirección y decirme eso me guiño un ojo.

G: Por supuesto.

Dije desconcertado por el gesto y me fui a cambiar: me puse de ropa unos jeans, unas vans, camisa larga y chaqueta, puesto que aquí en el local hacía calor pero afuera hacía frío.

Salí del sitio y como no estaba tan lejos fui caminando. Mi cuerpo temblaba, ¿porqué? Puesto que hace frío y es la segunda vez que lo hago toda la noche. Mario, mi jefe, me enseño a como follar, puesto que era nuevo en este mundillo. Le explique que mi virginidad la perdería con la persona que amaba. »Y solo con una la quisiera perder… mi único amor…« así que yo solo valgo para ser dominante.

Muchos quieren ser los dominantes pero yo me niego rotundamente y al final mi trabajo, en algunos casos así, lo hace Frank. Él es los dos roles, dominante y dominado.

En un momento estaba delante de la casa. Me sonaba mucho, pero no le di importancia, toque el timbre y esperé.

Me abrió un chico que al momento supe reconocer…

G: ¿¡S-Samuel!?

– Guillermo…

Samuel… mi mejor amigo y por el que estaba, y sigo estando, locamente enamorado… Estaba delante de mi, con una camiseta un poco más grande que de costumbre, pantalones piratas desgastados y el pelo desordenado con pequeñas gotas de agua bajando por el…

Me mordí el labio inferior inconscientemente y lo volví a mirar…

– ¿Tú eres “Alejandro”? 

Hizo comillas con las manos al nombrar el nombre de mi compañero.

G: No, ahora no estaba disponible y me mandaron a mi…

– La verdad, mi hicieron un gran favor…

Alargo la palabra “Gran” y un brillo en sus ojos se hizo presente.

– Entra…

Su voz sonó ronca… Joder como me pone este cabrón con solo oír su voz y ver su cuerpo…

Jadee al oírlo decir esa palabra con ese tono… Entré y se puso detrás de mi, pero sin tocarme.

– Respóndeme a una pregunta.

Susurró en mi oído y me estremecí al tacto de su boca en este. Yo parado, asentí.

– ¿Sigue este sexy y muy apetecible culito virgen…?

Dijo alargando el “muy”. Sus labios rozaron mi oído, y sus manos se posaron en mi culo apretándolo levemente.

G: Mgh… S-si…

Gemi al contacto de sus manos en mi culo.

– Oh Guillermo… ¿Porqué tanto tiempo? Tantos chicos detrás de ti y tú esperando…

Su voz… su sexy voz ronca, sus manos en mi culo y sus labios hablandome en el oído…

Me ponía demasiado…

G: Esperaba a la persona indicada. Aquella que lo haga con amor y no por un calentón…

Susurré por lo bajo, hice una breve pausa y suspire por la cercanía de su boca en mi cuello y sus manos en mi estomago para volver a mi culo, hacia un vaivén en ese recorrido que me estaba matando y seguí hablando.

G: Sí, tendré a muchos chicos detrás, para que me follen, pero si quiero perder mi virginidad, que sea inolvidable y no un polvo de una noche…

– Um… En eso tienes razón… Me alegra saber que sigues teniendo esa mentalidad…

Posó sus manos a cada lado de mis caderas. Yo fruncí levemente el ceño, ¿acaso me llamaba tonto? Sigue siendo el mismo desde que dejamos de hablar… Lo dejé yo, puesto que no quería destruir todo por mis sentimientos, al final, decidí irme un poco lejos, sin salir de la ciudad, pero si alejado, no sin antes, mandarle por carta aquella frase:

»Perdóname, pero no puedo estar a tu lado sin sentir las ganas de besarte… Te amo y te amaré por siempre… Ojalá me perdones y aceptes mis sentimientos… Guillermo«

Me alejé y ahora siento que no lo volveré a dejar nunca…

– Respóndeme a otra pregunta más…

Dio un roce a mi cuello con sus suaves labios y yo me estremecí, emitiendo un leve gemido.

G: Mgh…

– ¿Me sigues amando? Porque yo a ti sí… y mucho.

Me gire asombrado. En su mirada existía ese brillo llamado felicidad… juntado con el deseo. Y en su voz podía ver la seguridad, la sinceridad y la pasión…

G: ¿¡T-tu… m-me amas!?

Tartamudee por los nervios, la excitación y puesto que no me lo esperaba… Oh dios…

– Si… desde el primer día… ahora responde.

Dejó de “tocarme”. Ningún contacto entre nosotros, esperando espectante a mi respuesta.

G: Yo… N-no he podido o-olvida-arme de ti… Nunca he dejado d-de hacerlo…

Alcé la vista, debido a que él es centímetros más alto que yo y lo miré, miré sus ojos almendrados que hacían que te perdieras en ellos…

Sentía mis mejillas arder… La adrenalina corría por mis venas.

Tócame…

Me estaba desesperando…

Quiero que me toques…

– Um… me alegra demasiado…¿Entonces…?

G: ¿Entonces qué?

Me quité la chaqueta, me empezaba a dar mucho calor.

Jadee de desesperación, tenía ganas de que me tocara, sentir sus manos y su boca en mi cuerpo… Lo necesitaba… Y mi erección también lo pedía…

Tócame… Tócame.

Samuel… ¡Tócame ya joder..!

– ¿Qué quieres Guillermo…?

Su voz… Me dolía el pene debido a la excitación… ¡¡Cabrón tócame!!

G: S-Samuel por favor…

Mi respiración se volvió agitada…

– Dime lo que quieres y te lo daré…

¿Porqué no veía que me estaba “muriendo” de excitación por él?

G: Samuel por favor… Fóllame…

Mis mejillas se tiñeron de rojo, mi respiración era más agitada y una erección que flipas crecía más si es que se podía…

Sobre todo tenía desesperación…

Tó-ca-me ¡¡ya!!

– ¿Cómo quieres que te folle…?

Su cuerpo se acercó, aún sin tocarme, su cercanía fue su boca a mi oído al pronunciar esa frase.

G: Ah… Hazme gritar, g-gozar de pla-placer…

Al gemir de desesperación, eché la cabeza para atrás, cerré los ojos, y lo volví a mirar.

Tenía cara burlona, le divertía verme desesperado…

– Eso no lo dudes hermoso…

Mordió el lóbulo de mi oreja al terminar la frase.

G: Mgh.

Cerré los ojos y los volví a abrir al escucharlo volver a hablar.

– Ven…

Me llevó a su habitación. No cambió nada desde que “desaparecí” bueno sí, una nueva cama… ésta era de matrimonio.

-Antes de empezar contigo quiero que me dejes en bóxer…

Uff este hombre…

Me mordí el labio inconscientemente y le saqué la camisa, aprovechando para tocarlo…

– No te muerdas el labio que me pones más y no me controlo…

Suspire por sus palabras y me puse de cuclillas, le desabroche el cinturón, le desabotone el pantalón y le baje la cremallera.

Fui bajándolos, embobandome con su enorme polla erecta cubrida por la tela del bóxer…

Se los saqué y me relamí los labios.

– Buen chico… ¿Te gusta lo que hay ahí debajo eh?

Una sonrisa pícara se formo en sus labios y me levantó para quedar frente a frente.

G: S-si.

G: Por favor Samuel…

– ¿Que quieres Guillermo…?

G: To-tócame… Necesito que m-me toques…

Se acercó y pego nuestros cuerpos, sus labios se juntaron con los mios en un beso apasionado, con deseo, lujuria y amor.

Mis manos se pusieron alrededor de su cuello y las suyas recorrieron mis hombros hasta mi cadera.

Nuestras lenguas se encontraron, y los besos formaron un sonido guarro que me ponía más. Me puso en la cama y se subió a horcajadas sobre mi.

– Te he deseado tanto Guillermo…

Y dicho eso sus labios bajaron a mi cuello.

G: Mgh…

Cerré mis ojos, eché la cabeza para atrás levemente para que le fuera más fácil y intente no gemir. Esa era una de mis zonas erógenas…

– No los calles… Quiero oírte gemir…

Me quite los zapatos y enganche mis pies a su cintura.

G: Ah…

Me arquee debido a la “fricción”, que no era completa por la ropa, de nuestros miembros.

El mío estaba sensible y sentir el suyo duro era placentero. Pero prefería sentirlo sin las prendas que nos cubrían.

Sus manos subieron por mi torso mientras me quitaba la camisa.

Yo suspiraba, jadeaba, deseaba esto, necesitaba de sus caricias…

Sus besos bajaban por mi cuello hasta llegar a mi ombligo, no sin antes pararse, por el camino, en mis pezones, donde los lamió, besó y mordió hasta dejarlos sensibles al tacto.

G: Dios Sa-amuel… mgh… ah…

Gemía bajo, suspiraba y me estremecía a su tacto… Mis labios entreabiertos, mi pelo igual de alborotado que el de él, mis manos acariciando su espalda y torso mientras el me hacía disfrutar con sus caricias.

¿Se puede pedir más?

Llegó a mi pantalón, mi pecho subía y bajaba por la desesperación de que mi pene fuera liberado, estaba tan excitado que ya me dolía…

– Quiero oírte gemir… Te haré gritar y gozar como pedías y quiero oír cada gemido, jadeo, suspiro, grito… Quiero oír de todo por esa boquita…

Dijo eso en mi oído mientras me quitaba los pantalones.

Asentí mientras lo miraba a los ojos. Jadeaba de puro placer… Me quitó los pantalones y dio una lamida por encima de la tela.

G: ¡¡Mgh!!

Cerré los ojos y mordí mi labio, él se acercó y en vez de morderlo yo, me lo mordió él.

– Joder Guillermo, que me vuelves loco cuando te muerdes el labio…

Dicho eso me besó y miró todo mi cuerpo casi desnudo, solo faltaba el bóxer.

Yo me sonroje por su atenta mirada en mi cuerpo delgado, aunque levemente marcado y blanquecino. Me pongo nervioso sabiendo que me miran y no tengo un buen cuerpo…

– Que no te de vergüenza tu cuerpo… Para mi eres perfecto.

Tenia una sonrisa increíble.

Aquella que me “deslumbro” por primera vez.

Me volvió a besar y regalar caricias en todo mi torso hasta que jadee por la “fricción” de nuestros miembros.

G: Jo-joder Samu…

-Algo aquí requiere mucha atención ¿no?

G: ¡Ah!

Su mano se poso en mi pene adolorido y sensible, esperando ser liberado y atendido.

Gemí a su tacto.

Me quitó el bóxer, jadeé una vez más, me miró con su mirada color almendra brillante una última vez para luego meter toda mi polla en su boca.

G: ¡¡Ah!! ¡¡Samuel..!! Mgh joder…

Arquee mi espalda, eché la cabeza hacia atrás y gemí alto

Joder que puto placer…

*

El mayor de los 2 disfrutaba viendo al menor disfrutando al máximo de sus actos. Le encantaba verlo así, se guardaría esa imagen siempre. Guillermo con el pelo desordenado, gotitas de sudor cubriéndole, labios entreabiertos, ojos cerrados, manos agarradas a las sabanas, alguna que otra vez la espalda arqueada y unos hermosos gemidos saliendo de su boca… Era una imagen muy erótica para él, pero linda…

*

G: Sa-samuu… mgh, me corro…

Samuel paró y subió a los labios de Guillermo para devorarlos y que ese sonido guarro volviera a aparecer. De un momento a otro, el menor estaba encima del mayor devorandole el cuello, parecía hasta un vampiro con sed de sangre…

– Tranquilo fiera… mgh… Despacio que no hay prisa…

Sus gemidos… Roncos… Son música para mi. Samuel jadeaba mientras que yo hacía lo mismo que él pero disfrutando de cada detalle al máximo.

Él era delgadito como yo, pero a el se lo notaba horas y horas de esfuerzo para conseguir un sexy y muy apetecible cuerpo…

De un momento a otro, ya le estaba bajando el bóxer y flipando con su polla… uf…

– ¡¡Guillermo!! ¡¡Ah!! jo-joder… dios s-sigue… ¡mgh..!

Su cuerpo arqueado por mis actos me provocaba más morbo… Cómo no llegaba hasta la base, lo que quedaba sin cubrir por mi boca lo masturbe con la mano. Yo gozaba de sus roncos gemidos… eran música para mis oídos y para mi miembro…

– Gui-guillermo… m-me ¡ah! corro…

Paré y me acosté para que él se pusiera encima otra vez.

– ¿Trajiste condones?

G: Sí… en mi pantalón.

Se bajó y saco el preservativo, luego de la mesita de noche sacó lubricante y se volvió a subir a horcajadas sobre mi, pero esta vez se colocó entre mis piernas. Se embadurnó los dedos y me miró.

-Tengo que prepararte, dolerá un poco pero relájate ¿vale?

Asentí jadeando y empezó metiendo un dedo, me quejé levemente y lo miré. Metió un segundo y tercer dedo. No me dolía mucho puesto que su mano restante acariciaba mi pene y era una mezcla de dolor y placer embriagador.

– Ya estas listo bebé.

Su miembro ya estaba lubricado por los líquidos pre-seminales, así que no le hizo falta usar el lubricante. Puso mis piernas en sus hombros y posicionó su pene en mi entrada.

– ¿Listo?

G: S-si…

Empezó a entrar en mi despacio. Yo cerré los ojos fuertemente y apreté las sabanas, acompañado de un gemido de dolor. Una lágrima resbalo por mi mejilla.

– Sshh bebé, ya va a pasar… relájate…

Me besó los labios, secó mi lágrima y me fue dando caricias hasta que ya no me dolía.

G: Mu-muevete…

Se empezó a mover despacio, yo suspiraba y jadeaba ya de puro placer.

G: Más-más rapido… Mgh.

Cada vez pedía más, sus gemidos, mis gemidos, nuestros cuerpos bañados en sudor, el chasqueteo de nuestros cuerpos, el sonido guarro de nuestros besos…

Llegó un momento en el que enganche mis piernas a su cadera. Así logrando que las estocadas fueran más rápidas y profundas, tocando ese punto que te hacía perderte en el placer, haciendo que tocara las estrellas, arqueara mi espalda, gimiera como loco y que apretara más nuestros cuerpos.

– Joder Guille ah…

G: S-samu… oh d-dios… sigue…¡Ah!

Faltaron unas cuántas estocadas más y mi vista se empezó a nublar, así dándome la liberación, me corrí en nuestros torsos y el “dentro de mi” Nos unimos en cuerpo y alma…

G: ¡Samuel! ¡Aah!

– ¡Oh joder! ¡Guille!

Llegamos al esperado orgasmo, uno increíble…

Caímos exhaustos en la cama, mi respiración se fue normalizando poco a poco.

Me abrazó por detrás, pegandome a él, su cálida respiración chocaba con mi nuca produciendome estremecer entre sus brazos.

Nos tapó a los dos y yo fui cerrando los ojos…

-No me vuelvas a dejar nunca más Guillermo… Porque Te Amo… y no sé como volvería a ser mi vida sin ti…

G: Nunca más me iré de tu lado, ahora que sé qué me amas. Te amo con toda mi alma Samuel… no lo dudes jamás.

Y después de decir eso, caímos en los brazos de morfeo…

×××

Hi! ¿Qué tal estáis?

Extrañaba ya publicar algo para ustedes la verdad :3 ¡os echaba de menos! Jajaja💗

En fin, al grano xD… Este es un One shot lemmon Wigetta adaptado. ¿Adaptado? Sip, en mi perfil (en wattpad) tengo exactamente el mismo Os peeero en otra versión, es decir, con otro “shippeo”. Lo escribí hace tieeeempo y pido perdón de antemano por faltas de ortografía y repetitivas palabras o algo por el estilo… :v (Hace más de un año por si os interesa saberlo ×3× año y medio quizás xD )

Quise adaptarlo a Wigetta porque me hacía ilusión además de que quería “recompensarles” por tardar mil años en el siguiente capi :’(

( El de Amos y sumisos)

¡Esta en proceso! Espero tenerlo pronto de verdad <3

Cualquier cosita, duda o algo me lo podéis decir :3 no tengáis miedo que no muerdo de verdad ×#×

En fin, creo que no queda nada más por decir… Creo.

¡¡Comentame y dame un hermoso ♥ que ayuda y me anima muchísimo!! Y de verdad que me gustaría que me dijerais que tal me quedó, si os gustó… ¡Todo!

Dejadme también, si queréis (no es obligatorio) alguna pregunta que me queráis hacer o bien aquí → o bien in the coments ↓ ya que tengo pensado hacer tipo “Preguntas y respuestas” más adelante, juntado con un pequeño tag al que me nominaron :3 y así que sepáis algo de mí😊 (también valen referida a las historias, etc)

Espero que tengáis un muy buen día/tarde/noche y de verdad que lo sieeento por tardar tanto ×∆×”

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Y poco más…

Un abrazo enorme y muchos besos!! <3

Nay ≥×≤

Find Me (Capitulo 4)

Narra Samuel

En cuanto Mangel y Rubén desaparecieron (de la manera más rara posible) por uno de los senderos, a mi niño y a mí no nos quedó de otra que ir por el otro lado, lo cual fue horrible. Aunque el camino estaba casi siempre despejado, este era cuesta arriba, cuesta ¡ARRIBA!

Tal vez fue el hecho de que cuando desperté estaba más preocupado por encontrar a Willy o tal vez la adrenalina de mi cuerpo no me dejaba sentir bien el dolor de mi pierna, pero ahora que el momento había pasado y tenía a Guille a mi lado ya no había nada que alejara mi mente del dolor, y por todo lo santo, mi pierna dolía.

Estaba seguro que a cada momento cojeaba más y más. Aunque iba apoyado en Willy, este parecía que no se enteraba de nada, desde hacía ya un rato atrás caminaba con la mirada perdida y una sonrisa pícara en el rostro. Estaba tramando algo, lo sabía, lo conocía tan bien.

-Cualquier troleo que estés preparando no va a funcionar Willy.

Prefería concentrarme en Guillermo y en lo que sea que lo tuviera distraído antes que sucumbir al dolor, era mejor pensar en otra cosa, y que mejor que en mi niño?

Al contrario de cualquier respuesta cortante que pensé que recibiría de él, me dijo:

-Te duele mucho el pie?

-Sí, un poco, ya sabes, lo normal.

Su pregunta me dejó desconcertado, pensé que se pondría a la defensiva o algo, como siempre que  descubría alguna de sus travesuras antes siquiera que las llevara a cabo, que me diría algo como “Pero Vegetta tío que dices, si yo nunca haría eso”. Su preocupación me enternecía.

-Qué te parece si nos sentamos un rato?

Ok, ahora sin duda sabía que estaba tramando algo, él no era así de amable conmigo y menos después de haber “ganado” yo la ronda anterior al hacerlo sonrojar. Frunciendo el ceño le tomé la palabra y nos sentamos a un lado del sendero, después de todo descansar mi pierna era algo que realmente necesitaba.

Con cuidado me senté en el piso, esperando que Willy también lo hiciera, pero en lugar de eso se quedó de pie frente a mí, apoyando las manos en sus caderas.

-Qué pasa?- le pregunté

-No nada, es que veo que estás herido y como el socorrista que soy es mi deber ayudar a los adoloridos, no lo crees?- dijo de una manera tan solemne que hasta por un momento le creí la tontería.

-Y cómo vas a curarme si no tienes ni siquiera ungüento para ponerme?

-Bueno, los socorristas tenemos secretos.

Entonces de manera lenta se arrodilló frente a mí, tomó mi tobillo y cuidadosamente dió un pequeño beso a mi pie.

Yo simplemente permanecí con la boca semiabierta y asombrado.

-Qué dices ahora? Te duele?

Sé que esto era extraño, que un pequeño beso no curaba dolores, pero el tener a mi niño arrodillado frente a mí, “curando” mis heridas a besos hacia que el dolor poco a poco fuera desapareciendo. Aunque claro, no se lo iba a decir, prefería tenerlo un poco más en esa posición.

-Aún me duele un poco.

Se agachó y depositó otro besito un poco más arriba que el anterior.

-Y ahora?- por su mirada sabía que se estaba divirtiendo, así que ¿Por qué parar?

-Aún duele.

Una gran sonrisa se instaló en su rostro, achinando sus ojos, dejó mi pierna en el piso y se sentó a horcajadas sobre mí. Teniéndome debajo, me dió un beso en la mejilla.

-Aún sientes dolor? -susurró a mi oído.

Y hasta ahí llegó mi autocontrol, con dolor de tobillo o sin él, no podía soportar tanta insinuación.

Tomé a mi niño por la cintura y llevé mis labios a los suyos. El beso fue excitante, apasionado, nos movíamos en sincronía, disfrutando el momento. Cuando nos quedamos sin aire no separé mis labios de la suave piel de mi Willy, bajé a su cuello, besándolo, sintiéndolo.

Poco a poco mi pantalón se fué volviendo una molestia, y estaba seguro que para ese momento mi niño podía sentir a mi amigo reaccionar. Pero qué podía hacer yo si Willy no hacía nada por ayudar, los pequeños sonidos que soltaba, el movimiento continuo de sus caderas contra mi pantalón. Y su suave piel. Todo en él me enloquecía.

Tenía ganas de tumbarlo contra el suelo, colocarme sobre él y no dejarlo ir, pero la fuerza con la que me presionaba Guillermo contra el piso no me dejaba mover con libertad, esta vez era él quien estaba tomando el control de todo… lo cual me confundía y me excitaba al mismo tiempo.

Willy tomó mi rostro y me besó lentamente, con sus manos que recorrían mi torso de arriba a abajo. Su mano comenzó a filtrarse por debajo de mi camisa haciéndome delirar en todo momento. Joder, a este paso íbamos a terminar haciéndolo en el bosque.

Mis manos tampoco podían quedarse quietas, al comienzo las tenía en sus caderas, sosteniéndolo sobre mí, pero poco a poco comencé a moverlas dirigiéndome al botón de su pantalón, estaba comenzando a desabrocharlo cuando de manera abrupta Guillermo rompió el beso y se paró.

Acomodó sus ropas y abrochó el único botón de su pantalón que había logrado desabrochar. Como si nada hubiera pasado, caminó unos cuantos pasos y se volteó.

-Qué? No vienes?

Me encontraba en el suelo con la camisa desacomodada y un calentón que flipas.

-Que creías, que íbamos a hacer algo aquí en pleno bosque?- la sonrisa de haberse salido con la suya crecía más y más en su rostro- No me dijiste antes que en la noche “vería lo que me esperaba”? Pues bueno, ahora supongo que tendrás que aguantarte el calentón hasta que sea de noche, lástima- su tono de voz contenía de todo menos lástima.

Ahora entendía todo, desde el comienzo había sido su forma de venganza por lo de hace un rato. ¡Pero qué manera de cobrárselas! Yo lo había hecho sonrojar y él me estaba dejando con un calentón, el muy traidor. Intenté conservar toda la dignidad que pude mientras me ponía de pie, con mis manos arreglé mis ropas y mi cabello, ni siquiera intenté ocultar el bulto de entre mis piernas.

-Hombre Willy, ahí te la has jugado, lo sabes no?

Él simplemente sonrió y caminó con suficiencia siguiendo el sendero. Negué con la cabeza sonriendo por lo malvado que podía llegar a ser mi niño. Bueno, por lo menos mi cuerpo había olvidado el dolor de mi tobillo. Sin duda eso era algo.

Narra Alex

Llevaba ya diez minutos enteros caminando cuesta arriba mientras mentalmente iba insultando y maldiciendo todo lo que podía insultar y maldecir. Y mi suerte era una de esas cosas.

No era el hecho de que sea amigo de subnormales que prefieren ir de caminata a un mirador en lugar de ir a un lugar más normal, como una convención tal vez. No, mi mala suerte también me había puesto en la situación que ni aun cayendo con un grupo de 4 personas más, en un lugar tan reducido como ese bosque, me haya quedado solo con la única compañía de una mierdi-canasta que pesaba lo que no estaba escrito.

Acepto que cuando me desperté me asusté mucho, por si alguno de ellos hubiera resultado herido, pero después de 30 minutos de desgarrarme la garganta buscándolos llegue a la conclusión de que lo mejor sería dirigirme al lugar en el que habíamos quedado desde el comienzo.

Sin embargo, aunque solo llevaba 10 minutos subiendo, me encontraba más estresado que un claustrofóbico en un ascensor. Mi cuerpo se sentía adolorido por la caída, me encontraba solo, sin saber dónde estaba los demás, tenía sed y estaba a punto de mandar todo al caño y dejar la canasta botada. Si me preguntaban diría que cuando me desperté no la tenía.

Me detuve un momento a descansar, con la firme resolución de patear la canasta, esconderla tras un arbusto y ocultar el crimen. Al fin y al cabo no tenía la obligación de llevarla, no?

Antes de llevar a cabo mi plan mire que había dentro de la mierdi-canasta. Lo primero que encontré al abrirla fueron platos… ¡¿PLATOS!? Y no era solo uno, nooo eran casi la colección entera, cuatro platos morados y otros cuatro blancos. Pero ahí no acababa el asunto, también habían tenedores, cucharas y cuchillos, creo que 5 de cada uno. Sonriendo levemente tome un cuchillo y lo levante frente a mí para observarlo, esto tenía que ser una broma.

Quien fue el gilipollas que llevaba platos de cerámica a un picnic? Vegetta no podía haber sido, no creo que el pusiera en peligro de romper sus platos morados, lo más probable es que hubiese sido Willy, pero él había estado cargando la canasta por media hora, quejándose con Rubius de porque le tocaba llevar la canasta a él… Rubén.

Clave el cuchillo en la tierra ¿Por qué Dios? De seguro si alguien me viera en esos momentos saldría corriendo, con un cuchillo en las manos y una sonrisa homicida en mis labios en lo único que podía pensar era: ¡Es que le reventaba la cara de una torta, cuando lo viera le voy a dar una hostia que lo va a flipar a colores el muy hijo de…

Entonces escuche un ruido detrás de mí.

-¿Chicos?

De muchas cosas podía estar inseguro, pero sabía que algo estaba detrás de los matorrales, y no era ninguno de los muchachos. Tome el cuchillo de la tierra y apunte al frente, he de decir que casi me saco un ojo, el nerviosismo y el estrés que llevaba encima hacia torpes mis movimientos. Trague saliva y cambie el cuchillo por algo menos peligroso pero con lo que también pudiera defenderme, un tenedor.

-Ok tenedor, solo somos tú y yo- susurre dándome ánimos

Perfecto, ahora hablaba con objetos inanimados. Decidí volver a caminar antes de que, lo que fuera que estaba en los matorrales, decidiera atacarme o lo que era aún peor, que el tenedor decidiera contestarme.

Camine unos cuantos pasos cuando me acorde de la canasta. Suspirando, frunciendo el ceño, haciendo mala cara he insultado a Rubén tuve que volver a por ella, la hubiera dejado en el suelo como pensé en un comienzo, pero estaba seguro que Samuel nos había volver todo el camino cuando se enteré que dentro iban sus platos.

Otra vez escuche un ruido, esta vez más pesado, grutal.

Me apresure y con la canasta en una mano y mi tenedor en la otra caminé a pasos firmes y apurados hacia el mirador. Deseaba poder llegar lo más rápido posible, antes de que algo me atacara. Aunque ahora, con el tenedor en mis manos me sentía más seguro y protegido, por no decir que ya no me sentía tan solo. Y eso comenzaba a asustarme más que lo que sea que venía persiguiéndome.

=D Hasta que al fin. Tengo una noticia buena y una mala, primero la mala: el siguiente capitulo sera el ultimo capitulo D= Y ahora la buena: estoy comenzando algo nuevo so kawaii. Pero ahora solo quiero saber algo, que final les pondrian ustedes a la historia?

Rosa Suave  *Guillermo es como el color rosa: suave, inalcanzable, delicado. Soft es la casa de citas donde él trabaja, una organización dirigida por Lluvia, la persona que lo cobijó cuando lo necesitaba. Samuel De Luque es uno de los clientes más adinerados y particulares de Soft, Guillermo tendrá que saciar las fantasías del hombre, y se dará cuenta de lo placentero que puede ser recorrer un camino lleno de sexo y chocolate. Contiene escenas +18 2/2

a pasado una semana desde la fiesta y Alex todavía no puede superar el hecho de que Samuel De Luque pagó por estar en mi habitación en vez de la de él

Estoy sentado en la mesa fingiendo que no siento su mirada filosa puesta en mí, no ha dejado de asegurar que de alguna manera lo envolví para que me eligiera, técnicamente lo hice, pero no tiene por qué saberlo. Andrés, Wilmo y Amalia también fingen que no hay un silencio sepulcral mientras desayunamos.

Andrés es un afroamericano atractivo que usa el color dorado, su cabello le llega a la barbilla, la verdad es que nunca había visto a alguien tan hermoso, me agrada pues es chispeante; Wilmo tiene el color negro, es una pelirrojo misterioso, callado, es el tipo de chico que no habla a menos que sea necesario; y Am, él es mi favorito, un mexicano que suelta palabrotas que no entendemos, es descarado. Tranquilo, pero capaz de convertirse en un maremoto peligroso, de color celeste como sus ojos.

Este último me lanza miradas y muecas graciosas, imitando los gestos compungidos de Alex, debo apretar los labios para no carcajearme, lo último que necesito es alterar más a el pobre.

—No puedo creerlo, es que algo debiste hacer para que se fijara en ti, ¿por qué lo haría teniéndome a mí? —Me muerdo la lengua, pero mi amigo no mide sus palabras.

—Acéptalo ya, Alex, se aburrió de tu ano, así como yo me estoy aburriendo de tu envidia.

—Yo no le tengo envidia a nadie, tengo los mejores clientes, querido. —El pelinegra arruga los labios haciendo un puchero.

—¿Desde cuándo esto se ha convertido en una competencia? —pregunto. Me estiro para

alcanzar el plato con trozos de melón, cojo unos cuantos, a pesar de que ya comí mi ración del día.

—Desde que me robaste a De Luque—dice, señalándome con su dedo índice. Giro los ojos, harto de su actitud infantil, abro la boca para mandarlo a la mierda, incluso cuando la tengo llena de comida, pero alguien me interrumpe.

—La verdad es que sí, la boca de Guillermo me cautivó, no hay más que decir. —Me atraganto con el melón al reconocer su inconfundible timbre. Amalio palmea mi espalda cuando se da cuenta de que no tragué bien y estoy a punto de morir por ahogamiento, escucho sus risitas silenciosas, sin duda divertida por la escena.

Alex se levanta y se acerca al castaño como si le hubiera pedido que lo hiciera. Está en la entrada del gran comedor, con un tipo vestido de negro cuidándole la espalda. Todo se ve demasiado pequeño si lo comparo con De Luque, él embriaga el sitio, no puedes evitar contemplar su imponente altura, su complexión. De día sus ojos son más caramelos, como dos gotas de café. Su cabello es más castaño y se ve más apuesto que nunca.

Aparto la vista cuando la suya me busca, todavía sigo molesto por lo que pasó hace una semana. Me hizo recordar los viejos tiempos, no me gusta que eso pase, por ese motivo me escapé de mi realidad.

No pasa desapercibido para mí que tiene privilegios que otros clientes no poseen. No es normal que caminen en Soft como si fuera un parque de exhibiciones, tienen que ir a una oficina después de hacer una cita con Lluvia. De todas formas, tampoco es normal que haya pagado antes de la subasta.  Definitivamente algo raro pasa con él.

A pesar de que quiero mirar, controlo mis ansias, no levanto la cara ni aparto la atención de mi tenedor, ni siquiera cuando escucho los traqueteos de los tacones de Alex alejándose del comedor, seguro porque ha hecho otras de sus conocidas rabietas.

—Guillermo, ¿podrías subir a tu habitación? —pregunta Samuel desde su sitio.

—No puedo, señor De Luque, estoy desayunando, luego tengo que ir al estilista, a las dos iré a una

comida, y llegaré tan cansado que no tendré tiempo para nadie más —digo, mordisqueando la fruta. Wilmo y Andrés me observan con los ojos desorbitados, Amalio actúa como si estuviera viendo una obra de teatro.

—Eso ya lo sé, delicia, por eso Lluvia ha limpiado tu agenda del día de hoy. —Mi mandíbula se desencaja, no puedo hacer más que enfocarlo con enojo—. Sube a tu cuarto, por favor.

Me levanto de mi asiento con molestia, arrastrando la silla, provocando que un rechinido rebote en las paredes. Salgo de la estancia esquivándolo, dando zancadas largas hasta que llego a la base de las escaleras, subo a la segunda planta corriendo; no me detengo, entro a mi cuarto y azoto la puerta.

Samuel entra minutos después moviéndose con parsimonia, luce tan calmado que me dan ganas de sacudirlo para que reaccione. Se interna y camina, se detiene frente a un sillón, entonces se deja caer, extiende las piernas y cruza los brazos sobre su pecho con una sonrisita jugando en sus labios.

—Malhumorado por las mañanas, debo recordarlo —dice con sus diamantes de caramelos brillando—. Acércate, delicia, he pensado en ti toda la semana, que no te acerques me está enloqueciendo.

—No quiero acercarme, señor De Luque—digo, seco.

—Una lástima, ya pagué, así que ven acá y siéntate en mi regazo.

Tomo un respiro profundo para calmar la furia que empieza a correr por mis venas, de igual forma, no puedo evitar sentirme atraído por ese hombre prepotente y formal. Me aproximo a él, sintiendo adrenalina, no sé si es porque quiero sentirlo o porque quiero quebrarle la nariz, tal vez un poco de ambas cosas. Sin más remedio, me siento a horcajadas en su regazo, su brazo aferra mi cintura como si fuera una cadena y me pega a su pecho.

—¿Por qué estás tan enojado conmigo? No entiendo, necesito saberlo para solucionarlo —susurra. Una de sus manos se apodera de un mechón de mi cabello, creo que va a acomodarlo, pero se entretiene jugueteando con las hebras.

—Me rechazaste, hice todo lo posible para que te sintieras cómodo, para que supieras que estaba disfrutando. Fuiste amable y luego me insultaste. —Sus párpados se abren con sorpresa, sus dedos se detienen debido al impacto.

—Nunca quise insultarte, Guillermo, no estaba rechazándote, es una regla que me he impuesto, no tengo sexo con nadie si lo único que sé es su nombre. —Al principio creo que está bromeando, pero no se ríe, casi no puedo creer lo que dice. Después me siento tonto por haberle dicho todo eso, después de todo, no es su obligación acostarse conmigo—. Pero eso no borra que me muero por saber si tu sabor sigue siendo tan dulce como lo recuerdo ni las ganas que tengo de entrar en ti y sentir cada centímetro de tu cuerpo.

—No sé qué decir —confieso, relajándome en sus brazos y rodeando gustoso su cuello. Sumerge su nariz en mi cabello, donde respira hondo, suelta un gruñido de apreciación. Se echa hacia atrás, buscando mis ojos.

—Yo sí sé, tengo algo que decirte o, más bien, proponerte. Ya lo hablé con Lluvia, no hay problema con ella, pero quiero saber qué es lo que tú piensas. —Se aclara la garganta—. Nunca había disfrutado tanto como esa noche, me encantó porque pude compartirlo contigo, te dejaste llevar y lo disfrutaste también. Me gustaría que fueras mi Softie personal, ya sabes, solo mío.

Intento que no note mi sorpresa, lo miro anonadado, ¿es lo que me propone posible?

—Eso suena muy territorial, señor De Luque—ronroneo, juego con el cuello de su camisa y sonrió de lado cuando él se remueve, alterado—. ¿Sería como tu asistente personal?

—Jugueton —dice, suelta una risita que repercute en todas mis terminaciones nerviosas. Sus dedos aprietan mi piel, no suaviza el agarre, yo tampoco lo suelto ni planeo hacerlo—. Tendrías que estar disponible para mí a cualquier hora, cualquier día de la semana. Ser agradable en las fiestas, leer un poco sobre tecnología, tengo algunos libros que podrían servirte. No hacer preguntas de mi vida privada, así como yo respetaré la tuya. Habría un montón de besos, muchas caricias…

—Pero nada de sexo —digo, interrumpiéndolo. Samuel sonríe, condescendiente, y se encoge de hombros—. ¿Voy a poder acariciarte o eso de las caricias quiere decir que solo tú podrás acariciar?

—¿Qué tienes en mente? —La cuestión me sabe dulce, como un reto.

Muevo mi cadera en contra de la suya, friccionando su miembro. Rozo con mis manos su pecho, su torso que se flexiona al sentirme, delineo el borde de su cinturón sin despegar mis ojos de los suyos. Una sonrisa maliciosa se apodera de su boca, cuando se apoya en el respaldo sé que me está dando permiso. Entonces me deshago del cinturón, desabotono el pantalón y bajo el cierre. Acaricio su pelvis antes de tomar con firmeza su longitud, logrando que gima ruidosamente. Saco su erección, tenues espasmos hacen que salte como un pez fuera del agua y me haga sonreír. Me bajo de su regazo, hincando las rodillas en el sofá, me inclino hacia ese miembro que comienza a endurecerse.

Beso la punta, Samuel pone una de sus manos en mi espalda, la cuela debajo de mi blusa de tirantes y acaricia mi piel. Su olor viril es más de lo que puedo soportar, mi boca se hace agua, así que empiezo a lamerlo de la base a la punta, lengüetazos que le roban suspiros y jadeos, expresiones que me alientan. Lo introduzco a mi boca hasta tragarlo entero, y lo siento crecer, endurecerse con rapidez. Dejo escapar un suspiro soñador al darme cuenta de lo mucho que está disfrutando, mis manos buscan sus testículos para tantearlos y elevarlos. Paseo mi lengua por esa zona, mi saliva lo vuelve brilloso, seductor apuntándome para que no deje de atenderlo. Es grueso, cálido y palpitante.

—Oh, delicia, desde que te vi supe que esa boquita sería mi perdición —susurra con la voz ronca y temblorosa antes de gruñir, empuja sus caderas para introducir más su pene en mi boca. Lo recibo, lo engullo y lo acaricio con mi lengua.

Hace puños mi cabello para poder admirar cómo disfruto de su erección, cómo saboreo su virilidad. La visión lo trastorna, vocifera maldiciones. No dejo de moverme, aumento el ritmo y succiono. Eso es todo lo que aguanta, Samuel explota, gustoso trago el líquido caliente, escuchando una melodía de gruñidos de placer que queman mis sentidos.

Cuando lo dejo ir, vuelvo a montarme en su regazo, sudor cubre su frente, tiene la nuca apoyada en el respaldo y sus labios están entreabiertos. Es hermoso, tan bello que podría hacer una escultura de él.

—Todas las caricias que quieras están permitidas —susurra, abriendo con lentitud los párpados.

Abro la boca para hablar, sin embargo, me silencia amasando mis labios con los suyos. Me consume con un beso abrasador, sus manos se introducen en mi cabello, acercándome más a él. Lo beso de vuelta, permito que nuestras lenguas se acaricien y mi corazón se dispare; los latidos desenfrenados me asustan, pero al mismo tiempo me recuerdan que estoy vivo.

AVISO IMPORTANTE: esta era una historia corta que decidí alargar y continuar. A la gente que leyó la versión anterior le aclaro que voy a narrar los 5 meses que no pude mostrar antes, y sí, le daré otro final, así que lo que van a leer a partir de aquí son los meses en los que ellos se conocieron y luego sigue lo demás (lo comento porque creo que no quedó claro). A la gente que no tiene idea de qué estoy hablando… no se preocupen, solo sigan leyendo y sean felices :D

* * *

Me doy la vuelta en la cama cuando escucho que alguien toca la puerta, abro un párpado y observo el reloj que reposa en mi mesita de noche. Lanzo un gemido porque las siete y media es muy temprano, quiero dormir un poco más. No muevo ni un músculo, esperando que la persona en el exterior claudique, pero no detiene los golpeteos. Suelto un resoplido, me levanto como un resorte y camino hacia la entrada de mi habitación. Abro, listo para soltar una serie de improperios, el alma se me va a los pies al encontrarme a Samuel sonriéndome, sus ojos chisporrotean con lo que creo es alegría, aunque no lo comprendo.

Recompongo mi semblante e intento que el malhumor no se me note, él suelta una risita y me agarra de los hombros para obligarme a entrar. Cierra la puerta una vez que estamos adentro.

—Solo quería comprobar, al parecer tu enojo por las mañanas es recurrente —murmura con el timbre enronquecido.

Me cruzo de brazos y le doy una mirada afilada, de pronto me siento incómodo en mi short corto y blusa de tirantes, creo que es la primera vez que un cliente me ve desarreglada. De todas formas, ¿por qué está aquí? Sé que se supone que soy su Softie personal, pero mi horario de trabajo empieza más tarde. Me abrazo a mí mismo como si eso pudiera esconderme de sus ojos escrutadores que no paran de recorrerme de arriba abajo.

—¿Y no se te ocurrió venir a comprobar más tarde? No lo sé, solo digo —murmuro dándole una mirada por debajo de mis pestañas.

—Sí, pero entonces no habría podido verte así. —Aplano los labios para no sonreír, su ceja alzada me tienta demasiado.

—¿Así cómo? ¿Fachoso? Si Lluvia me descubre voy a ganarme una amonestación. —Mis labios forman un círculo, lo esquivo para dirigirme a mi armario, me pondré una bata por lo menos—. Voy a ponerme algo más apropiado…

No puedo terminar, Samuel agarra mi codo y me da la vuelta con violencia, haciéndome tambalear. Sus brazos encadenan mi cintura, apretándome fuerte contra él. Pestañeo para ubicarme, coloco mis manos en sus hombros duros para sentirme seguro. Dios, ¿qué demonios le pasa? No puede ir por ahí haciendo estas cosas, todavía me siento mareado.

Cuando logro estabilizarme, su sonrisa lobuna me hace estremecer, barro sus facciones hasta que encuentro sus pupilas y me trago un suspiro; es muy hermoso, tanto que pronto olvido qué iba a decirle. Me quedo en blanco contemplando la negrura acaramelada de ese par de ojos.

Mi respiración falla al sentir cómo sus palmas calientes bajan por mi columna para apretar mi trasero y restregarme su notable erección. Rodeo su cuello inconscientemente, cierro los espacios existentes entre los dos.

—Me gusta tu short, puedo hacer esto con facilidad. —Suelto un jadeo cuando mete sus manos debajo de la tela, Samuel aprieta mi trasero separando las mejillas y uniéndolas de nuevo repetidas veces. Me derrito y me dedico a disfrutar los roces deliciosos que hacen que bamboleé mis caderas, buscando fricción. No sé cómo mierdas voy a soportar sin sentirlo en mi interior, quizá pueda seducirlo hasta que se le olvide que no puede tener sexo conmigo—. Eres tan suave.

Su cabeza baja hasta que su boca se coloca frente a la mía, abre sus labios y sopla su aliento, me acerco un poco a él, quiero que me bese. Saca sus manos de mi short, entonces creo que va a alejarse, no obstante, comienza a caminar obligándome a dar pasos de espaldas.

—¿Qué haces? —pregunto y lanzo una risita que se convierte en carcajada ya que sus manos se

internan entre mis piernas para elevarlas. Rodeo su cadera con mis muslos y me aferro a su cuello—. ¿Estás de buenas o siempre eres tan encantador?

—Estoy de buenas porque un angelito me hizo delirar ayer, sus manos me volvieron loco, ¿sabes? —Me muerdo el labio inferior.  Refugia su nariz en mi oído, donde respira y me hace suspirar, lo siento olfateando mi cuello, la base de mi oreja. Después reparte besos que me ponen la piel de gallina—. Y vengo por la dulce mermelada de mi desayuno.

—Oh, diablos —maldigo entre dientes, es tan ordinario, y a la vez tan excitante. Siempre dice cosas que me hacen apretar los músculos, relamer mis labios. Siento que palpito por todas partes, que me humedezco por todos los rincones, que lo necesito cubriéndome.

Sigue caminando hasta que llega a mi largo sofá, se arrodilla sin soltarme y me recuesta en el. Se cierne sobre mí y hunde su rostro en mi cuello, su lengua recorre mi piel, succiona de vez en cuando, me hace perder los sentidos.

—Lamento despertarte tan temprano, tú tienes la culpa por saber tan rico. —Siento cómo la humedad incrementa entre mis bragas, cómo mi miembro pide a gritos que lo toque.

—Ya que tú hiciste concesiones ayer, creo que haré lo mismo… —Hundo mis dedos en su cabello y cierro los párpados. Recorre mis clavículas con paciencia, mientras sus manos van subiendo la fina tela de mi blusa hasta que descubre mis tetillas desnudas—. Tú puedes despertarme temprano siempre y cuando hagas esto.

Siento su sonrisa, lo próximo que sé es que ha atrapado mi pezón con su boca, al tiempo que una de sus manos se escabulle entre los dos e introduce su mano debajo del short y de mis bragas. Me encorvo para ofrecerle más mi tetilla y suelto un jadeo cuando su dedo se introduce entre mi orificio, Samuel suelta un gruñido y succiona mi montículo, entretanto su índice comprueba cuan resbaloso estoy por él.

—Se me está haciendo agua la boca —murmura con la voz ronca. Deja mis tetillas y se levanta, me desnuda de la cintura para abajo con maestría. Apoyo mis codos y levanto la cabeza para poder observarlo.

Me da una mirada cargada de lujuria al tiempo que se hinca en el suelo, pues es demasiado grande como para que quepa en el sillón. Abre mis piernas colocando una en el descansabrazos, la otra queda fuera del sofá. Sus manos me acercan a él, su nariz queda frente a mi entrada.

Aprieto mis puños para aguantar el calor que me recorre cuando aspira y exhala, haciendo que su respiración se estampe justo ahí. Echo la cabeza hacia atrás y aprieto mis músculos anales pues las cosquillas que me producen sus dedos en mis pliegues me están trastornando. Se me olvida al sentir a su lengua recorriéndome tan lento, se toma su tiempo, y eso me hace perder la razón.

Encuentra mi punto y yo convulsiono.

—Samuel… e-eso se siente muy bien —susurro. Con suavidad hace círculos alrededor de mi botón hinchado sin rozarlo, acumulando la tensión.

—¿Bien? Quiero que se sienta alucinante —murmura.

—¡Ah! —exclamo cuando succiona mi bola de nervios y acelera el ritmo, corrientes eléctricas suben y bajan por todo mi organismo. Sus dientes en mi carne hacen que suelte un gemido. Encorvo la espalda, sintiendo tan cerca la liberación, sin embargo, él se detiene hasta que los temblores de mis piernas cesan y vuelve a comenzar; aumenta la intensidad, y vuelve a parar justo cuando estoy a punto de explotar. Los lengüetazos son certeros, está haciendo movimientos y presionando en los lugares adecuados—. Por favor…

Lloriqueo, intento mover las caderas, pero él las aferra con sus manos, abre más mis piernas y yo me pregunto por qué me está haciendo esto. Cambia de posición y estimula otra zona, repite el proceso, indaga en cada espacio. Quiero echarme a llorar porque no sabía que se podía sentir así de increíble. No importa cuánto apriete, cuánto quiera soltarme, sigue aumentando en vez de salir.

—Por favor —le pido, él se detiene para que no alcance el orgasmo una vez más—. ¡Mierda!

Uno de sus dedos da golpecitos en mi ano antes de hundirse y bambolearse. Me recuesto, ya sin poder soportar mi peso y me entrego a él porque no puedo hacer más, es una tortura

delicioso; aunque quiero llegar, no quiero que termine.

—Qué delicia, me fascina tu sabor, tu olor, tu textura, cómo te sigues humedeciendo.

Pierdo la noción del tiempo, me sumerjo en la marea, me eleva al cielo; ahora sé que hay personas que sí pueden llevarte a las estrellas.

—¡Sí! —grito convulsionándome cuando llego al orgasmo, siento cómo mis ojos se hacen hacia atrás, mis costillas se elevan—. Mmmh…

Abro los párpados y veo sus pupilas, le doy una sonrisita de lado, apreso su cadera con mis muslos. Su pantalón de mezclilla se restriega en mi zona sensible, puedo sentir su gran bulto.

—¿Qué tal su mañana ahora, señorito? —pregunta. Le doy un golpecito a la punta de su nariz con mi dedo, jugueton.

—Mejor. —Su sonrisa sincera me hace sonrojar, así que me aclaro la garganta, no obstante, él se da cuenta, baja la cabeza para darle mordiscos a mi pómulo.

Nuestros labios terminan encontrándose, me besa con pasión, su lengua acaricia la mía y la gobierna a su antojo, suelta un gruñido antes de profundizar. Inconscientemente envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y lo pego a mí, le regreso el beso de la misma manera, nuestras respiraciones se hacen pesadas, mis labios los siento calientes e hinchados, pero no me importa porque es el mejor beso que me han dado, atrapo su labio inferior y le doy un jaloncito. Al parecer el gesto le agrada, Samuel ruge y se desliza por todo mi cuerpo, recorre mis tetillas, mi cintura y mi cadera con las manos. Con mis talones empujo sus muslos, haciendo que su pene se encaje en mi entrada, no es que esté pensando en otra cosa a pesar de que me encantaría, solo quiero sentir los roces de su miembro.

Él se tensa, inmediatamente me arrepiento de haberlo hecho pues se levanta como un rayo luciendo agitado. Sí, acabo de romper la burbuja y estoy ardiendo.

—Te dije que eso no, Guille. —Ahogo en mi garganta el deseo de suplicarle que pierda el

control, no quiero acabar en la ducha acariciándome sin él, pero su ceño está tan tenso que por un minuto creo que romperá el acuerdo. Se talla la frente y cepilla su cabello castaño con los dedos.

Me siento, con rapidez busco mis bragas y me las pongo sin mirarlo, luego me quedo quieto mirando un punto en la alfombra, mientras escucho cómo empieza a caminar de un lado para otro al igual que un león enjaulado.

—No me gusta que me orillen a hacer cosas que no quiero, así que te pido que no vuelvas a intentarlo o esto se acabará, se lo pediré a otro que sí pueda seguir las reglas. —Rechino los dientes, mi lengua la siento pesada, respiro profundo para tranquilizarme y no mandarlo a la mierda. Ni siquiera sé por qué me molesta que esté insinuando que puede sustituirme con tanta facilidad, quizá es porque el día que lo conocí me hizo sentir especial, tal vez este es un llamado de atención para que no me ponga a flotar. Ya una vez me pasó, no pienso caer en lo mismo dos veces. Tengo que aguantar porque, después de todo, él es el cliente y sus deseos deben de ser cumplidos—. Ya tengo que irme, tengo una reunión en media hora y no puedo llegar tarde. En unas horas vendrán unas personas a traerte algunas cosas que te compré, mis acompañantes deben de ir impecables y elegantes a mi lado, por eso me tomé la libertad de elegir lo que creía conveniente, Lluvia me dio tu talla de todo. También te traerán libros y revistas relacionadas con la tecnología y la empresa del abuelo, entre otras cosas que deberás leer por si necesito que me apoyes en alguna conversación, aunque la mayor parte del tiempo no tienes que hacerlo. Le diré a mi secretaria que se contacte contigo para que te ponga al tanto de mi agenda y así sea más fácil que estés enterado de cuándo voy a necesitarte. Si necesitas ayuda para elegir los atuendos, por favor pídele ayuda a Lluvia. Nos vemos después, Guillermo.

Sale del cuarto sin más, dejándome solo mirando el mismo punto de la alfombra. Él acaba de levantar una pared de hielo entre los dos, me está mostrando lo que soy, me ha puesto en mi lugar porque me atreví a dar un paso, no debí haberlo hecho, pero creí que estaba bien porque la primera vez que nos vimos me dijo que quería que fuera yo mismo, y en ese momento me nació sentirlo contra mi pelvis. Trago saliva, se refería a que haga lo que se espera de mí, no lo que en verdad me gustaría hacer. No me quejo, después de todo me paga para ser el muñeco que puede vestir, adiestrar, y que sonríe aunque en el fondo quiera llorar.


1ERA PARTE: 

Taxi. {Drabble Wigetta}

¿De cuantas personas se necesitaba para callar a un Willy? A veces pesaba que ni un universo entero lo lograría, por que, literalmente, él preferiría morir antes que ser callado.

Y por mucho que lograse sacarme de quicio lo adoraba, hasta esa odiosa parte suya que incontables de veces me hizo enfadar hasta el punto de pensar mil maneras de cortarle la lengua y luego arrojarsela por la cara.  

Y aquí estamos. Esperando un Taxi, cosa que al parecer el destino no tiene planeado para nosotros hoy. Intento, realmente intento, no perder la calma pero Willy se encuentra a mi lado sin parar de formular palabras que solo me recuerdan el por qué odio tanto tener que tomar un maldito taxi.

- ¡Dios no soporto esto! Me cago en ti macho, esto es tu culpa.- le oigo bufar pateando ligeramente su maleta.

- ¿Perdona? ¿Mi culpa? ¿Por qué sería mi culpa esta desgracia, que por cierto también me afecta a mi?

¡Lo que faltaba!

- No lo sé, solo necesito culpar a alguien para no terminar suicidandome. ¡Odio esperar! ¿Has visto lo cansado que estoy?

Willy era una extraña combinación entre una adolescente caprichosa y un niño pequeño. Una persona realmente difícil de tratar si no tienes paciencia, por suerte aquello no era algo de lo que carecía y con el tiempo supe como lidiar con sus extraños ataques de histeria, probablemente nadie lo conocía mejor que yo, y no me gustaba alardear de aquello pero tampoco me importaba demasiado el hacerlo en alguna que otra ocasión.

Para nuestra suerte, o quizás respuesta a mis plegarías a un Dios inexistente, el bendito taxi apareció.

Un hombre adulto de quizás unos cuarenta y tantos se encontraba al mando de éste observandonos con molestia como si fueramos nosotros los que se tardaron años en aparecer.

- ¿Van a subir muchachos?- carraspeo con un deje de ironía que me tocó ligeramente, bastante, los huevos.

¿Acaso el mundo quería que asesinase a alguien hoy? Por que no estaba seguro de si mi paciencia tenía un limite, y de verdad no estaba con ganas de averiguarlo.

Llevé mi mano hasta la cintura de mi compañero apretando despacio indicandole que se adentrase deprisa al coche antes que cometiese un homicidio.

Respiré hondo una vez el coche estuvo en marcha a nuestro destino.

Durante el trayecto Willy se dedicó a lloriquear debido a que un jodido mosquito le picó en el brazo y resultó ser alérgico a las picaduras. Algo nuevo sobre Willy que no sabía: anotado.

Por mucho que lo intentase no podía retener mi mal humor estando a su lado así que sostuve su brazo depositando pequeños besos sobre la picadura logrando que éste se distrajera de la picazón y comenzara a reír avergonzado ante mis acciones. Menuda monada, tan aniñado y mío.

No tardé en tomar de sus suaves mofletes y besarlos repetidas veces hasta morderlo. Era una de mis tantas obsesiones con su cuerpo, aquellos algodones de azúcar en su cara son sagrados. No había momento en que lo dejase en paz.

Mientras nos dedicabamos a pellizcarnos y luchar por quién tomaba el control entre nuestros  besos oí como el taxista gruñía con desprecio indicando que ya habíamos llegado.

Ignoré sus expresiones de asco cuando le entregué la propina, así como también ignoré ese comentario grosero hacía mi persona que soltó entre dientes.

Estúpida gente homofobica, ¿Cual era el maldito problema? ¿Por qué no podía besar a mi pareja en paz? Seguramente si Willy fuese una mujer les parecería incluso hasta tierno. Imbéciles, no les deseaba el mal pero esperaba que la vida les diera por culo a todos esos que se sentían superiores por meterla en una vagina.

- ¿Pasa algo?- preguntó Willy abriendo paso hasta la habitación mientras seguí sus pasos. Me dediqué a observar su cuerpo de espaldas perfectamente moldeado el cual se encontraba en una excelente condición física, me sentí orgulloso de saber que el responsable de eso era yo. Podía recordar cada madrugada en Los Angeles donde le obligaba a despertar para ir a trotar y hacer ejercicio.

- Estaba enfadado por algo, pero creo que ya no lo recuerdo- murmuré divertido atrapando de su cintura por detrás dejandome embriagar por su rico aroma.

- Bueno, tal vez yo pueda ayudarte a recordar- dijo arrastrando sus palabras girando sobre sus talones atrapando mi mirada con la suya, y pensé que sus pequeños ojos nunca dejarían de ser algo hermoso para mi.

- De hecho prefiero que me ayudes a olvidarlo.- susurré presionando sus gruesos y rosados labios contra los míos que pronto se abrieron dando lugar a que mi lengua recorriera por encima de la suya.

Me vi a mi mismo empujando su cuerpo a trompicones hasta llegar al enorme colchón y subirme a horcajadas encima suyo. Un pequeño vaivén acelerado se hizo presente friccionando nuestros miembros sobre la ropa arrancando unos ruididos de su garganta. Sonreí complacido repitiendo la acción para recibir más de lo mismo.

- D- desgraciado, te estás desquitando conmigo- chilló en un jadeo atrapando mi cintura con sus piernas.

- Fuiste un niño muy malo, sabes que a papi no le gusta que le hagan enfadar- murmuré entre risas sobre la piel de su cuello antes de dejar una gran marca.

- ¡Sabes que no me gusta esperar!- se justificó sabiendo lo que se venía. Reí por lo bajo deshaciendome de mi camisa.

- Volteate en cuatro, ahora.- demandé sin rodeos ignorando sus muecas de suplica.- Dije ahora, tu carita de gatito no va a salvarte esta vez.

Entonces se volteó apoyando su cabeza contra el colchón dejando su trasero elevado, justo como quería.

Arrastré su pantalón junto con su ropa interior dejando al descubierto su precioso trasero. Presioné mis labios con fuerza para reprimir una sonrisa dejando caer mi mano sobre su suave piel tornandola de un leve color carmesí. Willy se contrajo ligeramente soltando un gemido logrando que mi erección pulsara contra mi pantalón.

- Fuiste un niño muy malo Chiqui.

- Mmh- masculló soltando un quejido al sentir la palma de mi mano impactar contra su trasero una vez más.

- ¿Vas a portarte bien ahora?- pregunté divertido presionando mis dedos sobre su delicada piel que se había tornado rojiza.

- No.- soltó en un tono aniñado mostrando una enorme sonrisa juguetona.

- Entonces tendré que castigarte todas las noches.- dejé caer nuevamente mi mano contra su piel arrancandole un pequeño jadeo.

- Entonces me portaré mal las veces que sea necesario.- me desafió dejando caer todo su peso a un costado.

50 Sombras Más Oscuras [Wigetta]

CAPÍTULO 6

Mi mano se agarra al cabello de Samuel, mientras mi boca se aferra febril a la suya, absorbiéndole, deleitándose al sentir su lengua contra la mía. Y él hace lo mismo, me devora. Es el paraíso.

De pronto me levanta un poco, coge el bajo de mi camiseta, me la quita de un tirón y la tira al suelo.

—Quiero sentirte —me dice con avidez junto a mi boca, mientras mueve las manos por mi espalda.

Me empuja de nuevo sobre la cama, me aprieta contra el colchón y lleva su boca a mi cuello. Yo enredo los dedos es su cabello mientras el sigue recorriéndome el cuello con la lengua, llega a la oreja y sopla ligeramente.

Grito, y la sensación se apodera de todo mi cuerpo, y vigoriza y tensa mi miembro.

—Sí, déjame oírte —murmura junto a mi piel ardiente.

Dios, quiero tenerlo dentro, ahora. Baja un poco, juega con mi pezón con la boca, tira, y hace que me retuerza y me contorsione y suspire por él. Noto su deseo mezclado con… ¿qué? Veneración. Es como si me estuviera adorando.

Busca con la mano mis pantalones, desabrocha el botón con destreza, baja la cremallera, introduce la mano dentro de mis calzoncillos y comienza a acariciarme el miembro. Respira entre los dientes.

—Oh, cariño —exhala y se cierne sobre mí, mirándome intensamente a los ojos.

—Te deseo —musito.

Su boca busca de nuevo la mía, y siento su anhelante desesperación, su necesidad de mí.

Esto es nuevo —nunca había sido así, salvo quizá cuando volví de Georgia—, y sus palabras de antes vuelven lentamente a mí… «Necesito saber que estamos bien. Solo sé hacerlo de esta forma.»

Pensar en eso me desarma. Saber que le afecto de ese modo, que puedo proporcionarle tanto consuelo haciendo esto… y entonces, me doy cuenta de que tiene la mano por detrás de su espalda, por dentro del pantalón. Oh, Dios. ¿Va dejarme hacerlo de nuevo?

Él se sienta, agarra mis pantalones por los bajos y me los quita de un tirón, y luego los calzoncillos.

Sin dejar de mirarme fijamente, se pone de pie, saca un envoltorio plateado del bolsillo y me lo lanza, y después se quita los pantalones y los calzoncillos con un único y rápido movimiento.

Yo rasgo el paquetito con avidez, y cuando vuelve a tumbarse a mi lado le intentó poner el preservativo, pero me frena. Se tumba de espaldas.

—Pónmelo —ordena, y me coloca entre sus piernas de un tirón—. Quiero verte.

Oh… Le coloco el preservativo despacio.

Me conduce, y yo me deslizo sobre él con cierta indecisión. Cierra los ojos y flexiona las caderas para encontrarse conmigo, y me colma, me dilata, y cuando exhala su boca dibuja una O perfecta.

Oh, es una sensación tan agradable… poseerle, de cierta manera

Me coge las manos, y no sé si es para que mantenga el equilibrio o para impedir que le toque, aun cuando ya he trazado mi mapa.

—Me gusta mucho sentirte —murmura.

Yo me alzo de nuevo, embriagado por el poder que tengo sobre él, viendo cómo Samuel De Luque se descontrola debajo de mí. Me suelta las manos y me sujeta las caderas, y yo apoyo las manos sobre sus brazos. Bajo bruscamente y le hago gemir.

—Eso es, nene —dice con voz entrecortada.

Yo echo la cabeza atrás y hago exactamente lo que él quiere.

Me muevo, acompasándome a su ritmo con perfecta simetría, ajeno a cualquier pensamiento lógico. Solo soy sensación, perdido en este abismo de placer. Arriba y abajo… una y otra vez… Oh, sí… Abro los ojos, bajo la vista hacia él con la respiración jadeante, y veo que me está mirando con ardor.

—Mi Willy —musita.

—Sí —digo con la voz desgarrada—. Siempre.

Él lanza un gemido, vuelve a cerrar los ojos y echa la cabeza hacia atrás. Oh, Dios… Ver a Samuel desatado basta para sellar mi destino, y alcanzo el clímax entre gritos, todo me da vueltas y, exhausto, me derrumbo sobre él. Sigo moviéndome, por mucho que me cueste, porque sé que él también tiene que llegar.

—Oh, nene —gime cuando se abandona y, sin soltarme, se deja ir.


***


Tengo la cabeza apoyada sobre su pecho, en la zona prohibida. Mi mejilla reposa sobre sus finos vellos. Jadeo, radiante, y reprimo el impulso de juntar los labios y besarle.

Estoy tumbado sobre él, recuperando el aliento. Me acaricia el pelo y me pasa la mano por la espalda y me toca, mientras su respiración se va tranquilizando.

—Eres precioso.

Levanto la cabeza para mirarle con semblante escéptico. Él responde frunciendo el ceño e inmediatamente se sienta y, cogiéndome por sorpresa, me rodea con el brazo y me sujeta firmemente. Yo me aferro a sus bíceps; estamos frente a frente.

—Eres… precioso —repite con tono enfático.

—Y tú eres a veces extraordinariamente dulce.

Y le beso con ternura.

Me levanta para hacer que salga de él, y yo me estremezco. Se inclina hacia delante y me besa con suavidad.

—No tienes ni idea de lo atractivo que eres, ¿verdad?

Me ruborizo. ¿Por qué sigue con eso?

—Todos esos chicos que van detrás de ti… ¿eso no te dice nada?

—¿Chicos? ¿Qué chicos?

—¿Quieres la lista? —dice con desagrado. —Ese fotógrafo está loco por ti; el tipo de la ferretería; el hermanastro de tu compañero de piso. Tu jefe —añade con amargura.

—Oh, Samuel, eso no es verdad.

—Créeme. Te desean. Quieren lo que es mío.

Me acerca de golpe y yo levanto los brazos, colocándolos sobre sus hombros con las manos en su cabello, y le miro con ironía.

—Mío —repite, con un destello de posesión en la mirada.

—Sí, tuyo —le tranquilizo sonriendo.

Parece apaciguado, y yo me siento muy cómodo en su regazo, acostado en una cama a plena luz del día, un sábado por la tarde… ¿Quién lo hubiera dicho? Su exquisito cuerpo conserva las marcas de pintalabios. Veo que han quedado algunas manchas en la funda del edredón, y por un momento me pregunto qué hará la señora Jones con ellos.

—La línea sigue intacta —murmuro, y con el índice resigo osadamente la marca de su hombro. Él parpadea y de pronto se pone rígido—. Quiero explorar.

Me mira suspicaz.

—¿El apartamento?

—No. Estaba pensando en el mapa del tesoro que he dibujado en tu cuerpo.

Mis dedos arden por tocarle.

Arquea las cejas, intrigado, y la incertidumbre le hace pestañear. Yo froto mi nariz contra la suya.

—¿Y qué supondría eso exactamente, señor Díaz?

Retiro la mano de su hombro y deslizo los dedos por su cara.

—Solo quiero tocarte por todas las partes que pueda.

Samuel atrapa mi dedo con los dientes y me muerde suavemente.

—Ow —protesto, y él sonríe y de su garganta brota un gemido sordo.

—De acuerdo —dice y me suelta el dedo, pero su voz revela aprensión—. Espera.

Se incorpora un poco debajo de mí, vuelve a levantarme, se limpia con la toalla el torso, se quita el preservativo y lo tira al suelo, junto a la cama.

—Franco te ha cortado muy bien el pelo. Me encanta.

¿Qué?

—Deja de cambiar de tema.

Me coloca a horcajadas sobre él. Me apoyo en sus piernas flexionadas, con los pies a ambos lados de sus caderas. Él se recuesta sobre los brazos.

—Toca lo que quieras —dice muy serio.

Parece nervioso, pero intenta disimularlo.

Sin dejar de mirarle a los ojos, me inclino y paso el dedo por debajo de la marca de pintalabios, sobre sus abdominales. Se estremece y paro.

—No es necesario —susurro.

—No, está bien. Es que tengo que… adaptarme. Hace mucho tiempo que no me acaricia nadie —murmura.

—¿La señora Robinson? —digo sin pensar, y curiosamente consigo hacerlo en un tono libre de amargura o rencor.

Él asiente; es evidente que se siente incómodo.

—No quiero hablar de ella. Nos amargaría el día.

—Yo no tengo ningún problema.

—Sí lo tienes, Guille. Te sulfuras cada vez que la menciono. Mi pasado es mi pasado. Y eso es así. No puedo cambiarlo. Tengo suerte de que tú no tengas pasado, porque si no fuera así me volvería loco.

Yo frunzo el ceño, pero no quiero discutir.

—¿Te volverías loco? ¿Más qué ahora? —digo sonriendo, confiando en aliviar la tensión.

Tuerce la boca.

—Loco por ti.

La felicidad inunda mi corazón.

—¿Debo telefonear al doctor Atkin?

—No creo que haga falta —dice secamente.

Se mueve otra vez y baja las piernas. Yo vuelvo a posar los dedos en su vientre y dejo que deambulen sobre su piel. De nuevo se estremece.

—Me gusta tocarte.

Mis dedos bajan hasta su ombligo y al vello que nace ahí. Él separa los labios y su respiración se altera, sus ojos se oscurecen y noto debajo de mí cómo crece su erección. Por Dios… Segundo asalto.

—¿Otra vez? —musito.

Sonríe.

—Oh, sí, señor Díaz, otra vez.


***


Qué forma tan deliciosa de pasar una tarde de sábado. Estoy bajo la ducha, lavándome distraídamente, con cuidado de no mojarme el pelo y pensando en las dos últimas horas. Parece que Samuel y la vainilla se llevan bien.

Hoy ha revelado mucho de sí mismo. Tengo que hacer un gran esfuerzo para intentar asimilar toda la información y reflexionar sobre lo que he aprendido: la cantidad de dinero que gana —vaya, es obscenamente rico, algo sencillamente extraordinario en alguien tan joven— y los dossieres que tiene sobre mí y todos sus castaños sumisos. Me pregunto si estarán todos en ese archivador.

Mi subconsciente me mira con gesto torvo y menea la cabeza: Ni se te ocurra. Frunzo el ceño. ¿Solo un pequeño vistazo?

Y luego está Michael: posiblemente armado por ahí, en alguna parte… amén de su lamentable gesto musical, todavía presente en el iPod de Samuel. Y algo aún peor: la pedófila señora Robinson: es algo que no me cabe en la cabeza, y tampoco quiero. No quiero que ella sea un fantasma de resplandeciente cabellera dentro de nuestra relación. Él tiene razón y me subo por las paredes cuando pienso en ella, así que quizá lo mejor sea no hacerlo.

Salgo de la ducha y me seco, y de pronto me invade una angustia inesperada.

Pero ¿quién no se subiría por las paredes? ¿Qué persona normal, cuerda, le haría eso a un chico de quince años? ¿Cuánto ha contribuido ella a su devastación? No puedo entender a esa mujer. Y lo que es peor: según él, ella le ha ayudado. ¿Cómo?

Pienso en sus cicatrices, esa desgarradora manifestación física de una infancia terrorífica y un recordatorio espantoso de las cicatrices mentales que debe de tener. Mi dulce y triste Cincuenta Sombras. Ha dicho cosas tan cariñosas hoy… Está loco por mí.

Me miro al espejo. Sonrío al recordar sus palabras, mi corazón rebosa de nuevo, y mi cara se transforma con una sonrisa bobalicona. Quizá conseguiremos que esto funcione. Pero ¿cuánto más estará dispuesto a hacerlo sin querer golpearme porque he rebasado alguna línea arbitraria?

Mi sonrisa se desvanece. Esto es lo que no sé. Esta es la sombra que pende sobre nosotros. Sexo pervertido sí, eso puedo hacerlo, pero ¿qué más?

Mi subconsciente me mira de forma inexpresiva, y por una vez no me ofrece consejos sabios y sardónicos. Vuelvo a mi habitación para vestirme.

Samuel está en el piso de abajo arreglándose, haciendo no sé bien qué, así que dispongo del dormitorio para mí solo. Aparte de todos los trajes del armario, los cajones están llenos de ropa interior nueva. Escojo unos calzoncillos negros todavía con la etiqueta del precio: quinientos cuarenta dólares. 

Estoy sacando el traje del armario cuando Samuel entra sin llamar. ¡Vaya, está impresionante! Se queda inmóvil, mirándome, sus ojos cafés resplandecientes, hambrientos. Noto que todo mi cuerpo se ruboriza. Lleva una camisa blanca con el cuello abierto y pantalones sastre, negros. Veo que la línea del pintalabios sigue en su sitio, y él no deja de mirarme.

—¿Puedo ayudarle, señor De Luque? Deduzco que su visita tiene otro objetivo, aparte de mirarme embobado…

—Estoy disfrutando bastante de la fascinante visión, señor Díaz, gracias —comenta turbadoramente, y da un paso más, arrobado—. Recuérdame que le mande una nota personal de agradecimiento a Catherine Acton.

Tuerzo el gesto. ¿Quién es esa?

—La asesora persona de compras de Neiman —contesta como si me leyera el pensamiento.

—Ah.

—Estoy realmente anonadado.

—Ya lo veo. ¿Qué quieres, Samuel? —pregunto, dedicándole mi mirada displicente.

Él contraataca con su media sonrisa y saca las bolas de plata del bolsillo, y me quedo petrificado. ¡Santo Dios! ¿Quiere azotarme? ¿Ahora? ¿Por qué?

—No es lo que piensas —dice enseguida.

—Acláramelo —musito.

—Pensé que podrías ponerte esto esta noche.

Y todas las implicaciones de la frase permanecen suspendidas entre nosotros mientras voy asimilando la idea.

—¿A la gala benéfica?

Estoy atónito.

Él asiente despacio y sus ojos se ensombrecen.

Oh, Dios.

—¿Me pegarás después?

—No.

Por un momento siento una leve punzada de decepción.

Él se ríe.

—¿Es eso lo que quieres?

Trago saliva. No lo sé.

—Bueno, tranquilo que no voy a tocarte de ese modo, aunque me supliques.

Oh. Esto es nuevo.

—¿Quieres jugar a este juego? —continúa, con las bolas en la mano—. Siempre puedes quitártelas si no aguantas más.

Le fulmino con la mirada. Está tan increíblemente seductor: un tanto descuidado, el pelo revuelto, esos ojos claros, pero a la vez oscuros que dejan traslucir pensamientos eróticos, esa boca maravillosamente esculpida, y esa sonrisa tan sexy y divertida en los labios.

—De acuerdo—acepto en voz baja.

¡Dios, sí! El dios que llevo dentro ha recuperado la voz y grita por las esquinas.

—Buen chico. —Samuel sonríe—. Ven aquí y te las colocaré.

Me lleva junto a la cama pero no se sienta, sino que se dirige hacia la única silla de la habitación. La coge y la coloca delante de mí.

—Cuando yo haga la señal, te agachas y te apoyas en la silla. ¿Entendido? —dice con voz grave.

—Sí.

—Bien. Ahora abre la boca —ordena, sin levantar la voz.

Hago lo que me dice, pensando que va a meterme las bolas en la boca otra vez para lubricarlas. Pero, no, desliza su dedo índice entre sus labios.

Oh…

—Chupa —dice.

Me inclino hacia delante, le sujeto la mano y obedezco. Puedo ser muy obediente cuando quiero.

Sabe a jabón… mmm. Chupo con fuerza, y me reconforta ver que abre los ojos de par en par, separa los labios y aspira. Se mete las bolas en la boca mientras le rodeo el dedo con la lengua y le practico una felación. Cuando intenta retirarlo, le clavo los dientes.

Sonríe y mueve la cabeza con gesto reprobatorio, de manera que le suelto. Hace un gesto con la cabeza, y me inclino y me agarro a ambos lados de la silla. Aparta mis calzoncillos a un lado y me mete un dedo muy lentamente, haciéndolo girar despacio, de manera que lo siento en todo mi cuerpo. No puedo evitar que se me escape un gemido.

Retira el dedo un momento y, con mucha suavidad, inserta las bolas una a una y empuja para meterlas hasta el fondo. En cuanto están en su sitio, vuelve a colocarme y ajustarme los calzoncillos y me besa el trasero. Desliza las manos por mis piernas, del tobillo a la cadera, y besa con ternura la parte superior de ambos muslos.

—Me gustan tus piernas, señor Díaz —susurra.

Se yergue y, sujetándome las caderas, tira hacia él para que note su erección.

—Puede que cuando volvamos a casa te posea así, Guillermo. Ya puedes incorporarte.

Siento el peso de las bolas empujando y tirando dentro de mí, y me siento terriblemente excitado, mareado. Samuel se inclina detrás de mí y me besa en el hombro.

—Compré esto para que lo llevaras en la gala del sábado pasado. —Me rodea con su brazo y extiende la mano. En la palma hay una cajita roja con la palabra «Cartier» impresa en la tapa—. Pero me dejaste, así que nunca tuve ocasión de dártelo.

¡Oh!

—Esta es mi segunda oportunidad —musita nervioso, con la voz preñada de una emoción desconocida.

Cojo la caja y la abro, vacilante. Dentro resplandece un reloj. Tiene la esfera redonda, con las manecillas en azul. Es precioso, simple y clásico. El que yo mismo habría escogido si alguna vez tuviera la oportunidad de comprar en Cartier.

—Es maravilloso —musito, y lo adoro porque es el reloj que nos da una segunda oportunidad—. Gracias.

El cuerpo de Samuel, pegado al mío, se destensa, se relaja, y vuelve a besarme en el hombro.

—¿Te pondrás el traje gris? —pregunta.

—Sí. ¿Te parece bien?

—Claro. Te dejo para que te arregles.

Y se encamina hacia la puerta sin mirar atrás.


***


He entrado en un universo alternativo. El joven que me devuelve la mirada desde el espejo parece digno de la alfombra roja. Su traje es sencillamente espectacular. Puede que yo mismo escriba a Catherine Acton. Se ajusta en las zonas adecuadas y realza mi cuerpo.

Mi pelo sigue peinado perfectamente, como me lo dejó Franco. El constante movimiento de las bolas de plata me provoca un leve rubor y tengo una erección. Sí, son la garantía de que esta noche tendré color en las mejillas. Meneo la cabeza pensando en las audaces ocurrencias eróticas de Samuel. Me miro una última vez y voy a buscar a mi Cincuenta Sombras.

Está en el pasillo, hablando con Higgins y otros tres hombres, de espaldas a mí. Las expresiones de sorpresa y admiración de estos alertan a Samuel de mi presencia. Se da la vuelta mientras yo me quedo ahí plantado, esperando incómodo.

Se me seca la boca. Está impresionante… Esmoquin negro, pajarita negra, y su semblante de asombro y admiración al verme. Camina hacia mí y me besa el pelo.

—Guillermo. Estás deslumbrante.

Su cumplido delante de Higgins y los otros tres hombres hace que me ruborice.

—¿Una copa de champán antes de salir?

—Por favor —musito, con celeridad excesiva.

Samuel le hace una señal a Higgins, que se dirige al vestíbulo con sus tres acompañantes.

Samuel saca una botella de champán de la nevera.

—¿El equipo de seguridad? —pregunto.

—Protección personal. Están a las órdenes de Higgins, que también está entrenado para ello.

Samuel me ofrece una copa de champán.

—Es muy versátil.

—Sí, lo es. —Samuel sonríe—. Estás adorable, Guillermo. Salud.

Levanto la copa y la entrechoca con la mía. El champán es de color rosa pálido. Tiene un delicioso sabor chispeante y ligero.

—¿Cómo estás? —me pregunta con la mirada encendida.

—Bien, gracias.

Le sonrío con dulzura, sin expresar nada y sabiendo perfectamente que se refiere a las bolas de plata.

Hace un gesto de satisfacción.

—Toma, necesitarás esto. —Me tiende una bolsa de terciopelo que estaba sobre la encimera, en la isla de la cocina—. Ábrela —dice entre sorbos de champán.

Intrigado, cojo la bolsa y saco una elaborada máscara de disfraz plateada.

—Es un baile de máscaras —dice con naturalidad.

—Ya veo.

Es preciosa. Ribeteada con un lazo de plata y una exquisita filigrana alrededor de los ojos.

—Esto realzará tus pequeños ymaravillosos ojos, Guillermo.

Yo le sonrío con timidez.

—¿Tú llevarás una?

—Naturalmente. Tienen una cualidad muy liberadora —añade, arqueando una ceja y sonriendo.

Oh. Esto va a ser divertido.

—Ven. Quiero enseñarte una cosa.

Me tiende la mano y me lleva hacia el pasillo, hasta una puerta junto a la escalera. La abre y me encuentro ante una enorme habitación, de un tamaño aproximado al de su cuarto de juegos, que debe de quedar justo encima de esta sala. Está llena de libros. Vaya, una biblioteca con todas las paredes atestadas, desde el suelo hasta el techo. En el centro hay una mesa de billar enorme, iluminada con una gran lámpara de Tiffany en forma de prisma triangular.

—¡Tienes una biblioteca! —exclamo asombrado y abrumado por la emoción.

—Sí, Luzu la llama «el salón de las bolas». El apartamento es muy espacioso. Hoy, cuando has mencionado lo de explorar, me he dado cuenta de que nunca te lo había enseñado. Ahora no tenemos tiempo, pero pensé que debía mostrarte esta sala, y puede que en un futuro no muy lejano te desafíe a una partida de billar.

Sonrío de oreja a oreja.

—Cuando quieras.

Siento un inmenso regocijo interior. A Alex y a mí nos encanta el billar. Nos hemos pasado los últimos tres años jugando, y soy todo un experto. Alex ha sido un magnífico maestro.

—¿Qué? —pregunta Samuel, divertido.

¡Oh, no!, me reprocho. Realmente debería dejar de expresar cada emoción en el momento en que la siento.

—Nada —contesto enseguida.

Samuel entorna los ojos.

—Bien, quizá el doctor Atkin pueda desentrañar tus secretos. Esta noche le conocerás.

—¿A ese charlatán tan caro?

Oh, vaya.

—El mismo. Se muere por conocerte.


Mientras vamos en la parte de atrás del Audi en dirección norte. Samuel me da la mano y me acaricia los nudillos con el pulgar. Me estremezco, noto la sensación en mi entrepierna. Reprimo el impulso de gemir, ya que Higgins está delante sin los auriculares de iPod, junto a uno de esos agentes de seguridad que creo que se llama Sawyer.

Estoy empezando a notar un dolor sordo y placentero en mi miembro, provocado por las bolas, que me hacen tener erecciones por el más mínimo roce con Samuel. Me pregunto cuánto podré resistir sin algún… ¿alivio? Subo las caderas, intentando buscar algo de fricción. Al hacerlo, se me ocurre de pronto algo que lleva dándome vueltas en la cabeza.

—¿De dónde has sacado el pintalabios? —le pregunto a Samuel en voz baja.

Sonríe y señala al frente.

—De Higgins —articula en silencio.

Me echo a reír.

—Oh…

Y me paro en seco… las bolas.

Me muerdo el labio. Samuel me mire risueño y con un brillo malicioso en los ojos. Sabe perfectamente lo que se hace, como el animal sexy que es.

—Relájate —musita—. Si te resulta excesivo…

Se le quiebra la voz y me besa con dulzura cada nudillo, por turnos, y luego me chupa la punta del meñique.

Ahora sé que lo hace a propósito. Cierro los ojos mientras un deseo oscuro se expande por mi cuerpo. Me rindo momentáneamente a esa sensación, y comprimo los músculos de mi cuerpo.

Cuando abro los ojos, Samuel me está observando fijamente, como un príncipe tenebroso. Debe de ser por el esmoquin y la pajarita, pero parece mayor, sofisticado, un libertino fascinantemente apuesto con intenciones licenciosas. Sencillamente, me deja sin respiración. Estoy subyugado por su sexualidad, y, si tengo que darle crédito, él es mío. Esa idea hace que brote una sonrisa en mi cara, y él me responde con otra resplandeciente.

—¿Y qué nos espera en esa gala?

—Ah, lo normal —dice Samuel jovial.

—Para mí no es normal.

Sonríe cariñosamente y vuelve a besarme la mano.

—Un montón de gente exhibiendo su dinero. Subasta, rifa, cena, baile… mi madre sabe cómo organizar una fiesta —dice complacido, y por primera vez en todo el día me permito sentir cierta ilusión ante la velada.

Una fila de lujosos coches sube por el sendero de la mansión De Luque. Grandes farolillos de papel rosa pálido cuelgan a lo largo del camino, y, mientras nos acercamos lentamente con el Audi, veo que están por todas partes. Bajo la temprana luz del anochecer parecen algo mágico, como si entráramos en un reino encantado. Miro de reojo a Samuel. Qué apropiado para mi príncipe… y florece en mí una alegría infantil que eclipsa cualquier otro sentimiento.

—Pongámonos las máscaras.

Samuel esboza una amplia sonrisa y se coloca su sencilla máscara negra, y mi príncipe se transforma en alguien más oscuro, más sensual.

Lo único que veo de su cara es su preciosa boca perfilada y su enérgica barbilla. Mi corazón late desbocado al verle. Me pongo la máscara, ignorando el profundo anhelo que invade todo mi cuerpo.

Higgins aparca en el camino de la entrada, y un criado abre la puerta del lado de Samuel. Sawyer se apresura a bajar para abrir la mía.

—¿Listo? —pregunta Samuel.

—Más que nunca.

—Estás radiante, Guillermo.

Me besa la mano y sale del coche.

Una alfombra verde oscuro se extiende sobre el césped por un lateral de la mansión hasta los impresionantes terrenos de la parte de atrás. Samuel me rodea con el brazo en ademán protector, apoyando la mano en mi hombro y, bajo la luz de los farolillos que iluminan el camino, recorremos la alfombra verde junto con un nutrido reguero de gente formado por la élite más ganada de Seattle, ataviados con sus mejores galas y luciendo máscaras de todo tipo. Dos fotógrafos piden a los invitados que posen para las fotos con el emparrado de hiedra al fondo.

—¡Señor De Luque! —grita uno de ellos.

Samuel asiente, me atrae hacia sí y posamos rápidamente para una foto. ¿Cómo saben que es él? Por su característica mata rebelde de cabello bien peinado, sin duda.

—¿Dos fotógrafos? —le pregunto.

—Uno es del Seattle Times; el otro es para tener un recuerdo. Luego podremos comprar la copia.

Oh, mi foto en la prensa otra vez. Michael acude fugazmente a mi mente. Así es como me descubrió, por un posado con Samuel. La idea resulta inquietante, aunque me consuela saber que estoy irreconocible gracias a la máscara.

Al final de la fila de invitados, sirvientes con uniformes blancos portan bandejas con resplandecientes copas de champán, y agradezco a Samuel que me pase una para distraerme de mis sombríos pensamientos.

Nos acercamos a una gran pérgola blanca, donde cuelgan versiones más pequeñas de los mismos farolillos de papel. Bajo ella, brilla una pista de baile con suelo ajedrezado en blanco y negro, rodeada por una valla baja con entradas por tres lados. En cada una hay dos elaboradas esculturas de unos cisnes de hielo. El cuarto lado de la pérgola, está ocupado por un escenario, en el que un cuarteto de cuerda interpreta una pieza suave, hechizante, etérea, que no reconozco. El escenario parece dispuesto para una gran banda, pero de momento no se ve rastro de los músicos, así que imagino que la actuación será más tarde. Samuel me coge de la mano y me lleva entre los cisnes hasta la pista, donde los demás invitados se están congregando, charlando y bebiendo copas de champán.

Más allá, hacia la orilla, se alza una inmensa carpa, abierta por el lado más cercano a nosotros, de modo que puedo vislumbrar las mesas y las sillas formalmente dispuestas. ¡Hay muchísimas!

—¿Cuánta gente vendrá? —le pregunto a Samuel, impresionado por el tamaño de la carpa.

—Creo que unos trescientos. Tendrás que preguntárselo a mi madre —me dice sonriendo.

—¡Samuel!

Una joven aparece entre la multitud y le echa los brazos al cuello, e inmediatamente sé que es Sam. Lleva un elegante traje largo de gasa color rosa pálido que deja ver los tatuajes que tiene por los brazos, con una máscara veneciana exquisitamente trabajada a juego. Está deslumbrante. 

—¡Guille! ¡Oh, estás guapísimo! —Me da un breve abrazo—. Tienes que venir a conocer a mis amigos. Ninguno se cree que Samuel tenga por fin pareja.

Aterrado, miro a Samuel, que se encoge de hombros como diciendo «Ya sé que es imposible, yo tuve que convivir con ella durante años», y deja que Samantha me conduzca hasta un grupo compuesto por tres chicas y un chico, todos con trajes caros y impecablemente acicalados. Y, por un momento, me siento más agradecido que nunca por el traje que Samuel me ha proporcionado.

Sam hace rápidamente las presentaciones. Tres se muestran dulces y agradables, pero Lily, creo que se llama, me mira con expresión agria bajo su máscara roja.

—Estaba claro que Samuel era gay —dice disimulando su rencor con una gran sonrisa falsa.

Sam hace un mohín.

—Lily… compórtate. Está claro que Samuel tiene un gusto excelente para los hombres, pero estaba esperando a que apareciera el adecuado, ¡y, por razones obvias, no has sido tú!

Lily se pone del color de su máscara, y yo también. ¿Puede haber una situación más incómoda?

—Señoritas, señor, ¿podría recuperar a mi acompañante, por favor?

Samuel desliza el brazo alrededor de mis hombros y me atrae hacia él. Las tres chicas se ruborizan y sonríen nerviosas: el invariable efecto de su perturbadora sonrisa. Sam me mira, pone los ojos en blanco, y no me queda otro remedio que echarme a reír.

—Encantado de conoceros —digo mientras Samuel tira de mí—. Gracias —le susurro, cuando estamos ya a cierta distancia.

—He visto que Lily estaba con Sam. Es una persona horrible.

—Le gustas —digo secamente.

Él se estremece.

—Pues el sentimiento no es mutuo. Ven, te voy a presentar a algunas personas.


Paso la siguiente media hora inmerso en un torbellino de presentaciones. Conozco a dos actores de Hollywood, a otros dos presidentes ejecutivos y a varias eminencias médicas. Por Dios… es imposible que me acuerde de tantos nombres.

Samuel no se separa de mí, y se lo agradezco. Francamente, la riqueza, el glamour y el nivel de puro derroche del evento me intimidan. Nunca he asistido a un acto parecido en mi vida.

Los camareros vestidos de blanco circulan grácilmente con más botellas de champán entre la multitud creciente de invitados, y me llena la copa con una regularidad preocupante. No debo beber demasiado, me repito a mí mismo, pero empiezo a sentirme algo aturdido, y no sé si es por el champán, por la atmósfera cargada de misterio y excitación que crean las máscaras, o por las bolas de plata que llevo en secreto. Resulta cada vez más difícil ignorar el dolor sordo que se extiende bajo mi cintura.

—¿Así que trabaja en SIP? —me pregunta un caballero calvo con una máscara de oso que le cubre la mitad de la cara… ¿o de perro?—. He oído rumores acerca de una OPA hostil.

Me ruborizo. Una OPA hostil lanzada por un hombre que tiene más dinero que sentido común, y que es un acosador nato.

—Yo solo soy un humilde ayudante, señor Eccles. No sé nada de esas cosas.

Samuel no dice nada y sonríe beatíficamente a Eccles.

—¡Damas y caballeros! —El maestro de ceremonias, con una impresionante máscara de arlequín blanca y negra, nos interrumpe—. Por favor, vayan ocupando sus asientos. La cena está servida.

Samuel me da la mano y seguimos al bullicioso gentío hasta la inmensa carpa.

El interior es impresionante. Tres enormes lámparas de araña lanzan destellos irisados sobre las telas de seda marfileña que conforman el techo y las paredes. Debe de haber unas treinta mesas como mínimo, que me recuerdan al salón privado del hotel Heathman: copas de cristal, lino blanco y almidonado cubriendo las sillas y las mesas, y en el centro, un exquisito arreglo de peonías rosa pálido alrededor de un candelabro de plata. Al lado hay una cesta de exquisiteces envueltas en hilo de seda.

Samuel consulta el plano de la distribución y me lleva a una mesa del centro. Sam y Victoria De Luque ya están sentadas, enfrascadas en una conversación con un joven al que no conozco. Victoria lleva un deslumbrante vestido verde menta con una máscara veneciana a juego. Está radiante, se la ve muy relajada, y me saluda con afecto.

—¡Guille, qué gusto volver a verte! Y además tan espléndido.

—Madre —la saluda Samuel con formalidad, y la besa en ambas mejillas.

—¡Ay, Samuel, qué protocolario! —le reprocha ella en broma.

Los padres de Victoria vienen a sentarse a nuestra mesa. Tienen un aspecto exuberante y juvenil, aunque resulte difícil asegurarlo bajo sus máscaras de bronce a juego. Se muestran encantados de ver a Samuel.

—Abuela, abuelo, me gustaría presentaros a Guillermo Díaz.

La señora me acapara de inmediato.

—¡Oh, por fin ha encontrado a alguien, qué encantador, y qué lindo! Bueno, espero que le conviertas en un hombre decente, Guillermo —comenta efusivamente mientras me da la mano.

Qué vergüenza… Doy gracias al cielo por la máscara.

Victoria acude en mi rescate.

—Madre, no incomodes a Guille.

—No hagas caso a esta vieja tonta, querido. —El señor me estrecha la mano—. Se cree que, como es tan mayor, tiene el derecho divino a decir cualquier tontería que se le pase por esa cabecita loca.

—Guille, este en mi acompañante, Sean.

Sam presenta tímidamente al joven. Al darme la mano, me dedica una sonrisa traviesa y un brillo divertido baila en sus ojos castaños.

—Encantado de conocerte, Sean.

Samuel estrecha la mano de Sean y le observa con suspicacia. No me digas que la pobre Sam tiene que sufrir también a su sobreprotector hermano. Le sonrío con expresión compasiva.

Lance y Janine, unos amigos de Victoria, son la última pareja en sentarse a nuestra mesa, pero el señor Diego De Luque sigue sin aparecer.

De pronto, se oye el zumbido de un micrófono, y la voz del señor De Luque retumba por encima del sistema de megafonía, logrando acallar el murmullo de voces. Diego, de pie sobre un pequeño escenario en un extremo de la carpa, luce una impresionante máscara dorada de Polichinela.

—Damas y caballeros, quiero darles la bienvenida a nuestro baile benéfico anual. Espero que disfruten de lo que hemos preparado para ustedes esta noche, y que se rasquen los bolsillos para apoyar el fantástico trabajo que hace nuestro equipo de Afrontarlo Juntos. Como saben, esta es una causa a la que estamos muy vinculados y que tanto mi esposa como yo apoyamos de todo corazón.

Nervioso, observo de reojo a Samuel, que mira impasible, creo, hacia el escenario. Se da cuenta y me sonríe.

—Ahora les dejo con el maestro de ceremonias. Por favor, tomen asiento y disfruten —concluye Diego.

Después de un aplauso cortés, regresa el bullicio a la carpa. Estoy sentado entre Samuel y su abuelo. Contemplo admirado la tarjeta blanca en la que aparece mi nombre escrito con elegante caligrafía plateada, mientras un camarero enciende el candelabro con una vela larga. Diego se une a nosotros, y me sorprende besándome en ambas mejillas.

—Me alegra volver a verte, Guille —murmura.

Está realmente magnífico con su extraordinaria máscara dorada.

—Damas y caballeros, escojan por favor quién presidirá su mesa —dice el maestro de ceremonias.

—¡Oh… yo, yo! —dice Sam inmediatamente, dando saltitos entusiasmados en su asiento.

—En el centro de sus mesas encontrarán un sobre —continúa el maestro de ceremonias—. ¿Serían todos ustedes tan amables de sacar, pedir, tomar prestado o si es preciso robar un billete de la suma más alta posible, escribir su nombre en él y meterlo dentro del sobre? Presidentes de mesa, por favor, vigilen atentamente los sobres. Más tarde los necesitaremos.

Maldición… He venido sin dinero. ¡Qué tonto… es una gala benéfica!

Samuel saca dos billetes de cien dólares de su cartera.

—Toma —dice.

¿Qué?

—Luego te lo devuelvo —susurro.

Él tuerce levemente la boca. Sé que no le ha gustado, pero no dice nada. Escribo mi nombre con su pluma —es negra, con una flor blanca en el capuchón—, y Sam va pasando el sobre.

Encuentro delante de mí otro tarjetón con el menú impreso en letras plateadas.


BAILE DE MÁSCARAS A BENEFICIO DE «COPING TOGETHER»
MENÚ

• Tarta de salmón con nata líquida y pepinos sobre tostada de Brioche.
• Alban Estate Roussanne 2006.
• Magret de pato de Muscovy asado.
• Puré cremoso de alcachofas de Jerusalén.
• Cerezas picotas asadas con tomillo, foie gras 
• Châteneaunef-du-Pape Vieilles Vignes 2006
• Domaine de la Janasse.
• Mousse caramelizada de nueces.
• Higos confitados, Sabayon, helado de arce.
• Vin de Constance 2004 Klein Constattia.
• Surtido de quesos y panes locales.
• Alban Estate Grenache 2006
• Café y petits tours.


Bueno, eso justifica la cantidad de copas de cristal de todos los tamaños que atiborran el espacio que tengo asignado en la mesa. Nuestro camarero ha vuelto, y nos ofrece vino y agua. A mis espaldas, están cerrando los faldones de la carpa por donde hemos entrado, mientras que, en la parte delantera, dos miembros del servicio retiran la lona para revelar ante nuestros ojos la puesta de sol sobre Seattle y la bahía Meydenbauer.

La vista es absolutamente impresionante, con las luces centelleantes de Seattle a lo lejos y la calma anaranjada y crepuscular de la bahía reflejando el cielo opalino. Qué maravilla. Resulta tan tranquilo y relajante…

Diez camareros, llevando cada uno una bandeja, se colocan de pie entre los asientos. Acto seguido, cada uno va sirviendo los entrantes en silencio y con una sincronización total, y luego desaparecen. El salmón tiene un aspecto delicioso, y me doy cuenta de que estoy hambriento.

—¿Tienes hambre? —musita Samuel para que solo pueda oírle yo.

Sé que no se refiere a la comida, y los músculos de mi cuerpo responden.

—Mucha —susurro, y le miro desafiante.

Samuel separa los labios e inspira.

¡Já! ¿Lo ves? Yo también sé jugar a este juego.

El abuelo de Samuel enseguida me da conversación. Es un anciano encantador, muy orgulloso de su hija y de sus tres nietos.

Me resulta extraño pensar en Samuel de niño. El recuerdo de las cicatrices de sus quemaduras me viene repentinamente a la mente, pero lo desecho de inmediato. Ahora no quiero pensar eso, aunque sea el auténtico motivo de esta velada, por irónico que resulte.

Ojalá Frank estuviera aquí con Luzu. Él encajaría muy bien: si Frank tuviera delante esta gran cantidad de tenedores y cuchillos no se amilanaría… y además, tomaría el mando de la mesa. Me lo imagino discutiendo con Sam sobre quién debería presidir la mesa, y esa imagen me hace sonreír.

La conversación fluye agradablemente entre los comensales. Sam se muestra muy amena, como siempre, eclipsando bastante al pobre Sean, que básicamente se limita a permanecer callado, como yo. La abuela de Samuel es la más locuaz. También tiene un sentido del humor mordaz, normalmente a costa de su marido. Empiezo a sentir un poco de lástima por el abuelo.

Samuel y Lance charlan animadamente sobre un dispositivo que la empresa de Samuel está desarrollando, inspirado en el principio de E.F. Schumacher de «Lo pequeño es hermoso». Es difícil seguir lo que dicen. Por lo visto Samuel pretende impulsar el desarrollo de las comunidades más pobres del planeta por medio de la tecnología eólica: mediante dispositivos que no necesitaban electricidad, ni pilas, y cuyo mantenimiento es mínimo.

Verle tan implicado es algo fascinante. Está apasionadamente comprometido en mejorar la vida de los más desfavorecidos. A través de su empresa de telecomunicaciones, pretende ser el primero en sacar al mercado un teléfono móvil eólico.

Vaya… No tenía ni idea. Quiero decir que conocía su pasión por querer alimentar al mundo, pero esto…

Lance parece incapaz de comprender esa idea de Samuel de ceder tecnología sin patentarla. Me pregunto vagamente cómo ha conseguido ganar Samuel tanto dinero, si está tan dispuesto a cederlo todo.


A lo largo de la cena, un flujo constante de hombres con elegantes esmóquines y máscaras oscuras se acerca a la mesa, deseosos de conocer a Samuel. Le estrechan la mano e intercambian amables comentarios. Él me presenta a algunos, pero no a otros. Me intriga saber cómo y el porqué de tal distinción.

Durante una de esas conversaciones, Sam se inclina hacia delante y me sonríe.

—Guille, ¿colaborarás en la subasta?

—Por supuesto —le contesto con excesiva prontitud.


Cuando llega el momento de los postres, ya se ha hecho de noche y yo me siento francamente incómodo. Tengo que librarme de las bolas. El maestro de ceremonias se acerca a nuestra mesa antes de que pueda retirarme, y con él, si no me equivoco, viene miss Coletitas europeas.

¿Cómo se llamaba? Hansel, Gretel… Gretchen.

Va enmascarada, naturalmente, pero sé que es ella porque no le quita la vista de encima a Samuel. Se ruboriza, y yo, egoístamente, estoy más que encantado de que él no la reconozca en absoluto.

El maestro de ceremonias nos pide el sobre y, con una floritura elocuente y experta, le pide a Victoria que saque el billete ganador. Es el de Sean, y le premian con la cesta envuelta en seda.

Yo aplaudo educadamente, pero me resulta imposible seguir concentrándome en el ritual.

—Si me perdonas —susurro a Samuel.

Me mira atentamente.

—¿Tienes que ir al baño?

Yo asiento.

—Te acompañaré —dice con aire misterioso.

Me pongo de pie.

—¡No, Samuel, tú no! Yo acompañaré a Guille.

Samantha se pone de pie antes de que Samuel pueda protestar. Él tensa la mandíbula y sé que está contrariado. Y, francamente, yo también. Tengo… necesidades. Me encojo de hombros a modo de disculpa y él se sienta enseguida, resignado.

Cuando volvemos me siento un poco mejor, aunque el alivio de quitarme las bolas no ha sido tan inmediato como esperaba. Ahora las tengo guardadas en el bolsillo de dentro de la chaqueta del traje.

¿Por qué creí que podría soportarlas toda la noche? Sigo anhelante… quizá pueda convencer a Samuel para que me acompañe más tarde a la casita del embarcadero. Al pensarlo me ruborizo, y cuando me siento le observo de reojo. Él me mira de frente, y la sombra de una sonrisa brota en sus labios.

Uf… ya no está enfadado por haber perdido la oportunidad; aunque quizá yo si lo esté. Me siento frustrado; irritado incluso. Samuel me aprieta la mano y ambos escuchamos atentos a Diego que está de nuevo en el escenario hablando sobre Afrontarlo Juntos. Samuel me pasa otra tarjeta: una lista con los precios de la subasta. La repaso rápidamente.


REGALOS SUBASTADOS, Y SUS GENEROSOS DONANTES, A BENEFICIO DE «COPING TOGETHER»

• Bate de béisbol firmado por los Mariners (Dr. Emily Mainwaring)
• Bolso, cartera y llavero Gucci (Andrea Washington)
• Vale para dos personas por un día en el Esclavo de «Bavern Center» (Caroline Flack)
• Diseño de paisaje y jardín (Gia Matteo) 
• Estuche de selección de productos de belleza Coco de Mer (Elizabeth Austin)
• Espejo veneciano (Sr. Y Sra. J. Bailey)
• Dos cajas de vino de Alban Estates a escoger (Alban Estates)
• 2 tickets VIP para XTY en concierto (Srta. L. Yesyov)
• Jornada en las carreras de Daytona (Dr. A. F. M. Lace-Field)
• Conducir un Aston Martin DB7 durante un día (Sr. Y Sra. L. W. Nora)
• Óleo, «En el Azul» de J. Trouton (Kelly Trouton)
• Clase de vuelo sin motor (Escuela de vuelo Soaring Seattle)
• Fin de semana para dos en el Hotel Heathman de Portland (Hotel Heathman)
• Estancia de fin de semana en Aspen, Colorado – 6 plaxas (Sr. S. De Luque)
• Estancia de una semana a bordo del yate «Susiecue» - 6 plazas, amarrado en Sta. Lucía (Dc y Sra. Larin)
• Una semana en el lago Adriana, Montana – 8 plazas (Sr. y Dra. De Luque)


Madre mía… Miro a Samuel con expresión atónita.

—¿Tú tienes una propiedad en Aspen? —siseo.

La subasta está en marcha y tengo que hablar en voz baja.

Él asiente, sorprendido e irritado por mi salida de tono, creo. Se lleva un dedo a los labios para hacerme callar.

—¿Tienes propiedades en algún otro sitio?

Él asiente e inclina la cabeza en señal de advertencia.

La sala entera irrumpe en aplausos y vítores: uno de los regalos ha sido adjudicado por doce mil dólares.

—Te lo contaré luego —dice Samuel en voz baja. Y añade, malhumorado—: Yo quería ir contigo.

Bueno, pero no has venido. Hago un mohín y me doy cuenta de que sigo quejoso, y es sin duda por el frustrante efecto de las bolas. Y cuando veo el nombre de la señora Robinson en la lista de generosos donantes, me pongo aún de más mal humor.

Echo un vistazo alrededor de la carpa para ver si la localizo, pero no consigo ver su deslumbrante cabello. Seguramente Samuel me habría avisado si ella estuviera invitada esta noche. Permanezco sentado, dándole vueltas a la cabeza y aplaudiendo cuando corresponde, a medida que los lotes se van vendiendo por cantidades de dinero astronómicas.

Le toca el turno a la estancia en la propiedad de Samuel en Aspen, que alcanza los veinte mil dólares.

—A la una, a las dos… —anuncia el maestro de ceremonias.

Y en ese momento no sé qué es lo que se apodera de mí, pero de repente oigo mi propia voz resonando claramente sobre el genio.

—¡Veinticuatro mil dólares!

Todas las máscaras de la mesa se vuelven hacia mí, sorprendidas, maravilladas, pero la mayor reacción de todas se produce a mi lado. Noto que da un respingo y siento cómo su cólera me inunda como las olas de una gran marea.

—Veinticuatro mil dólares, ofrecidos por el encantador caballero de gris, a la una, a las dos… ¡Adjudicado!

———————————————–

Ay mierda, Guillermo, qué carajos hiciste? ;-;

1 hora y media de retraso!! Eso es imperdonable, Kiara! >.< 20 abdominales ahora!!

-1, 2, 3, 4….-

OKAY, dejándonos de tonterías, olvidos de USB y casas sin internet, les voy a decir una cosita…

Al principio del capítulo iba a hacer que Guille sea seme x’DDD pero luego me acordé que a nadie le gustó eso la primera vez e hice un cambio al volver a adaptar el capítulo :P

Sí, hice el doble de trabajo, pero creo que está mejor así :D

Oh daamn, las bolas del demonio han vuelto >:O aún no tengo el valor de buscarlas en google imágenes D’: me pregunto si E. L. James las habrá usado… ;–;

CAMISA VAQUERA. ONE SHOT LEMMON WIGETTA.

Narra Vegetta.
Desde mi posicion podia ver como Willy ponia caras de placer. En realidad, esto no deberia estar sucediendo, habiamos venido de compras a buscarle una camisa, ya que yo tenia la teoria de que le quedarian muy bien. Practicamente le habia arrastrado al centro comercial, y ahora lo tenia debajo de mi, gimiendo de placer. Pero no lo pude evitar.
Cuando merodeamos por la tienda, vi una camisa vaquera clara, preciosa. El se dedicaba a buscar sudaderas y camisetas de manga corta… tambien le quedaban muy bien, Ya que dejaban a la vista sus brazos, que me resultaban tremendamente sexys.
-Samuel, esa camisa no me gusta.
-Me da igual. Te la vas a probar. Punto.
Le agarre de la mano y le arrastre hacia los probadores. Tenia que verse con aquella camisa. Luego ya lo hablariamos.
Entramos y estaban todos vacios. Se metio en el mas grande y cerro la puerta con pestillo. Era de esos provadores en los que la puerta llega hasta abajo, por lo que no podia ver nada. Me sente en uno de los sofas y espere impaciente. A los minutos oi como corria el pestillo y salia. Lo que vi no se puede explicar con palabras. Era como si Dios en persona hubiera confeccionado la ropa y se la hubiera dado. Estaba realmente hermoso y sensual. Llevaba unos pitillos negros, unas vans tambien negras y la camisa vaquera. Le marcaba su delgado cuerpecito sin llegar a ser exagerado. Me quede sin palabras. No podia estar mas guapo.
-¿Que te parezco? Dijo, colocandose el.pelo de una forma provocativa. El sabia que me encantaba que se peinara asi. Podia conmigo. Se acerco de una forma insinuante hasta donde yo estaba sentado y se apoyo a horcajadas en mi. Rodeo con sus brazos mi cuello y me miro con una sonrisa pervertida.
-Dios Willy… porque es ilegal, que sino te empotraba contra la pared ahora mismo. -Dije completamente perdido en mirar sus labios.
Eran preciosos, besables y sabian muy rico. Me fije mas de cerca y vi pequeñas heriditas. Seguramente a causa de nuestros besos mas apasionados.
Willy se agacho y me susurro al oido con una voz muy profunda.
-Hazlo.
Acto seguido bajo sus manos a mi entrepierna, rozando mi miembro que comenzaba a erectarse. Yo me moria de ganas de follarle fuerte en ese mismo momento, pero no podia correr el riesgo.
Dios… como me ponia el chaval. Esque cuando queria dejaba a un lado esa fachada de niño bueno y timido y sacaba la bestia que tenia dentro. Y claro.. eso a mi me encantaba.
Se levanto de mis piernas y me tomo la mano para arrastrarme al provador. Aunque era el mas grande de todos, seguia siendo pequeño, a pesar de que los dos cupieramos sin problema, pero no nos dejaba mucho espacio para movernos.
Le empuje contra la pared del fondo y me le qude mirando. Llevaba los dos botones superiores de la camisa abiertos, dejando ver su pecho. Tenia la respiracion agitada y me miraba con lujuria.
-Dios willy. Esto no esta nada bien, que lo sepas. Pero te voy a follar como jamas lo ha hecho nadie.
Dije, y acto seguido me acerque a el besandole con fiereza. Mordia sus labios con muchas ganas y jugueteaba con su lengua. El comenzo a desabrochar mi pantalon, pero rapidamente agarre sus muñecas y las lleve encima de su cabeza, sujetandolas con firmeza. Deje sus deliciosos labios y me dirigi a su cuello. Besos, lametones, mordiscos… todo era poco. El dejaba escapar gemidos que yo callaba con fugaces besos. No podia permitir que nos descubrieran, por lo que debia ser muy rapido. Con una mano sujete sus muñecas y con la otra desabroche sus pantalones, lo justo como para sacar su miembro. En cuanto le toque, willy gimio muy grave, mordiendose el labio. Podia ver en su cara cuan excitado estaba. Su expresion era la de un angel a punto de transformarse en demonio. Era simplemente bello. Tenia la misma hermosura que puede tener un bosque en llamas. Yo estaba igual que el. Mi ereccion luchab por ser liberada bajo mis boxers. La situacion era erotica a mas no poder. Y cada segundo, nos encendiamos mas. Nuestras respiraciones agitadas, nuestros gemidos… no habia estado mas cachondo en mi vida.
Con un breve morreo, me dirigi rapidamente a su miembro y, sin dudarlo un segundo, me lo meti en la boca. Gozaba lamiendo y succionando su falo como si fuera un caramelo. Era muy morboso hacerlo en un probador. Willy sujeto mi cabello y me metio su miembro hasta la garganta.
-Dios, chupa joder.
Yo hice lo que me ordeno, nublado por el placer. Movi mi cabeza muy rapidamente, siempre guiado por las manos de Willy. Oia sus suspiros y gemidos, cosa que me excitaba sobremanera, por lo que comence a masturbarme yo mismo. Aquello no teni comoparacion. Era abrumador tal cantidad de placer.
-Me cago en todo chaval… que… que lengua tienes… ah…. sigue mierdas.
Dicho esto empujo bruscamente mi cabeza y yo no me negue. Era la felacion mas profunda que le habia hecho nunca. Estaba tan excitado… mi pene estaba cubierto de fluidos preseminales y duro como una roca. Esto, unido a la situacion y a la actitud desvergonzada y tremendamente erotica de willy, hacian que estuviera cada vez mas cerca del orgasmo. Mis gemidos eran acallados por el pene de willy y los suyos… pues el chaval hacia lo que podia.
-Vegetta… voy… voy a…
No pudo terminar la frase, ya que se corrio en mi boca, dejando su esencia toda en mi garganta. Trague y limpie su miembro con mi lengua. El tiro de mi y me levanto para besarme muy fuerte. Agarro mi pene y comenzo a masturbarli el mismo, mientras yo gemia en su boca. No podia mas… estaba a punto.
-Venga Vegetta… damelo… correte joder… damelo…
Y eso hice. Me corri en su mano intentando gemir, pero el me mordio el labio y no pude.
Con nuestas respiraciones agitadas, se llevo su mano a la boca y lamio mi semen de ella. No podia creer lo sucio que era cuando se lo proponia, y lo que me encantaba que lo fuera.
Se acerco a mi oido y susurro
-Traeme de compras siempre que quieras… mientras que todo acabe en ti gimiendo.
Yo me vesti y sali del probador. A los cinco minutos el salio completamente normal y fuimos a la caja a pagar.
-¿La camisa tambien se llevan? Pregunto la cajera.
-Como para no.. dijo willy, guiñandome un ojo.

Detrás De Las Cámaras... Wigetta Lemon

.:Narra Guillermo:. 

Otro día normal junto al amor de mi vida, Samuel. Grabando los videos para nuestros canales, sinceramente los videos que más me gustaban grabar eran los de GTA V… por ejemplo. Ya que en esos él participaba, y de paso nos echábamos unas buenas carcajadas.

Pero… cuando todo eso terminaba y al fin teníamos tiempo para nosotros dos, y es ahí cuando las cosas se ponían intensas.

——————–

-Vamoos, willy!- me estaba hablando con voz de niño pequeño. Pues cuando a Samuel le daban ganas, le daban.

-Que no…

-Eres malo.- hizo un puchero, mientras ponía cara de perrito. “un intento de súplica”

-Sabes que conmigo esa cara no funciona.- yo seguía viendo la TV, muy concentrado. Pues Samuel no tenía idea de lo que yo estaba planeando.

-Vale, pero la próxima no te salva ni Peter eh!

-Ajam…

——————–

Me daban ganas hasta de reírme solo, ya que mi Samuelito no se espera nada de esto. Él siempre fue… bueno, siempre fue el de arriba, por así decir, el que mandaba a la hora de… ESO!

Pero esta noche no va a ser así. Are que me pida estar dentro de él, lo are sufrir hasta que ya no pueda aguantar más! Puede que suene un poco malo, pero eso quiero. Quiero que él me lo pida.

Es hora de la acción!

——————–

Me dirigí hacia la habitación de Samuel. Y antes de entrar a la habitación, me asegure de que este concentrado en algo, o lo que sea. Pude ver que él estaba con los audífonos escuchando música. Lo cual era perfecto ya que estaba con los ojos cerrados, así no se daría cuenta de que yo estoy allí.

Entre a la habitación con cuidado, acompañado de un par de esposas… estas iban a ser mis amigas esta noche.

Cuando ya estuve lo suficientemente cerca de Samuel, tome su mano rápidamente, la cual estaba descansando sobre su muy bien formado pecho, y le puse la esposa, para luego agarrar con el otro extremo al respaldo de la cama.

Samuel inmediatamente abrió los ojos sobresaltado.

.:Narrador Omnisciente:.

(((ESCUCHAR MUSICA DESDE AQUI)) https://www.youtube.com/watch?v=viRgoL9ajSA

-¡¿Qué haces? ¡- Samuel se encontraba totalmente desconcertado por lo que su alocado novio estaba haciendo.

-Tranquilo, vegettita.

-Que leches!!!

Samuel estaba alarmado, hasta que sintió los labios de Guillermo sobre los suyos. Este le correspondió el beso, pero aún estaba muy confundido. Ambos se separaron para tomar aire…

-Guille…

-Tú querías… ¿no?

-Per—

-Shh…

Guillermo le quito los audífonos y los dejo sobre la mesita de luz. Este comenzó a pasar sus manos debajo de la remera de Samuel. Este comenzaba a lanzar suspiros mientras se mordía el labio inferior.

En el rostro de Guillermo se podía ver, deseo, locura, y ansias. Se podría decir que era la cara de un completo loco.

El menor tomo unas tijeras, ante la mirada expectante de Samuel… pobrecito, seguro ya estaba pensando en que su angelito se había vuelto completamente loco.

-Te digo algo cariño.- le decía esto mientras pasaba el frio metal de las tijeras por el abdomen de Samuel causándole algunos escalofríos.- Yo. No. Soy. Un angelito…- Una extraña sonrisa se pintó en los labios de estos dos chicos.- Puede que mi aspecto dulce e inocente te haya atraído… pero, cariño… no me conoces.- Estas palabras salían de una manera tan sexy de los labios de Guillermo, que ni él se lo creía.

El menor le hizo una seña a Samuel indicándole que hiciera silencio, poniendo su dedo índice entre sus propios labios.

Comenzó cortando la remera de Samuel con la tijera, mientras que iba depositando suaves besos por las zonas que se iban descubriendo.

Ahora que el mayor tenía el torso descubierto, guille comenzó a lamer los pezones del mayor mientras este comenzaba a lanzar suspiros y gemidos con el nombre de guille entre ellos. Guillermo estaba jugando de una manera enloquecedora con los pezones de Samuel, los succionaba, lamia y mordía. Samuel se mordía el labio inferior para evitar que sonidos extraños salieran de su boca. Guillermo al darse cuenta fue directo a los labios de Samuel mientras que con sus manos tocaba el cuerpo de su perfecto novio.

-Ahhh… guille.- gemía Samuel.

Guillermo comenzó a bajar su mano para depositarla sobre el bulto que cada vez comenzaba a hacerse más notorio. Pasaba su mano suavemente sobre la tela de su pantalón, una y otra vez, haciendo que Samuel se excitara aún más de lo que ya estaba si eso era posible.

-Sami…- lo llamo Guillermo con inocencia.- ¿Qué te sucede?- le decía sin retirar su carita de niño inocente.

-Mierda Guillermo… ah. Vamos… no me dejes así.

-¿A qué te refieres?

-Guilleee…

-Pídelo…- le susurro seductoramente sobre su oído.

-Fo…Fo-fo…- las palabras no querían salir, Guillermo rio por lo bajo y paso su lengua por el labio inferior de Samuel.- Follame…- dijo finalmente haciendo sentir triunfal a Guillermo.

Guille comenzó a quitarse sus prendas mientras se sentaba a horcajadas sobre Samuel para mover sus caderas y hacer que sus erecciones rozasen una con la otra, generando gemidos de placer por parte de los dos.

-Ah, guille…

-Sa-samuel…

Guillermo desesperado bajo hasta los pantalones de Samuel… este lo miraba fijamente a los ojos, Samuel se dio cuenta y se sonrojó inmediatamente.

-Pídelo…- volvió a decirle Guillermo.

-Hazlo, por favor…- le dijo Samuel a Guillermo.

Guillermo lentamente comenzó a sacar el pantalón de Samuel, rozando su erección. Un gemido salió de los labios de Samuel, Guillermo sonreía al saber que el generaba esos sonidos que salían de los labios de su querido novio.

Le quito los boxers dejándolo completamente desnudo, solamente Guillermo tenía su ropa interior.

Comenzó a acariciar el miembro de Samuel lentamente mientras lo lamia desde la punta hasta recorrer toda la extensión del mismo.

Los músculos de Samuel se contraían por el placer que le estaba dando Guillermo.

-Ahhh… Guillermo, no-no aguanto más.

Guillermo tampoco aguantaba más, sin decirle a Samuel que se lo pidiera se despojó de sus boxers y acerco su miembro erecto frente al rostro de Samuel. Guillermo no tuvo que decir nada. Samuel sabía perfectamente que debía hacer.

Empezó a lamer el miembro de Guillermo mientras este arqueaba su cuerpo al sentir la lengua húmeda de Samuel.

-Hmm…

-Entra…- le dijo Samuel sonrojado.

Guillermo no lo dudo dos veces, pero antes debía prepararlo, no quería lastimar a Samuel.

Primero introdujo dos dedos en el interior de Samuel haciendo que este gimiera y se removiera algo incómodo, así estuvo unos segundos hasta que se acostumbró. Luego metió un tercer dedo, Samuel se tensó… Guillermo empezó a mover sus dedos mientras Samuel gemía y le pedía más.

Guillermo quito los dedos del interior de su chico, Samuel se agarró fuertemente de las sabanas mirando con un poco de temor a guille.

El menor se acercó hasta Samuel y le dio un apasionado beso mientras iba entrando en su interior, lentamente… los quejidos de Samuel no se hicieron de esperar.

-A-ah… gui— ¡HO DIOS!

Guillermo entro completamente dentro de Samuel mientras comenzaba a hacer movimientos suaves y lentos… Samuel se acostumbró y empezó a pedirle aún más.

-Más…- le suplico Samuel.

Guillermo comenzó a embestirlo más rápido y duro mientras ambos gemían por el placer que estaban sintiendo. Cada vez más rápido, Samuel con una de sus manos libres comenzó a masturbarse. Y no hacía falta decir que Guillermo se sentía como un dios.

-Gui-guille, estoy por…

Guillermo dejo de penetrarlo para comenzar a besarlo.-Quiero que lleguemos juntos.- le dijo y le quito las esposas a Samuel.

Guillermo le indico que se posicionara de costado, Samuel le obedeció.

Levanto una de las piernas de Samuel y de una sola estocada lo penetro fuerte. Un grito de placer escapo de los labios de ambos. Las embestidas eran rápidas, desesperadas, fuertes y llenas de pasión. Samuel se estaba masturbando y fue allí cuando ambos llegaron al clímax.

A Guillermo le dio una especia de corriente por toda su columna vertebral haciendo que sus movimientos fueran mucho más rápidos y fuertes. Ambos empezaron a gemir fuertemente hasta que con un grito entrecortado ambos se terminaron corriendo. Guillermo dentro de Samuel y el mayor sobre sí mismo.

Guillermo cayó rendido al lado de Samuel. Ambos se quedaron completamente dormidos. No sin antes, darse un beso y decirse cuanto se amaban.

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Me siento súper rara cuando escribo lemon. Ósea ni ganas de releerlo me dan porque siento que no soy yo la que lo escribió xD hay dioh mío… se me hace que lo escribí algo sucio… hay noshe es demaciao pa mi body milk jajaja

Espero que lo hayan disfrutado!!! Muak

50 Sombras de Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 12

Por primera vez en mi vida salgo a correr voluntariamente. Busco mis asquerosas zapatillas, que nunca uso, unos pantalones de chándal y una camiseta. Enciendo el iPod. No puedo sentarme frente a esa maravilla de la tecnología y seguir viendo o leyendo más material inquietante. Necesito quemar parte de esta excesiva y enervante energía. La verdad es que me apetece correr hasta el hotel Heathman y pedirle al obseso del control que me eche un polvo. Pero está a ocho kilómetros, y dudo que pueda llegar a correr dos, no digamos ya ocho, y por supuesto podría rechazarme, lo que sería muy humillante.

Cuando abro la puerta, Frank está saliendo de su coche. Casi se le caen las bolsas al verme. Guillermo Díaz con zapatillas de deporte. Lo saludo con la mano y no me paro para que no me pregunte. De verdad necesito estar un rato solo. Con Take That sonando en mis oídos, me introduzco en el anochecer ópalo y aguamarina.

Cruzo el parque. ¿Qué voy a hacer? Lo deseo, pero ¿en esos términos? La verdad es que no lo sé. Quizá debería negociar lo que quiero. Revisar ese ridículo contrato línea a línea y decir lo que me parece aceptable y lo que no. He descubierto en Internet que legalmente no tiene ningún valor. Seguro que él lo sabe. Supongo que solo sirve para sentar las bases de la relación. Detalla lo que puedo esperar de él y lo que él espera de mí: mi sumisión total. ¿Estoy preparado para ofrecérsela? ¿Y estoy capacitado?

Una pregunta me reconcome: ¿por qué es él así? ¿Porque lo sedujeron cuando era muy joven? No lo sé. Sigue siendo todo un misterio.

Me paro junto a un gran abeto, apoyo las manos en las rodillas y respiro hondo, me lleno de aire los pulmones. Me siento bien, es catártico. Siento que mi determinación se fortalece. Sí. Tengo que decirle lo que me parece bien y lo que no. Tengo que mandarle por e-mail lo que pienso y ya lo discutiremos el miércoles. Respiro hondo, como para limpiarme por dentro, y doy la vuelta hacia casa.

Frank ha ido a comprar ropa, cómo no, para sus vacaciones en Barbados. Sobre todo gafas de sol y gorras. Estará fantástico con todos, pero aun así se los prueba todos y me obliga a sentarme y a comentarle qué me parecen. No hay muchas maneras de decir: «Sigues viéndote completamente igual, Frank». Aunque está delgado, tiene triceps. No lo hace a propósito, lo sé, pero al final arrastro mi penoso culo cubierto de sudor hasta la habitación con la excusa de ir a empaquetar más cajas. ¿Podría sentirme menos a la altura? Me llevo conmigo la alucinante tecnología inalámbrica, enciendo el portátil y escribo a Samuel.

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De: Guillermo Díaz
Fecha: 23 de mayo de 2013 20:33
Para: Samuel De Luque
Asunto: Universitario escandalizado

Bien, ya he visto bastante.
Ha sido agradable conocerte.

Guille.
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Pulso «Enviar» riéndome de mi travesura. ¿Le va a parecer a él tan divertida? Oh, mierda… seguramente no. Samuel De Luque no es famoso por su sentido del humor. Aunque sé que lo tiene, porque lo he vivido. Quizá me he pasado. Espero su respuesta.

Espero y espero. Miro el despertador. Han pasado diez minutos.

Para olvidarme de la angustia que se abre camino en mi estómago, me pongo a hacer lo que le he dicho a Frank que haría: empaquetar las cosas de mi habitación. Empiezo metiendo mis libros en una caja. Hacia las nueve sigo sin noticias. Quizá ha salido.
Malhumorado, hago un puchero, me pongo los auriculares del iPod, escucho a Nickelback y me siento a mi mesa a releer el contrato y a anotar mis observaciones y comentarios.

No sé por qué levanto la mirada, quizá capto de reojo un ligero movimiento, no lo sé, pero cuando la levanto, Samuel está en la puerta de mi habitación mirándome fijamente. Lleva sus pantalones grises de franela y una camisa blanca de lino, y agita suavemente las llaves del coche. Me quito los auriculares y me quedo helado.
¡Joder!

—Buenas noches, Guillermo —me dice en tono frío y expresión cauta e impenetrable.

La capacidad de hablar me abandona. Maldito Frank, lo ha dejado entrar sin avisarme. Por un segundo soy consciente de que yo estoy hecho un asco, todo sudado y sin duchar, y él está guapísimo, con los pantalones un poco caídos, y para colmo, en mi habitación.

—He pensado que tu e-mail merecía una respuesta en persona —me explica en tono seco.

Abro la boca y vuelvo a cerrarla, dos veces. Esto sí que es una broma. Por nada del mundo se me había ocurrido que pudiera dejarlo todo para pasarse por aquí.

—¿Puedo sentarme? —me pregunta, ahora con ojos divertidos.

Gracias, Dios mío… Quizá la broma le ha parecido graciosa.

Asiento. Mi capacidad de hablar sigue sin hacer acto de presencia. Samuel De Luque está sentado en mi cama…

—Me preguntaba cómo sería tu habitación —me dice.

Miro a mi alrededor pensando por dónde escapar. No, sigue sin haber nada más que la puerta y la ventana. Mi habitación es funcional, pero acogedora: pocos muebles blancos de mimbre y una cama doble blanca, de hierro, con una colcha de patchwork que hizo mi madre cuando estaba en su etapa de labores hogareñas. Es azul cielo y crema.

—Es muy serena y tranquila —murmura.

No en este momento… no contigo aquí.

Al final mi bulbo raquídeo recupera la determinación. Respiro.

—¿Cómo…?

Me sonríe.

—Todavía estoy en el Heathman.

Eso ya lo sabía.

—¿Quieres tomar algo?

Tengo que decir que la educación siempre se impone.

—No, gracias, Guillermo.

Esboza una deslumbrante media sonrisa con la cabeza ligeramente ladeada.

Bueno, seguramente sea yo quien necesita una copa.

—Así que ha sido agradable conocerme…

Maldita sea, ¿se ha ofendido? Me miro los dedos. A ver cómo salgo de esta. Si le digo que solo era una broma, no creo que le guste mucho.

—Pensaba que me contestarías por e-mail —le digo en voz muy baja, patético.

—¿Estás mordiéndote el labio a propósito? —me pregunta muy serio.

Pestañeo, abro la boca y suelto el labio.

—No era consciente de que me lo estaba mordiendo —murmuro.

El corazón me late muy deprisa. Siento la tensión, esa exquisita electricidad estática que invade el espacio. Está sentado muy cerca de mí, con sus ojos café impenetrables, los codos apoyados en las rodillas y las piernas separadas. Se inclina y me acaricia el pelo. Se me corta la respiración y no puedo moverme. Observo hipnotizado su mano.

—Veo que has decidido hacer un poco de ejercicio —me dice en voz baja y melodiosa, peinandome bien la cresta—. ¿Por qué, Guillermo?

Me rodea la oreja con los dedos y muy suavemente, rítmicamente, tira del lóbulo. Es muy excitante.

—Necesitaba tiempo para pensar —susurro.

Me siento como un ciervo ante los faros de un coche, como una polilla junto a una llama, como un pájaro frente a una serpiente… y él sabe exactamente lo que está haciendo.

—¿Pensar en qué, Guillermo?

—En ti.

—¿Y has decidido que ha sido agradable conocerme? ¿Te refieres a conocerme en sentido bíblico?

Mierda. Me ruborizo.

—No pensaba que fueras un experto en la Biblia.

—Iba a catequesis los domingos, Guillermo. Aprendí mucho.

—No recuerdo haber leído nada sobre pinzas para pezones en la Biblia. Quizá te dieron la catequesis con una traducción moderna.

Sus labios se arquean dibujando una ligera sonrisa y dirijo la mirada a su boca.

—Bueno, he pensado que debía venir a recordarte lo agradable que ha sido conocerme.

Dios mío. Lo miro boquiabierto, y sus dedos se desplazan de mi oreja a mi barbilla.

—¿Qué le parece, señor Díaz?

Sus ojos brillantes destilan una expresión de desafío. Tiene los labios entreabiertos. Está esperando, alerta para atacar. El deseo —agudo, líquido y provocativo— arde en lo más profundo de mi vientre. Me adelanto y me lanzo hacia él. De repente se mueve, no tengo ni idea de cómo, y en un abrir y cerrar de ojos estoy en la cama, inmovilizado debajo de él, con las manos extendidas y sujetas por encima de la cabeza, con su mano libre agarrándome la cara y su boca buscando la mía.

Me mete la lengua, me reclama y me posee, y yo me deleito en su fuerza. Lo siento por todo mi cuerpo. Me desea, y eso provoca extrañas y exquisitas sensaciones dentro de mí. No a Frank, con sus trajes de baño ceñidos al cuerpo, ni a uno de los quince, ni a la malvada señora Robinson. A mí. Este hermoso hombre me desea a mí. El dios que llevo dentro brilla tanto que podría iluminar todo Portland. Deja de besarme. Abro los ojos y lo veo mirándome fijamente.

—¿Confías en mí? —me pregunta.

Asiento con los ojos muy abiertos, con el corazón rebotándome en las costillas y la sangre tronando por todo mi cuerpo.

Estira el brazo y del bolsillo del pantalón saca su corbata de seda gris… la corbata gris que deja pequeñas marcas del tejido en mi piel. Se sienta rápidamente a horcajadas sobre mí y me ata las muñecas, pero esta vez anuda el otro extremo de la corbata a un barrote del cabezal blanco de hierro. Tira del nudo para comprobar que es seguro. No voy a ir a ninguna parte. Estoy atado a mi cama, y muy excitado.

Se levanta y se queda de pie junto a la cama, mirándome con ojos turbios de deseo. Su mirada es de triunfo y a la vez de alivio.

—Mejor así —murmura.

Esboza una maliciosa sonrisa de superioridad. Se inclina y empieza a desatarme una zapatilla. Oh, no… no… los pies no.

Acabo de correr.

—No —protesto y doy patadas para que me suelte.

Se detiene.

—Si forcejeas, te ataré también los pies, Guillermo. Si haces el menor ruido, te amordazaré. No abras la boca. Seguramente ahora mismo Frank está ahí fuera escuchando.

¡Amordazarme! ¡Frank! Me callo.

Me quita las zapatillas y me baja muy despacio el pantalón de chándal. Oh… ¿qué calzoncillos llevo? Me levanta, retira la colcha y el edredón de debajo de mí y me coloca boca arriba sobre las sábanas.

—Veamos. —Se pasa la lengua lentamente por el labio inferior —. Estás mordiéndote el labio, Guillermo. Sabes el efecto que tiene sobre mí.

Me presiona la boca con su largo dedo índice a modo de advertencia.

Dios mío. Apenas puedo contenerme, estoy indefenso, tumbado, viendo cómo se mueve tranquilamente por mi habitación. Es un afrodisíaco embriagador. Se quita sin prisas los zapatos y los calcetines, se desabrocha los pantalones y se quita la camisa.

—Creo que has visto demasiado.

Se ríe maliciosamente. Vuelve a sentarse encima de mí, a horcajadas, y me levanta la camiseta. Creo que va a quitármela, pero la enrolla a la altura del cuello y luego la sube de manera que me deja al descubierto la boca y la nariz, pero me cubre los ojos. Y como está tan bien enrollada, no veo nada.

—Mmm —susurra satisfecho—. Esto va cada vez mejor. Voy a tomar una copa.

Se inclina, me besa suavemente en los labios y dejo de sentir su peso. Oigo el leve chirrido de la puerta de la habitación. Tomar una copa. ¿Dónde? ¿Aquí? ¿En Portland? ¿En Seattle? Aguzo el oído. Distingo ruidos sordos y sé que está hablando con Frank… Oh, no… Está prácticamente desnudo. ¿Qué va a decir Frank? Oigo un golpe seco. ¿Qué es eso? Regresa, la puerta vuelve a chirriar, oigo sus pasos por la habitación y el sonido de hielo tintineando en un vaso. ¿Qué está bebiendo? Cierra la puerta y oigo cómo se acerca quitándose los pantalones, que caen al suelo. Sé que está desnudo.
Y vuelve a sentarse a horcajadas sobre mí.

—¿Tienes sed, Guillermo? —me pregunta en tono burlón.

—Sí —le digo, porque de repente se me ha quedado la boca seca.

Oigo el tintineo del hielo en el vaso. Se inclina y, al besarme, me derrama en la boca un líquido delicioso y vigorizante. Es vino blanco. No lo esperaba y es muy excitante, aunque está helado, y los labios de Samuel también están fríos.

—¿Más? —me pregunta en un susurro.

Asiento. Sabe todavía mejor porque viene de su boca. Se inclina y bebo otro trago de sus labios… Madre mía.

—No nos pasemos. Sabemos que tu tolerancia al alcohol es limitada, Guillermo.

No puedo evitar reírme, y él se inclina y suelta otra deliciosa bocanada. Se mueve, se coloca a mi lado y siento su erección en la cadera. Oh, lo quiero dentro de mí.

—¿Te parece esto agradable? —me pregunta, y noto cierto tono amenazante en su voz.

Me pongo tenso. Vuelve a mover el vaso, me besa y, junto con el vino, me suelta un trocito de hielo en la boca. Muy despacio empieza a descender con los labios desde mi cuello, pasando por mi pecho, hasta mi torso y mi vientre. Me mete un trozo de hielo en el ombligo, donde se forma un pequeño charco de vino muy frío que provoca un incendio que se propaga hasta lo más profundo de mi vientre. Wow.

—Ahora tienes que quedarte quieto —susurra—. Si te mueves, llenarás la cama de vino, Guillermo.

Mis caderas se flexionan automáticamente.

—Oh, no. Si derrama el vino, le castigaré, señor Díaz.

Gimo, intento controlarme y lucho desesperadamente contra la necesidad de mover las caderas. Oh, no… por favor.

Se inclina, besa y tira de mis pezones con los labios fríos, helados. Lucho contra mi cuerpo, que intenta responder arqueándose.

—¿Te gusta esto? —me pregunta tirándome de un pezón.

Vuelvo a oír el tintineo del hielo, y luego lo siento alrededor de mi pezón derecho, mientras tira a la vez del izquierdo con los labios.

Gimo y lucho por no moverme. Una desesperante y dulce tortura.

—Si derramas el vino, no dejaré que te corras.

—Oh… por favor… Samuel… señor… por favor.

Está volviéndome loco. Puedo oírlo sonreír.

El hielo de mi pezón está derritiéndose. Estoy muy caliente… caliente, helado y muerto de deseo. Lo quiero dentro de mí. Ahora.

Me desliza muy despacio los dedos helados por el vientre. Como tengo la piel hipersensible, mis caderas se flexionan y el líquido del ombligo, ahora menos frío, me gotea por la barriga.

Samuel se mueve rápidamente y lo lame, me besa, me muerde suavemente, me chupa.

—Querido Guillermo, te has movido. ¿Qué voy a hacer contigo?

Jadeo en voz alta. En lo único que puedo concentrarme es en su voz y su tacto. Nada más es real. Nada más importa. Mi radar no registra nada más. Desliza los dedos por dentro de mis calzoncillos y me alivia oír que se le escapa un profundo suspiro.

—Oh, cariño —murmura.

Y me introduce dos dedos.

Sofoco un grito.

—Estarás listo para mí pronto… —me dice.

Mueve sus tentadores dedos despacio, dentro y fuera, y yo empujo hacia él alzando las caderas.

—Eres un glotón —me regaña suavemente.

Con la mano libre me envuelve el miembro.

Jadeo y mi cuerpo da sacudidas bajo sus expertos dedos. Estira un brazo y me retira la camiseta de los ojos para que pueda verlo.

La tenue luz de la lámpara me hace parpadear. Deseo tocarlo.

—Quiero tocarte —le digo.

—Lo sé —murmura.

Se inclina y me besa sin dejar de mover los dedos rítmicamente dentro de mi cuerpo, trazando círculos y presionando.

Con la otra mano me recoge el pelo hacia arriba y me sujeta la cabeza para que no la mueva. Replica con la lengua el movimiento de sus dedos. Saca los dedos de mí y comienza a masturbarme. Empiezo a sentir las piernas rígidas. Aparta la mano, y yo vuelvo al borde del abismo. Lo repite una y otra vez. Es tan frustrante… Oh, por favor, Samuel, grito por dentro.

—Este es tu castigo, tan cerca y de pronto tan lejos. ¿Te parece esto agradable? —me susurra al oído.

Agotado, gimoteo y tiro de mis brazos atados. Estoy indefenso, perdido en una tortura erótica.

—Por favor —le suplico.

Al final se apiada de mí.

—¿Cómo quieres que te folle, Guillermo?

Oh… mi cuerpo empieza a temblar y vuelve a quedarse inmóvil.

—Por favor.

—¿Qué quieres, Guillermo?

—A ti… ahora —grito.

—Dime cómo quieres que te folle. Hay una variedad infinita de maneras —me susurra al oído.

Alarga la mano hacia el paquetito plateado de la mesita de noche. Se arrodilla entre mis piernas y, muy despacio, me quita los calzoncillos sin dejar de mirarme con ojos brillantes. Se pone el condón.

Lo miro fascinado, anonadado.

—¿Te parece esto agradable? —me dice acariciándose.

—Era una broma —gimoteo.

Por favor, fóllame, Samuel.

Alza las cejas deslizando la mano arriba y abajo por su impresionante miembro.

—¿Una broma? —me pregunta en voz amenazadoramente baja.

—Sí. Por favor, Samuel —le ruego.

—¿Y ahora te ríes?

—No —gimoteo.

La tensión sexual está a punto de hacerme estallar. Me mira un momento, evaluando mi deseo, y de pronto me agarra y me da la vuelta. Me pilla por sorpresa, y como tengo las manos atadas, tengo que apoyarme en los codos. Me empuja las rodillas para alzarme el trasero y me da un fuerte azote. Antes de que pueda reaccionar, me penetra. Grito, por el azote y por su repentina embestida, y me corro inmediatamente, me desmorono debajo de él, que sigue embistiéndome exquisitamente. No se detiene. Estoy destrozado. No puedo más… y él empuja una y otra vez… y siento que vuelve a inundarme otra vez… no puede ser… no…

—Vamos, Guillermo, otra vez —ruge entre dientes.

Y por increíble que parezca, mi cuerpo responde, se convulsiona y vuelvo a alcanzar el clímax gritando su nombre. Me rompo de nuevo en mil pedazos y Samuel se para, se deja ir por fin y se libera en silencio. Cae encima de mí jadeando. Joder, ¿cómo me he corrido tan seguido? 

—¿Te ha gustado? —me pregunta con los dientes apretados.

Madre mía.

Estoy tumbado en la cama, devastado, jadeando y con los ojos cerrados cuando se aparta de mí muy despacio. Se levanta y empieza a vestirse. Cuando ha acabado, vuelve a la cama, me desata y me quita la camiseta. Flexiono los dedos y me froto las muñecas, sonriendo al ver que se me ha marcado el dibujo del tejido. Me ajusto los calzoncillos mientras él tira de la colcha y del edredón para taparme. Lo miro aturdido y él me devuelve la sonrisa.

—Ha sido realmente agradable —susurro sonriendo tímidamente.

—Ya estamos otra vez con la palabrita.

—¿No te gusta que lo diga?

—No, no tiene nada que ver conmigo.

—Vaya… No sé… parece tener un efecto beneficioso sobre ti.

—¿Soy un efecto beneficioso? ¿Eso es lo que soy ahora? ¿Podría herir más mi amor propio, señor Díaz?

—No creo que tengas ningún problema de amor propio.

Pero soy consciente de que lo digo sin convicción. Algo se me pasa rápidamente por la cabeza, una idea fugaz, pero se me escapa antes de que pueda atraparla.

—¿Tú crees? —me pregunta en tono amable.

Está tumbado a mi lado, vestido, con la cabeza apoyada en el codo, y yo solo llevo puestos los calzoncillos.

—¿Por qué no te gusta que te toquen?

—Porque no. —Se inclina sobre mí y me besa suavemente en la frente—. Así que ese e-mail era lo que tú llamas una broma.

Sonrío a modo de disculpa y me encojo de hombros.

—Ya veo. Entonces todavía estás planteándote mi proposición…

—Tu proposición indecente… Sí, me la estoy planteando. Pero tengo cosas que comentar.

Me sonríe aliviado.

—Me decepcionarías si no tuvieras cosas que comentar.

—Iba a mandártelas por correo, pero me has interrumpido.

—Coitus interruptus.

—¿Lo ves? Sabía que tenías algo de sentido del humor escondido por ahí —le digo sonriendo.

—No es tan divertido, Guillermo. He pensado que estabas diciéndome que no, que ni siquiera querías comentarlo.

Se queda en silencio.

—Todavía no lo sé. No he decidido nada. ¿Vas a ponerme un collar?

Alza las cejas.

—Has estado investigando. No lo sé, Guillermo. Nunca le he puesto un collar a nadie.

Oh… ¿Debería sorprenderme? Sé tan poco sobre las sesiones… No sé.

—¿A ti te han puesto un collar? —le pregunto en un susurro.

—Sí.

—¿La señora Robinson?

—¡La señora Robinson!

Se ríe a carcajadas, y parece joven y despreocupado, con la cabeza echada hacia atrás. Su risa es contagiosa.

Le sonrío.

—Le diré cómo la llamas. Le encantará.

—¿Sigues en contacto con ella? —le pregunto sin poder disimular mi temor.

—Sí —me contesta muy serio.

Oh… De pronto una parte de mí se vuelve loca de celos. El sentimiento es tan fuerte que me perturba.

—Ya veo —le digo en tono tenso—. Así que tienes a alguien con quien comentar tu alternativo estilo de vida, pero yo no puedo.

Frunce el ceño.

—Creo que nunca lo he pensado desde ese punto de vista. La señora Robinson formaba parte de este estilo de vida. Te dije que ahora es una buena amiga. Si quieres, puedo presentarte a uno de mis ex sumisos. Podrías hablar con él.

¿Qué? ¿Lo dice a propósito para que me enfade?

—¿Esto es lo que tú llamas una broma?

—No, Guillermo —me contesta perplejo.

—No… me las arreglaré yo solo, muchas gracias —le contesto bruscamente, tirando de la colcha hasta mi barbilla.

Me observa perdido, sorprendido.

—Guillermo, no… —No sabe qué decir. Una novedad, creo—. No quería ofenderte.

—No estoy ofendido. Estoy consternado.

—¿Consternado?

—No quiero hablar con ningún ex novio tuyo… o esclavo… o sumiso… como los llames.

—Guillermo Díaz, ¿estás celoso?

Me pongo colorado.

—¿Vas a quedarte?

—Mañana a primera hora tengo una reunión en el Heathman. Además ya te dije que no duermo con mis novios, o esclavos, o sumisos, ni con nadie. El viernes y el sábado fueron una excepción. No volverá a pasar.

Oigo la firme determinación detrás de su dulce voz ronca.

Frunzo los labios.

—Bueno, estoy cansado.

—¿Estás echándome?

Alza las cejas perplejo y algo afligido.

—Sí.

—Bueno, otra novedad. —Me mira interrogante—. ¿No quieres que comentemos nada? Sobre el contrato.

—No —le contesto de mal humor.

—Ay, cuánto me gustaría darte una buena tunda. Te sentirías mucho mejor, y yo también.

—No puedes decir esas cosas… Todavía no he firmado nada.

—Pero soñar es humano, Guillermo. —Se inclina y me agarra de la barbilla—. ¿Hasta el miércoles? —murmura.

Me besa rápidamente en los labios.

—Hasta el miércoles —le contesto—. Espera, salgo contigo. Dame un minuto.

Me siento, cojo la camiseta y lo empujo para que se levante de la cama. Lo hace de mala gana.

—Pásame los pantalones de chándal, por favor.

Los recoge del suelo y me los tiende.

—Sí, señor.

Intenta ocultar su sonrisa, pero no lo consigue.

Lo miro con mala cara mientras me pongo los pantalones. Tengo el pelo hecho un desastre y sé que después de que se marche voy a tener que enfrentarme al santo inquisidor Frank Garnes. Me dirijo a la puerta y la abro para ver si está Frank. No está en el comedor. Creo que lo oigo hablando por teléfono en su habitación. Samuel me sigue. Durante el breve recorrido entre mi habitación y la puerta de la calle mis pensamientos y mis sentimientos fluyen y se transforman. Ya no estoy enfadado con él. De pronto me siento insoportablemente tímido. No quiero que se marche. Por primera vez me gustaría que fuera normal, me gustaría mantener una relación normal que no exigiera un acuerdo de diez páginas, azotes y mosquetones en el techo de su cuarto de juegos.

Le abro la puerta y me miro las manos. Es la primera vez que me traigo un chico a mi casa, y creo que ha estado genial. Pero ahora me siento como un recipiente, como un vaso vacío que se llena a su antojo. Mi subconsciente mueve la cabeza. Querías correr al Heathman en busca de sexo… y te lo han traído a casa. Cruza los brazos y golpea el suelo con el pie, como preguntándose de qué me quejo. Samuel se detiene junto a la puerta, me agarra de la barbilla y me obliga a mirarlo. Arruga la frente.

—¿Estás bien? —me pregunta acariciándome la barbilla con el pulgar.

—Sí —le contesto, aunque la verdad es que no estoy tan seguro.

Siento un cambio de paradigma. Sé que si acepto, me hará daño. Él no puede, no le interesa o no quiere ofrecerme nada más… pero yo quiero más. Mucho más. El ataque de celos que he sentido hace un momento me dice que mis sentimientos por él son más profundos de lo que me he reconocido a mí mismo.

—Nos vemos el miércoles —me dice.

Se inclina y me besa con ternura. Pero mientras está besándome, algo cambia. Sus labios me presionan imperiosamente. Sube una mano desde la barbilla hasta un lado de la cara, y con la otra me sujeta la otra mejilla. Su respiración se acelera. Se inclina hacia mí y me besa más profundamente. Le cojo de los brazos. Quiero deslizar las manos por su pelo, pero me resisto porque sé que no le gustaría. Pega su frente a la mía con los ojos cerrados.

—Guillermo —susurra con voz quebrada—, ¿qué estás haciendo conmigo?

—Lo mismo podría decirte yo —le susurro a mi vez.

Respira hondo, me besa en la frente y se marcha. Avanza con paso decidido hacia el coche pasándose la mano por el pelo. Mientras abre la puerta, levanta la mirada y me lanza una sonrisa arrebatadora. Totalmente deslumbrado, le devuelvo una leve sonrisa y vuelvo a pensar en Ícaro acercándose demasiado al sol. Cierro la puerta de la calle mientras se mete en su coche deportivo. Siento una irresistible necesidad de llorar. Una triste y solitaria melancolía me oprime el corazón. Vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y me apoyo en ella intentando racionalizar mis sentimientos, pero no puedo. Me dejo caer al suelo, me cubro la cara con las manos y empiezan a saltárseme las lágrimas.

Frank llama a la puerta suavemente.

—¿Guille? —susurra.

Abro la puerta. Me mira y me abraza.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ha hecho ese repulsivo cabrón guaperas?

—Nada que no quisiera que me hiciera, Frank.

Me lleva hasta la cama y nos sentamos.

—Tienes el pelo de haber echado un polvo espantoso.

Aunque estoy desconsolado, me río.

—Ha sido un buen polvo, para nada espantoso.

Frank sonríe.

—Mejor. ¿Por qué lloras? Tú nunca lloras.

Coge el cepillo de la mesita de noche, se sienta a mi lado y empieza a cepillarme muy despacio.

—¿No me dijiste que habías quedado con él el miércoles?

—Sí, en eso habíamos quedado.

—¿Y por qué se ha pasado hoy por aquí?

—Porque le he mandado un e-mail.

—¿Pidiéndole que se pasara?

—No, diciéndole que no quería volver a verlo.

—¿Y se presenta aquí? Guille, es genial.

—La verdad es que era una broma.

—Vaya, ahora sí que no entiendo nada.

Me armo de paciencia y le explico de qué iba mi e-mail sin entrar en detalles.

—Pensaste que te respondería por correo.

—Sí.

—Pero lo que ha hecho ha sido presentarse aquí.

—Sí.

—Te habrá dicho que está loco por ti.

Frunzo el ceño. ¿Samuel loco por mí? Difícilmente. Solo está buscando un nuevo juguete, un nuevo y adecuado juguete con el que acostarse y al que hacerle cosas indescriptibles. Se me encoge el corazón y me duele. Esa es la verdad.

—Ha venido a follarme, eso es todo.

—¿Quién dijo que el romanticismo había muerto? —murmura horrorizado.

He dejado impresionado a Frank. No pensaba que eso fuera posible. Me encojo de hombros a modo de disculpa.

—Utiliza el sexo como un arma.

—¿Te echa un polvo para someterte?

Mueve la cabeza contrariado. Pestañeo y siento que estoy poniéndome colorado. Oh… has dado en el clavo, Frank Garnes, vas a ganar el Pulitzer.

—Guille, no lo entiendo. ¿Y le dejas que te haga el amor?

—No, Frank, no hacemos el amor… follamos… como dice Samuel. No le interesa el amor.

—Sabía que había algo raro en él. Tiene problemas con el compromiso.

Asiento, como si estuviera de acuerdo, pero por dentro suspiro. Ay, Frank… Ojalá pudiera contártelo todo sobre este tipo extraño, triste y perverso, y ojalá tú pudieras decirme que lo olvidara, que dejara de ser un idiota.

—Me temo que la situación es bastante abrumadora —murmuro.

Me quedo muy, muy corto.

Como no quiero seguir hablando de Samuel, le pregunto por Luzu. Con solo mencionar su nombre, la actitud de Frank cambia radicalmente. Se le ilumina la cara y me sonríe.

—El sábado vendrá temprano para ayudarnos a cargar.

Estrecha el cepillo con fuerza contra su pecho —vaya, le ha pillado fuerte—, y siento una vaga y familiar punzada de envidia.

Frank ha encontrado a un chico normal y parece muy feliz.

Me giro hacia él y lo abrazo.

—Ah, casi me olvido. Tu padre ha llamado cuando estabas… bueno, ocupado. Parece que Bob ha tenido un pequeño accidente, así que tu madre y él no podrán venir a la entrega de títulos. Pero tu padre estará aquí el jueves. Quiere que lo llames.

—Vaya… Mi madre no me ha llamado para decírmelo. ¿Está bien Bob?

—Sí. Llámala mañana. Ahora es tarde.

—Gracias, Frank. Ya estoy bien. Mañana llamaré también a Mark. Creo que me voy a acostar.

Sonríe, pero arruga los ojos preocupada.

Cuando ya se ha marchado, me siento, vuelvo a leer el contrato y voy tomando notas. Una vez que he terminado, enciendo el ordenador dispuesto a responderle.

En mi bandeja de entrada hay un e-mail de Samuel.

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De: Samuel De Luque
Fecha: 23 de mayo de 2013 23:16
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Esta noche

Señor Díaz:
Espero impaciente sus notas sobre el contrato.
Entretanto, que duermas bien, cariño.

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:02
Para: Samuel De Luque
Asunto: Objeciones

Querido señor De Luque:
Aquí está mi lista de objeciones. Espero que el miércoles las discutamos con calma en nuestra cena.
Los números remiten a las cláusulas:
2: No tengo nada claro que sea exclusivamente en MI beneficio, es decir, para que explore mi sensualidad y mis límites. Estoy seguro de que para eso no necesitaría un contrato de diez páginas. Seguramente es para TU beneficio.

4: Como sabes, solo he practicado sexo contigo. No tomo drogas y nunca me han hecho una transfusión. Seguramente estoy más que sano. ¿Qué pasa contigo?

8: Puedo dejarlo en cualquier momento si creo que no te ciñes a los límites acordados. De acuerdo, eso me parece muy bien.

9: ¿Obedecerte en todo? ¿Aceptar tu disciplina sin dudar? Tenemos que hablarlo.

11: Periodo de prueba de un mes, no de tres.

12: No puedo comprometerme todos los fines de semana. Tengo vida propia, y seguiré teniéndola. ¿Quizá tres de cada cuatro?

15.2: Utilizar mi cuerpo de la manera que consideres oportuna, en el sexo o en cualquier otro ámbito… Por favor, define «en cualquier otro ámbito».

15.5: Toda la cláusula sobre la disciplina en general. No estoy seguro de que quiera ser azotado, zurrado o castigado físicamente. Estoy seguro de que esto infringe las cláusulas 2-5. Y además eso de «por cualquier otra razón» es sencillamente mezquino… y me dijiste que no eras un sádico.

15.10: Como si prestarme a alguien pudiera ser una opción. Pero me alegro de que lo dejes tan claro.

15.14: Sobre las normas comento más adelante.

15.19: ¿Qué problema hay en que me toque sin tu permiso? En cualquier caso, sabes que no lo haré.

15.21: Disciplina: véase arriba cláusula 15.5.

15.22: ¿No puedo mirarte a los ojos? ¿Por qué?

15.24: ¿Por qué no puedo tocarte?

Normas:
Dormir: aceptaré seis horas.
Comida: no voy a comer lo que ponga en una lista. O la lista de los alimentos se elimina, o rompo el contrato.
Ropa: de acuerdo, siempre y cuando solo tenga que llevar tu ropa cuando esté contigo.
Ejercicio: habíamos quedado en tres horas, pero sigue poniendo cuatro.

Límites tolerables:
¿Tenemos que pasar por todo esto? No quiero fisting de ningún tipo. ¿Qué es la suspensión? Pinzas genitales… debes de estar de broma.

¿Podrías decirme cuáles son tus planes para el miércoles? Yo trabajo hasta las cinco de la tarde.

Buenas noches.
Guille.
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De: Samuel De Luque
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:07
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Objeciones

Señor Díaz:
Es una lista muy larga. ¿Por qué está todavía despierto?

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:10
Para: Samuel De Luque
Asunto: Quemándome las cejas

Señor:
Si no recuerdo mal, estaba con esta lista cuando un obseso del control me interrumpió y me llevó a la cama.

Buenas noches.
Guille.
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De: Samuel De Luque
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:12
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Deja de quemarte las cejas

Guillermo, VETE A LA CAMA.

Samuel De Luque
Obseso del control y presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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Vaya… en mayúsculas, como si me gritara. Apago el ordenador. ¿Cómo puede intimidarme estando a ocho kilómetros? Todavía triste, me meto en la cama e inmediatamente caigo en un sueño profundo, aunque intranquilo.

10

Disfrutando las olas (Parte 2 de 2)

[Parte 1]

Muchos flotaban durante un rato sentados a horcajadas en sus tablas, simplemente mirando el horizonte meditabundos, para luego pasado ese embelesamiento, volver a intentar subirse a una ola.

A juzgar por lo que ví no es muy fácil coger bien una ola: a esta no llego braceando, esa me la como de frente, no me da tiempo a subirme a la tabla… Y así entre intentos fallidos y caídas, lograban surfear unos segundos y hacer un par de movimientos sobre la tabla hasta que la ola perdía altura o rompía y el surfista caía de nuevo al agua con más o menos gracia.

Eran unos segundos, pero ¡madre mía qué satisfacción se veía en la cara del que lo lograba!, solo por esos segundos parecía que ya merecía la pena acercarse ese día a la playa con la tabla.

Al final, los que iban saliendo del mar, dejaban la playa, tabla bajo el brazo, cansados, empapados, pero orgullosos… o al menos, eso es lo que se veía en sus caras.

Hola” le susurro.
“Hola, tú” dice, juguetona y tímida. Su respuesta es una delicia, me inclino y planto un tierno beso en sus labios.
“Bien hecho, tú” mi voz está llena de orgullo.
Ella lo hizo. Lo tomó. Lo tomó todo.
“Date la vuelta.”
Sus ojos se abren, alarmados.
“Solo voy a frotar tus hombros.”
“Oh, está bien.”
Ella se da la vuelta y se recuesta en la cama con los ojos cerrados. Me siento a horcajadas sobre ella y masajeo sus hombros.
Un gemido de placer resuena profundamente en su garganta.
“¿Qué era esa música?” pregunta.
“Se llama Spem in Alium, un motete de cuarenta partes de Thomas Tallis.”
“Fue… abrumador.”
“Siempre he querido follar con ella.”
“¿No será otra primera vez, señor Grey?
Sonrío. “Lo es, señorita Steele.”
“Bueno, es la primera vez que he follado con ella también” dice, su voz delatando su fatiga.
“Tú y yo nos estamos dando muchas primeras veces.”
“¿Qué te dije en mi sueño, Chris… er, Señor?”
No esto otra vez. Sácala de su miseria, Grey.
“Dijiste un montón de cosas, Anastasia. Hablaste de jaulas y fresas. Que querías más, y que me extrañabas.”
“¿Eso es todo?” suena aliviada.
¿Por qué ella iba a estar aliviada?
Me tiendo a su lado para poder ver su rostro.
“Qué pensaste que habías dicho?”
Sus ojos se abren por un breve momento y los cierra de nuevo rápidamente.
“Que pensaba que eras feo, presumido y que eras imposible en la cama” un ojo azul se asoma y me mira con recelo.
Oh… está mintiendo.
“Bueno, naturalmente soy todas esas cosas, y ahora me tienes intrigado. ¿Qué me estas escondiendo, señorita Steele?”
“No estoy escondiendo nada.”
“Anastasia, eres una mentirosa sin esperanzas.”
“Pensé que me ibas a hacer reír después del sexo, esto no lo está haciendo.”
Su respuesta es inesperada, y le doy una sonrisa reacia. “No puedo hacer bromas” confieso.
“¡Señor Grey! ¿Algo que no puede hacer?” ella me recompensa con una amplia sonrisa contagiosa.
“No, soy un bromista sin esperanzas” digo, como si fuera una insignia de honor.
Ella se ríe. “Soy una bromista sin esperanzas también.”
“Ese es un sonido hermoso” susurro y la beso. Pero todavía quiero saber por qué ella está aliviada. “Y estas escondiendo algo, Anastasia. Puede que tenga que torturarte para que me lo digas.”
“¡Ja!” el espacio entre nosotros se llena con su risa. “Creo que ya me has torturado demasiado.”
Su respuesta borra la sonrisa de mi rostro, y su expresión se suaviza inmediatamente. “Tal vez voy a dejar que me tortures así de nuevo” dice tímidamente.
El alivio me recorre. “Me gustaría mucho eso, señorita Steele.”
“Estamos para complacer, señor Grey.”
“¿Estás bien?” pregunto ansioso.
“Más que bien” ella me da una tímida sonrisa.
“Eres increíble” y beso su frente.
—  GREY ‘Fifty Shades of Grey as Told by Christian’
One shot Rubelangel : El que rie ultimo, rie mejor. (Lemmon,bondage)

Rubius

-Mangel ya para o a la proxima te dare una hostia de las buenas- El hijo de puta no paraba de darme codazos para que aprete el boton equivocado del mando de la xbox, y mi personaje muriera. Otro codazo.
-ME CAGO EN TU PUTA MADRE CABRÓN!- Esta vez si habia logrado que perdiera. Me gire a verle bastante molesto y me lo encontré prácticamente llorando de risa. Serás maldito. Me mordi el labio cabreado de que sea la tercer partida en la que hacia trampa para ganar, y le propiné un puñetazo en el brazo. Se paso la mano en la zona pero no paraba de reirse ni un momento, y eso me estaba poniendo de los nervios. Con mas ira aún, le di varios puñetazos,esta vez con algo mas de fuerza.
-Oye! Pero que haceh!? Duele giliposha’!- Me dijo ya poniendose algo mas serio.
-Te jodes subnormal, no se puede jugar contigo a una mierda. Sucia rata tramposa- Se le escapó una risita que luego se transformó en carcajada. Yastá. Veras tu,quien rie ultimo, rie mejor.
Le di un puñetazo sin piedad en el estomago y se arqueó sobre si mismo.
-Hi-hijo e’ put..a- Se quejo entre jadeos. Te jodes cabron, no sentia remordimiento alguno. Me reí alto disfrutando mi venganza, pero baje la guardia al hacerlo. Aprovechó el momento para cogerme del brazo para devolverme una buena hostia pero entre risas me logre zafar de su agarre. Me paré listo para salir corriendo a esconderme en el cuarto y reirme en paz, pero enseguida me cogió de un tobillo, haciéndome tropezar. Afortunadamente, tuve reflejos de ninja suficientes como para no darme la cara contra el suelo y mi cuerpo cayo sobre el sofá. La escena me causo muchisima gracia y comencé a reirme a voces que hasta el quinto piso se debian oir. Mangel le dio un tirón con ambas manos a mi tobillo, arrastrandome hacia el. Mi espalda quedo contra el sofa y entre risas de subnormal, intente safarme dando manotazos al aire. No lo logré ni de coña, el tenia los brazos fuertes y musculosos. Joder tio, son tan sexys. QUE. Sinceridad no? Ni que por pensar eso fuera a follarmelo. Mierda. Que clase de pensamiento enfermo habia sido ese? Mangel me tenia inmovilizado con sus piernas liadas con las mias, y sus brazos luchando por cogerme de las muñecas, era un revuelto de extremidades. Rendido comenzó a darme de hostias por donde cayeran a palma abierta. Me descojone aun mas, ya que ardían los golpes, no era tanto el dolor en si. Todo fue risas y diversión por parte de ambos hasta que una de las palmadas dio en mi trasero. Me tensé de pronto y me incorporé serio.
-Que cojones tio?-
-…Eh..lo siehto..no ha sío adrede..-
-Que te den hijo de puta. Eso es violencia sexual- Rematé.
-Claro que no Rubiuh, no seah exagerao.-
-Que no?? Me has dado un bitch slap en el culo joder!! Me has nalgeado tio!- Me habia puesto a la defensiva de pronto y estaba muy nervioso, no se por que.
-Que no ha sío pah tanto, ereh un dramático. Que eso ni acehca a la violencia sehsual.-
-Y tu que coño sabes?- Le ladre enfadado. Que mierda me sucede?
-Pueh yo sé Rubiuh que eso no ha sío nah comparao con lo que puede llegah a ser la violehcia sehsual- Me senté mejor acomodandome la ropa, evitando su mirada y con el color en la mejillas.
-Que vas a saber tu, si eres mas aburrido para follar que un virgen. Nadie te cree que sepas siquiera lo que es violencia sexual tio. Vete a leer tu puto tumblr o 50 sombras de Grey. Al menos en tumblr aprenderás mas de lo que ya sabes, con niñatas de 16 años- Oí el sonido de sus huesos chasquear cuando apretó los puños. Frunci el seño y en fracción de segundo s lanzo hacia mi cogiéndome con brusquedad de los hombros.
-Que mierda te pasa ahora??- Le espeté intentando zafarme sin exito.
-Me subestimah Rubiuh. Como siehpre- Me dijo justo antes de cogerme de los muslos y tirar de ellos hasta que quedé casi debajo de su cuerpo.
-Ya para con la mierda Mangel. No es coña.-
-Ehto tahpoco eh coña. Tu lo dijihte: Er que rie urtimo, rie mehó.- Dijo cogiendome las muñecas. Abri la boca para gritarle todos los insultos que conocía, pero no pude mas que gemir cuando sus labios besaron los mios. Pero que…? Gire la cara hacia un lado evitándole pero me cogió con fuerza y volvió a besarme. Sus labios eran suaves y cálidos, su saliva me hacia agua a la boca y su lengua abriendose paso buscando la mia, produjo un mi un remolino de sensaciones que no deberia haber sentido en una situación asi.
Gruñi enfadado como nunca. Que mierda haces? Esto no es normal!
Le di un par de puñetazos en la espalda con mi mano libre, pero era como golpear una roca: me dolía mas a mi que a el. Luego de un momento, perdi la concentración en los golpes que e daba debido a que me tenia hipnotizado con como besaba el muy hijo de puta. Volveria loco a cualquiera. Cedi por un segundo, y le correspondí el beso con pasión. Me aferre a su camiseta,tirando de ella. Por alguna razon me urgía quitarsela. Quitarle toda la puta ropa. Ay dios mio mi Mahe.
Gruñó en mi boca y antes de separarse, mordió mi labio inferior haciéndome sentir una punzada. Se incorporó un poco y comenzo a desabrochar mis jeans. NONONONONONO.
-EH QUE COÑO HACES-
-Queriah violehcia sehsual? Aqui la tieneh.-
-Dejate de gilipolleces. Ya estuvo con lo del…beso,vale? No se que mierda haces pero hasta aquí llega todo.-
-Ahora te casha’ y te aguantah Rubeh.- La sola mención de mi nombre en su boca hizo que me paralizara. Volvió a atacar mi boca haciendo lo que queria con sus labios y su lengua. Me estaba volviendo loco. En realidad, me estoy volviendo loco, por que coño le estoy correspondiendo el puto beso? Comence a forcejear violentamente.
-PARA YA- Le amenacé. Se devolvió un momento y me cogió de las muñecas, y puso todo su peso sobre mi para impedir que me mueva.
-Para tu o sera peoh pah ti.- No le hice caso y por enésima vez intente zafarme de esta situación de mierda. -Te jodeh. Queria violencia hijoeputa? La tendrah-
Me dio la vuelta y quede sobre mi vientre sobre el sofá con mis brazos bajo mio de forma que no los podia liberar. No podía verle pero le sentía a horcajadas sobre mi trasero, mierda hijo de una gran puta que me dejes ya. De pronto oí un sonido que me trajo una punzada cálida a mi ingle. El sonido de su cinto siendo sacado de su jean con tanta violencia que hizo un ruido que cortó el aire. Que iba a hacer ahora…? Dioses mio, mi corazon esta a mil. Entonces me cogió de los hombros y tomó una de mis muñecas y enredó su cinturon en ella. Pero que…? Apenas tuve tiempo de procesar lo que sucedia, cuando cogió la otra muñeca llevandola también a mi espalda. Junto ambas y las amarro muy apretado con su cinturón. Le dio un tirón al nudo e hizo que me incorpore un poco del sofá.
-Ya veh? Ehta bieh ajustao, no te podrah ehcapar de mi- Gemí al oír eso. Que quiere hacer conmigo? La duda y la incertidumbre me excitaban,literalmente, me estaba empalmando. Y recién en ese momento pude notar como mi erección hacia presión en mis pantalones. Joder, jo der.
Mangel se acerco a mi, susurrando su aliento en mi oído, y mordiendo mi oreja. Ahogué un grito y me mordi el labio inferior. Mientras lamia mi cuello sentí sus manos hábiles desabrochar mis jeans para luego bajarlos bruscamente de un tirón, arrastrando mi boxer con ellos.
-QUE COÑO MANGEL?-
-Te cashah.-
-DEJAME YA DE UNA VEZ!-
-Que te cashe’!- dijo y me cogió del cabello tirando de el con violencia. Gemí de dolor, y decidí hacer silencio. Cuando mierda me había vuelto tan sumiso? Yo soy un fucker mierda. Acarició mi trasero expuesto y luego le dio una nalgada que me hizo estremecerme. No dolía, al contrario me gustaba la sensación. Repitió el movimiento y gemi.
-Te guhta ah?-
-S-si…- Volvió a acariciarme calentando mi piel y luego me dio una nalgada con mucha mas fuerza haciendome gritar. Esta vez si dolió, pero me encantaba,dios como me gustaba. Senti luego que salia de encima mio, y creí que al fin me dejaria en paz, pero nooo. El hijo de la gran puta comenzo a lamer mi trasero haciendo que arquee mi cadera a por mas.
-Mangel…-
-Mmh…?- Dijo para luego morderme con violencia. Gemí cada vez que lo hizo, hasta que me quede sin aire. Una vez que termino de divertirse ahi, cogió mis caderas y me acomodó con ellas en alto. Me sentía una…puta. dios. Me sentia expuesto y sumiso. Yo no era asi, yo no soy asi mierda! Intente moverme aprovechando que se habia detenido a bajarse sus jeans y sus boxers pero el cabron me cogió rápidamente y me puso en mi lugar nuevamente.
-Tu no te va’ningun lao.-
-MANGEL PARA YA CON LAS MIERDAS. YA TE CREO VALE?- Flipaba al recordar que terminamos asi solo por que habiamos discutido sobre la violencia sexual.
-Ahora me vah a creeh con razoneh- El inexplicable dolor que senti cuando su polla intentó penetrarme era inhumano. Grité que no, que pare, me canse de pegar voces pero siguio embistiendo. Y cada vez que me retorcía me daba una nalgada. Me castigaba, el muy hijo de puta me castigaba. Despues de que entro parcialmente en mi,solo me movia para que me diera en el trasero. Joder, mas. Finalmente entro en mí por completo y el dolor se desvanecía. Cada embestida de Mangel dentro mio hacia que mi cuerpo se estremeciera de placer. Las muñecas me dolian, el nudo estaba muy fuerte. Me ardia el trasero por las nalgadas. Y ni hablar de mi culo. Pero nada de eso se comparaba al placer que me daba tenerle dentro, follandome con fuerza, como si fuera suyo mi cuerpo.
-MANGEL!-
-Rubiuh…! Ereh un guarro-
-Lo se,coño! Ah,ah!- Mierda, apenas podia hablar sin gemir.
-Voh a correhme Rubiuh. Y lobhare dehtro tuyo-
-No, eso no!! Por favor!- Realmente no sabia si me disgustaba tanto la idea. Me follo duro hasta que ambos nos estremecimos y lo sentí. Madre mia. Le senti correrse calido y húmedo dentro mio, y fue el punto que me llevo a mi tambien al orgasmo. Salió de mi aun corriendose y termino de hacerlo en mi espalda y mis trasero. Mierda, yo me habia manchado de mi propio semen el pecho, que puto asco.
Sentí las manos de Mangel desatar el cinturón de mis muñecas y enseguida me las sobe. Me dolian y tenian marcas. Ya vestido, paso su cinto de nuevo por su jean mirándome.
-EHTO eh violehcia sehsual. Y si dudah de nuevo de mi ya sabeh lo que te ehpera.- Se rio- Tu lo dijihte Rubiuh, er que rie urtimo,rie mehó-
-Si claro. Como si se fuera a repetir.- Dije y arqueo una ceja. Mi sonrisa traviesa lo decia todo y le hizo sonreir tambien.
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Vale, no ha quedado del todo bien por que lo he teminado apurada! Lo siento, ojala os mole de todas formas. Os adoro!